Flor varia de leyendas

Les jours de la fièvre

Páginas de un cuaderno. Transcripción.

A la memoria del poeta

CHARLES BAUDELAIRE

Charles-Pierre Baudelaire (1821-1867)

y a la de los hijos del tedio

LES JOURS DE LA FIÈVRE

Páginas de un cuaderno. Transcripción.

donde compone los versos don Pablo Sánchez Silva,

se busca ilustrador bueno, generoso y perspicaz,

y escribe las líneas de prosa Ernesto Barroso.

***

Llegué a ####### con las últimas luces de un 23 de agosto de ####. Llegué, no sé bien cómo, al cabo de un día lluvioso, y llegué cansado, triste, buscando las tardes ######### que leyese en las páginas de ####### ##### años atrás. Eran, aquellas, páginas en un cajón, páginas apenas soñadas, que me recibían en la soledad de mi llegada, y, sin embargo, nunca antes había estado allí…

Y juro que nunca he de volver.

Tengo memoria, sobre todo, de mis pasos solitarios en el empedrado, de mis pasos sobre los muros, y lejos, en otra parte, del dorado aquel del cielo, entre torres y tejados. El carro, dijo el cochero, no podía seguir por aquellas callejuelas, «demasiado estrechas, mon amie», así que me dejó a unas pocas manzanas de mi destino. Seguí a pie. Cargaba pesadamente con mi maleta, con la molestia en el hombro izquierdo, y no era capaz no podía deshacerme de la pena del cochero. Era un joven de cincuenta años. Recuerdo su figura a contraluz, doblada sobre el asiento, y el relinchar cansado de los caballos, al irse. Me había indicado cómo llegar hasta el hostal y la magnitud del pesar que le roía los huesos cada mañana.

Yo, con oírlo, lo había hecho un poco mío.

El hostal se llamaba ###### ## #####. Mme. ##### era la dueña del lugar, una mujer grande, gruesa en los modales, que acusaba generaciones de pobreza entre los suyos. En cuanto supo quién era, me acompañó hasta la puerta de mi habitación, en la segunda planta del edificio. «Servimos el desayuno a las nueve. Pase una buena noche, caballero» y se marchó. La estancia era pequeña. Apenas una cama, una mesa y una silla. Había también una cómoda olvidada en un rincón, y la ventana, que creí cerrada, daba a una pared de ladrillos… Otro edificio se levantaba a escasos dos metros del hostal, sobre un callejón en tinieblas. Entonces me llegó la voz triste y desacertada desangelada de un violoncello.

Dejé mis cosas sobre la cama.

Traía conmigo la maleta con algunas piezas de ropa, un ejemplar de Les fleurs du mal, este mi cuaderno y una pluma cualquiera. Oscurecía. Busqué lumbre en los cajones de la cómoda y, cuando miraba mi rostro en el espejo, me sorprendió alcanzó el hálito helado de la noche. Era una brisa súbita, una corriente de aire que venía de arriba, de muy arriba, y que jugaba, entonces caí en la cuenta, con las sábanas tendidas de la ventana de enfrente. Cerré. Con la mirada puesta en el horizonte de edificios, quise estar y desaparecer.

####### dormía profundamente.

***
Edipo he sido todos estos años
en mi dorado trono de tinieblas,
rey de mis pensamientos y mis actos,
extranjero de Amor y de sus reglas.

Los traía pensados del viaje. Y estaban mejor pensados que escritos. Han sido las moscas, las moscas a mitad de verso, que no pueden sin poder salir. Las moscas en la ventana, sobre el papel… son las últimas de agosto, y las hay por el suelo, bajo la silla, partidas en dos. Rotas. Muertas.

Yo las he matado. Mientras recordaba, hemos bregado inútilmente. Y, ahora, me estremece apenas la quietud de esos insectos, que es la Muerte, y me digo, quiero creerlo, que las moscas han escapado todas del Infierno y que su propósito vital no es otro que advertirnos de los horrores del abismo… que son la Nada más absoluta.

Por eso De ahí su obstinación.

***

El texto Dice así

les teves manotes de camperola que's deixa'ls dies a la terra

y cesa. Si vuelvo sobre la imagen, si insisto en ella, sigue a duras penas

bruta de pols i sol.

Y ya. Podría escribirle un soneto. Si me siento un rato, podría juntar algunas figuras y componerle un soneto a la camperola. O, mejor, un conjunto de poemas donde cantarle de amores. Un libro. Un libro que elogie por igual su belleza circunstancial y su modo de vida sencillo y humilde. Una obra donde encontrarme, reconocerme. Una obra en octosílabo, por la condición de la muchacha.

Pero no ha de ser. El octosílabo es vulgar y no permite el pensamiento moderno más sofisticado. Es más, hoy día, cabe abundar en el menosprecio de corte y abandonar secula seculorum la aldea ―como están haciendo, de hecho, cientos miles de campesinos―. El gusto es muy otro naturalmente. En ningún caso

Nada diré que no se haya dicho antes.

Nada.

***

Este mediodía, bebiendo el vino rancio del hostal donde me hospedo, he pensado gravemente en la progresiva degradación de la raza. Hacía frío, ciertamente, un frío temprano que no conocemos al sur de los ########, y la sopa, por lo demás, era miserable (que no repugnante). He comprendido Me he convencido de la caída en desgracia del hombre. He creído que fuimos ingenuos, un día. Y que las cosas, en su origen, eran mejores.

Mejores cuanto más próximas a su principio.

Luego, claro, siguió el declive: una edad peor a la anterior; un hombre peor al anterior; una industria peor a la anterior y, en consecuencia, un vino más malo… y mis versos, al fin, confusos en el reposo del almuerzo. Transcribo la estrofa de memoria:

De este cáliz antiguo las uvas he probado
con el suave tañido de las arpas de Grecia
y apenas su dulzor mis labios ha regado
he dormido los sueños de la oriental especia.

