Flor varia de leyendas

Algunas noches de julio

Incluye tres capítulos de «Los misterios del castillo»©.

Bajo un cielo de grises y azules, densos, apretados, la masa boscosa se estremece apenas ante la presencia de la tormenta (a lo lejos); por entre la verdura, muy espesa, serpea un camino de tierra y piedras: un único vehículo circula por él, lentamente, por causa de la precaución que atenaza los miembros de su conductor: «…thought that all good things comes to those that wait / but recently he could see that it may come too late…», canturrea, mientras golpea con los pulgares sobre el volante: «TU-TU-PA» «TU-TU-PA». Entonces el motor del automóvil («…too late, too late…») carraspea: carraspea, tose y se detiene… Los nubarrones más feos quedan de cara y la inercia, fatalmente, deja tirado el coche a un lado del camino: «¡Diablos!», demonios, maldita seas, etcétera… Le alcanza el destello de los primeros relámpagos. Cierra el contacto. Saca las llaves. «You'll have to push and shove now / You'll have to find some love now / You'd better gain control…», sigue el radio cassette, hasta que el hombre hace girar la rueda del volumen en busca del clic: «CLIC». Silencio, dudas, fastidio. Sube la ventanilla (el cristal de la ventanilla) y baja del vehículo. Portazo: «¡SLAM!», y echa la llave. Saca un maletín del maletero. Mira al frente: la tormenta rompe en truenos graves y golpes de viento ocasionales… No le queda otra: se levanta las solapas de la americana y echa a andar ― un último rayo ciega el cielo, ensombrece la terrible mole de piedra que es el castillo entonces, sobre el horizonte.

La aldaba que custodia el lugar se presenta en la forma de un lobo, trasgo o león, con las fauces abiertas, los colmillos afilados y la lengua fuera; llama dos veces, «POM-POM», y espera entre truenos, viento y lluvia, a que abra la puerta una mujer de apenas cincuenta años ― le conmueve su belleza de gran dama, antigua, feudal.

LA MUJER ―Usté debe ser…
EL HOMBRE ―Sí.
LA MUJER ―Pase, por favor, no se quede ahí…
EL HOMBRE ―Se lo agradezco.
LA MUJER ―Déme su…
EL HOMBRE ―Oh, sí.
LA MUJER ―Le prepararé un baño de agua caliente.
EL HOMBRE ―No será necesario.
LA MUJER ―¡Viene usté empapado!
EL HOMBRE ―Ciertamente. El coche…
LA MUJER ―Espere junto a la chimenea. Regreso en un momento.

Los leños, entre llamas, crujen tiernamente ― su solo sonido reconforta; con todo, ofrece la palma de sus manos a la lumbre y espira hondamente: puede ahora, viéndola tras los cristales, reprimir el hiriente tiritar de dientes y brazos… La tormenta, bajo techo, resulta un bello espectáculo que no logra, por mucho, desviar su atención de tapices y alfombra, estanterías y libros, sillón, estatuillas y el gran retrato que preside el salón: extrañamente, no es el hombre de aspecto funesto y tez cenicienta el que atrapa su mirada, el que subyuga su persona, sino el vuelo alucinado de un cuervo sobre los, al parecer, abismos infernales… Es, sobre todo, el brillo en los ojos del cuervo: tan vivos, que refulgen con la sombra de las llamas… Quiere acercarse (hace por verlo de cerca), cuando entra la mujer.

LA MUJER ―Acompáñeme, por favor.
EL HOMBRE ―Mi nombre es César Manrique.
LA MUJER ―Oh, usté perdone, qué descortesía… Yo soy…
CÉSAR ―Elena, sin duda.
ELENA ―Sí. Sígame.
CÉSAR ―Mucho más hermosa de lo que esperaba.
ELENA ―Es usté muy amable.
CÉSAR ―No, no es una… cuestión de amabilidad.
ELENA ―No siga, se lo ruego, o hará que me sonroje…
CÉSAR ―Disculpe. No quisiera…
ELENA ―Por aquí (por favor).

