Flor varia de leyendas

La viuda y el gallo

Ejercicio poético en base al gallo de Chagall.

«El gallo» de Marc Chagall (1928)

Volviendo los muchachos del cole, se paraban a mirar en los jardines de la viuda. Buscaban un hueco entre las ramas del seto o trepaban a la verja de barrotes negros, muy prestos, hasta asomar sus cabezas por encima del cercado. Ella era la dueña de un viejo caserón, de tres cipreses al viento, y, para cuando llegaban, yacía junto a la alberca, toda blancura, todo nube, hurgando con yemas sonrosadas en su secreto, el más dulce: tejía, del color de los nenúfares, una melodía entre los labios, precipitaba los pantalones sobre las rodillas y seguía una brisa súbita que agitaba la verdura a su alrededor… No tardaba en aparecer el gallo pintado por Chagall con hechuras de hombretón. Pisaba las margaritas. Escupía al suelo con un nuevo día en la garganta. Desplegaba el plumaje irisado de la cola y los pulsos se irisaban. Duramente, cerraba círculos: tanto la rondaba que ella, de un salto, se subía a su grupa y envolvía su largo cuello con sus largos brazos. O dejaba caer sus piernas sobre sus alas. Entonces giraban. Ella mordía palabras y giraban. Gemía ninfas en ninfeos y giraban. Desmayaba un suspiro y giraban… Giraban hasta que la tendía blandamente sobre un ramo en su florero, hasta que blandamente se echaba a su lado ―seguían las caricias sobre tallos sin rubor y los penes de los muchachos ¡tan alegres! en el follaje―. El gallo, rojo en la cresta, encendido en la barba, se erguía muy enhiesto entre sus muslos, otrora níveos… ¡Ay el espolón del gallo! ¡Ah sus punzadas amantísimas! ¡Iba y la llagaba, ¡la hería! y ella se vencía sobre la yerba, verde, mullida… Los gozos, muy juntos, se desvanecían luego en el aire y ella, bajo las olas, paría otro cielo de azul; ella, que se sumía, llenaba sus aguas con belugas blancas como montañas o alumbraba doce delfines soberanos para la charca de las ranas… Sabían los muchachos, cuando el pico abierto del gallo cerca de su frente, que otros antes habían menguado entre sus piernas a la condición de tubérculos ennegrecidos como boniatos al horno (ella misma los plantaría después en el suelo de su jardín). Sabían (lo habían visto otras veces) que, del esperma derramada en el vientre, florecían tritones, sapos y salamandras que se daban a la paz de los muros.

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