Flor varia de leyendas

Charles enamorado o La cripta de los suspiros. Seis entregas ahora nuevamente ilustradas.

Folletín. Ficción finisecular y réproba.

«Paisatge» de Modest Urgell i Inglada (1885-1895)

Charles, nacido Carlos Baltasar, fue enviado a pasar las últimas semanas del verano al palacete de U., casa solariega de los Ruy de Boscuro, por orden de su madre, quien, sola, pobre y desvalida, no pudo ni supo otra cosa que desterrarlo lejos, aunque por unos días, de su vida entonces, suma de noches, salones y turbación, en que las malas compañías sucedían a las lecturas ímprobas y la luz de las farolas a las tardes de desolación. Tales fueron los excesos que, a sus diez y nueve años, el joven Charles parecía más una sombra, un espectro, que un hombre en la flor de la edad, y se debía esto, en parte, al luto riguroso, a la palidez cadavérica y a la mueca macabra que traía aprendida; la calvicie incipiente o que sólo se dejase ver tras la puesta de sol completaban el cuadro. Tales fueron los extravíos que su madre, pasando las cuentas del rosario, exorcizaba, frente a frente, al ojo del torbellino fatal que arrastraba consigo a su única prole hacia el vórtice, insaciable y voraz, donde la carne halla su corrupción y, lo que es aún peor, el alma, su perdición. Tales fueron los temores, tal la potencia de su fantasía en las horas sin sueño, que, en la mañana del primero de agosto, mandó preparar unas maletas con ropa limpia, de verano, y, sin que mediara aviso, razonamiento o despedida, entró al señorito, valiéndose de los brazos de dos domésticos, en el carruaje que lo llevaría a los parajes, soledad remota, de U.

Si despertó, lo hizo de camino, presa del aturdimiento y del sopor. Tardó en saber que dormitaba duramente, que estaba postrado en un banco de madera y que aquello, tanto ajetreo y sobriedad, era la caja del coche de su madre. Fuera, el paso pesado de los caballos por la derrota pedregosa que se encaramaba a los montes amables de su infancia. Sabía, al fin, que estaba a pocas horas de la hoya verde y umbrosa, de las tibias humedades, donde se levantaba la casa de los Ruy de Boscuro. Apenas recordaba el lugar. Sus recuerdos, allí, eran pobres y escasos. Por aburridos, los había ido descuidando y, con los años, los había perdido como se pierden los trastos viejos en el trastero: olvidados bajo el polvo. Guardaba, no obstante, unos juegos de niñez insulsos, unas risas en blanco y negro que debieron ser felices y la figura de su padre, más uniforme que faz reconocible, leyendo la prensa en su despacho. El palacete, por lo demás, estaba condenado: se le imponía, por su situación, la pena de apartamiento del ruido del mundo, del bullicio alegre que da la vida a las calles de una ciudad; y, dada su obstinación, se le excluía para siempre de la cuenta del siglo.

