Flor varia de leyendas

El humanoide de Granera

Encuentro forteano en las inmediaciones del municipio del Moianès.

Quilómetro 3,2 de la carretera BV-1245

Fue en la noche del cinco al seis de mayo de 2012 cuando lo extraordinario se cruzó para siempre en la vida de Julio F. y su pareja. Volvían a casa por la carretera vecinal que une las localidades de Castellterçol y Granera, un trayecto boscoso y tranquilo por lo general, sin mayor preocupación que llevar las largas puestas y circular con precaución, por si las alimañas. Nada podía inquietarles entonces, salvo una vaga sensación de recelo que les inspiraba de natural el paisaje nocturno al otro lado del cristal de las ventanas. Eran, en efecto, conscientes de que la mecánica, aunque fiable, no era infalible y que, en un momento dado, podía dejarles en la cuneta. Aquel supuesto no contaba con el fallo, a su vez, de la electrónica o de las ondas de radio, porque resultaba improbable. Deberían coincidir en el tiempo un calentón del motor y que dos teléfonos de dos se quedasen sin batería. Demasiadas casualidades… o no, pues un pinchazo en una zona fuera de cobertura se antojaba, de pronto, menos raro, más probable. En ningún caso podían sospechar que sus peores temores iban a verse reducidos a meras pesadillas de niño en apenas unos segundos. Cerca del quilómetro tres de las BV-1245, un bulto apareció a un lado de la calzada «como si algo se hubiese caído».

Julio F. detuvo el vehículo.

Llegado este punto, solicité a Julio F. que dibujase al humanoide. Le acerqué mi bloc de notas y un bolígrafo y, mientras él intentaba visualizar la aparición frente a la hoja en blanco, pedí otro refresco. Nos habíamos citado en el bar restaurante La violeta de Castellterçol, entrada la tarde. Tenían puesta la televisión en silencio y se oían, de fondo, voces de clientes que llegaban como bisbiseos de iglesia, como murmuraciones en pasillos de hospital. Fuera, en otro tiempo, el mayo ventoso cambiaba rayos de sol por manchas de sombra, y la calle se sumía en el trasiego de claros y oscuros indiferentemente. El tránsito era escaso. Dibujo del humanoide de Granera realizado por Julio F. Julio F., entre tanto, había trazado las primeras líneas del retrato: «no se me da muy bien, la verdad». «No se preocupe», repuse, y consideré que dar la vuelta en aquella carretera era una maniobra más bien lenta, engorrosa, que conducía dirección Granera cuando ellos vivían cerca de allí, en el núcleo urbano de Castellterçol. Sin ir más lejos, la casa de su novia, que era todavía la casa de sus padres, estaba a dos manzanas del bar. Ella, según me había confesado Julio F., no quería hablar del tema con nadie. No quería saber nada de todo aquello. «Comprensible», pensé, y, cuando sostuvo en alto el bolígrafo, dudaba si debía añadir más líneas al dibujo, le pregunté «¿Qué era?». Julio F. no vaciló en su estupefacción: negaba con la cabeza, los ojos muy abiertos… Propuse otra salida: «Dígame, Julio, ¿cómo era?».

Camino forestal junto a la calle Otzet de Granera

Aquella misma noche, Xavier C., vecino de Sant Llorenç Savall, había salido a realizar unas tomas del cielo estrellado, y de ciertos perfiles insomnes, con su antigua cámara fotográfica. Dejó el coche donde empieza el parque natural de Sant Llorenç del Munt i l'Obac y siguió a pie por un camino de tierra, forestal. No habría recorrido setenta metros, cuando aquella criatura surgió de entre los matorrales y se cruzó ante él. A pesar del perigeo ―brillaba la luna llena más grande del año―, estaba oscuro y aquello, fuera lo que fuese, era más negro que el negro de la noche. Le pareció enorme, demasiado grande como para confundirlo con una alimaña del lugar. Es más, le recordaba vagamente la figura de un hombre, aunque se arrastrara, aunque se deslizara sobre el suelo, y no a la manera de las serpientes, sino recto. No movía los brazos, o las piernas, pero se desplazaba. Y fue en dirección al torrente de Trens, sin reparar en el atónito Xavier C., quieto en mitad del camino… Pensó seguirlo. Si no seguirlo, verlo marcharse, y estuvo a un paso de asomarse al barranco, por curiosidad, pero se supo solo de pronto, lejos y solo, y aquello, lo que fuese, seguía cerca de allí, rondando, así que regresó corriendo al coche y condujo raudo rumbo a casa… Nunca fue tan largo el paseo de vuelta.