César cede el paso a la mujer, y echa un último vistazo al cuadro: halla, en su lugar, la pintura de un ave de mirada mortecina ― o eso le parece. Sale tras ella, el pensamiento en el salón, para ascender por unas escaleras tortuosas, de techo bajo, una o dos plantas ― el aire, peldaño tras peldaño, se enrarece y la claridad del día, sin vacilación, se agota a pocos escalones del rellano. Dejan de subir (han llegado): cruzan en silencio la penumbra triste de un pasillo de madera ―a su juicio, muy estrecho― y, casi al final, la mujer se vuelve hacia él y le dice «Es aquí» ― está frente a una puerta robusta, de herrajes negros, sin pulimento. César la empuja y accede a una estancia sombría, en la que apenas logra vislumbrar la abertura de la pared ―¿una aspillera?― y algunos bultos: «el interruptor está a su derecha». Clic: «CLIC» ― una bombilla, al cabo de un cable que pende del techo, alumbra ahora el lugar: el baño es, en verdad, un gran baño señorial, traído de tiempos remotos, y no sólo por su tamaño, pues, tallado en la madera de cada una de sus patas, cobra vida el rostro, entre diabólico y burlón, de una gárgola, o vampiro, con que se divertía el gusto guerrero y cruel de otros días. La pila, que rebosa en espuma y agua, se desprende con sopor de un vaho pesado, espeso, que ha acabado por empañar el espejo y la ventana; las mismas piedras, en las paredes, sudan. «Tómese su tiempo, César» lo dice Elena, a su espalda, después de haber mencionado algo de algo seco; cierra (luego) y se va y César, pasmado de frío, se apresura a quitarse la ropa ―hace «CHOF» cuando la deja caer al suelo―; tras deshacerse del último calcetín, se sumerge en la bañera: está caliente, el agua, muy caliente, y afuera hace frío y llueve, sigue lloviendo, y puede oírla chocar blandamente contra el cristal del ventanuco… Saberlo, sólo saberlo, del mismo modo en que deshace la helazón que, más que su carne, le muerde los huesos, disuelve el disgusto que trae en el cuerpo entre los vapores del baño ― los vapores y ciertos pensamientos que, con los minutos, lo desperezan por entero: se trata del recuerdo y fantasía de Elena; se trata de imaginar cuanto en ella ha visto; se trata de… «ÑEEEC» al otro lado de la puerta: «¿Hola? ¿Quién anda ahí?». Nada. Silencio… «Elena, ¿eres tú?», más silencio, y la luz de la única bombilla que vacila, parpadea y se apaga de pronto ― bronco, queda el trueno que mengua hacia todas partes… Atardece (sigue a oscuras).

Tres candelabros de tres brazos para una mesa larga, para un salón oscuro, altísimo ― Elena ha servido una sopa, con algo de embutido y pan blanco, y ha traído, en una bandeja de plata, unas piezas de fruta: dos manzanas rojas y una pera que amarillea. Sirve vino tinto en dos copas de cristal y toma asiento junto a César ― ocupan un extremo de la mesa. Alrededor, tinieblas sólo tinieblas.

CÉSAR ―Y ¿va para largo?
ELENA ―No, si no ha de volver en toda la noche.
CÉSAR ―¿Cómo está tan segura?
ELENA ―No es la primera vez…
CÉSAR ―Podría, si lo quiere, echarle un vistazo.
ELENA ―No. No será necesario: la instalación eléctrica del castillo es muy antigua, y no sabría, créame, por dónde empezar. Mañana acudiré al pueblo: conozco allí a un hombre que…
CÉSAR ―Está bien.
ELENA ―¿Le incomodan, acaso, las velas?
CÉSAR ―Oh, no, al contrario: la cena es (está siendo) deliciosa.
ELENA ―Me alegro.
CÉSAR ―Elena, dígame… ¿vive usté sola?
ELENA ―No, no podría. Vivo con mi hija Cristina (ahora duerme).
CÉSAR ―¿Nadie más?
ELENA ―Nadie.
CÉSAR ―Quiero decir, ¿está usté sola en la vida?
ELENA ―Sola… sí, sola (mi marido falleció).
CÉSAR ―(Lo lamento).
ELENA ―No. No se apure. ¿Qué me dice de usté?
CÉSAR ―¿Yo?
ELENA ―Sí, sí, usté…
CÉSAR ―No siempre… sí ahora, aunque no siempre… Nada, nunca nada definitivo.
ELENA ―Debe usté viajar mucho.
CÉSAR ―Sí, la verdá es que sí. Este trabajo, ya sabe…
ELENA ―¿Le disgusta?
CÉSAR ―No, pero…
ELENA ―Está también solo.
CÉSAR ―Sí…
Elena inicia un tímido brindis que no concluye ― en su lugar, humedece sus labios con vino y mira a otra parte. Pellizca el pan, se lleva un pedazo a la boca.
CÉSAR ―Elena… es usté, permita que se lo diga, hermosa, tan hermosa…
ELENA ―No siga… yo…
CÉSAR ―¿Sí?
ELENA ―Yo no debo… no puedo…
CÉSAR ―¿No puede?
ELENA ―No. Aléjese (no se enamore de mí).
Y se levanta de inmediato ― parece pesarosa, acaso contrariada, cuando se vuelve y, en silencio, camina hacia la chimenea; una vez allí, atiza el fuego que yace exangüe, sin voluntad de llama. César la mira, mira su figura envuelta por el rojo somnoliento de las brasas, y brega, los puños apretados, en una lucha intestina que no puede sino perder… Acercándose, clama:
CÉSAR ―¿Por… por qué razón me dice eso? ¿No le gusto?
ELENA ―No, no es eso.
Elena se mira en los rescoldos que persigue con la punta ennegrecida del hierro ― sigue de espaldas cuando siente cómo la cogen de los hombros… ¡es tanta la delicadeza, tanta la calidez de las palabras que, en licuos susurros, derrama en su oído…!
CÉSAR ―Elena, usté… ¡me atrae tanto!
ELENA ―César…

