Flor varia de leyendas

La pesadilla de Sant Quirze Safaja

Noticia póstuma de la aparición de pesadilla de un visitante de dormitorio.

Antiguo hostal de Sant Quirze Safaja

Las últimas palabras de Joan C. me llevaron, cuatro años después, al casco antiguo de Sant Quirze Safaja, que está encaramado, por cierto, en lo alto de una roca que sus vecinos llaman la «Molla». Fui tras los pasos del poeta Màrius Torres, por carreteras solitarias y boscurias otoñales, cuando la brisa descendía sobre la tarde y hojas secas, doradas, muertas, caían en la calzada. Oscurecía. El pueblo apareció escondido tras una sucesión de curvas frondosas y, al cabo de la bajada, el puente sobre el río Tenes, muy quieto. No eran calles viejas (todavía). A mi izquierda, quedaba la cuesta que asciende a la «Molla». Subí. Descubrí la torre del campanario bajo un cielo pálido, horriblemente iluminado, y aparqué el coche cerca, en un descampado polvoriento. Llegué a la puerta del cementerio parroquial a última hora del día. Una lápida allí rezaba «Màrius Torres 1910-1942».

Com els somriures
sobre un mirall hermètic,
la Primavera
llisca sobre les tombes,
però no pot entrar-hi.

Joan C. era profesor de secundaria en un instituto del área metropolitana de Barcelona. Hombre reservado, vacilaba entre los principios del noucentisme, aprendidos en la lectura atenta de sus poetas, y la medida de sus propias fuerzas, muy humanas al cabo del día. No tenía vocación de mártir, aunque admitía el sacrificio como muestra aceptable de la fuerza de voluntad, porque prefería, sencillamente, valores asentados en la razón a cualquier muestra monstruosa de la pasión, llámese fe, llámese amor. Seny, conocimiento y progreso, que solía decir. Sus lecciones, sin embargo, versaban mayormente sobre cuestiones tales como la identificación del complemento indirecto, la concordancia entre el sujeto y el predicado o las subordinadas de relativo, e insistía, a menudo, en las normas de acentuación del catalán porque no había manera de fijarlas en la sesera de buena parte de su alumnado… Y la sensación que prevalecía era que la enseñanza, en general, iba a peor cada curso. Recordaba, no sin amargura, que, muy al principio, hizo por introducir los versos de Josep Carner en sus clases con cualquier pretexto, pero no tardó en darse cuenta de que sumaba en su haber más ideales que posibles, y lo dejó estar. Tuvo que bajar al barro. Y bajó, ciertamente. Más embrutecido si cabe, se fue aislando con los años ―rompió con su novia de toda la vida, una chavala de Montcada i Reixac; desatendió las amistades, que tampoco eran muchas; y desoyó el teléfono, al fin― y su carácter acabó por enrarecerse. Nada serio (en verdad). Los viernes por la tarde, eso sí, huía del bullicio de la urbe y escapaba, como tantos otros, otro fin de semana al campo.

Joan C. viajaba solo. También en la víspera de Tots Sants, cuando desapareció. Recibí su llamada en la mañana del primero de noviembre, en el alba de un día oscuro, lluvioso. Acudí a la policia poco antes de las ocho. Fue en vano. Pasadas las horas, no volvimos a saber de Joan C. Había desaparecido. Cualquier intento por localizarlo resultó infructuoso (siquiera sabíamos desde dónde había realizado su última llamada de teléfono). Y Joan C., con el transcurso de los meses, pasó a engrosar la lista de desaparecidos cuyos casos siguen pendientes de resolución… Hasta el pasado seis de agosto, al menos, en que me decidí a abrir la caja que guardaba en el altillo de casa desde hacía dos o tres años; según me dijeron, eran las pertenencias que Joan C. dejó en el instituto y que nadie había reclamado: un ejemplar de Solitud de V. Català, otro del Canigó de J. Verdaguer, un tercero de un tal Salvat-Papasseit y algunos papeles manuscritos… Eran notas para sus clases de bachillerato ―las puse a salvo, dentro de un cajón―. Los libros, por simpatía, quedaron amontonados sobre la mesa del despacho. Es cierto: tuve la sincera intención de acercarme a un clásico como Solitud, pero su prosa o los rigores del verano me impidieron pasar de las primeras páginas. El Canigó me pareció mucho más antiguo, y aburrido, y de aquel Papasseit me acordé una tarde ociosa de domingo, entrado el otoño… Joan C. me había hablado de él. Dijo que, más allá de su aventura vanguardista, «era un lírico excepcional», y estuve hojeando el libro, los juegos tipográficos y el caligrama de las hormigas. Poco artificio a la postre, pues seguían, de improviso, los poemas de un tal Rosselló-Pòrcel y volví a la portada y caí en la cuenta de que eran tres, y no uno, los autores de aquel volumen de Poesia.