También a él. Y, por más que presumiera los delitos que se le imputaban, ignoraba la extensión del castigo y agosto, su agosto de noches azules, copas de ajenjo y labios de azúcar, se le antojaba entonces un páramo horrible en su infinitud. La náusea, manifestación aborrecible del ser, sobrevino naturalmente y Charles, que creía agonizar frente a la perspectiva de largos días sin cuenta, se hundió en su propio pozo de lamentaciones y rechazó, desde la más sanguinolenta de sus vísceras, toda forma de esperanza: no había modo de escapar de aquella su prisión. Estaba condenado. Y maldito, como U., se repetía incansable, cuando el carruaje se detuvo ante las puertas de los fastuosos jardines de la casa de los Ruy de Boscuro. Se asomó, por ver qué pasaba, y vio, pudo contemplar, la verja de hierro que guardaba el paso y el camino, más allá, orillado de cipreses. A poco menos de media legua, se atisbaban las torres picudas del palacete, sus muros, otrora blancos, y las ventanas más altas, oscuras en la distancia. Se bajó y dejó que el coche se llevara consigo el fragor de cascos y ruedas en la grava. No tardó en alejarse, en desaparecer tras la polvareda, y Charles, apenas mareado, siguió a pie, de paseo, dispuesto a tomar el fresco o a no llegar nunca… Pero el día moría con los malvas del cielo y la melancolía, aunque juvenil, caía sobre su ánimo como el rocío en la noche. Si la brisa aliviaba su desazón, la tristeza, su fastidio, y era honda, en verdad, pues Charles, más pesaroso y más sombrío, volvía en sí: estaba ensayando un endecasílabo. Cruzaba la penumbra crepuscular y procuraba un hipérbaton menos hiriente. Bregaba con las sinalefas, por un fraseo espontáneo, o sugería nuevos consonantes para otro más que probable soneto. Cerca de la plazoleta que antecede la escalinata de la casona, quiso anotarlo. Nada, sin embargo, hallaría en sus bolsillos: ni pluma, ni papel, ni memoria a la que confiar sus versos… Se sintió, de pronto, doblemente desgraciado y solo, muy solo, más solo que nadie, tanto… que no creyó posible oír una voz, la voz de una mujer, que gritaba, le gritaba: «¡Primo! ¡Carlos… Carlitos!».

Pasados los días, la claridad vespertina se le antojaba agradable a Charles y su espíritu, antes bullicioso, se sosegaba con la paz de las fuentes o el gorjeo enamorado de las avecillas. No hacía nada, salvo respirar, y, en su reposo, aprendía la calma de la tierra y sus partículas, de la hierba y sus briznas, de los árboles, de sus troncos y ramas, de las hojas y de las nubes que pacían, muy quedas, el firmamento. Muy dentro de sí, prefería la luz última: la agonía del sol y la extinción de sus haces, dorados en el cielo rojo, tibios en el morado, fríos en el cielo pálido que anuncia la noche con las primeras estrellas. Era así, por este procedimiento, que Charles se sorprendía cada jornada envuelto en sombras y prendado del jazmín. Entonces debía volver. Si quería cenar, debía apresurarse. Y regresaba, ciertamente, porque Charles, en todo aquel tiempo, había hecho lo posible por ganar el hábito de ocupar sus tardes en un banco apartado del jardín. No leía, no hacía nada. Estaba… Los versos, por ejemplo, dejaron de pugnar con las horas, y no se apretaban, no se agolpaban por salir, fluían dulce, suavemente, hacia el éter, la nada, como vapor de agua sin voluntad de permanencia, que pasa y no queda, que juega libre en el aire, que va sin cauce y sube sin orillas… Y no protestaba. Charles, aunque bajito, sabía que no había río sin ribera, ni mar sin costa, y que el agua, si agua, correría siempre donde la llevase la corriente, esto es, cuesta abajo… Se producía, sin embargo y sin variación, una forma en aquel su descenso: el agua, aunque libre en su carrera, daría con un curso nuevo, su curso, y precipitaría nuevas orillas, por deleznables que pudieran parecer al paso de los siglos. En suma, el contenido daba cuerpo al continente o, dicho de otro modo, la Poesía trascendía el verso y se cobijaba, lo podía sentir, en las partes del mundo, fueran grandes o pequeñas, comunes o raras, y no importaba su valor, el valor que los hombres diesen a las cosas, sino su pureza. En la inocencia, primera ingenuidad, la Poesía moraba incólume, y florecía. Florecía, pues, cada vez que Charles evocaba las letras de Julia en un papel. Florecía cada vez que lo sabía.