Se ha girado: están cara a cara, muy cerca, entre voces torpes que sólo ellos alcanzan a oír… De pronto, nada impide a César decirlo: «Creo… creo que me estoy enamorando…», y la besa, se besan, y, del beso, a la mano en el muslo, por dentro, por debajo de la falda… Elena se sofoca: «AAAH», y César lleva su caricia más arriba… el gemido que sigue, tan natural, se confunde, se pierde en las sombras ― alrededor.

2

Abre la puerta: son la vero y la paqui.

«¿Vienes?» lo pregunta la paquita.

3

Nueva entrega de la colaboración especial entre los maestros de lo fantástico J. J. Plans (Gijón, 1943), periodista, escritor y presentador de radio, y J. Boix (Badalona, 1945), artista polifacético, autor de las historias Penny (1975), La cautiva de Zork (1976) y La boda de Monique Egan (1976). Adéntrate en el castillo de los Buen, en esta terrorífica adaptación al cómic del guión de cine que ni directores ni productores se atrevieron a filmar… ¿Te atreverás tú con Los misterios del castillo?

LOS MISTERIOS DEL CASTILLO. PARTE 2.

JOVEN ―No esperaba que nadie viniese al lago esta mañana…
CÉSAR ―Te-tenga.
JOVEN ―¿No le gusta lo que ve?
CÉSAR ―S-sí, claro.
JOVEN ―¿Por qué cubrirlo entonces?
CÉSAR ―No, no sabría que de…
JOVEN ―Traiga. Soy Cristina, ¿y usté?
CÉSAR ―César Manrique.
CRISTINA ―¿Manrique? Debe de ser el tratante…
CÉSAR ―El mismo.
CRISTINA ―Debería decir encantada
CÉSAR ―Descuide: el placer es mío.
CRISTINA ―No, quiero decir…
CÉSAR ―¿Qué quiere decirme?
CRISTINA ―Que, de algún modo, ya nos conocemos.
CÉSAR ―¿Nos conocemos?
CRISTINA ―Pude verle ayer.
CÉSAR ―¿Ayer?
CRISTINA ―Sí. Ayer tuve un sueño…
CÉSAR ―Un sueño.
CRISTINA ―Sí, y había en mi sueño un reino lejano, no porque estuviera lejos, sino porque nadie sabía dónde estaba realmente; y en el reino, había un castillo viejo como las piedras; y en el castillo, un gran salón al cabo de cien cámaras oscuras; y en el gran salón, un baño; y, en el baño, un hombre, un hombre como usté, César, fuerte y apuesto, que, sin temor, se quitaba la ropa, toda la ropa… y yo, que miraba a escondidas, lo veía todo…
CÉSAR ―¡Cristina!
CRISTINA ―(Pude verlo todo)
CÉSAR ―(¿Todo?)
CRISTINA ―(Sí). Tenía…
Y se le acerca para cuchichearle al oído unas palabras ― a César no sólo le turban la impudicia y la osadía que escucha: huele, con sólo respirar, los efluvios del lago en sus cabellos; siente las gotas (unas gotas) sobre el antebrazo, la proximidad de su cuerpo menudo y tibio; y mira, con ansia estrema, la mano abierta que sostiene la toalla, puesta sobre el pecho ―recuerda, donde los senos se pronuncian con gracia, la forma y expresión de los pezones poco antes―; más abajo, ve los pies desnudos y de puntillas sobre la hierba. No puede negárselo: «es encantadora».
CÉSAR ―¡Oh, no siga!
CRISTINA ―¿No querrá enseñarme…?
CÉSAR ―¿Con qué propósito?
CRISTINA ―Podría comparar y…
CÉSAR ―¿Y?
CRISTINA ―¿Qué se le ocurre?