Màrius Torres, tercero de los poetas, nació en Lleida, a finales de agosto de 1910. Treinta y dos años después, moría en el sanatorio antituberculoso del monte de Olena, donde estuvo recluido desde diciembre de 1935. Fue enterrado al día siguiente, penúltima mañana de aquel 1942 miserable, en el cementerio parroquial de Sant Quirze Safaja. Su poema Dolç àngel de la Mort, que empieza

Dolç àngel de la Mort, si has de venir, més val
que vinguis ara.
Ara no temo gens el teu bes glacial,
i hi ha una veu que em crida en la tenebra clara
de més enllà del gual.

lo compuso en setiembre de 1936, en Puigdolena, Sant Quirze Safaja. No hube leído más que otros tres o cuatro versos, cuando volví al principio, al «Dolç àngel de la Mort, si has de venir, més val / que vinguis ara», sin saber muy bien por qué… No es que me gustara especialmente, pero me abrumaba de un modo que no alcanzaba a comprender. Estaba convencido de que, en aquella ecuación, había gato encerrado. Intuía que escondía algo más, así que murmuré aquellos versos otra vez, como buscando, y comprendí que no eran nuevos, que los había escuchado antes… Pero ¿dónde? ¿Musicados por alguien…? No. Se los había escuchado a Joan C. Tenía que ser cosa suya…

Y lo era.

Entonces supe que Joan C. había viajado a Sant Quirze Safaja en la fatídica víspera de Tots Sants. Probablemente se propuso visitar la tumba del poeta Màrius Torres y llegó al cabo de un día oscuro, lluvioso. Encontró la puerta del cementerio cerrada, las calles desiertas. Y el frío, en soplos tristes. Noche en Sant Quirze Safaja Pensó marcharse, coger el coche y procurarse un techo, no muy lejos, pero antes, por algún oscuro capricho, quiso asomarse a la plaza y mirar. No había nadie, era ya tarde, y se acercó al mirador que acababa de sorprender, con la vista puesta en el caserón que se levantaba a su derecha. Era un hostal, por eso no se detuvo demasiado frente a la altura, el abismo de negrura, que se atisbaba desde allí… Llamó dos veces (se advertía luz, aunque vacilante, en la planta baja). Abrió una mujer mayor, hosca y huraña, que no respondió cuando fue saludada. Preguntada por una habitación, dijo «passi» y cerró tras él. Una vez dentro, murmuró «esperi aquí» y se fue. Joan C. aguardó en la penumbra del vestíbulo, apenas iluminado. De la puerta de la que supuso cocina por el fuerte olor a lejía, llegaban los estertores de un candil viejo que no alcanzaba a dar lumbre más allá de uno o dos pasos… Parecía un lugar humilde, de posguerra. Había otra puerta, unas escaleras y, debajo, en su hueco, algo así como un postigo. Joan C., con las manos en los bolsillos, creyó escuchar unas voces sobre el débil crepitar de un transistor. No era más que un bisbiseo confuso en una cortina de ruido blanco, pero le alarmó la gravedad litúrgica de aquellas palabras, ininteligibles en la distancia. De algún modo, le inquietaron, si no fue el temblor de las sombras en las paredes, la vorágine de impresiones a última hora del día o el cansancio acumulado… La mujer regresó, entre tanto, con una vela encendida, «tingui, els ploms són fosos», y caminó hacia la planta de arriba. «És per'quí», insistió, y Joan C. la siguió por unas escaleras angostas, tortuosas, hasta la puerta de la habitación. «Aquesta és la clau», le reveló, y se volvió a sus quehaceres, a oscuras, en riguroso silencio. Joan C., candela en alto, pensó en darle las gracias, las buenas noches, pero había desaparecido en las tinieblas, así que introdujo la llave en la cerradura y la hizo girar. Clac. Abrió. Entró en la habitación, una estancia pobre y pequeña en que se contenía una silla, un catre y una mesilla. Llevaba muchos meses cerrada, sin duda. El aire estaba viciado y parecía que el frío se hubiese cobijado en su interior largo tiempo, como si, cruzado el umbral, se entrase de pronto en una fea noche de finales de diciembre. Avanzó. Quiso dejar la bolsa que cargaba al hombro sobre la silla, cuando advirtió una cortina al otro lado de la cama: fuera tampoco había luz. Quiso comprobarlo. Rodeó la barandilla a los pies de la cama y vio, de soslayo, el armario de tres puertas que ocupaba toda la pared del fondo. «Carrer major» de Sant Quirze Safaja Era enorme (perfectamente cabría alguien escondido dentro). Siguió hasta la ventana con pasos cortos. En la calle, las farolas estaban apagadas; sólo se podían vislumbrar algunas estrellas sobre los tejados y, lejos, en el horizonte, perfiles más negros que el negro del cielo. Todo estaba en calma. Joan C. se sentó por fin. Buscó, vela en mano, dónde dejarla y descubrió una taza en la mesilla, junto a un teléfono de rueda. Se estiró para cogerla y supo, al levantarla, que estaba llena, o casi. Era brou de pollastre, y no olía demasiado bien… Además, estaba tibio. Derramó, pues, algunas gotas de cera caliente sobre la mesilla y enganchó la vela. La soltó, se sostenía en pie, aunque vacilaba a ratos, la llama, como agitada por una misteriosa corriente de aire… Joan C. dejó la bolsa en el suelo y se echó en la cama, derrotado. Había sido una jornada dura, una semana muy dura, y justo habían comenzado el curso… Un curso más. Otro año más. Miraba, a todo esto, la puerta que daba al pasillo, y decidió que era mejor echar la llave, así que se levantó y, «clac», la afirmó en su cerradura, por quedarse más tranquilo. Apenas se quitó los zapatos, se metió bajo las sábanas y alguna que otra manta. Estaban heladas. Se tapó por encima de los hombros. Quiso bostezar, y tiritó… El frío de dentro se deshizo con hondos suspiros (menguaba lentamente). Mientras la llama de la vela proyectaba fantasmas en el techo, Joan C. rendía los párpados a la fatiga. Se dormía. Tenía un ojo puesto en el armario, al fondo.