Pero el sueño de un occidental tiende al vacío. En media hora de siesta, no he abandonado el pozo negro de cada noche, la fantasía pl llana prosaica en que se suceden las habitaciones de nadie, los espacios desiertos de paredes blancas y ventanas abiertas. No hay puertas, no hay muebles. No hay nada. Tampoco esfinges de rostro virginal, concubinas de pechos descubiertos, cabezas del Bautista o la Salomé de velos vaporosos que danza en palacios de maravilla… El siglo ha caído, cual vampiro, sobre el espíritu del hombre, y este espíritu no es ahora más que un espectro descarnado, flaco y feo que rebusca en las basuras…

La basura. La literatura. La imaginación de los hombres. Otro artificio que persigue el paraíso, aunque temporal; otro residuo de la vida cuando la vida misma es la sombra pálida, cuasi intangible, de lo que fue; cuando nuestra propia vida es incapaz de soñar la vida plena de los primeros hombres, los primitivos, los que no escribían églogas, los que no podían escribir cantos elegíacos, porque vivían.

Porque vivían.

VIVÍAN.

Y ¿qué no debían soñar?

Ahora, noveno día del noveno mes de ####, puedo sugerir la idea, puedo evocarla con acierto en un verso como

he dormido los sueños de la oriental especia

sin alcanzar siquiera a tocarla. Nada. No c No puedo concebirla en su plenitud y no puedo porque yo, otro más en la cuenta del siglo, soy terriblemente pobre, flaco y feo. Yo, tan otro, soy incapaz de soñar.

***

La gota en la noche de

La gota en la noche, sola, de pronto,

Una gota en la noche rompe, de pronto,

De pronto, una gota en la noche rompe en recuerdo de lluvia, como si llamase, en su soledad, a otras llamando a sus hermanas llorando en llorando su soledad.

De pronto, una gota en la noche rompe en recuerdo de lluvia. ¿Llora su soledad o canta a la noche? Nadie responde y ####### me oculta de nuevo su rostro una vez más… Y no en la bruma de sus velos. Ha querido, para esta ocasión, la sombra y tiniebla que propicia la luna cubierta Nubes

Las nubes Yo Rasgo

Rasgo en la oscuridad de mi día estos versos.
Rasgo en la palidez de mi día esta nada.
Respiro estos minutos lánguidos y perversos.
Respiro pesaroso la luz afeminada.

Horas como gusanos, hurgan y me marchitan.
Cosas sin forma, cosas, todas ellas sin nombre,
pasan todas las nadas y ningún cuerpo habitan,
pasan todas tan blancas, sobre el perfil del hombre.

Las sábanas tan blancas de la nada me atrapan,
las montañas de sábanas, todos sus pliegues gruesos,
me ocultan los acentos bajo su sombra, grapan
y cubren y sepultan, vendan todos mis huesos.

Esperar con paciencia a que nada suceda.
La alegría de cartas, las cartas de la posta.
Espero sus caballos mientras nada me queda,
hurgando con la tinta océanos sin costa.

Me pregunto… ¿cómo escribir de la vida aquí sentado, entre cuatro paredes? ¿Cómo evocarla bajo este techo? ¡¿Cómo?! ¿Cómo precisarla, cuando la puerta sigue cerrada y la ventana se me antoja tan poca…? ¿Cómo, si la niebla de todos los días se esfuma a última hora de la mañana y deja en el cielo un sol cadavérico, que no ilumina calienta…? ¿Cómo insistir, entonces, en la pugna contra el papel? ¿Cómo enfrentarse al blanco, ¡la nada!, y vencer?

Y respondo, no exactamente yo, «como siempre se ha hecho y siempre se hará». Y me oigo repetirlo, pensarlo, y ardo en deseos de aniquilar este deseo imbécil. Ardo

La luz ha aparecido de pronto.

Es en la ventana de enfrente. Alguien, ella, la lleva en la mano (un quinqué). Parece una joven de clase humilde. Se acerca a la consola que hay frente a la puerta, a mi izquierda, y deja la lámpara. No repara en mí. Se desata el delantal y se quita la blusa (la camisa, debajo, es tosca, de tela blanca). Coge entonces una jofaina y la pone sobre la consola. Con una jarra, la llena de agua y se lava las manos, la cara, los brazos y los hombros. También se lava los sobacos. Pone el brazo en alto y, con la otra mano, se acerca el agua, se frota suavemente (se advierte, aunque por un segundo, el perfil prohibido de su pezón izquierdo). No me habrá visto. Se seca con un trapo. Después, cuando gira la cabeza y deshace su moño de trabajo, me descubre al otro lado de la calle. Hago que escribo. Es decir, miro al cuaderno. Pero aguanto poco rato y vuelvo a buscarla de inmediato: está sentada en la cama, de espaldas a mí, peinando su largo pelo negro… Lo cepilla con brío, como acostumbra. Parece, quiero decir, que se trata de un ejercicio rutinario por la celeridad y eficacia con que… Se detiene y mira y me sorprende otra vez. Estoy mirando. Se levanta, cepillo en mano, y amaga un saludo, un «buenas noches» al uso, pero no: mira a ver quién soy (nadie), qué hago (nada), y echa las cortinas. Por un momento, adivino su figura a contraluz. Pero no tarda en retirarse de la ventana.

Tres minutos más tarde ha apagado la luz.

Vuelvo a estar solo.

***

La misma mosca en la ventana.

La misma mosca de aquella tarde apagada, gris, de hacía de cuando tenía siete años. Si no me habían castigado, lo estaba. Lo estaba y estaba triste, sumido en una pena honda que ningún niño entonces no podía entender.

También ahora miro por la ventana y los hombres, algunos hombres, pasan por la calle, abajo. No comprendí, ni comprendo, por qué iban de acá para allá, qué les llevaba o qué les movía… Me parecieron torpes como la mosca contra el cristal. Me parecieron furiosos, brutales. Tiendo a pensar Echado en las horas de tedio, tiendo a pensar que el cielo los ciega y priva de sentido. El cielo o la fantasmagoría de unas palabras repetidas de cabeza en cabeza… Sólo así me explico que unos hombres los hombres se coman unos a otros a la luz de ciertas ideas.

