Flor varia de leyendas

La infosforescencia del armario sobre los tejados de Granollers

Testimonio en cinta cassette.

Volvían a dar las dos y media y estaba despierto. A sólo tres minutos, la misma brisa vaga en las cortinas, el titilar, frío por distante, de las estrellas y un silencio que no iba a seguir siendo. Saberlo, cara al techo, era lo peor hasta que empezaba. Procedía de dentro del armario y, de algún modo, subía para perderse en el firmamento, más allá de la contaminación lumínica, entre honduras celestiales, heladas y perpetuas. Naturalmente, la primera vez lo creyó extravío del sueño, y aun la segunda, que hay sueños, cuando vívidos, recurrentes, pero la tercera noche, entre el martes y el veintitrés de junio de mil novecientos ochenta y dos, se supo despierto a las dos con treinta minutos exactos porque leyó y recordó al día siguiente, en la consulta del doctor Marti i Rubió, «però una dona que es trobava presenciant el foc va sufrir un atac cardíac i va resultar morta», palabras de un ejemplar de Plaça Gran que estaba junto al despertador electrónico y las gafas de leer, en la mesita de noche, y que demostraban, periódico en mano, su estado de vigilia cuando aquella rara perturbación del aire. Luego, no pudo dormir y su médico de cabecera, entre flemático y natural de Polinyà, le recetó unos calmantes sin dejar de sugerir que pudiera haberse confundido recuerdo con sueño, vistiendo, por este procedimiento, la vivencia de una pátina de verosimilitud difícil de descubrir mediante argumentos racionales, como, en efecto, pudo comprobar de inmediato en la negativa y el escándalo, aunque doméstico, de su caro paciente. Acordó ponerle con urgencia en manos de un neurólogo y de un otorrinolaringólogo conocidos suyos y, entre prueba y prueba, dispuso «tranquilidad, mucha tranquilidad. Para cualquier otra cosa, me llama» y hubo de llamar aquella misma noche, a horas intempestivas ―exactamente, a las dos y cuarenta y siete minutos de la madrugada― al domicilio particular de Marti y señora con la misma relación de sucesos ―en esta ocasión, en tanto que esperados, más pavorosos―: «lo he visto salir por la ventana», dijo que le dijo, «y habló de ciertas áreas de sombra que se desplazaban por el aire, en su habitación, donde la luz penetraba como con timidez, como si fuese, y así lo expresó, lamida». El doctor, antes de abandonar esta historia, quiso constatar que su paciente entonces «estaba nervioso, muy nervioso. Visiblemente alterado… Diría que asustado» y, según contara Sánchez i Vilardebó, siguió estándolo el tiempo que duraron las pruebas médicas. Este último, historiador local de Caldes de Montbui, autor, entre otros, de Diables, bruixes i bruixots a la vila de Caldes y La delma del segle XIII a la baronia de Montbuy, recibió un correo certificado de su antiguo compañero de facultad a primeros de agosto: «me lo explicaba todo. Pero, primeramente, me preocupó la desazón, el mucho desasosiego, que le causaba la negativa persistente de los doctores, de los análisis, que no daban con una solución, y decía, en efecto, solución, porque, por encima de todo, necesitaba una respuesta. Necesitaba, e insistía en ello, conciliar el sueño. Por lo visto, con las semanas, después de probar la cefalea, una infección del tímpano y diversas parasomnias, se sentía agotado y, aunque se mostraba comprensivo con los naturales cauces de la medicina, tenía la sensación de que no habían hecho otra cosa que dar palos de ciego con él, como si buscar razones suficientes para devolverlo a casa o, peor, despacharlo al psicólogo del seguro, fuese todo cuanto, en puridad, habían procurado. Y, en cierto modo, los disculpaba porque tampoco él, al principio, se había tomado en serio a sí mismo. Creía que algo debía sucederle. Algo grave. Pero, entonces, a mediados de julio, tenía cada vez más claro que aquello sucedía todas las noches y que era, sin lugar a dudas, algo, si no tangible, mensurable, luego, objetivo, es decir, ajeno a él. Por eso se puso en contacto conmigo. Yo era, seguía siendo, un amigo de confianza. Lo cierto es que, después de licenciarnos en el año setenta y tres, habíamos mantenido una relación cordial y, aunque de forma esporádica, nos reuníamos para ir de tapas y vernos el pelo. Pude saber, ya en su casa ―había cogido el coche, tenía la tarde libre, y había bajado a verle―, que, en el mundo de la banca, no había tenido ocasión de entablar nuevas amistades, que, en parte, no le merecía la pena porque nada tan franco, decía, como