La scolopendra martirialis tiene cerca de cuarenta y siete pares de patas y, lo que es peor, un mordisco terrible, venenoso. Vive en zonas boscosas y se esconde en agujeros durante el día. Sale de noche. Vive en climas templados, mediterráneos, y se esconde largamente debajo del armario. Sólo caza de noche. Mediante las tenazas de su mandíbula, inocula toxinas dolorosísimas como la citolisina, la histamina, la acetilcolina, la crotamina, la serotonina y aun otras proteínas hemolíticas. Excelente trepadora. Carnívora. La rabdofobia, también tenida por fagofobia», sigue contando, «es el temor irracional a ser devorado por bestias salvajes. En cenáculos pitagorinos, se recurría al ejemplo del pastor que era presa de una manada de lobos hambrientos. ¿Sentiría romperse los tendones, los cartílagos? ¿Oiría rasgarse los jirones de carne roja? ¿Vería los hocicos manchados de sangre, hurgando su entraña? El canis lupus, como es naturaleza en ciertos depredadores, mantiene con vida a su víctima mientras la deglute. Si sigue viva, sigue caliente. Y el pastor que agoniza, ¿hasta qué punto será consciente del macabro festín? ¿Abrazará con alivio la muerte o se aferrará fuertemente al último aliento de vida que le resta…? El maestro, en suma, se pregunta: ¿podrá más la esperanza o el dolor? Todos creían tener la respuesta» y se llevó una mano a la boca, asustado. El diente que le bailaba, uno de los incisivos superiores, aparecía suelto en la palma de su mano. Y el siguiente, cuando lo sujetó entre los dedos, también se movía. Sintió que podía escupirlo al suelo, y tiró dos-tres más, en arcadas sucesivas… La Jeni, desde el asiento trasero del 309, ha alzado el brazo: «yo quiero que me quieran y no ponerme mala». El profesor, que era él, asintió. Señaló a su compañero de pupitre, un tal Ruben: «no me he leído las fotocopias, profe, no he tenido tiempo». «¿Y tú?» «Bueno, yo no sé… Yo creo que no tenemos nada que hacer. Somos muchos» y se bajó del coche. «¿Dónde vas?» «Al lavabo, ¿no ves que ha estado ahí todo el tiempo?». Decía debajo de la ventana del garaje, a oscuras. Quieto (de pie). Fuera, el cielo de madrugada se extinguía en luces amargas, postreras: alentaban nubes negras, venidas de lejos, y tuvo mucho miedo, como cuando era niño. Subía las escaleras, las dos plantas de siempre, en la penumbra lúgubre de la lluvia. Porque llovía y no lloraba. Encontró la puerta abierta, un tintineo a la deriva… En la cama del dormitorio, el enfermo de cáncer se vuelve a morir. Alguien vela su cuerpo. Alguien espera. Es Él. «No puedo respirar». «Ya pasó, ya pasó». «No. No puedo…» ―era una opresión sobre el pecho, de algo pesado―. «Yo… No puedo». «¿Te ahogas?» «Me asfixia. No puedo» y quiso moverse, quitárselo de encima, pero no pudo. Él estaba allí (quieto, en silencio). Los brazos no le respondían, tampoco las piernas, y respiraba fuertemente, podía oírlo… Oía los latidos de su corazón, desbocados, y quiso abrir los ojos, pero escuchó, antes escuchó aquel «clac» cruel junto a la cama. Su figura, terriblemente alta, huía: con dos pasos grandes, Él (aquello) se funde en las sombras, al fondo. Desaparece