Deja caer la toalla… Es, de nuevo, el blanco inmaculado de su desnudo, la sombra de adoración, de sometimiento, en la mirada de César: la besa ―¿o ha sido ella?― y yacen uno junto al otro. Se tocan, y celebra con besos largos, sentidos abrazos, la juventud en forma de mujer, pero, sobre todo, adama el feliz hallazgo, el reencuentro, de Elena en su hija: todo es en ella memoria viva de los que fueron (debieron ser) sus pechos, caderas y muslos, ¡tan tersos ahora…! ¡Los que fueran sabores de la otra noche, frescos y nuevos en la mañana! ¡Los que no debieron pasar, vueltos a ser! César agota el amor: en un esfuerzo titánico, colma, o lo procura, los apetitos incólumes, sin menoscabo, de la joven y, aunque, a sus años, todavía se mantiene en forma, la fatiga, la saturación de los sentidos, posibilita el ser, el lugar, a sus palabras «creo», no sabe si Elena o Cristina, «creo (¿es posible?) que me he enamorado de ti». Ella, muy por encima, sonríe: resplandece con los rayos del sol, con cada gesto fruto del gozo inmediato ¡…en lúbrica correspondencia con la gloria inmortal!

4

Le da los números de octubre-noviembre del 79 (los deja en la cama) y busca entre los vinilos de la estantería ― más de cuarenta. Está todo Metallica: del Kill'em all al black álbum; está Maiden, Testament y las Peel Sessions de Napalm Death.

5

Número 30. Mensual. 125 PTS. La pintura (casi fotografía) de la hembra ocupa todo el alto de la portada. Aparece de frente, de tres cuartos, vestida con un corsé y unas braguitas no mucho más blancos que la piel de su cuello, hombros o pecho. No más que sus brazos o muslos. Tiene los senos al aire, no pequeños: muy redondos, y, en la tela fina de la braga, se le marcan los labios de la vulva. Pone (ha puesto) las manos detrás, su dorso sobre las nalgas, y no sostiene el libro que asoma, una teta a cada lado, por la parte superior del corsé ―lleva por título «PLAN DE PARIS SENS UNIQUES»―. Es joven. Más que joven, bonita sobre lo que parece ser un salón palaciego, pomposo, dieciochesco… Con todo, la mirada acaba siempre en la mirada, atrapada en su mirada, que no es triste, ni fría, sino firme y sólida en su propósito de ser y estar allí, de pie, apenas vestida, con aquel libro viejo, algo estropeado, entre las tetas… Las cejas, pintadas en arco alto sobre los párpados, el fuerte rímel de las pestañas o las duras rayas negras que cercan los ojos, nada pueden, sino contrastar, la claridad y brillo de sus pupilas ―azules en la suave transición de grises―; el ligero ladeo con que inclina la cabeza sobre la línea de la clavícula, o el vuelo estático en que se esparcen los rizos de su peluca, muy rubia, a uno y otro lado de la cara, resultan, en cualquier caso, menos inquietantes que el feo manchurrón, algo viscoso en su día, que salpica la esquina inferior derecha de […] Cartas … 4 / Del más allá … 7 / ¡Zura! … 20 / Los oscuros caprichos de Rose … 27 / La locura del mar … 38 / Las brujerías del conde Alexandre Kulak … 51 / Los misterios del castillo … 59 / Entrevista a […] un hombre bajito, gordo, con bombín, gabán y mucha prisa, quien, sin dejar de andar, busca la hora en su reloj de bolsillo ― lo ha sacado de dentro, del chaleco: las once y tres minutos. Mira atrás, a los lados. Mira la farola (muy sola, en la esquina). Mira la placa que da nombre a la calle: «Rue de la pénitente». Mira el puente, las aceras vacías. Nadie (no hay nadie) o la niebla, la maldita niebla, los oculta a todos entre sus velos, su espesura de pesadilla, donde edificios y calles se diluyen y confunden en un todo blancuzco y vaporoso. Mira la hora: las once y tres minutos ― no ve que detrás, de las aguas del río, muy en silencio, se eleva una figura, algo, un solo torso, brazos sin carne, a la manera de los espectros de […] esparcidas por la hierba. Sobre el blanco almidonado del mantel, están las fresas, cerezas y ciruelas que la señora toma para desayunar con no poco capricho de los sentidos: después de pasar la yema de los dedos sobre la piel, vello húmedo, de todas ellas, se decide por una y la sopesa en alto. Pulsa la ternura de su carne, la temperatura de su cuerpo, y, cuando el deseo aprieta en exceso, la pone entre sus dientes y la muerde: con delicadeza, rompe la suave membrana que preserva la pulpa; arranca un mordisco, muy blando, y chupa la herida sin dejar de derramar el jugo dulce, sabroso, que resbala por la comisura de sus labios: viscoso y dorado, corre libre hacia la garganta, cuando no gotea, desde la barbilla, sobre el amplio regazo de la falda. El señor, que sigue distraído el aleteo errático de una mariposa azul, detiene la vista en la reluciente figura de su esposa: de pronto, resultan entretenidos los muchos y mullidos pliegues de su vestido. O no es eso exactamente.