Luz que pintó de negro.

***

Mme. #####, preguntada por las habitaciones del edificio de enfrente, me asegura que son peores en todo. Ha hablado de cuchitriles de miseria y de cucarachas espantosas. De pocilgas y hacinamiento. De la culpa, la lacra, la enfermedad. En cuanto a sus ocupantes, me ha mencionado a buena parte de la peor ralea que cría #######: navajeros, estraperlistas, fugados de prisión, ladrones, banqueros, aprendices de brujo, chulos, matones, atracadores de esquina, degenerados, desesperados y, con la invocación del sacamantecas que recoge a los niños de las calles, su fantasía de folletín ha torcido hacia la figura abominable del sádico, señorito noble y refinado que ha sido repudiado por su familia, y, cuando me he decidido a interrumpirla para preguntarle por ciertas mujeres con delantal que allí viven, había comenzado con la vieja letanía del satánico horrible que sacrifica criaturas al caer la noche…

Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!

No ha contestado a mi pregunta. Ha referido, sin embargo, el célebre caso del ingeniero que apareció muerto en una de las habitaciones de la cuarta planta, asesinado, según parece, por una facción de nuevos ludistas. «Le pincharon los ojos», repetía, mientras se embelesaba fuertemente con el horror ajeno, el horror vecino… He aprovechado la ocasión y he insistido en las mujeres de delantal. Mme. #####, sin regresar del todo, ha respondido que «esas pobres infelices vienen del campo para servir. Son parte del servicio doméstico del hotel ### ######, donde hacen camas, pasan la escoba, lavan la ropa, y se dedican, ya sabe, a satisfacer las necesidades de sus huéspedes cuando conviene».

No he querido saberlo. He comprendido, sin embargo, que mi camperola había abandonado su aldea, si no empujada por la miseria, en busca de una vida mejor, menos dura, y que había llegado a mi misma ####### una triste tarde de invierno. Entró al servicio del familiar de un familiar, un pequeño artesano con un pequeño negocio, alguien demasiado embrutecido como para respetar siquiera los lazos de sangre… y acabó huyendo, tuvo que salir a la calle. No tardó en arreciar el hambre, quizá el frío, y la desdichada camperola saltó en las redes del hotel ### ######. Allí la carne más joven nueva es para los ricos más ricos. Y ella, que no consiente, trabaja duro, se esfuerza doblemente, y procura hacerse un sitio con el único auxilio de sus manos.

Parece que lo ha logrado.

Ella es ahora la mujer al cargo del lavado de la ropa, los pecados, la corrupción. Camina firme al margen del ruido del mundo que la rodea. Se mantiene íntegra, muy sola. Por eso recuerda a menudo los días en el campo, a sus padres y hermanos. Y espera. Espera, entre tanto, la llegada de un hombre, un hombre bueno, que no soy yo puedo ser yo.

***
EPÍSTOLA AL TEDIO

EPÍSTOLA

Pienso, tiendo a pensar
Compongo, tiendo
Sufro, tiendo a sufrir, los días planos.
Me abotargan la mente con sus brumas.
La bruma intensa de puertos lejanos,

la cara inerte de negras espumas.
Me hallo en la lucha intensa contra el tedio,
el tedio ruin, sus tortuosas plumas

que torturan mi mente sin remedio,
flirtea con mi mente y las palabras,
luego deshace el puente por su medio.

Son días grises, de sombras macabras,
días pesados de cielo sin plomo:
da igual si dices, si escribes, si labras.

Si tanto intento desasirme, ¿cómo
no habrá de haber espíritus o dioses
que castigan a látigo mi lomo?

Sé que no tienen las gélidas poses
donde los han pintado o esculpido.
Nos dan sus bienvenidas, sus adioses

al lecho de su vida y a su nido
de infaustas horas, círculos morosos,
donde otros compañeros han sufrido,

compañeros anónimos, sus fosos
también han abrigado mi tormento.
Como ellos, me he perdido en los boscosos
límites últimos del desaliento.
***

Aguardaba su llegada sentado frente a la ventana. #######, vista desde la segunda planta del ###### ## #####, es un muro de niebla, un telón el telón de un teatro largo tiempo clausurado, que pasó de moda, que envejeció con sus actores y cerró por siempre sus puertas con la muerte de la viuda del antiguo propietario. Tal es la niebla, que nunca más ha de alzarse el telón, ni han de oírse ya más los aplausos del público… La sala está vacía.

Entre las densas gasas plateadas
####### entera me oculta su rostro.

No hay horizonte en #######. Todo aquí se me antoja prisión: las paredes y el techo, la puerta abierta, el suelo mismo… O los días. Los días en el calendario, los días vestidos de número, los días que se quieren únicos, que no han de repetirse y se repiten, los días que no han de volver como no vuelven las horas tocadas en punto, los minutos que ahora exprimo sin vigor, sin fuerza en las manos, o los segundos, los segundos que se van entre los dedos, los últimos… Y son, sin embargo, todos una misma cosa: distancia.

Lejanía y misterio.

***

Esperaba. Esperaba de nuevo. Esperaba al ocaso del día, de otro día, cuando la imagen ha sacudido mi alma con violencia inusitada: «da su cuerpo tierno a unas manos grandes, duras», las manos de un bruto, o, peor, las manos repugnantes de un ser diminuto, mezquino. Pero ella no. Ella resiste. Ella puede, se negará. Ella soportará con entereza los rigores de la vida moderna. Y vendrá, sí, la calavera desdentada con su puñado de monedas, y querrá tentarla también la vieja peluca polvorienta de dedos huesudos… Música de otro tiempo. Su virtud, al cabo, enojará los humores viciados, la costumbre de siglos. Si insiste, desafía el hábito de los mercaderes, derrama el agua de sus bocas… Es peor. No No es peor, pero es peligroso. Un camino de espinas…

En cherchant mes amours,
J'irai par ces montagnes et par ces rivages;
Je ne cueillerai point de fleurs,
Je ne craindrai pas les bêtes sauvages,
Et je passerai par les forts et par les frontières.