«The Nightmare», óleo sobre lienzo, de Henry Fuseli (1781)

El techo. La cama. La habitación. El hostal. Y la luz, una luz sucia, gris, que entraba por la ventana. Joan C. se incorporó, seguía jadeando… ¿Qué hora era? Temprano, no había salido el sol. No había, tampoco, nadie allí. Estaba solo. Miraba el armario, frente a él, cuando buscó la puerta cerrada, cuando oyó «clap» en algún lugar, fuera… No era el primero. No. Ni mucho menos. Aguardó en silencio. Nada. Nada. Nada y «clap» de nuevo, en la calle. Se levantó sin dudarlo y se acercó a la ventana, a mirar. El suelo estaba helado. Apenas apartó la cortina, vio a un grupo de mujeres enlutadas, en procesión. «Procesión», óleo sobre lienzo, de Modest Urgell i Inglada (XIX) Llenaban la plaza con el negro de sus ropajes y pasaban, al parecer, frente al edificio donde él se hospedaba. Sonó el «clap» otra vez. Era producto del cadencioso paso de la Cruz. Pero no, no era la cruz de Cristo, ni aquella una ceremonia cristiana… El icono que portaba la multitud funeraria le causó una horrible impresión. Quiso retirarse, esconderse de inmediato. Antes, por eso, sorprendió la mueca repugnante de quien le había sorprendido a él, amparado tras las cortinas, y se miraron, pero fue sólo un instante porque Joan C., aterrado, se echó para atrás sin pensárselo… y cayó sobre la cama. Con el susto metido en el cuerpo, deseó pasar inadvertdio, que no le hubieran visto. Deseó que aquella vieja tuviera la vista maltrecha, que no viese apenas nada, pero no podía engañarse: le habían visto. Lo sabía. Sabía que lo sabían. Pero… ¿quiénes? ¿Quiénes eran aquellas mujeres? ¿Qué hacían? ¿Qué estaban haciendo…? «Clap» más cerca. «Clap» en silencio, sobre la turba tenebrosa. Iban al cementerio. Iban sin flores, a visitar a sus muertos… Era el día. ¿Y la Cruz? ¿Qué significaba? ¿Qué era aquello? ¿Por qué razón se habían detenido bajo su ventana con un último «CLAP»?! Joan C. no se movió. Muy quieto, quiso escuchar (algo, lo que fuera). Quiso, aunque por un momento, volver a despertar, volver a «El techo. La cama. La habitación. El hostal» de poco antes, pero no se oía nada…

NADA.