SEÑOR ―¡Quieta!
SEÑORA ―¿Qué?
SEÑOR ―Así sentada me recuerdas…
SEÑORA ―¡Ya sé! No me lo digas… ¡aquel cuadro de Manet que vimos en París!
SEÑOR ―Monet, querida.
SEÑORA ―¿Ese?
SEÑOR ―Sí (claro que vestida).
SEÑORA ―¿Tú querrías que yo descubriera mis pechos…?
SEÑOR ―¡Oh no, querida!
SEÑORA ―Pensaba…

El señor recupera del suelo los papeles del diario, echa un vistazo a los titulares de la portada y abre poco más allá de la mitad. Espanta una mosca en balde. La señora, que lo mira leer, arrugar el entrecejo, pronunciar el morro tres-cuatro veces, sorprende el paso irisado de una libélula bajo el murmullo amable de los árboles: cruza, en vuelo resuelto, el aire tibio de la mañana en busca del abrigo de una charca. Allí, mezclada con el paisaje, se pierde. Hay, sin embargo, dos rayos de luz que se estrellan y rompen contra la dura superfície del agua y una multitud de destellos que se cuela entre los tallos, suave vaivén, de la espadaña; la señora se fija, sobre todo, en el vigor y la flexibilidad con que aquellas plantas hacen frente a los rigores del tiempo. Y coge, sin más, otra fresa.

SEÑOR ―Querida…
SEÑORA ―¿Querido?
SEÑOR ―Escucha qué despropósito…
SEÑORA ―¿De qué se trata?
SEÑOR ―Una noticia de local. Abre el titular, «¡Gran mono a la fuga!», y empieza diciendo «ayer diez y siete […] del circo tal […] se dio a la fuga un enorme orangután» y luego, más abajo, dice «alertando a sus habitantes del peligro que supone un gorila hambriento». ¿Puedes creerlo?
SEÑORA ―¿El qué?
SEÑOR ―Tan pronto tienen al mono por orangután como, poco después, ¡lo tornan gorila! ¡En el mismo artículo, con una diferencia de… tres líneas?
SEÑORA ―¿Es que no son la misma cosa?
SEÑOR ―Por supuesto, no. El orangután es un gran simio oriundo del Asia forestal. El gorila, sin en cambio…
SEÑORA ―¿Simio, como nosotros?
SEÑOR ―En efecto, querida.
SEÑORA ―La verdad, querido, es que no entiendo muy bien adónde quiere llegar ese anciano inglés con sus ideas y libros… Porque, pensándolo detenidamente, cierto parecido guardamos, en la disposición de las partes, en la distribución y proporción, pero ¡son tantas las diferencias, y tan grandes, como para tenernos por parientes!
SEÑOR ―No permitas, querida, que tus impresiones te conduzcan a error… ¿O crees acaso que erraban, y han errado, todas las gentes que, en el Asia forestal, han tenido por hombre de los bosques al orangután? Y, los antiguos, ¿no tuvieron por mujeres peludas a los gorilas?
SEÑORA ―Desgraciados… ¡qué podían saber!
SEÑOR ―Menos, sabrían menos, pero no eran, por ello, menos capaces o tontos. Considera, sin ir más lejos, que asiáticos y antiguos han observado más similitudes que diferencias entre ellos y estos simios… ¡Nada más natural, pues, que llamarlos hombres!
SEÑORA ―¿Hombres?
SEÑOR ―De algún modo, sí.
SEÑORA ―¿En su totalidad?
SEÑOR ―Físicamente. Claro que su capacidad craneal es otra… luego, el pulgar, en los pies… sus usos y costumbres… Comprende que
SEÑORA ―¿Costumbres? ¿Qué costumbres?
SEÑOR ―Otras. O la ausencia de las nuestras. Quiero decir
SEÑORA ―¿Por ejemplo?
SEÑOR ―No sé, querida. Al fin y al cabo, son bestias salvajes que apenas saben poner freno a sus apetitos y la costumbre, en suma, no es más que la repetición de unas maneras de hacer… Comprende que
SEÑORA ―¿No es un poco como los primeros hombres?
SEÑOR ―¿Qué quieres decir?
SEÑORA ―Que eran unos brutos, unos paganos y unos ingenuos; que iban por ahí desnudos y sin habla; que moraban en cuevas; que yacían a la intemperie; que carecían, ya sabes, de pudor y, en cualquier sitio, de cualquier modo, satisfacían sus necesidades
SEÑOR ―En definitiva, que estaban por civilizar.
SEÑORA ―Exacto: ¡que eran civilizables!
SEÑOR ―Pero comprende que
SEÑORA ―Así como el mono de circo, doméstico pero con otra hambre…
SEÑOR ―¿Qué otro hambre?
SEÑORA ―¡El hambre insaciable de las bestias salvajes…!
SEÑOR ―¿Querida?
SEÑORA ―Por ejemplo… date cuenta que… ninguna de estas frutas ha sido capaz de saciar… la mía… ¿Qué más, querido, podría llevarme a la boca?
SEÑOR ―¡Cosas tienes!
SEÑORA ―¿No se te ocurre…?
SEÑOR ―Esto podría valer…