Ayer noche pude verla. Vi a mi lavandera, a mi camperola, de mirada triste, de ojos negros. Volvió a lavarse, a quitarse la bruticie de encima, la lascivia de los hombres, el sucio manoseo en las palabras amables, en el trato que se finge cordial. Luego se ha soltado el moño y me ha visto. Yo, otro más. Yo, más lascivia. Yo, #######.

Aunque me ha negado el saludo, he celebrado de algún modo he celebrado la dureza firmeza de su carácter, la fortaleza de su ánimo. Si responde por igual a todos aquellos que la codician, nada tengo que temer. Está a salvo.

Hoy espero volver a verla.

***
Cuelgan de los tejados los mantones 
De la pesada niebla que me oculta
Su rostro, que mi pecho catapulta
Hacia alturas secretas, sin mirones.

Cuelgan monótonos como sermones,
Cuelga esta niebla fría, me sepulta
Entre la masa sombría e inculta:
Roen callados como los ratones.

Y los oigo roerme los zapatos,
Roerme el alma, roerme el recuerdo,
Inmunes a las garras de los gatos.

No sé si sueño, si estoy vivo y cuerdo,
Sé que ES en mí, aunque me nublo a ratos,
Pero pierdo su olor, su imagen pierdo.

Ha llegado con la mañana. Y esta es la forma en que me ha sido dado. No es, en verdad, que me sea ajeno: todo en él ha sido mío en algún momento. Eran, por así decirlo, extrañas nociones que me rondaban la cabeza, ideas en gestación, ideas por formular… La forma, sin embargo, la forma exacta, la precisa, la he recibido así, simplemente. Ocurre, suele ocurrir, después del sueño, en una mañana, como hoy, y no es menos cierto que sólo alcanzo a intuir parte de lo que se dice en sus versos, parte de lo que escribo, porque, en puridad, uno sólo alcanza a comprender una pequeña parte de la Verdad que se esconde tras los objetos. Y está escrito.

Comme de longs échos qui de loin se confondent
Dans une ténébreuse et profonde unité,
Vaste comme la nuit et comme la clarté,
Les parfums, les couleurs et les sons se répondent.

Pero ¿por qué raro mecanismo?

***
Si sólo entre esta niebla, entre estas calles grises
tuviera algún consuelo, sólo una mano amiga
en estos ajenos puertos, compañera de Ulises,
conocedora fiel del rincón y la intriga…
***
Los carruajes, las grandes calesas,
el sueño rubio de largos bastones,
la baba fría en las veletas negras,
el tiempo amodorrado en los balcones.

Estaba aburrido esperándola. Caía la noche sobre #######, más negra, peor. Y helaba estaba helando. Los tejados blancos, las chimeneas humeantes, el cielo desesperado sin estrellas… Trazaba unas líneas en mi cuaderno. No pensaba en nada nada en particular. Y acabé, no sé bien cómo, a oscuras. Frente a la ventana. Estaba esperándola. Sin proponérmelo, miraba sin ser visto.

Ella ha llegado como acostumbra. Se ha quitado el delantal, la blusa, y se ha lavado las manos, la cara, los brazos, los hombros… Miraba en el espejo, no como otros días. Ha buscado fuera Me ha buscado a mí Ha buscado al otro lado de la calle, pero no había nadie no ha visto nada. Ha apartado unos mechones de pelo de su cara y ha buscado su cara niña su rostro en el espejo. Después se ha pasado la mano por la mejilla, suavemente. Estaba buscando. Estab Se ha soltado el pelo. Ha recogido algunos de sus cabellos tras la oreja Se Ha deshecho con un gesto ha despejado las sombras de su cara.

Yo seguía mirando, a oscuras, cuando se probaba de perfil, cuando levantaba el mentón y se ponía de puntillas. Entonces ha alzado sus dos pechos con las manos, los ha apretado el uno contra el otro, bien juntos, y se ha ofrecido al espejo, y la camisa, como en otras ocasiones, estaba salpicada de agua y he querido no he podido apartar la mirada como si no como si Soy un No he podido no buscar la figura de sus pezones la desnudez su desnudez la intimidad de mi. Mi lavandera. Mi camperola se ha descubierto, y ha dejado caer su desnudo frente al espejo, y la caída, dada la juventud, no ha sido tal. Pero ella negaba con la cabeza.

Ella, que no yo.

***

Sueños con ella me llevaron a una calle, una tarde, sin otra salida que una puerta cerrada. Llegué con la manos en los bolsillos y los bolsillos vacíos. Pasos de piedra, ojos verdes y un cielo helado de blanco al cabo de los tejados.

***

Has estado toda la noche ¿todas estas noches? junto a mí, sentada en la cama. Cogías mi mano, y yo

Yo, nada. Yo dormía. No. Yo lloraba su ausencia. Yo Y no en un sueño. Es otra mañana horrible de blanco nauseabundo y su ausencia me muerde la entraña, y duele, y duele aún más cuando sabes que no tiene solución, que no puedes hacerle nada, nada en absoluto, y no hay lágrimas, ni aire suficiente, y la angustia crece y crece y crece y no queda al fin más carne que morder y la vida se agota, acaba agotándose en sí misma, y tiendo tengo que correr a ninguna parte, como si huyendo la pena fuese otra, menor… Nada más falso. Ella espera sentada en la cama, todas las noches.

Siempre ha estado ahí, conmigo.

Yo la traigo, yo la tengo.

Ella ES en mí.

