Flor varia de leyendas

El brucolaco de ala tierna en los cielos de Mollet

Artículo aparecido por primera vez en Amb la tècnica de Perucho.

Panorámica del cielo nocturno de Mollet del Vallès

El brucolaco de ala tierna pudo aparecerse a George Emmanuel III una noche de finales del verano de 2003 en su casa de Tampa, Florida, cuando ensayaba el solo de guitarra ritual que cerraría el séptimo álbum de estudio de la banda estadounidense de metal extremo Morbid Angel, titulado Heretic, siguiendo las instrucciones que Ferran O., natural de Mollet, le había hecho llegar por correo certificado junto a la grabación en disco compacto de la llamada del temible brucólida.

Bien mirado, todo empezó una tarde de invierno de 1991.

George Emmanuel III, que pasaba las horas muertas musicando los poemas del malogrado poeta de Providence, traspuso dulcemente. Llevado de la embriaguez de los versos, sucumbió al embrujo de su sillón favorito, frente a la ventana. Oscurecía, y estaba harto cansado, así que se cobijó bien bajo la manta y cerró los ojos, aunque por un momento, al cielo moribundo de Tampa. Surgió entonces el silencio de coches que pasan a lo lejos, el bullicio apagado de la gente en la calle y la memoria frenética de riffs1 que se confunden entre sí, que se desvanecen y abren paso al sueño de pesadilla «where some daemonic creatures descended from heaven which was the cold hell, and the whistle… It was nothing but the sound of their wings on the wind». Hablaba del silbido que le había devuelto al salón de casa, completamente a oscuras, y las alas, aunque entonces no lo supiera, eran las alas del brucolaco de ala tierna. Este incidente lo contaría posteriormente en una entrevista. De su correspondencia privada, se desprende, sin embargo, que escuchó el silbido una noche de finales de marzo, estando despierto, mientras leía «an excerpt from some forbidden book. By that time, I think I was reading Simon's Necronomicon,2 which I loved, and not playing guitar… No more guitar… I was taking a break. I'd been playing solos during weeks. I was… Then I searched for a way to clear the… Never mind. The point is the window was open, I guess, 'cause it used to, when it came from above». Era un silbo, algo remotamente parecido al sonido de una flauta… En este punto, George Emmanuel III refiere que quedó hechizado por aquella extraña melodía y que salió de sí, sin saber cómo, «just like a rapture»… Así, llevado tras el vuelo de aquella cadencia, fantaseó largamente con la reverberación de su eco sobre la memoria reciente de las líneas de The Dream-Quest of Unknown Kadath que hallase recogidas en el Necronomicon de Simon. Dicen así,

[…] that last amorphous blight of nethermost confusion which blasphemes and bubbles at the centre of all infinity ― the boundless daemon-sultan Azathoth, whose name no lips dare speak aloud, and who gnaws hungrily in inconceivable, unlighted chambers beyond time amidst the muffled, maddening beating of vile drums and the thin, monotonous whine of accursed flutes; to which detestable pounding and piping dance slowly, awkwardly, and absurdly the gigantic ultimate gods, the blind, voiceless, tenebrous, mindless Other Gods whose soul and messenger is the crawling chaos Nyarlathotep.

Ignora, según confiesa, cuánto tiempo estuvo arrebatado por este medio. Sólo tiene la certeza de regresar fascinado con la noche cerrada, como el que despierta de un sueño maravilloso, y de la carrera precipitada a por la guitarra acústica, temeroso de perder la melodía de entre los labios… «It was such a mysterious sound», contará, «I feared losing it, like water slipping through my fingers». Trató de imitarlo a la guitarra en repetidas ocasiones, pero fue incapaz de acordar el tañido de las cuerdas con el recuerdo evanescente y, por momentos, distante, de aquella melodía… A cada nota que pulsaba, más distorsionaba su memoria, menos se parecía a sí misma, y más lejos sentía su influjo tenebroso… Dejó la guitarra y corrió hasta el teclado: ¡estaba desenchufado! Silbó. Siguió tarareando las partes más escurridizas, mientras buscaba el cable, el enchufe, el botón de encendido… Finalmente pudo componer la inquietante salida de Blessed are the Sick / Leading the Rats que se publicó en mayo de 1991 dentro del segundo álbum de estudio de la banda de George Emmanuel III.

