Flor varia de leyendas

El ojo de la cerradura (en blanco y negro)

Última sesión de tarde en un cine de barrio.

Mientras oía restallar (la lengua en el paladar), dudaba si volver a mirar… porque veía, sin mirarlos, los vivos bocados o la pasta mojada, ya sin forma, entre los dientes, y no, no se atrevía a volver sobre sus pasos. Ni de reojo. Repasaba, eso sí, los hitos del recorrido uno a uno. De cabeza: más allá de la mano, entonces quieta sobre el brazo del asiento, los zapatos de charol negro, las medias blancas hasta las rodillas y la falda, antes tan viva, por encima… Justo allí, entre la falda que acaba y la media que principia, la rendija por la que asoma su piel nueva. No era ni lívida, ni bruna… en verdad, no alcanzaba a precisarla, aunque podía verla poco antes, fuera, cuando estaba la brisa en su vestido y se volaban las telas y las banderas del ayuntamiento y las sábanas tendidas al sol. Había ido a recogerla a la plaza mayor del pueblo y habían paseado después ―las palomas, el cielo entre los tejados, los cables de la luz― hasta el antiguo teatro. Fachada de principios de siglo y un viejo en su taquilla. Artesonado. Araña de cristal. Le había comprado unas golosinas y un refresco. Moqueta, terciopelo rojo y el telón recogido a los lados de la pantalla. La había imaginado con los dedos pegajosos y la lengua negra, sucia de regaliz. Y era entonces, codo con codo, más que un soplo dulzón; más que la colonia desprendiéndose de sus cabellos o cuello; más que el espliego en su vestido de tres domingos al mes. Más. Mucho más. Se fueron las luces (se quedaron a oscuras): precipitó un vistazo ―la diadema, el estampado pobre en flores― y, con la luz del proyector, llegaron las palabras del jesus: «si vas con la laia, te hace una paja fijo».

Escrita y dirigida por
J.J.P.

Fundido en negro.

Interior. Salón amueblado.

Noche. Interior. Cocina de leña.

Nuevo interior: Biblioteca tupida, cerrada.

Fundido en negro.

―¿Te, te gusta?

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2009-2010