―¿No te acuerdas? Te escribí unas cartas…

Charles ingresó en la academia militar de París cuando cumplió catorce años. Serviría, según tradición familiar, en el cuerpo de artilleros y regresaría hecho un hombre dispuesto a valer su nación, un hombre valeroso, de pecho ancho y corazón honesto, orgulloso de los suyos y sus horas, pero Charles, si llegó allí por su carácter melancólico, que los médicos diagnosticaran monomanía y que tantas preocupaciones ocasionara a su madre, salió de allí por imposible y díscolo. No es menos cierto que invocó la piedad materna en buena parte de su correspondencia y, como neófito de la Retórica que era, no pudo no desfigurar los hechos y exagerar algunas circunstancias, sobre todo en lo relativo a la comida, que, al fin y al cabo, los franceses no dejaban de ser unos extranjeros y unos extraños. Firmaba, sin embargo, «Charles B.» y su madre, que lo creía rayano en la locura, desoyó las recomendaciones de sus instructores, las fervientes advertencias de sus tutores y, ya en el país, las palabras castellanas de algunos altos oficiales próximos a la casa de los Ruy de Boscuro, y accedió, en efecto accedió, a las peticiones desesperadas de su retoño.

Contaba catorce años y siete meses cuando volvía a pisar las calles llovidas de su barriada. Se cernía la noche sobre los tejados, y era más negra y más hermosa que nunca… Apenas iluminaban las farolas, todo se sumía en sombras, y Charles, paso a paso, dejaba atrás la vía principal donde se perdía el eco lastimero que no podía, por más tiempo, seguirle: «¿Qué será de ti, hijo mío? ¿Qué será de ti?».

Detalle de «Jardín con cipreses» de Santiago Rusiñol (1911-1931)

Mientras te miraba marcharte, tu figura de blanco en el jardín umbrío, sabía, podía sentirlo, que se me venía encima, que iba a suceder, que algo, algo horrible, iba a desgarrarme y romperme por dentro, en silencio, si no hacía nada, si no te llamaba y te dabas la vuelta… Pero te fuiste. Y no dije nada, dejé que pasara, que cayera sobre mí y me partiera en diez y siete trozos por saber quién eras» escribió y guardó la pluma. Leyó, una, dos veces, aquellas líneas afectadas y arrugó el papel. Era, más bien, «tu figura de blanco en la penumbra crepuscular» y no eran exactamente diez y siete trozos, ni eran tampoco cien, sino muchos más… O incontables, mejor. Propuso «en una infinidad de trozos» y sopesó apenas su otra ocurrencia: «tu pálida sombra», pues, aunque le satisfacía la sutilidad del oxímoron, la ausencia de luz ya había arraigado fuertemente en el corazón de «la penumbra», y aún en su crepúsculo. Aborrecía cualquier forma de redundancia. No toleraba los significados que se multiplicaban hasta la atiborrura de los sentidos, ni tampoco podía sufrir las amplificaciones imbéciles que rendían pleitesía a intelectos embotados… La sensibilidad, la suya, tan nueva, era una flor rara que detestaba el agua clara de todas las mañanas, que se saciaba pronto y con poco, y que requería las más delicadas atenciones. Procuraba, por estas razones, proporcionarle especias variadas y exóticas, y se aventuraba por caminos nunca antes explorados, en busca de regiones vírgenes, donde todavía podían sorprenderle unos labios o el horizonte palpitante de estrellas. Sabía, por experiencia, que las sensaciones se gastaban y agotaban cuanto más se las frecuentaba, y que después no había sino el tedio, las horas muertas, la putrefacción en vi

Y fue tras ella. Y en la carrera, precipitado juego de risas y tirones, Charles creyó que le ofrecía la mano, y la asió, y Julia, vivamente encendida, se volvió a mirarle y la sonrisa, que menguaba de felicidad, dio paso a otro anhelo más alto que la dicha del instante. Se detuvieron. Se miraron largamente, a los ojos. No dijeron nada y, a cada segundo que pasaba, mayor la esperanza y mayor la certeza: si era un equívoco, si devenía en malentendido o si alguno de los dos no lo deseaba, hubiese bastado con recurrir a la primera trivialidad que les acudiese a la mente, pero no, al parecer eran más un alma que dos ingenios azorados, más una idea que Charles y Julia devueltos al polvo del jardín a la voz de «¡Carlos, Carlitos!».