«Les Trésors de Satan» de Jean Delville (1895)

Blessed are the Sick, segundo hito en la historia musical de Morbid Angel, reproduce en su portada un lienzo del pintor simbolista Jean Delville, Les Trésors de Satan, de finales del siglo XIX. Con su singular decisión, los cuatro de Tampa se desmarcaron del grueso de las formaciones de death metal que repetían entonces, de forma gratuita, motivos grotescos y macabros con la intención centenaria de épater le bourgeois. Los miembros de Morbid Angel miraban más allá: pretendían recuperar la correspondencia oculta del objeto con lo Absoluto, y no el grito furioso del poeta decadentista contra sus mayores; querían hacer de su música un instrumento de poder, un medio para trascender la opresiva realidad que restringía el caudal de sus anhelos; se proponían, en definitiva, abrazar la natural oscuridad del alma humana.

World of sickness
Blessed are we to taste
This life of sin

Así reza el estribillo de la séptima canción del álbum (por ejemplo). Y es que Morbid Angel no estaba, ni estaría nunca, liderado por un roquero al uso: en declaraciones a Metal1.info del 18 de agosto de 2004, Steve Tucker3 constataba que «Trey has a very twisted sense of reality», donde «Trey» no es otro que el nombre de guerra que tomó George Emmanuel III en su bautismo de fuego.

George Emmanuel III

Trey Azagthoth nació George Michel Emmanuel III el 26 de marzo de 1965. Creció en Tampa, Florida, sin mayor interés en el mundo que le rodeaba. Paseó en monopatín, persiguió a alguna que otra chavala del vecindario y soñó, sobre todo. Entonces buscaba refugio en las historietas de miedo de los Weird Tales, el último Conan de Barry Windsor-Smith o los primeros terrores que despertaba Black Sabbath con su sonido. Más tarde, se sumergiría en las deliciosas fantasías de Iron Maiden y, cumplidos los diez y seis, tuvo, como quería, su primera guitarra.

Tocó sin fin.

Desde aquel momento, tocó las cuerdas de su guitarra sin descanso. Tocó arrebatado. Tocó contra todos. Tocó con pasión. Tocó contra sí. Tocó llevado por el entusiasmo y tocó hasta tarde, hasta saciarse, hasta que lograba calmar aquella sed bestial que amenazaba con devorarlo todo… Sólo entonces era feliz, brutalmente feliz, y se sabía capaz de poner el alma en aprender los secretos de aquel arte milenario, como si ninguna otra cosa tuviera importancia en la vida, en realidad.

Fue así como George Emmanuel III entró en los años ochenta del siglo pasado. Reverberaba en las calles el contagioso «no future» de The Sex Pistols, y Trey no dudaba en apoyar sus pasos en la destreza técnica que exhibía con la guitarra, pero lo que realmente le movía más allá era la firmeza en su convicción: no sólo tocaría más alto, más duro y más rápido que el resto, sino que iba a abrirle de par en par las puertas al lado oscuro… Y no se trataría, en contra de lo que pueda pensarse, de una vulgar pose de cara al público.

Take my mind
All the way
The darkside calls
I shan't resist

Mientras que la mayoría de los jóvenes del death metal le cantaban a la Muerte para hacerle frente a la Vida, a su pobre y miserable vida, algunos de los miembros de Morbid Angel perseguían un resquicio en la realidad que les permitiera atisbar siquiera un pálido reflejo de lo Absoluto. Perseguían el contacto con algo de verdad. Algo auténtico. Así, si en el estribillo de Visions from the Dark Side4 se confiesa que se ha sentido la llamada del lado oscuro, se debe, sin duda, al eco de una vivencia real: Trey, por aquel entonces, había estado buscando material para sus composiciones y había dado, finalmente, con la versión expurgada del De Vermis mysteriis de Ludwig Prinn: «until I had that copy in my hands, I used to believe these books weren't but stories, figments of some authors' imagination».