Y yo ¡tan torpe! corro a otra parte. Corro, aunque sé que no es posible escapar de mi sombra. Corro. Corro. Corro. Por la falta de oxígeno, la asfixia. Por los días. Y me tengo aquí, en #######, lejos de su recuerdo, lejos de sus calles y de sus plazas, de sus cielos y primavera. De sus quince años por siempre en mi memoria. O su nombre, las cuatro letras.

Vuelvo a llamarla. Esta noche su ausencia me ha arrancado del sueño. Miserablemente, me ha arrojado a los pies de la cama, sobre mis manos, y he comprendido que no tenía donde esconderme… Ella, que no estaba que no está, miraba. Me miraba: «¿Por qué?».

¡¿Por qué?!

Yo                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               

***

Calles. Calles, sólo calles. Los adoquines y los charcos. Paredes de edificios, ventanas cerradas, umbrales. Las aguas podridas. Viejas esquinas, más sombra… En la penumbra de mis días, cruza un coche de caballos, y son dos, negros como la misma Noche. Nadie iba dentro. Mi ataúd sigue vacío, aunque retumbe desolado y tuerza más abajo, sin dar nunca con la salida.

El frío de años está preso en el corazón de la piedra donde estrello mis pasos,

Mais le calme héros, courbé sur sa rapière,
Regardait le sillage et ne daignait rien voir.
***

Llagas de otras vidas que en esta acaban. Una silla junto a la ventana. Dos calcetines mojados. Gotas de lluvia sobre el cristal. Hay sangre en el pañuelo. Hay sangre y no hay escándalo y hay también mucha miseria: el pie en el charco, el dedo en la nariz, el agua de nadie que cae del cielo. Tres Cuatro tabiques de madera para el cajón de mis miserias cotidianas, para la penuria de cada día, la desgracia doméstica, ¡la horrible…! Subo los escalones que llevan a mi habitación como el reo que se sabe sentenciado a muerte: sin esperanza, ni salvación. Luego sólo cabe esperar. Dejar que el tiempo resbale, abrir mi carne al fastidio de minutos y minutos… hasta el advenimiento del Tedio absoluto.

Del fin sin fin.

El fantasma, entre tanto, persiste en su rincón, junto a la cómoda. No sé bien si a este o al otro lado del espejo, no logro verlo con claridad… Es una presencia, la presencia de su ausencia, en la visión periférica, un incordio en la memoria para la conciencia, para mí. Creo, he llegado a creer, que está siempre ahí, conmigo, y que me mira («¿Por qué?»), y no hay nada que pueda hacer que destruya su presencia, esto es, que la devuelva a mis días, como antaño.

Me he convencido de que es otro mueble más, aunque inmaterial, aunque insoportable. Y frío. Tengo frío.

***
Todas las calles, todas las esquinas,
las calles, las esquinas de la calle,
las calles de mi cuarto, las esquinas
de mi cuarto, las gentes de la calle
y los negros fantasmas de mi alcoba.
***

Al final de una calleja cualquiera, hallé el templo humilde y retirado que había soñado. Recuerdo vagamente cómo penetraba en silencio la tiniebla de cirios e inciensos, la noche de los mártires ensangrentados e inocentes, y que cruzaba la nave sepulcral sólo para ponerme de rodillas frente al icono clavado en la Cruz. Era su efigie, y era igual en todo a las tallas de los santos y de los ángeles, salvo en su belleza. Rezaba. Humillado ante su figura, rezaba en su nombre, las cuatro letras, y pedía por ella, y pedía por mí. Pedía por los hombres, los desalmados: «Gratia plena», repetía, «benedicta tu in mulieribus et benedictus fructus», cuando dos lágrimas salpicaron mis manos… Mis súplicas la habían alcanzado y, buscando el cielo, topé sus ojos verdes, enamorados.

Me llevó no poco rato dar con el templo. Deambulé, largas horas de la tarde, la espesura gótica de los barrios antiguos, la penumbra tortuosa y torturada de calles y callejones, la soledad de las plazas. No corría el agua de las fuentes. No hería el soplo del invierno. No había salida. El templo se hallaba entre dos edificios altísimos, al fondo de un paso solitario. Empedrado del medio evo. Orines de gatos y de borrachos. Helada de posguerra. El silencio de aquella iglesia menuda detuvo mi búsqueda huida. Entonces no recordaba el sueño, sus ojos en la Cruz, sólo advertí el abandono del lugar: estaba siendo olvidado… Lentamente. La forma y la piedra trascendían, pero los usos y los nombres se perdían entre las voces de la turba, a lo lejos. La paz triunfaba. En el descuido de los hombres, florecía cierto sosiego, muy raro caro, o la quietud que embriaga los sentidos, capaz de inocular en el ánimo del poeta perspectivas tan espurias como felices… Me creía, por momentos, en el mañana de las piedras. El día sin hombres. Sin nadie en absoluto. Sin mí.

Ella estaba allí. Surgió al final de aquel pensamiento, negando la dicha. Por qué. Por qué. Por qué. De inmediato, «¿Por qué?», reconocí el lugar: aquel era el templo que había soñado. La puerta, sin embargo, estaba cerrada. Cerrada como si no fuera posible de otro modo. Pensé en llamar. Pensé Pero, si me abrían, ¿qué podía esperar al otro lado? ¿Qué, exactamente? Dudaba… con la aldaba en la mano, sentía posible el sueño. Si no el mismo, si no ella, un atisbo de verdad. Un indicio. Algo (qué sé yo).

Maulló un gato y, con su maullido, me sacó de la bruma de mis pensamientos. Estaba sentado en lo alto de una tapia, y se lamía una de las patas, muy discreto de pronto. Mientras tanto, yo, seguía allí, de pie. Vi Percibí, a sus espaldas, el lento hedor del muladar vecino, un vapor apenas perceptible visible, que tendía al cielo… El cielo, arriba, como en otra parte, iba del azul pálido del cénit al cárdeno más oscuro, sobre los tejados de la ciudad. Dejé la aldaba en su sitio (con cuidado). Frente al templo, no me había fijado, se abría una pequeña plaza de parterres mustíos, decadentes. Languidecía en su centro un sauce de Babilonia, por vestir. Un banco de piedra escarcha, a un lado, verdeaba tristemente y, por encima del lugar, la balconada de las clases humildes, las sábanas blancas de lejía, los calcetines remendados, los pantalones de faena, los paños menores, las intimidades públicas, la miseria en común…

Yo Regresaría a oscuras.