Encuentros con el humanoide

El encuentro de Xavier C. con lo insólito se produjo diez minutos antes de la medianoche, mientras que el humanoide de Granera se apareció a Julio F. y su pareja a las doce y media pasadas. Si lo que presenció Xavier C. era la misma cosa que vieron Julio F. y su pareja, ésta recorrió cerca de diez quilómetros en apenas cuarenta y cinco minutos, cuando lo habitual, para un ser humano, es andar una distancia así en poco más de dos horas… Pero la criatura que observó Xavier C. no andaba, se desplazaba, y el humanoide que avistó Julio F. tampoco parecía andar y, sin embargo, se movía.

Y a oscuras sigue, sin respuestas, el caso del humanoide de Granera, que surgió de la noche para desvanecerse entre incógnitas, y despertar en sus testigos temores tan antiguos como el millonario orden de los primates. Este miedo, que no va en las palabras, que se dice en el gesto, es un sentimiento atávico que supera al individuo, que se impone a todo el género humano y habla por igual a cualquier animal consciente del refulgir de las estrellas en el cielo. Es, pues, lección ancestral que debió aprenderse primitivamente y, por lo tanto, nada nuevo. Fragmento del «Disparate de miedo» de Francisco de Goya (1815-1823) En la noche del tres de marzo de 1972, los agentes de la ley Williams y Johnson se toparon con una extraña criatura: el hombre-rana de Loveland. El nueve de julio de 1976, en otro sorprendente episodio del año de los humanoides, una figura gigantesca se apareció a M. A. Ruiz Samperio y M. Cagigas en la localidad cántabra de Escalante. B. Barlett, y J. Baxter horas después, vieron al demonio de Dover, «a horrific-eyed fetus», en la noche del veintiuno al veintidós de abril de 1977. Y son sólo algunos ejemplos recientes del encuentro del hombre con lo extraordinario. La pregunta, entre tanto, sigue siendo la misma: «¿Qué era aquello?», y la respuesta, de un mismo modo igual, supone abordar la escabrosa cuestión de su naturaleza u origen. Xavier C., en este sentido, tiene claro que aquello estaba completamente fuera de lugar: «no pertenecía a aquel sitio, a este mundo». ¿Significa esto que la criatura que observó Xavier C. provenía de otro planeta? ¿De otra dimensión? Julio F., por su parte, niega la procedencia alienígena del humanoide de Granera: «no es que sea creyente, ni nada, pero lo que yo vi no era extraterrestre… Su naturaleza era otra: era oscuro». Y, una vez más, las impresiones de un testimonio, lejos de despejar las incógnitas de la ecuación, plantean nuevas dudas que redundan en el absurdo que subyace tras los acontecimientos. Absurdo o entendimiento, acaso, que no alcanza a formar sentido con los retazos extravagantes y dispares de una realidad, a todas luces, foránea. Es más, la razón puede muy bien negarse a concebir siquiera una explicación que perturbe nuestro sueño o que quiebre, a la postre, el orden de nuestro particular cosmos; no en vano, la asunción de determinados supuestos podría resultar, a priori, peligrosa, y la curiosidad acucia siempre menos que el instinto de supervivencia… Con todo, sigue fascinando la posibilidad de otra posibilidad, como si el mundo fuese cada día más pobre, menos exuberante, y ya no cupiesen en él la maravilla y la sorpresa. No obstante, lo tenebroso se cruzó una noche en las vidas de Xavier C., Julio F. y su pareja, y, desde entonces, una pregunta sigue a otra: ¿Qué era? ¿Qué hacía allí? ¿Qué quería? Y, no menos importante, ¿por qué a ellos? Es decir, ¿por qué se les apareció a ellos y no a otros? ¿Fueron elegidos por algún motivo especial o, simplemente, estaban en el momento y el lugar adecuados? En suma, ¿fue o no un accidente? ¿Fue una casualidad? ¿Pudo ocurrirle a cualquier otro? ¿Puede, entonces, sucederle a cualquiera de nosotros en cualquier momento?

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2012-2013