PRINN, Ludwig: «De Vermiis mysteriis», Köln: Imprenta de Eucharius Cervicornus, 1542

Ludwig Prinn probablemente murió quemado en Bruselas a finales del siglo XV. Aunque el brazo seglar se encargó de prender la llama de la hoguera, fue acusado de brujería por un tribunal eclesiástico incapaz de arrancarle una confesión ―nada obtuvieron, salvo dolor y sangre, del viejo eremita del bosque―. Por su parte, otras autoridades en la materia afirman que Prinn tuvo que perecer poco antes de la publicación de su obra en Colonia, quizás en el año de 1540 ó 1541, por el mismo procedimiento del fuego purificador. De su nacimiento, sin embargo, nada se sabe. El propio Prinn se proclamaba «único superviviente de la Novena Cruzada»,5 y se encuentra, en efecto, un «Ludovicus Prinnus», caballero servidor de Montserrat, en los viejos cronicones medievales, pero nada hay menos extraordinario que un antepasado con un nombre en común. No obstante, el viejo brujo dijo traer su arte del Oriente, cuando fue preso del moro infiel. Allí aprendió del «oscuro fuego sin humo» lecciones que están prohibidas a los hombres, y que le apartaron por siempre del servicio a la cristiandad. Allí, cambió definitivamente. Prinn, si no hay alegoría en su palabra de alquimista, cifró el saber de su negra ciencia en un grimorio cientos de años después: De Vermis mysteriis. Su obra no sólo salvó los barrotes de la mazmorra, sino que burló el juicio de la censura en su primera edición. Había escapado. Era libre. Blasfemaría por siempre. Pero no ha de importar cuanto se haya dicho hasta ahora: un análisis minucioso del texto revela una filiación sin contaminaciones, esto es, directa, de primera mano, con la traducción catalana del tratado Aquells que vigilen que Onofre de Munt preparó para un oscuro secular en el año de 1174.

Onofre de Munt fue un cenobita de la abadía de Montserrat en el siglo XII. Nada más se sabe de su vida. Su nombre aparece en el explicit del manuscrito 313 de la Biblioteca Nacional de Catalunya, donde se declara «humil scriptor», es decir, simple copista. Fecha la obra en el año juliano de 1212. Onofre de Munt, sin embargo, no se limitó a reproducir el texto como pretende: romanzó, aunque precariamente, una versión latina del tratado. Ésta, al parecer, procedía de Ripoll.

A Ripoll acudió Gerbert d'Aurillac en sus días de juventud. Después de estudiar el trivium6 en Saint-Géraud d'Aurillac, continuó con el quadrivium7 en Santa María de Ripoll. No fue suficiente. Viajó al sur, a tierras de la morería, y aprendió con gran entusiasmo las matemáticas del califato de Córdoba y la cábala de los judíos andalusíes. Fue allí, justo entonces, cuando conoció a Al-Burūyu, el nigromante.

Yusuf Abū Bakr ibn Harun Muhammad ibn Hayyān Al-Burūyu fue el misterioso secretario sarraceno de Gerbert d'Aurillac en sus días en Roma como Silvestre II. Poco antes del año mil, Al-Burūyu pudo terminar la composición de su tratado hermético, el Discurso de las formas no aprensibles que se hallan sujetas a la esfera de lo cognoscible, que aquí se ha dado a conocer simplemente como Aquells que vigilen. En su versión catalana, al menos, se describen tres órdenes de seres entre aquellos que acechan al hombre desde la noche de los tiempos: los tulúnidas, los brucólidas y los sarsánidas, ligados, respectivamente, a las aguas subtérraneas, a los cielos sin luna y a los bosques tupidos. Una mala transcripción del término original en catalán, vriçòlida por vricòlida,8 confundió a buena parte de la erudición del siglo XVIII, quienes creyeron ver en los vriçòlides de Al-Burūyu a los βρυκόλακας9 griegos que entonces abandonaban sus tumbas. El error se transmitió con naturalidad de unos a otros y, asentado en el principio de autoridad, fijó la variante vricòlida en la tradición ocultista de la Europa occidental. Baste esto para justificar la defectuosa denominación del brucolaco de ala tierna y sirva, por lo demás, para separarlo por siempre de la espantosa figura del reviniente cadavérico que infestó la Europa oriental en el amanecer de las luces.10 Muchos años antes, a lo largo de la cuarta década del siglo XI, Al-Burūyu ofreció su obra manuscrita a su antiguo confidente Gerbert d'Aurillac. Y luego desapareció, según concesión papal.