El armario se alzaba sordamente ante él. Del suelo al techo, ocupaba toda la pared del fondo. Eran tres puertas. Una doble y otra a su izquierda, simple. Parecían selladas, inmóviles en el tiempo, y, sin embargo, Joan C. presentía que podían abrirse en cualquier momento, sutilmente. Tenía la sensación de que una corriente de aire las iba a impeler de súbito, y que entonces iba a suceder… Detrás, podía intuirlo, se abrían pozos de negrura abisal. Detrás, se extendían ad nauseam. Detrás… de hecho, no podía haber nada. NADA. Nada salvo pasos. Pasos… Pasos abajo. Pasos dentro. ¿Dentro? Cerca, más cerca… y no eran los pasos de una vieja. Eran muchos. Eran más. Muchas más que la dueña del hostal, entrando en el edificio… Pero ¿para qué? ¿Qué querían? ¿Qué hacían allí? Joan C. corrió a la puerta de la habitación: para cuando hubo reaccionado, estaba frente a ella, escuchando con atención… Abajo, pasos sólo pasos (aunque eran cada vez más). Abrió con cuidado y buscó fuera, a través de la rendija: el hueco de la escalera, paredes antaño blancas y el techo bajo, cerrando el aire. Un pasadizo angosto, a su derecha, se hundía en las tinieblas de más adentro. Alguien estaba subiendo. Esperó. Joan C. quiso verlo con sus propios ojos, pero, cuando estuvieron demasiado cerca, cerró la puerta. ¡Clap! Le habían oído. Sin duda. Allí no había ningún otro huésped, así que venían a por él. O quizá no, quizá andaban buscando alguna otra cosa… ¡Cómo saberlo! Aguardó un momento, en silencio. Contuvo la respiración y apretó los párpados con fuerza. Detalle del «Aquelarre», óleo sobre revoco, de Francisco de Goya (1820-1823) Entonces lo vio. Eran los bultos negros que subían las escaleras; los rostros blancos como máscaras mortuorias; la mueca aviesa, torcida, en el gesto; las manos de la decrepitud, cubiertas de cera de velatorio. Y no pasaban de largo… como quería. Los pasos se habían detenido al otro lado de la puerta. Y nada más. Salvo el latir desbocado de su corazón, no se percibía ningún sonido. No era posible. No podía ser verdad. Por eso, cuando sorprendió la manija de la puerta girando arriba y abajo, se asustó realmente. La sujetó con firmeza. «No», pensó, «no», suplicó, y quiso echar la llave, pedir ayuda, correr… pero allí no había ninguna llave: «Què? On?», gritó para sí, horrorizado, cuando volvieron a intentarlo una vez más… «No», les dijo, y mantuvo la manija en su sitio: «fora, marxeu!». Acto seguido, Joan C. se vio empujando la cama contra la entrada de la habitación. Jadeaba torpemente. Aguantó, dispuesto a impedirles el paso; aunque no se lo había propuesto, se había colocado entre el colchón y la pared. No entrarían. Tomó algo de aire y, después, inquirió: «Què fan? Què volen?!», pero fue en balde. La manija giraba de nuevo. La puerta no cedía. Joan C. escuchó un tintineo, una llave en la cerradura y el «clac» de pesadilla que cerraba desde fuera… Detalle del «Aquelarre», óleo sobre revoco, de Francisco de Goya (1820-1823) Habían cerrado. Estaba encerrado. No entendía por qué, no podía saberlo, pero ahora no podía salir de allí. No escaparía… si es que se lo llegaba a proponer. Creyó sentir el pánico, abriéndose a sus pies como un pozo sin fondo, y temió la caída, temió que podía empezar a caer y que no dejaría de hundirse ya más… Pero la visión del teléfono en la mesilla, a menos de dos pasos, le apartó del vértigo y de la náusea que amenzaban con perderle para siempre.

La llamada se produjo en la mañana del primero de noviembre de 1999, entre las siete y las siete cuarto. Recuerdo que era un día oscuro, lluvioso, y que hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Quizá hacía seis-siete meses de nuestro último encuentro. No supe quién era. Reconocí su voz al momento, pero no lograba identificar a mi amigo en aquellas circunstancias: «Sóc en Joan. En Joan. Escolta'm… Vénen a per mi. Vénen…» y siguió el estruendo de golpes y de puertas. Entiendo que Joan C. dejó caer al suelo el auricular del teléfono porque su voz, de pronto, se oía mucho más lejos… Yo le llamé con insistencia. Grité su nombre, gravemente preocupado, pero todo lo que pude escuchar entonces fue un balbuceo entrecortado, como en un rezo, que decía «Dolç àngel de la Mort, si has de venir, més val / que vinguis ara». Tronó un último portazo y después la llamada se cortó abruptamente.

No volvimos a saber nada de Joan.

TORRES, Màrius: «Poesies», Coyoacán: Quaderns de l'Exili, 1947

Antes de irme, el lugar se me antojaba desagradable, frío, volví a subir las escaleras del antiguo hostal de Sant Quirze Safaja. El edificio, por aquel entonces, estaba abandonado, y no cobijaba otra cosa que sombras y polvo entre sus paredes. No obstante, temía que pudiera pasarme algo: un escalón podrido, un clavo oxidado o la picadura venenosa de una alimaña que acecha en la oscuridad y no avisa antes de morder… Recorrí el pasillo en silencio. Regresé a las habitaciones y hallé el gran armario abierto, con algunos de los estantes caídos y los cajones vacíos, a medio cerrar. Al apartar una de sus puertas, sorprendí una primera edición de las Poesies de Màrius Torres en el suelo. La recogí tal y como se encontraba. Recuerdo el tacto áspero de sus hojas y poco más… Los versos se perdían por siempre en la sombra de aquel caserón:

On, al cor de la nit, quan el silenci es glaça,
vibra l'ànima dels retrats,
i pels llargs corredors cruix dolçament la passa
dels morts encara no oblidats.

www.poderna.com

2012-2015