***

Es difícil Es difícil recordar el origen de una manzana en calles sin polvo de tierra. Yo He visto lugares donde no alcanza la luz del sol, pasos sombríos y estrechos, baldíos eriales de humedad. El cielo, en tales circunstancias, parece más lejos El cielo, entonces, se me antoja más lejos y pobre, como en otro sitio, como si no perteneciera al mundo, y fuese de un lugar distinto, remoto.

***

Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes, una marea sombría e inculta de náufragos que no dan no encuentran su orilla, que viven de prestado, pidiendo permiso y pidiendo perdón, que siguen persiguen la sirena de todas las fábricas y roen callados como ratones el hueso duro de su desesperación. Ellos, los pobres, los desahuciados, no saben contar. Más allá del dos, del once, del veinte… ignoran por completo el significado de su cifra. Y pasan, cada mañana, bajo mi ventana. Van presurosos, a bregar ciegamente. Van extranjeros, lejos de sí mismos. Y van alienados, bajo el maléfico influjo de algún singular efecto mesmérico que, confieso, me tiene desconcertado…

Étranger qui passe!

No eres más que el vástago miserable de una ####### cruel, otro pobre diablo embrutecido por apetitos bestiales, por la fatiga industrial, por las costumbres viciadas, el yerro rutinario, el bocado venial, la lengua hecha al veneno, la puñalada nuestra de cada día… Si unos hombres se comen a otros, no quedan mejillas que poner. Pisa antes de ser pisado. Mata. Mata y procura conciliar el sueño todas las noches. Un sueño vacío… El occidental. Pero, ¡oh, horror!, observa que tiras de tu pierna y está atrapada… y tiras de tus manos ¡y están atadas! ¡No puedes… y no puedes nada! Tú, mon semblable, advierte… ¡no hay grillete y no hay cadena!

Porque nuestra prisión prescinde de barrotes.

Porque te tiene preso.

Entre tanto, mon frère, ¡bajemos a la calle y tropecemos brutalmente! ¡Desconfiemos de la necesidad del prójimo! ¡Huyamos del hambre ajena! ¡Topemos, una vez más, nuestro rostro distinto de cada día…! ¡Nosotros, los malcarados, escupamos

La luz en la ventana de enfrente.

Es ella. Llega cansada, pero no como siempre. Se acerca a la consola, el quinqué en la mano, y repite las mismas operaciones de cada día: se desata el delantal, se quita la blusa, coge la jofaina, coge la jarra de agua y gira sobre sí misma… ¡Una y dos y tres veces! Y, a cada vuelta, ¡mayor el vuelo de la falda y mayor la sonrisa! Saltan gotas de agua… Todo queda un poco salpicado, más reluciente. Para. Está sonriendo (sonríe tan ampliamente que la noche mitiga a su alrededor). Entonces deja a su compañero de baile sobre la consola y, de repente, ¡está girando de nuevo! ¡De puntillas, con el mentón bien arriba! ¡Dos, tres, cuatro veces… hasta que se deja caer sobre la cama. Diría que ríe, que es feliz.

Por cierto,

Étranger, si passant vous me rencontrez et désirez me parler,
	pourquoi ne me parleriez-vous pas?
Et pourquoi ne vous parlerais-je pas?

También querría preguntármelo.

***
Una náusea de ratas en mi vientre,
de morosas orugas transitando
mi garganta y las horas del reloj.
***

Llaman a la puerta de mi habitación (de pronto, por la mañana). Es Mme. #####, que no espera respuesta y entra con palabras gruesas que se suponen de disculpa y una bandeja con dos rebanadas de pan tostado, untadas de mantequilla, y un tazón de caldo humeante. Me pregunta por la fiebre y no sé muy bien qué decirle al respecto. La fiebre, yo… Guardo cama. Me aburro un montón. Mme. ###### vuelve a reprocharme mis paseos nocturnos, que son por la tarde, a última hora, y promete subirme unos pliegos de cordel que guarda en el trastero. Menciona también ciertos almanaques polvorientos de tiempos de su abuelo. A ver si los encuentra. Yo, llevado de la rêverie poética, le cuento que he vuelto a escuchar música de cello, una voz triste, desangelada, como la primera vez, y Mme. ######, como si no comprendiera la cuestión en cuestión, me ha apremiado a acabarme el caldo de pollo. Así… Todo. Muy rico (es mentira). Me hará bien, insiste. Luego recuerda en voz alta que hay un músico hospedado en la cuatro be. Parece un pordiosero. Viene y va con las estaciones. Si le molesta, me dice, lo mando a… No, no. No hace falta. Gracias. Cuídese. Sí. Tápese. Sí, sí. Y se marcha como ha venido.

Fuera está nevando. Hace frío sólo verlo.

***
Las viejas de Segovia
Cuentan las viejas los círculos
alrededor del puchero,
invocando cada estrella,
y con ellas, a sus siervos.

En las aguas espumosas,
las burbujas chorreantes
se hinchan con cada verso,
revientan ruines e infames.

Desmenuzada osamenta
para maniatar los astros.
Si dan bien todas las vueltas,
desatarán a los trasgos.

¶

El sacerdote de Palencia
Entre los ajados lomos
de su negra biblioteca
el más preciado dellos:
un ejemplar de Villena,
raro, especial, rescatado
de las lenguas de la hoguera.
Cada página del libro
le roba de su litera
horas de sueño y descanso,
y cordura en la sesera.
Espera encontrar la clave
de los astros, las estrellas,
y conducirlas con cánticos
(un atajo o una senda)
hacia sus dulces deseos,
bien sabe lo que desea.