«Silvestre II y el Diablo», folio 216v del «Codices Palatini germanici 137», circa 1460, que es copia del «Chronicon pontificum et imperatorum», siglo XIII, de Martinus Oppaviensis

Silvestre II, en sus días finales, no podía no recordar. Movido por el cariño que en él despertaban los otros tiempos, los tiempos pasados y felices, obsequió con el tratado de Al-Burūyu al monasterio de Ripoll. Allí, como cabía esperar, tradujeron el texto del árabe al latín, pero ambos testimonios, a fecha de hoy, siguen desaparecidos. Probablemente fueron destruidos.11 La traducción de Onofre de Munt, sin embargo, logró pervivir entre las cubiertas de un mamotreto cualquiera de la biblioteca de la abadía de Montserrat. Más tarde, según imposición del movimiento centrípeto, acabaría en el archivo de la Biblioteca Nacional de Catalunya, esto es, Barcelona, donde fue fotocopiada furtiva y parcialmente por Ferran O.

Portada de «La espada salvaje de Conan el bárbaro», número 69, de Joe Jusko

Ferran O. nació a finales de octubre de 1984. Se crió en las calles por asfaltar de Mollet del Vallès, entre sacos de mortero y escombros. Paseó en bicicleta, vio pasar de lejos a las chavalas del barrio y se imaginó otro sitio para el suyo (uno distinto). Su padre, si se levantaba pachuchillo en domingo, le traía un cómic del quiosco: el «¡Zaniac desea sangre!» de Thor el poderoso, el «¿Quién es? ¿Qué es?» de Los 4 fantásticos o el «¡Cazador!» de Spiderman, pero lo que Ferran O. agradecía por encima de todas las cosas era el crudo blanco y negro de La espada salvaje de Conan. Alguien le dejó «Los saqueadores de las estepas». Alguien, un día, le pasó una cinta de Iron Maiden. Después, en el instituto, le grabaron discos de Kreator, Brujería, Pantera y Nopresion: Sobre fosas y vampiros en la cara A y el Covenant de Morbid Angel en la cara B. Pasaba las horas en su habitación. Perdía las tardes dibujando. Escuchaba aquellos casetes y dibujaba. Partía del título de las canciones, de lo que debían significar, de lo que podían suponer, y se dejaba llevar luego por la fantasía que manaba tenebrosamente de los altavoces. De vez en cuando, si se agotaban los motivos, buscaba nuevos horrores en las antologías de Rafael Llopis. La sugerencia terrible surgió de la lectura de El vampiro estelar de Robert Bloch:

Quería escribir un relato real; no uno de esos cuentos efímeros y estereotipados que producía para las revistas, sino una verdadera obra de arte […] Presentía que mi defecto fundamental radicaba en el asunto escogido. Los vampiros, los hombres lobo, los profanadores de cadáveres, los monstruos mitológicos, constituían un material de escaso mérito. Los temas e imágenes vulgares […] eran los principales obstáculos para producir un cuento fantástico realmente bueno. Debía elegir un tema nuevo, una intriga verdaderamente extraordinaria […] Busqué el modo de conseguirlo […] comencé a escribirme con pensadores y soñadores solitarios de todo el país. Mantuve correspondencia con un eremita […] Por medio de éste, tuve conocimiento de algunos libros antiguos que eran tesoro y reliquia de una ciencia extraña […] comencé una masiva campaña postal con el fin de conseguir los libros deseados.