la camaradería con raíces en la primera juventud. Me recibió a contrapié: «no te esperaba». Vivía solo. Estaba soltero, y no me extrañó (siempre fue muy introvertido). Empezó contándome que tomaba píldoras para el sueño ―noté en seguida que hablaba con mucha pausa, suavemente, como si estuviera sumergido en las aguas de un lago― y siguió disculpando el medio, la carta, que le permitió un cierto orden en las ideas y, sobre todo, salvar su pudor: «No sé qué pensarás de todo esto», repetía, y yo, la verdad, no sabía qué decirle. Me pidió que le acompañase a su habitación para explicarme los hechos in situ. Fuimos. Estaba la persiana a medio abrir, la cama por hacer, la tarde por cerrar. La luz, recuerdo, tendía a tonalidades próximas al dorado y al rojo, con brillos, ya dentro, mortecinos, macilentos… Me mostró el armario (alto, de dos puertas y pino oscurecido) y señaló la trayectoria, que pasaba sobre los pies de la cama, hasta la ventana. Después lo abrió. Habló de cierto rastro que había descubierto allí, del negativo, para entendernos, de una fosforescencia que, en ocasiones, se podía observar por la mañana; dijo que era como una baba en las paredes del armario y que, de esto, no había dicho palabra a los científicos. Trató, a continuación, del sonido. Creía al principio, según confesaba, que procedía de la calle, que debía tener su origen en algún motor más o menos remoto en colaboración con un principio caprichoso de la acústica, pero, con el paso de los días, no pudo obviar su relación con el suceso: primero que todo, le llegaba aquella vibración lejana, largos minutos, que le inducía una leve sensación de vértigo; era anticipo de náusea confusa en sueño, y lo hundía invariablemente en aquella noción de pozo ciega, dentro del armario, donde el escándalo se fundía en terrible escalofrío. Al rato, cómo precisar, se producía la rara perturbación del aire de que hablaba: aquello, lo que fuere, salía de allí, salía por la ventana, y, una vez ido, cesaba el sonido… «Lo llevaba consigo», llegó a afirmar, y deduje que consideraba seriamente que, tras los acontecimientos expuestos, se manifestase más que un singular accidente de la física ―por inexplicable que se antoje―: creía, y sólo lo insinuó, que una cierta forma de inteligencia moraba tras los hechos y, aunque no alcancé a comprender qué pretendía decirme, continuó revelándome algo, qué, sobre un llanto, como si una morriña, porque aquello no era sino pena, una pena muy honda, pero, entre la vergüenza y la duda, luenga sombra de locura, sus palabras se emborronaron al punto de extraviar cualquier sentido que pudieran haber albergado al cabo. Siguió el silencio y no el asombro. Yo, claro, era escéptico, pero, más que el escepticismo, podían los años de amistad: la simpatía, dadas las circunstancias, movía a compasión y, queriendo hacerle costado, pensé aconsejarle que probase a tomar registro gráfico con una cámara fotográfica, pero las condiciones, advertí de inmediato, no acompañaban, y le sugerí, fue lo segundo que se me ocurrió, que grabase el sonido: «un nagra te puede valer», y sonrió, que la sola idea aliviaba su soledad. Charlamos otro poco ―parecía distraído, fuerte en su propósito―, pero yo tenía que volver a casa: afuera, sobre nosotros, caía la noche, inexorable, y tuve que disculparme, y me despedí, muy a su pesar, estrechándole fuertemente la mano. Fue en el viaje de vuelta cuando peor lo pasé. No es que sucediese nada particular, era sólo aquella sensación que me acompañó, que recuerde, desde que salí del piso hasta la mañana del día siguiente, como si el agosto fuese de pronto más negro y más frío. Y no sólo el agosto. En la carretera, la 1415b, muy distinta, por cierto, a la que se puede transitar hoy día ―el bosque, entonces, se cernía terriblemente sobre el asfalto―, llegué a estremecerme porque lo sentí detrás, muy cerca. No sabría, la verdad, decir más al respecto… Sé, sin embargo, que terminó prevaleciendo el sentimiento de tristeza que me provocó la delicada situación de mi viejo amigo y que, pasados unos días, no muchos, recibí en mi domicilio la segunda carta, en sobre grande. Por desgracia, no conservo los documentos. Debí traspapelarlos primero, perderlos después con tanta y tanta mudanza… Han pasado muchos años. Sí que guardé, tuve mucha cura de ella, la cinta cassette en que se contiene la grabación que realizó en la noche del siete al ocho de agosto de mil novecientos ochenta y dos».

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