Eran sus primas, Claudia y Lucía, también de blanco deslucido, con zapatos remendados y mirada bondadosa. Junto a su hermana, que se había soltado y corría hacia ellas, tres tristes flores en un erial. Las tres hermosas y las tres sin coger. Si Lucía era el botón que apenas deja ver la promesa de sus pétalos y Claudia, la azucena demasiado tiempo al sol, Julia encarnaba la rosa tierna que despierta al mundo y suspira, vuelta al cielo, frescas fragancias que los hombres ansían sin saber por qué… Los hombres o Charles, aunque nadie, en verdad, pasaba por allí y las tres, pobres y buenas, daban sus años de juventud a los días baldíos del palacete de U.

También ellas estaban condenadas. Y su pena, a diferencia del retiro forzoso de Charles, iba mucho más allá de este o aquel verano, de unas pocas semanas, del mes de agosto o de un setiembre lluvioso… No estaban allí de vacaciones: vivían allí. Y vivían allí porque no tenían otro sitio al que ir, porque la desgracia, funesta y fatal, se había ensañado con aquellas pobres criaturas y sus prósperas vidas.

Dejó el cañón sobre el bureau, frente a él. Cerró el cajón, echó la llave, y miró la hora, otra vez. Las siete y nueve minutos. Comprobó que el tambor estuviera lleno: seis balas, y torció el gesto… Más allá del estruendo, del susto que un disparo procuraría a los suyos, que dormían plácidamente cerca de allí, estaba todo el asunto de la sangre, y los sesos en la pared. La sangre, y lo sabía bien, resultaba escandalosa de por sí, y prefería no derramarla. Esto es, ni cuchillas, ni venas. Tampoco consideraba la posibilidad del hallazgo de un cadáver en casa con el rostro desfigurado del esposo atento y del padre amantísimo. Su rostro, al cabo. Pero no podía soportar la carga por más tiempo y no había otro modo de aliviar la vergüenza: cogió el revólver. Un disparo evitaría que su mancha acabase mancillando la inocencia de sus tres hijas. Guardaría el nombre de su mujer. Era su deber. Estaba en su mano y su mano vacilaba: merecían un muerto de una pieza, un recuerdo menos repulsivo, una cara que velar… Había mirado el vacío frente a frente. Había pensado en saltar. Si no el puente, las aguas heladas del río. O un veneno de acción rápida que le corroyese las entrañas. Pero no… Le parecían, todas ellas, cosas de poetas y él, aunque en la ruina, era un hombre. Seguía siéndolo. Sería la soga, pues. La muerte larga del ladrón, que bien lo valía la infamia, y no dentro, en el hogar: lo haría en el establo, con las bestias. Antes, por eso, tomó la pluma y tembló, como un crío se echó a temblar, ante el blanco del papel.

Concha, la tía Conchita, contaba que los cerdos le habían mordido los pies y que estaba azul. Recostada en su récamier, no sentía pudor alguno refiriendo los acontecimientos de aquella mañana de domingo, sucedidos a las ocho menos diez, por truculentos que pudieran antojarse a las visitas: «Su expresión», repetía, «era repugnante. Tenía la lengua hinchada y no le cabía en la boca… Le colgaba así», y ensayaba una mueca entre patética y tragicómica. Nadie, en aquel punto, sabía si debía reírle la gracia, mostrarse asombrado de espanto o compadecer al difunto, y, por lo general, asentían sin más. «Luego», continuaba diciendo, «estaban los ojos, que los tenía muy abiertos, como si se le fuesen a salir de las cuencas o hubieran de estallarle de un momento a otro, por la presión de la sangre, me supongo» y bebía, en sorbos cortos, anisete de un vaso que pasaba de mano a mano, según las exigencias dramáticas del momento.

