Flor varia de leyendas

El hombre salvaje de Sant Sebastià de Montmajor

Relación de dos excursionistas.

Salieron con el sol, muy temprano. Iban a subir hasta Sant Sebastià a pie, a ver el románico de su iglesia, los parajes centenarios y las vistas, las cumbres rocosas, espléndidas contra cualquier cielo azul. Prepararon unos bocadillos ―papel de plata, pan untado con tomate y tortilla francesa de dos huevos―, cogieron unas piezas de fruta ―tres manzanas, un plátano― y llenaron un par de cantimploras. También la cámara de fotos, y bolsas de plástico para la basura. Pasadas las nueve, pesaban las mochilas y la frescura de la mañana, un tanto demasiado antes, se antojaba algo remoto, imposible entonces. Imposible a mediados de julio. Siguieron cuesta arriba, entre pinos, por momentos, gigantescos, con cuidado de no resbalar que, a cada poco, la tierra se desprendía y chinas con ramas rodaban cuesta abajo… Y subieron. Y avanzaron. Y callaron largo rato, sin hablar más que lo necesario por ahorrar fuerzas, y la cigarra, como enervada, crispaba el aire. Olía a resina, muy fuerte, y, de vez en cuando, a romero caliente ―más raro, el tomillo (cuando lo pisaban sin querer)―. Él advirtió pronto que ella bebía a menudo, en tragos largos, y no tardó en advertírselo, pero, por más que insistió, no hizo caso. O su sed era mucha. Repuso a su favor que en el camino habían, al menos, un par de fuentes y que lo sabía con certeza por domingos de su infancia. Iba toda la familia, explicó, y eran muchos coches y hacían un fuego y sardinas o carne a la brasa. Se jugaba al pañuelo y al fútbol de cualquier manera ―sin campo y con piedras por porterías― y una vez, recuerda, volaron una cometa de plástico: su tío, siguiendo el vuelo, descuidó el suelo y acabó derribado, entre zarzas… Rieron mucho (reían mucho, reían más). Después, de vuelta, los goles se sucedían en el carrusel, curva tras curva, y era tarde por la tarde, y estaban felizmente sucios, y cansados. Él matizó que los partidos, entonces, empezaban todos a las cinco y se levantó y puso otra vez las cosas en la mochila. Ella se entretuvo recogiendo las peladuras y, puesta en pie, se sacudió a manotazos el polvo, tierra roja, de los pantalones (cortos, por cierto). La camiseta era amarillo amapola y la piel, días antes, blanca. El pelo, como los ojos, castaño y claro. Sin más que una mirada, esto es, sin mediar palabra, reanudaron la marcha. Una pendiente suave y llegaron a la cima ―casi ochocientos metros sobre el nivel del mar―: la arboleda, en aquel punto, negaba el horizonte y no consideraron desviarse porque, por delante, quedaba un largo trecho que recorrer… Tenían, sin ir más lejos, que descender buena parte de la ladera norte de la montaña, o no dar con una de las fuentes que decía recordar porque venían en coche, por otro sitio, o topar con aquel grupo de arrendajos, furtivos de negro y de azul, en la calzada de la carretera que desemboca en la explanada de Sant Sebastià de Montmajor, otramente dicha «camp de la Font». Pasado el asfalto, la arena se extendía bajo el sol hasta formar una planicie polvorienta y despoblada. Aquí y allá, la hierba quemaba sin reposo. El resto, tierra tostada, rojiza, dilataba distancias, extenuaba los pasos que habían de llevarles al otro lado, donde la fuente. Allí, dijo, hacíamos la hoguera, y señaló una roca enorme, granítica, en medio del llano, y allí, ya lo había visto, el campanario de la iglesia junto a los picos de los árboles del cementerio. Pero, más allá de sus indicaciones, cuanto sus ojos veían, cuanto no podían dejar de ver, era la línea del horizonte rota por la piedra. Era, sobre todo, el vértigo de riscos y su estatura, y