Y, con media sonrisa bajo el bigote, se desabotona los pantalones, los abre y rebusca en los calzones: acaba sacando a la luz, desmayado entre el índice y el pulgar, un pene de facciones familiares; la señora, que no le quita ojo: sigue fofo y amodorrado, se muerde el labio inferior. Todavía sabe a carmín. Todavía sigue ahí: siendo el mismo.

SEÑORA ―Tengo que hacer pis.
SEÑOR ―¿Ahora?
SEÑORA ―¿Vigilarás?
SEÑOR ―¿Aquí?

Y allí lo deja. Corre. Con pasitos muy cortos, mientras tira para arriba de la falda, se llega a un breve claro del bosque. Comprueba que no haya bichos cerca, ni culebras por entre la hojarasca. Busca que se vea su marido, a escasos diez metros, de vuelta a sus papeles. Y se arremanga el vestido, la enagua, la camisa, para poder bajarse la braga hasta las rodillas. Se agacha y, puesta de cuclillas, se abraza a su ropa, más mullida si cabe, con todo al aire… En fin, la naturaleza fluye libremente. Mira, entre tanto, espinas en arbustos, florecillas, el tronco rugoso, agrietado, de un pino, los ojos maníacos de un gran simio en la maleza, sombreros de rovellones. La orina sigue chorreando: arrastra a su paso ramitas rotas, hojas muertas, muy secas, y granos de tierra renegrida. De pronto, con la mudanza del viento, una bofetada de vaho alcanza a la pobre mujer: es un olor acre, fortísimo, de macho grande, en celo. Orangután o gorila, no logra apartar la vista de su sexo descubierto… Escalofría, sólo pensarlo, el tamaño de su ansia. Escalofría, se dice, no atisbar el fondo de su apetito, no precisar, siquiera, su grado de salvajura. Se queda helada, del todo paralizada, cuando la mano del bruto la coge de los pelos y la arrastra a la espesura; de primeras, no lucha ni forcejea: se coge con ambas manos del antebrazo que tira de ella: duro, robusto, peludo, y abre mucho los ojos… Se suceden los troncos que tienden al cielo, los retazos de azul hiriente entre las ramas, los arañazos en muñecas y mejillas; sólo si se gira, alcanza a ver la figura huraña, corcovada, de su raptor. Asombra su agilidad, la velocidad con que cruza la floresta. Asombra la fuerza descomunal de sus miembros, la potencia de su zancada. Asombra su determinación, la fiereza que lo lleva cada vez más adentro, más a ninguna parte, como si nunca acabase de escapar… El dramático rasgón del vestido por la parte de la falda sobreviene de repente: un pedazo, antes blanco, ha quedado atrapado, desgarrado y roto, entre las púas de una zarza. Otros jirones se desprenden. Otros desaparecen. La maleza más voraz, más feroz, los devora y engulle y ella, demasiado lejos, cae en la cuenta de que es tarde para gritar… Es peligroso y es tarde. El animal se ha parado. Del mismo modo que ha traspasado la selva: sin sombra de duda, la sube en volandas, trepa a lo alto de un roble centenario y terrible. Después, arriba, la arroja al interior del tronco, a una oquedad cavernosa y vieja, donde ha llevado hojas verdes y crujientes, ramitas de tallos tiernos y un puñado de castañas en su erizo. La mujer, los ojos muy abiertos, mira el rostro bestial de la criatura, suspendida frente al nido: husmea el aire y gruñe apenas, así como un ronquido abrupto, antes de marcharse. El interior de la cavidad se llena de luz y la pobre mujer, allí, tan sola, tarda largo rato en asomarse fuera, en comprobar los muchos metros que la separan del suelo, y poco, más bien poco, en temerse e imaginarse los carnales propósitos de […] los ocho marineros, sólo cinco alcanzaron el extremo superior de aquellas escaleras. El portugués fue el primero en verlo ― lo hallamos de rodillas, derrotado frente a la Gran Puerta: necia, obscenamente labrada, no albergaba otra posibilidad de ser que impedir el paso a monstruosidades marinas, aberraciones nacidas en otro tiempo… Ninguno, entre nosotros, fue capaz de concebir, siquiera imaginar, que aquella no era una puerta, que aquella, cediendo lentamente ante nuestros ojos, no cerraba el paso a cosa alguna, sino que impedía salir a aquello que yacía más allá de la vida y de la muerte… Primero fue la exhalación, pútrida miasma de siglos sobre siglos, que desvaneció en la atmósfera la consciencia o cordura de Briden, Rodrigues y Ward. Siguió un sonido, «SPTUUUG», de algo vago, gelatinoso, cayendo sobre la piedra y el légamo… ¡Chapoteaba! ¡Estaba avanzando! De inmediato, los hombres renunciaron a las armas; cuerdos o no, abandonaron sus revólveres y fusiles y echaron a correr… Huían de lo nefando, de lo absurdo, de lo que no debe ser; de aquello que, en aquel momento indecible, repudiaba el lecho caliginoso de la sepultura para […] DEL CASTILLO. PARTE 4. Bajo la ominosa mirada del cuervo posado en el extremo descarnado de una rama, una gran cruz de piedra se inclina hacia los matojos sin vida que asoman, errantes, por entre los jirones de bruma que arrastra, más adentro, más lejos, un viento frío y cruel. Una escalera, mordida por la hierba y por las grietas, asciende a terrazas ulteriores del cementerio: mausoleos de mármol blanco, una valla de hierros torcidos y, por encima, la noche plana (a una tinta). Más tumbas brotan del suelo pobre del campo santo ― hay lápidas que se vencen a los años. Está la fosa negra. Y, en el centro de la splash page, el lóbrego panteón del que han salido los dos hombres: son César y un viejo marino, rayas negras, rayas blancas, con una pala al hombro.