Hacía siete años que su marido las había dejado. Siete años solas, abandonadas a su suerte y, de no ser por el socorro de los Ruy de Boscuro, en la calle, pidiendo limosna de puerta en puerta… Aquel hombre no sólo se había quitado la vida: antes había derrochado su capital en una empresa de estampitas con motivos marciales y, plenamente confiado en su empeño, había hipotecado su patrimonio. Todos sus bienes, de un día para otro, habían mudado el nombre de su propietario y un banquero, si no orondo, señor con bigote, enarboló documentos con timbre y con firma y se hizo la ruina, como es costumbre en estos casos, ajena. Aquel hombre no sólo tuvo que refugiarse en brazos de la muerte, sino que obtuvo, por este medio, una viuda de menos de cuarenta y tres hijas en la flor de la vida, sin dote ni oficio. Aquel hombre, Concha siempre lo supo, fue un ingenuo, otro bobo engalanado y estúpido que amaba por igual su sable y a su mujer, que paseaba altivo en su caballo y no montaba por las noches, que jugaba con pólvora y no pegaba un tiro bueno porque, en sus días, besó más cuellos de botella que mejillas o labios y, en la mañana que hubo de besar el cañón de su revólver, aquel hombre, llamado de guerra, se enfrentó a la muerte ciñiéndose una soga al cuello en la cuadra de los cerdos, cuando lo único que cabía enfrentar era la vida.

Concha, la tía Conchita, no suplicó. Fueron los prebostes de los Ruy de Boscuro quienes asignaron una renta anual a la viuda y sus hijas, y les cedieron el usufructo del palacete de U. Aquel, aunque lejano, aunque huraño, sería su destino y no pudo sino aceptarlo. Agradeció el ofrecimiento, aquellos otros el agradecimiento, y accedió a marcharse para no volver… Consintió una vez por no pedir tantas, por las niñas, y, con los años de destierro, la amargura sólo asomaba al fondo de los «cobarde», «infeliz» o «desgraciado» que dedicaba a su difunto esposo cada vez que lo mataba bien muerto. De no ser por la saña, a Charles le hubiese dado la impresión que aquello no iba con ella, que los hechos que refería concernían a terceros, a gentes que no conocía ni le importaban en absoluto, y advertía, con gran asombro, cierto deleite en lo truculento, una rara afición por los aspectos grotescos que bordeaba el escándalo cuando se detenía a desmenuzar la grosería en la muerte de su marido. Dudoso hábito en mujer tan distinguida, cabía pensar, y Charles, por voces de la infancia, conjeturaba algo peor, más terrible, que se deslizaba en la penumbra de pasillos de puertas entornadas… ¡Todo era un cuento… El ataúd de su tío H. estaba vacío!

Charles había abandonado la sombra y la soledad de antaño. Ya no vivía de noche, se levantaba cada mañana a la misma hora: a las ocho en punto o, mejor dicho, su tía mandaba despertarlo cada mañana a las ocho en punto y, si no estaba sentado a la mesa en diez minutos, no le estaba permitido probar bocado hasta el almuerzo, a las tres de la tarde. El permiso, a Charles, le preocupaba bastante menos que la flaca posibilidad de dar siquiera con un mendrugo de pan en los dominios de su tía Concha, y se opuso y, en efecto, pasó hambre y la penuria le acabó conduciendo, como en sacrificio, al laberinto de cerraduras, cerrojos y puertas que acechaba dentro del lóbrego ámbito de U. Sintió degradarse su condición y estuvo, ciertamente, varios días sin desayunar, pero su tía mandaba comer a las tres y cenar a las nueve «sin falta». La inanición se tornó insoportable, tanto o más que las imposiciones… La sola idea de someterse al capricho de otro, del que fuera, reavivaba su ánimo y afirmaba su voluntad. Sus fuerzas, sin embargo, menguaban y su resistencia enflaquecía con el curso de las jornadas… Temía desfallecer. Por eso llegaba Julia algunas mañanas a su habitación, a traerle panecillos con mantequilla, bollos y mermelada. Abría las ventanas, apartaba a un lado las cortinas, y lo sacaba del sueño con palabras alegres, dulces en su voz, y Charles, que flotaba en la bruma, vislumbraba a lo lejos el brío de aquella joven, su luz, la luz, pues la claridad del día no iba más allá… Se detenía toda en ella.