Ferran O. empezó por preguntar en clase, a la profesora de inglés. Ésta, cuestionada por «libros antiguos con dibujos», recordó la edición ilustrada de The Rime of the Ancient Mariner de Samuel Taylor Coleridge y las ilustraciones que Harry Clarke preparó para algunos de los cuentos de Edgar Allan Poe. Ferran no encontró nada ni en la biblioteca del instituto, ni en la biblioteca municipal de Mollet y su profesora de inglés, al saberlo, le animó a probar «en la Biblioteca Nacional de Catalunya, por ejemplo». Ferran O., una mañana de sábado, viajó por su cuenta hasta Barcelona y se trajo de vuelta algunas fotocopias de los grabados de Gustave Doré. En otra ocasión, se volvió a casa con unos cuantos disparates de Goya. Y, cuando éstos le supieron a poco, consiguió echarle mano a ciertas reproducciones modernas de antiguos bestiarios medievales. Arreciaba el otoño de 1999. Ferran O., por accidente, descubrió un manuscrito muy viejo entre las cubiertas de un mamotreto anónimo: aunque no entendía la letra, resultaba del todo ininteligible para el joven moledano, sacó algunas fotocopias a escondidas de aquellos folios que estaban ilustrados con miniaturas preciosas y terribles. La fascinación y la maravilla que aquellas hojas causaron en Ferran O. encuentran feliz expresión en los versos del malogrado poeta de Providence:

I entered, charmed, and from a cobwebbed heap
took up the nearest tome and thumbed it through,
trembling at curious words that seemed to keep
some secret, monstruos if one only knew.

Ferran O. había hallado la versión catalana del tratado de Al-Burūyu. Y, a finales de octubre, cumplidos los quince, tuvo, como quería, su primera guitarra eléctrica.

Morbid Angel: «Formulas Fatal to Flesh» (1998)

Desde que diera con la versión expurgada de De Vermis mysteriis, George Emmanuel III se había aficionado a la traducción de pequeños pasajes de la obra latina de Luwig Prinn. Lo hacía, según confesaría años más tarde, con el propósito de obtener «some stuff to get inspired». También buscaba, aunque no lo publicara, la manera de entrar en contacto con las criaturas aladas de su recuerdo. Pasado el tiempo, aquello le parecía increíble. La naturaleza improbable del suceso arrastraba su propia carga de verdad a las confusas aguas del subconsciente: si había sido, fue en un sueño. No cabía otra posibilidad. La misma huella que había dejado el timbre del silbo en su memoria se podía explicar con la vividez de una pesadilla. De hecho, más que el sonido, recordaba la honda impresión que éste le había provocado. Eran el vértigo, la indefensión (no podía olvidar la desagradable sensación de saberse presa). Para su horror, frente a la creencia de que todo había sido fruto de una mala noche, tropezaba a diario con los múltiples testimonios del suceso que había ido dejando en grabaciones y escritos:

I laid locked deep beyond the gate
when the flute ―barely a whistling whisper―
brought me back through the threshold
of dreams.