Lo que al buen hombre Millán,
sacerdote de Palencia,
le aconteció en sus lecturas
deste libro de Villena
no se sabe, no hay testigos,
sólo decires de viejas;
tampoco qué fue del libro,
aunque mágico parezca.
En los anales de Ampudia
el cronista sólo cuenta
que una tarde el organista
(de muy devota existencia)
vio unos símbolos pintados
sobre las losas de piedra.
Del sacerdote, ni rastro,
y sus estancias, desiertas.

¶

El caballero de Monza
Un buen caballero,
de buena casa y más nota,
adquirió un extraño libro
de un ocultista de Roma:
«Lo libro de las estelas
o la última mazmorra».
Del libro se sabe apenas
algún rumor, poca cosa,
que era de los de Villena
salvado en la extrema hora.
El caballero italiano,
dicen las gentes de Monza,
velaba todas las noches
embebido entre sus hojas.
Dicen también que sus cuencas
oscurecieron sin demora.
Dicen que olvidó su hacienda,
que descuidó sus ropas.
Y dicen que cierta noche
de luna nueva y en sombra
de una torre del castillo
se despeñó con su esposa.

¶

CANCIÓN
Nueve libros de Villena,
que la Iglesia los quemó.
Uno que no fue a la quema,
de todos la perdición.

¶
***

La nieve en los tejados. El humo de las chimeneas. La noche, la nada del cielo. Si la una cae de ninguna parte, el otro tiende a perderse en lo alto. Grava el negro, en cualquier caso. La carencia más absoluta. Y, por debajo, apenas nada, las ventanas con luz de gas. Silencio. Paz. La paz última, la paz de las sepulturas. La nieve sobre las cosas, las cosas y las casas. Sobre #######. ####### la negra. ####### y su corazón de carbón, sus calles de piedra, paredes de hollín… duerme por siempre (bajo la nieve).

***
[NOIA]
***

Si el aliento de la calle era helado, su respiración languidecía entre estertores tuberculosos… Su respiración o la tos moribunda de una puta vieja. Si no puta, pobre de espíritu, muy desgraciada. No nieva, pero está nevado. El día, con todo, es menos frío que la noche. La noche, otra noche… En la calle, no.

Tose. Tose más que respira. Mira al cielo, tuerce la esquina. No sé muy bien qué busca, aunque sé muy bien qué espera…

Gime el violoncello (otra vez).

No hago nada.

***
Paseo por las calles de #######,
por la calle del Tedio hasta la plaza
del Tedio. Adornada con guirnaldas,
los tonos grises del hastío gris
del tedio en cada piedra,
del tedio en cada cara.
***

Recuerdo la mañana de las calles negras, el laberinto de la nieve sucia, del barro y de los charcos, de los pasos de la gente, del tumulto y de la prisa… Soplaba, recuerdo, un viento huraño, cruel, en ráfagas cortas, cargadas de frío. Me veo en un portal, las manos en los bolsillos. Tirito. Estoy tiritando, pero sigo adelante. Recuerdo que torcía a un lado y después, sin saber muy bien por qué, al otro. Caminaba pegado a la pared, herido de muerte. Se me crecía, muy dentro, la flor de la náusea y, por causa de su hedor de vértigo, sucumbía creía sucumbir a sus sucesivos mareos… No vomité No vomito. No. Hallo, en su lugar, la soledad de una plaza. Está entre edificios, en la umbría de dos pisos de obreros, en silencio. Persiste la fuente callada, el verdín del hierro, el espectro del ciprés. Huella de la vida que estuvo y se fue. No me detengo por más tiempo en su quietismo quietud. Prosigo adelante. Recuerdo barrios despoblados, calles desiertas, muy solas. Había pasajes lúgubres, como de otro siglo. No sabría volver. Me adentré, con todo, en callejones donde las casas habían sido abandonadas. Donde la miseria y los viejos tenebrosos. Los que conservan su puñado de vida como el que lleva un puñado de arena… la arena del reloj, el cristal hecho añicos, el tiempo huido en un soplo. Pasa un hombre Pasa la sombra del que fuera un hombre. Carga con un cubo de agua. No puede verme. No pertenece a este mundo. Ya no… Giro sobre mis pasos. Veo Hay una mujer, la vieja de detrás de todas las ventanas, que me mira, y no sé por qué… No hay nada que ver. Acaso el frío, el frío y a este hombre, que soy fui yo, que escapa.

***

Regresaba a última hora del día, a mi cuarto, entre el trasiego sin trasiego de las gentes humildes, los hijos cansados de una ####### monstruosa, infatigable. Paseaba por detrás de mí, sin prisa. Callejeaba y presentía el frío que estaba por llegar. De vez en cuando, el trote sosegado de los caballos anunciaba el paso de otro carruaje, también cansado, y me echaba a un lado, lo veía pasar…

Regresaba, como digo, a mi cuarto, cuando sorprendí el griterío salvaje de los vencejos en vuelo al final de una calle. Iban en bandada, en juego libre, por el cielo pálido de la tarde postrera. Caían, de pronto, tras las copas de unos árboles ―¿acaso moreras?― y subían de nuevo, bien alto, a gran velocidad… Eran vivaces, tan negros como alegres, y fui a ver. Quise más. Había un parque.

Un parque. No tres troncos de ramas huesudas que conforman suponen jardín, sino un parque impropio de una ciudad como aquella… Había, al menos, dos arboledas frondosas y césped, mucho césped mullido, y había también paseos de grava que serpeaban de por medio, como ríos antiguos, que van sin agua. Estaba vacío, el parque. No pude ver a nadie allí. A aquellas horas, supuse, estaba cerrado. La verja de la entrada impedía el paso. Hierros negros, acabados en punta, que también sobresalían a lo largo del seto que rodeaba el recinto. Temí lo peor. Puede que siempre hubiese estado así, cerrado. Sería más propio de #######.