Tampoco bebía, es decir, Charles también había dejado la bebida. Durante las comidas, porque finalmente se sentó a la mesa a la hora convenida, no se le sirvió en la copa más que agua muy fresca y, cuando solicitaba un chorrito de vino «para tintar el caldo», su tía Concha comenzaba con el «su madre me ha advertido» o el «su madre me ha contado algunas cosas» que tanto le fastidiaba… Así las cosas, Charles intentó procurarse el sustento por otros medios y topó de nuevo las puertas, los cerrojos y las cerraduras que renegrían las entrañas del palacete de U. Se esforzó, temeroso de los sudores fríos, y quiso colarse en la cocina, pero no fue nunca a escondidas. Averiguó la ubicación subterránea de la bodega, pero candado y cadena guardaban el paso. Urdió un robo, un asalto y un engaño, pero confundió la sombra del pensamiento criminal con los delirios de la pesadilla insomne. Sintió extinguirse su tiempo y, en las alturas de un cielo llano, observó horrorizado los pajarracos aquellos que acechaban su carne círculo tras círculo, si no lograba despertar antes, en mitad de la noche y de la nada, ciego de sed… Hasta que llegaba Julia con un dedal de cognac o el culito de un vaso de anisete, paños limpios y luz. Traía una candela y las atenciones que una madre dedica a un hijo enfermo, paciencia y los tiernos siseos que mitigan el ardor de la fiebre. Charles vivía por el pulso inmaculado de sus manos, fuese el dorso en la frente o los dedos entre los cabellos, y murmuraba apenas palabras de amor… Al día siguiente, no recordaba que Julia aparecía en camisa de dormir en su habitación, que su figura se anunciaba bajo el vestido con cada movimiento de su cuerpo y que rodillas y muslos, caderas y espalda, se vestían de blanco satinado para él. Peor era atribuir a la fantasía, y no a la memoria, la viva imagen de sus pechos delicados. Bajando las escaleras, por ejemplo, ocupaban de pronto su cabeza y se estremecía, absorto en su contemplación: se pronunciaban con timidez tras el velo y eran pequeños y eran preciosos, ligeros en el vaivén de su respiración, graciosos en la novísima agitación de su alma… Pero, por algún motivo, estaban arrecidos, dispuestos a herirle.

Charles no cultivaba versos. Sin tinta ni papel a mano, había aburrido la escansión laboriosa del suelo yermo de su memoria y había, en efecto, dejado fluir la música de las palabras largas horas, en la tarde, pero todas ellas, al cabo, también se perdían… Y se aburrió. Fantaseó luego con breves poemas en prosa y se gustó, y temió, de inmediato, olvidar la expresión exacta de muchas de las figuras, la forma y no las nociones, tan hondas y tan claras, y buscó dónde escribir. Por preservar aquellas líneas, se expuso a la negativa de su tía Concha y buscó, se adentró una vez más en las tinieblas sepulcrales del palacete de U. y recorrió una de sus alas, abandonada durante años. Ni ratones vio, sólo el polvo sobre las cosas y un silencio de muerte que presagiaba el mañana… Charles se detuvo frente a una gran mesa de roble oscuro y, valiéndose del dedo, dibujó dos endecasílabos que volvían de nuevo a sus labios: «y no hallé cosa en que poner los ojos / que no fuese recuerdo de la muerte». Frecuentó estancias desiertas, salones en desuso, y descubrió, cierta atardecida, un despacho. Había allí un viejo cuaderno de contabilidad y un lápiz enano, romo. Los hizo suyos y huyó como un forajido, como el ladrón que lleva el botín bajo el brazo, sin alcanzar a imaginar la desventura que acarreaba consigo, pues el instrumento de escritura que se había procurado, lejos de satisfacer sus necesidades, le acabaría deparando otra nueva: sacarle punta. Urgía un cuchillo, una navaja o un abrecartas como urgía un tomo de poetas del Parnaso. Tampoco había en la biblioteca de U. nada que fuese de su interés. «Nada», anotó con fuerza, «salvo un retrato y la luz en sus cabellos».