A pesar de todo, siguió buscando fórmulas de contacto con otra realidad. Así, en el mes de febrero de 1998, Morbid Angel publicó su sexto álbum de estudio: Formulas Fatal to the Flesh.12 George Emmanuel III, en esta ocasión, había vinculado la expresión musical de la banda con las oscuras fuerzas del cosmos que, al parecer, nos acechan. Sabía que pensarlas, pensarlas simplemente, era darles un lugar en nuestro plano de la existencia. Sabía, por la lectura atenta de las palabras de Prinn, que nombrar algo supone atarlo, id est, conocer supone comprender. Sabía, pues, que debía saber: aunque no había dado todavía con la clave sonora precisa para estimular las puertas, sabía que había claves y que había puertas que estimular. Morbid Angel: «Gateways to Annihilation» (2000) Fue una cuestión de tiempo. En octubre del año 2000, George Emmanuel III publicaba su primer solo de guitarra ritual. El tema se titularía Secured limitations y, pasados los dos minutos de canción, el estribillo desembocaba en un pasaje hipnótico sobre el que se alza la voz eléctrica de la guitarra: el lamento que Trey extrajo de aquellas cuerdas llama en el cielo sin luna a la dilatación de las fosas celestes y a la manifestación del brucolaco de ala tierna. Luego lo requiebra, lo reprende y lo trae. Pero no funcionó. El ritual había fracasado. El trabajo de expurgación del grimorio de Ludwig Prinn había vaciado las fórmulas de su poder. Al menos, en parte. No obstante, George Emmanuel III había declarado su propósito al mundo y el sonido de Gateways to Annihilation no tardó en difundirse gracias a una incipiente red de redes; por este medio, precisamente, se introdujo en tierras vallesanas hasta llegar a oídos de un chaval llamado Ferran O.

A lo largo de todo aquel tiempo, Ferran O. había seguido con su mundo de música, dibujos e historietas. Se había distraído fuertemente con la mirada limpia de una muchacha de clase y se había escapado con los amigos, por las noches, lejos de su pensamiento. Corría al frente. Estaba fuera de sí, como enamorado, y la vida ardía en sus venas. Quemaba. No lograba concentrarse. No podía estudiar. Quemaba. Sólo pensaba en ella o en huir otra vez. Quemaba. Quería perderse con los amigos, donde quiera que fuera, y no volver más, pero regresaba todos los días a su habitación, cuando la tormenta parecía menguar, agotada, ya sin fuego: se ponía el Gothic de Paradise Lost o el Testimony of the Ancients de Pestilence y se sumergía una vez más en el gris sucio de sus fotocopias. Leía un pasaje cualquiera de Aquells que vigilen e imaginaba cómo debía ser «la cremada gèlida d'un tulúnida» o dibujaba un vriçòlida según alcanzaba a interpretar.

Dibujo de un «vriçòlida» de Ferran O. (2000)

Ferran O., en aquellos meses, había soñado una historia. Se trataba de una fantasía portuaria, ubicada en algún lugar de la Europa del este. Había marineros grandes y curtidos, de esos que miran a los ojos de la Muerte con desprecio. Un muelle de noche y la luz de una farola. Niebla, mucha niebla, y la aparición de tres cadáveres. Tres cuerpos desangrados, como cáscaras vacías, y el relato delirante del viejo borracho que duerme en todos los almacenes abandonados de la ficción: «¡Los he visto…! ¡Los he visto en el cielo!». Ferran O. lo había dibujado con el rostro descompuesto, señalando a las alturas. Era la viva máscara del terror. También había preparado bocetos de los protagonistas, de los escenarios y de ciertas criaturas aladas surcando las alturas. En una de las viñetas, el detective con el corazón roto saca su revólver y grita «¡¿Pero qué demonios es eso?!»; en otra, levanta en brazos el cuerpo exánime de una mujer; al pie de otra imagen, se lee «muertos a causa del miedo cerval». Se conservan algunas líneas del guión y montones de ideas dispersas, sin conexión. Muchas resultan incomprensibles. Otras no se pueden leer.