era, ésta, abrupta, formidable, más que por su altura, por su postura frente al cielo, y, por momentos, a través de las fluctuaciones del aire caliente, semejaba significar todo cuanto es lejos o remoto, sea aquí, sea hoy. Crujían, por cierto, los tallos de la grama a su paso. De tan secos que estaban, se partían. No llovía desde aquella tarde de domingo en Sabadell. Debió ser a mediados de abril. Recuerda que habían ido al cine, comprado chucherías, paseado después por un parque. No iban de la mano. Apenas decían nada. En su lugar, pasaron junto a una charca con patos, dejaron atrás el griterío de la canalla y subieron por un camino a la sombra de unos cipreses. Si no ella, él empezó diciendo algo, algo torpe, tropezando, y se besaban, cuando las primeras gotas de lluvia bajo las últimas luces del día, se estaban besando. Entonces, tres meses después, el disgusto afeaba su cara, sudorosa y fatigada, por causa de una cantimplora abierta, más bien vacía, y el caño incapaz de la fuente que llaman «dels plàtans». Estaba de cuclillas, al final de unos escalones. Dijo que tenía sed, que le diera agua. Él se negó. Ella se mostró asombrada, cuando se sentía ofendida, y él, sin quererlo, no pudo dejar de reprocharle su actitud, antes, y también ahora. Con otras palabras, lo mandó a paseo y se sentó en cualquier sitio. Él, que miraba la cantimplora estrellada en el suelo, tragó aire confuso en el fastidio del calor y esperó unos segundos. Ella seguía de espaldas, en silencio. Ni brisa, ni alivio. Nada. Él pensó, y lo dijo, que estaban cerca de la iglesia, que tenían que seguir si querían… y ella, sin pensarlo, le dijo que ya se podía ir si quería. Él amenazó con irse sin ella y ella no dijo nada más. Antes de marcharse, insistió. Y, como siguió callada, se fue. Andó solo unos metros, no muchos, y entró al «Serrat de Dalt» por la calle de «Santa Margarida» (la única del pueblo). «Rústico», la noción, y cierto mal sabor de boca, era todo cuanto ocupaba su cabeza entonces. Siguieron, largo rato, pasos solitarios en la grava. Allí, al parecer, no había nadie salvo un gato viejo y un coche aparcado. Torció a la izquierda y, al fondo, vio la plaza empedrada donde se encontraba la iglesia. Estaba cerrada. También el cementerio. Un poco de sombra, no más. Pero, con los minutos, todas las nociones sabían a ella: eran, al mismo tiempo, la ternura de sus labios y la saliva. La huella de sus pechos y el afecto. Voces quedas en la intimidad. Gestos, de pronto, cariñosos. Tardes viendo la tele. No podía ser. Así no… Echó un trago de agua, corto, y volvió a por ella. A la salida del «serrat», los graznidos desagradables de una urraca, y el sol, en lo alto, ardiente e impasible. Volvería a sudar. Cruzó con la cabeza gacha y los ojos entornados. Vio, aunque borrosas, sus bambas sucias de arcilla. Peor estaban los calcetines, y sudaba, y en la fuente, al cabo, no estaba. La cantimplora sí, estrellada en el suelo. Tampoco se la veía alrededor: sólo la maleza, que crecía salvaje, y, dentro, en la pineda, no alcanzaba a ver más que troncos, yedra y retama. Insistía la cigarra. Cegaba la luz. Bajó el terraplén y caminó hacia la espesura ―detrás, cada vez más lejos, la torre del campanario y el cementerio―: otra vez la carga de los pasos solitarios sobre los hombros, y la respiración a secas, más pesado, lento y prosaico. Calor. Calor. Calor. Y ella, de espaldas, sentada a un lado del camino. La vio de repente y la vio mirando a aquello ―«medía dos cuarenta, y era en todo como un hombre, salvo por el cuello, que no tenía, y aquel pelo negro y largo que cubría todo su cuerpo»― a tan sólo unos metros, pasando sin más.

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2011