CÉSAR ―Vacía…
VIEJO MARINO ―¡Se lo dije…!
CÉSAR ―Pero entonces… su sobrina…
VIEJO MARINO ―Ellos la tienen.
CÉSAR ―No. No puede ser…
VIEJO MARINO ―¿No ha visto suficiente?
CÉSAR ―No sé qué pensar…

El viejo marino se ha detenido: deja la lámpara de aceite, deja la pala, y saca su pipa, los utensilios de fumar; prende un fósforo, prende el tabaco al fondo de la cazoleta y, mientras acaricia su barba, tupida y cana, empieza a decir «Hubo un tiempo en que […] AAIIEEEEE» grita una joven, blanca, desnuda, a los pies de un gran bloque de granito. Brega en vano contra la ligadura de los grilletes en las muñecas, contra las cadenas que la sujetan a la roca maciza… Desfallece (por un instante) y cae de rodillas al suelo ― el tintineo se desvanece en las concavidades de la gruta. Apenas se hace el silencio, le llegan, multiplicados mil veces, los chillidos de las que moran por siempre en la oscuridad: «SQUEEE» «SQUEEE» ― «SQUEEE» cada vez más cerca… Pugna, por causa del terror, contra el hierro, contra el mutismo de la roca, y grita, «AAAHH», se magulla la carne… Casi han llegado: «SQUEEEEE» ― puede oír las uñas de sus patas arañando la piedra del suelo. Para (se detiene). Yace inmóvil, quieta: siente el sudor resbalando por su cuello, sobre el pecho; siente las exhalaciones de sus pulmones, los latidos de su corazón y nada más… porque, aunque no alcance a verlas, ya están allí. Gira el rostro: desesperada, aprieta la mejilla contra la fría superfície del bloque de granito; cierra los puños, se aferra a las cadenas… Lágrimas de angustia escapan de sus grandes ojos negros.

El viejo marino, rayas blancas, rayas negras, desata los cabos que amarran el bote al muelle ― por un momento, con un pie sobre la proa, otea en la distancia las diminutas islas del lago y exclama, airado, «¡Maldito seas, […] Dos tetas grandes, muy grandes, para pecho tan pequeño. Es Elena, la blusa abierta, la falda recogida hasta la cintura. César, justo detrás, la empuja repetidas veces contra el escritorio: «AAAH» «AAAH». Están los dos en el estudio que fuera del difunto: la madera antigua, oscurecida, los anaqueles repletos de volúmenes y polvo ― su retrato, óleo sobre lienzo, custodia la sala: es, en tonos macilentos, un hombre severo, de algún modo cruel. César baja la mirada, busca a Elena ―más recostada sobre el mueble, arquea la espalda―: «AAAH». La goza. Se sacude. La tensa. A ratos, pierde el control. A ratos, se distrae con el perfil de sus pezones ― van al frente de un bamboleo repleto, maravilloso, que, dada su posición, sólo intuye e imagina; en el rato de inflamarse (¡están a su alcance!), se abalanza sobre ella y llena su mano con una de las tetas. Aprieta. Sigue empujando. Más feliz, le retuerce un pezón (¡gran acierto!): «OOOH», «Elena», «OOOH», «Elena… yo…» y sucumben a la marea de placeres que rompen (¡de pronto!) en un estallido líquido ― jugo caliente, chorro apretado, que resbala por los muslos enamorados de los amantes.