En octubre de 2001, Ferran O. relacionó unas palabras del tratado de Al-Burūyu con el solo de guitarra de George Emmanuel III. Para su decimoséptimo cumpleaños, se había pedido el Gateways to Annihilation de Morbid Angel, aunque hiciera meses que lo venía escuchando en formato emepetrés. La calidad del sonido del disco compacto, frente a la compresión del archivo de audio,13 le reveló la verdadera intención del músico de Tampa. Por esa razón, buscó de inmediato entre sus fotocopias: ¡el propósito declarado en Secured Limitations estaba correctamente formulado en las páginas de Aquells que vigilen! Siempre había estado ahí, de hecho, pero Ferran O., tras la escucha repetida de la octava pista de su nuevo elepé, era capaz de discernir las claves de un pasaje particularmente oscuro por el que había transitado en numerosas ocasiones. Si sumaba las piezas, la canción de una parte y el texto de otra, aquello encajaba. Adquiría sentido, un significado nuevo y terrible. Probó a la guitarra, entusiasmado, pero le llevó semanas aprenderse el solo de George Emmanuel III. Cada tarde, después de clase, practicaba un rato. Y así, de rato en rato, fue progresando en su imitación. Casi lo había dominado cuando se precipitaron los hechos. Una mañana de diciembre le despertó un soplo de viento: la ventana de su cuarto estaba abierta de par en par. Recordaba, o creía recordar, un silbo lejano, el eco de un riff de guitarra que se desvanece… Y poco más. Tenía algo de fiebre, había cogido frío, así que decidió que no iba al instituto. Siguió ensayando. Llevado del timbre del silbido de sus sueños, acordó la frecuencia del solo ritual con las indicaciones no poco alegóricas de Al-Burūyu y se obró, al parecer, la perfecta conjunción de las partes. Repitió la fórmula en otras dos ocasiones. Quería grabarlo. Durante la ejecución de la segunda toma, creyó identificar la disonancia que le había distraído poco antes. Se detuvo un instante… Entonces lo oyó. No podía creerlo, ¡no quería creerlo!, pero lo había oído, y no era fruto de la fiebre: el canto del brucolaco estaba registrado en el disco compacto que, esa misma mañana, sin falta, enviaría por correo certificado a cierta dirección postal de Tampa, Florida, en los Estados Unidos de América.

La fatalidad acaeció durante la noche.

Dibujo de un «vriçòlida» de Ferran O. (2001)

Fue en una de esas madrugadas en que se ponen a ladrar todos los perros del barrio. Ferran O. se desveló de pronto. Había tenido una pesadilla donde se confundían los ladridos de la calle con un aleteo suave, muy blando, que descendía de las alturas. Regresaba de la fiebre, dolorido, y no había, por momentos, nada más allá de la enfermedad que le mordía los huesos… Pensó en otra pastilla. En un vaso de agua. En la mesita, junto a la cama. Miró al techo, a oscuras, y sintió un escalofrío: la ventana estaba abierta de par en par al cielo negro, sin luna, de Mollet. Él la había cerrado antes de irse a dormir. De eso estaba seguro. No se encontraba bien desde las cuatro-cuatro y media de la tarde. Tosió. Hizo por incorporarse, pero le detuvo el movimiento fuera… Una garra, tres dedos, se asía a la pared de su habitación. Otra, al cabo de una extremidad descarnada, se aferraba al alféizar de su ventana y permitía la aparición de aquel rostro sin rostro sobre el fondo turbio de la ciudad. Ni los cuernos curvos, ni aquellas alas mórbidas que desplegaba en silencio. A Ferran O. le estremeció sobremanera ver cómo cruzaba el umbral y entraba en su dormitorio. Le horrorizó la inmediatez de su presencia, dentro, pero no dijo nada. Siguió quieto, quedo, mudo. Al igual que aquella criatura surgida de lejanos abismos celestiales, carecía de expresión… Ferran O. se perdía en el vacío, caía hacia arriba.

Año y medio después, la carta del joven moledano caía en manos de George Emmanuel III. Largo tiempo sepultada bajo la mucha correspondencia de los seguidores de Morbid Angel, logró al fin transmitir las claves sonoras que permiten completar el solo de guitarra ritual que llama, y trae, al brucolaco de ala tierna. Trey practicó todo el verano. Escuchaba las grabaciones que Ferran O. le había hecho llegar en disco compacto y reproducía con minuciosidad hasta los matices más sutiles, por accidentales que pudieran parecer… Publicó sus conclusiones en setiembre de 2003.

Oficialmente Ferran O. sigue desaparecido.


Título original: El vricolac d'ala tendra.

Traducción de Ernesto Barroso (2012-2014).

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