La luz en sus cabellos era la luz de la tarde en los cabellos de Lucía. Ella hablaba, seguía hablándole, de la antigüedad del interés de su linaje por las artes y las letras, mientras le mostraba los volúmenes que gravaban los anaqueles de la biblioteca de los Ruy de Boscuro en el palacete de U., y Charles no podía sino mirar los destellos dorados que coronaban su figura y le conferían un aura de irrealidad, cuasi divina. Parecía sacada de una leyenda y parecía imposible, por delicada, recta y singular. Era preciosa… Y, si no verbalizó sus impresiones o el caudal de sentimientos que le abrumaba, temió hacerlo, así que puso toda su atención en aquellas sus palabras: «historia natural», «geografía universal», «los anales», «las corónicas» y un largo etcétera del todo incapaz… Quiso extender el brazo y tocar, siquiera rozar, uno sólo de sus cabellos, por saber si era verdad, y llegaron algunos títulos, como «el Tesoro de la lengua castellana y parte de la segunda edición de L'Encyclopédie», y supo que no sabría nunca si era posible… Pensó besarla, alucinado. Pensó… pero no, escuchó, que ella seguía departiendo acerca de los vetustos contenidos de baldas y entrepaños. Loaba la riqueza de la colección reunida allí e insistía, como parte del ritual, en el valor de algunos de los ejemplares, que si no valían «un Potosí», habían sufrido los avatares propios de la peripecia literaria. La luz, porque Charles volvía a la luz, penetraba los altos cortinajes e inundaba la sala con su oro y su bermejo, y olía a viejo, en general, pues el aire era tan antiguo como el polvo o los libros… A la calidez de la madera, se sumaban el rastro sutil del cuero y del papel, y vagaba el éter, apenas perceptible, el espliego dulce de su vestido. Le enseñaba entonces una serie de tomos de cinegética, donde se ilustraba desde el cimbel de las palomas torcaces hasta la lanzada del jabalí, y, como colofón, puso sobre la mesa un célebre tratado de poliorcética, obra, quizá, del más famoso de sus ancestros, F. de S. y B. Charles improvisó un par de apreciaciones al respecto, no en vano sabía que aquel era un arte en el que habían destacado tradicionalmente los hijos de los Ruy de Boscuro, y ensayó una salida honrosa a otras cuestiones menos viriles como podían ser sus lecturas o inquietudes. Ella le refirió horas de estudio en su cuarto y cierto solaz cuando leía las vidas de santos de Jacopo da Varagine. Preguntada por su ídolo predilecto, declaró su afecto por Santa Lucía. Preguntada por los orines del martirio, señaló que la ocurrencia era pagana, que maldades como aquella no las podía engendrar un alma cristiana, y volvió la vista al cuadro que abría la pared a un claustro florido. Había en él una novicia sola, tocada de blanco. Tenía entre los dedos, frente a sí, la flor de la Pasión y, apenas en la otra mano, un misal abierto donde la Anunciación. No leía, sin embargo. Había descuidado la Escritura y miraba con atención su pequeña pasionaria. Estaba, y se podía ver, pensando… Pero ¿qué? A sus pies, su figura se espejaba en las aguas quietas de un estanque: si los carpines rojos acechaban su hábito bajo los nenúfares, los dos que nadaban sobre su reflejo eran claros. En el marco, además, había una inscripción. Charles se acercó y leyó en voz alta «sicut lilium» y ella continuó con el «inter spinas» bíblico, pero nada más lejos de la realidad… La pintura, tan minuciosa y rica en detalles, no admitía en su composición ningún elemento hostil y el muro, a ojos de Charles, era lo único que podía arruinar el sosiego del lugar con su ruptura del cielo. Lucía, entre tanto, replicaba «las espinas son alegóricas».

Próximamente la séptima entrega de Charles enamorado o La cripta de los suspiros.

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