César se incorpora no sin torpeza, ni dificultad. Sale, se echa a un lado. Logra apoyarse en el bureau cuando Elena se levanta, aunque descompuesta, señora de un castillo. Tira de la falda (se cubre) y se excusa: va al baño ― tras la segunda de las puertas de la habitación. A través del resquicio, de pronto iluminado, puede verla (no espiarla): está de pie, frente al espejo: se ciñe el sujetador, se abrocha la blusa, se recoge el cabello, se quita la falda, las medias, las bragas… Corre el agua (hace que corra el agua) ― un escalofrío le eriza los pelos de las piernas. César se mira (las observa): están desnudas, heladas; recoge los calzoncillos, abajo, sobre los tobillos; los sube, con los pantalones; y se viste (aunque sucio, pegajoso). Sigue con el botón del pantalón, la cremallera de la bragueta, la hebilla del cinturón… Hay una huella de luz eléctrica, amarilla, en el suelo ― Elena, sentada en el bidé, se lava.

CÉSAR ―Vámonos.
ELENA ―¿Irnos? ¿Dónde?
CÉSAR ―No sé. Lejos.
ELENA ―¿Ahora?
CÉSAR ―Sí, ahora.
ELENA ―Un momento… ¿de qué estás hablando, César?
CÉSAR ―Hablo de dejar este lugar para siempre. Hablo de marcharnos. De irnos, tú y yo.
ELENA ―César… yo…
CÉSAR ―Elena, huyamos.
ELENA ―No. No puede ser.

César ha sorprendido un suave crujido al otro lado de la puerta: «ÑEEEC» ― sin mediar palabra, cruza la estancia en sombra hasta la primera de las puertas, la que da al pasillo… y, con la mano en el pomo, bajo el lamento de las cañerías, coge aire, abre de repente: frente a él, poco más allá del umbral, ¡una presencia…! ¡Alguien!

CÉSAR ―(¡Cristina!)
CRISTINA ―Os he visto…
CÉSAR ―(¿Qué?)
CRISTINA ―A ti y a mi madre… por el ojo de la cerradura…
CÉSAR ―(Cristina, tu madre está… ¡puede oírnos!)
CRISTINA ―Siempre le ha gustado a cuatro patas, sobre el despacho que fuera de mi padre, ¿sabes? Pero tú, César, ¡serás mío o no serás de nadie!
ELENA ―César, ¿dices algo?
CÉSAR ―No, Elena. Hablaba…
CRISTINA ―Y es que… sólo pensarlo… ¡tiemblo de ira y de celos!
CÉSAR ―¡Cristina…!
ELENA ―¿César?

El viejo marino, rayas negras, rayas blancas, navega en su barca motora, «BROM-BROM-BROM», rumbo a la mayor de las islas del lago, a pesar del seso y de la amenaza de tormenta: terribles nubarrones han cubierto las cumbres nevadas, ahuyentan la tarde, ofuscan la vista… Avanza de todos modos. Avanza con firmeza. Avanza, el puño en el timón, bajo el grave «BROUMMMM» del cielo ― a causa de la niebla que emana torpemente de las aguas oscuras, lacustres, no alcanza a divisar cómo, de entre los abetos, asoman unas figuras mostruosas, apenas humanas…

6

Están sentadas en un banco de la plaza ― la luz de la farola entre el verde de las ramas de dos falsas acacias; los columpios en sombra, muy quietos; la fuente grande abandonada a su silencio monumental; la pequeña, a un chorrito de agua, a un reguero pobre por el suelo… Y hablan ― las ve hablar. Mira por la ventana: mira a ver qué hace la paquita, además de reír, de hablar, de comerse el bocadillo, A+A+A, y piensa, izquierda, abajo-izquierda+Z, en sus tetas; no es sólo eso, arriba-derecha+Z, abajo+Z, es que es rubia, y sabe que tiene los ojos claros, diría que azules; echa un vistazo, algo furtivo, abajo+abajo-derecha+derecha+C, y compara con las otras: son grandes (las tiene más grandes); abajo+abajo-derecha+derecha+A, abajo+abajo-derecha+derecha+C, arriba-derecha+Z rápido, seguido de abajo+Z y derecha+abajo+abajo-derecha+derecha+C por todo lo alto: «YOU WIN!». Parece que mira.

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