Ahora, en mi cuarto, todo ha sido abandonarse al arrullo solitario de las palomas, grises en la cornisa. La luz se ha ido. Es sólo un recuerdo el recuerdo de una impresión en la cortina. Abro y busco en el horizonte sin estrellas, sobre los tejados, las chimeneas, #######. Observo los insondables abismos de la noche. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada hasta que llega ella, mi lavandera, que ha dejado de girar, que no baila hace días, y se lleva una mano a la boca… Rompe a llorar (sin hacer ruido). Corre a la cama, se tumba y la miro y su fantasma (cerca de la cómoda) me mira a mí.

Me reprocha que mire a escondidas. Me reprocha mi comportamiento: si hablaba yo de brutos en las calles, ella me juzga igualmente embrutecido, más sucio y más ruin… porque la falta, en saberlo, es mayor. Yo, entre tanto, sigo mirando (sigue llorando) y la compasión que despierta en mí termina por llenarme de pena, de pena y de ternura a partes iguales, y la culpa, que a ratos también mana, de oprobio. Me desprecio. Me puede el desdén, mientras sigo mirando y la veo llorar.

#######, a nuestro alrededor, finge el sueño.

***

He vuelto al parque con la luz del mediodía y allí no había nadie salvo mendigos al sol. He vuelto después, entrada la tarde, y he sabido que había (al menos) dos horas distintas: la hora de los pordioseros y la hora de los ciudadanos respetables, la gente de bien que pasea del brazo de sus señoras y saluda al pasar. He entrado al parque, estaba abierto al público, y me he sentado en un banco. No he tardado en verla. Primero en el gesto de asco de una gentil damisela, que se llevaba un pañuelo a la nariz. Después tumbada en el banco, medio muerta. Era, en la distancia, un bulto sucio, harapiento; vista con detenimiento, una mujer tan joven como pudiera serlo la damisela, que proseguía con su camino y la repugnancia en el morro. Parecía enferma. Apestada. Tísica. La gente se apartaba al pasar…

He sacado mi cuaderno y he empezado a trazar unas líneas: el margen del camino; el asiento del banco; el bulto (la muchacha); el respaldo del banco; la línea del césped, por detrás; los troncos en vertical; la copa de los árboles, más horizontal; el perfil lejano de #######; nubes blancas del cielo; y, mientras daba forma a la joven desharrapada, mientras me interesaba por ella, me preguntaba cómo había llegado hasta allí, el porqué, y ninguna de las respuestas que me cupo imaginar justificó su pena. Pensé lo peor, graves delitos y torpezas mundanas que merecieran un castigo tal, pero la enfermedad, si no el frío de la noche, iban a acabar con su vida prontamente. Estaba condenada sin posibilidad de enmienda, y yo, que sombreaba su figura niña con trazos irregulares, me decía que no había tenido tiempo material de merecer nada, dada su juventud, salvo oportunidades en la vida. Fantaseaba con su salvación, con la intervención a tiempo de un estudiante de medicina que llegase tarde a clase y la viera y no pudiera no llevársela, y lograse salvar su vida con cuidados atentos y fármacos de la botica de la facultad. El amor surge naturalmente del agradecimiento más sincero y siguen los días sencillos de una vida delicada juntos. Pero la vida, por no hacer mudanza en su costumbre, quedará truncada por alguna que otra desgracia, demasiado remota, en cualquier caso, como para ocupar su pensamiento, o turbar su dicha cotidiana… Entonces, no sé bien en qué punto de la historia, se me acercó un caballero y me dijo «no he podido evitarlo. Yo… Pasaba por aquí y advertí que usté, bueno, me asomé y vi su… Pobre chiquilla, realmente».

El caballero es el undécimo conde de #######, antiguo condestable de ####### y ########, además de socio fundador del conglomerado bancario ######## & #########, con sede fiscal en #####, que tiene a gala la reciente introducción del ferrocarril en las inhóspitas tierras de ############. Preside un distinguido club de lectura, presunta hermandad esotérica que antiguamente llamaron ##### de ##### y hoy conocen como ########. No es masón. Tampoco rosacruz. Escribe poesía ―espinelas asonantadas, por tradición familiar―. Su nombre, confiesa al cabo, es ######.

Ha dejado unas monedas a la muchacha antes de irse.

***

Buscaba al otro lado del espejo… la misma habitación, las mismas sombras, yo. Yo y nadie más. Apenas me atrevo a pronunciar su nombre, las cuatro letras… Apenas puedo invocar su rostro en mi memoria, los días felices, los que no pueden ser. Los pocos recuerdos que guardo, los que vuelven a mis sueños, pertenecen ahora a otra vida, aunque son míos. A veces siento que…

Je suis un vieux boudoir plein de roses fanées,
Où gît tout un fouillis de modes surannées,
Où les pastels plaintifs et les pâles Boucher
Seuls, respirent l'odeur d'un flacon débouché.

Y esto, aún siendo intolerable, no resulta insoportable. Y no resulta insoportable porque, de algún modo, me afirma. Es decir, si pusiera fin a mis cuitas, si pudiera…, ¿qué sería de mí? ¿Qué sería de nosotros sin conflicto? ¿No nos mueve la consecución de una meta? ¿Preferimos, acaso, la quietud, la muerte… el Tedio?!

***

######, undécimo conde de #######, me ha vuelto a sorprender esta tarde en el parque, cuando dibujaba el banco vacío, ya sin ella. Pretendía, sin saber muy bien cómo, expresar su ausencia, mi duelo, y no hacía otra cosa que juntar líneas, unas sobre otras, sin lograr precisar la… ######, como en nuestra anterior ocasión, me ha requerido de pronto. Llegaba diciendo…

Hemos hablado largamente. Me ha preguntado por mi origen, mi oficio y mi ambición, y, al parecer, ninguna de mis respuestas le han interesado especialmente… Otra cosa han sido mis inquietudes artísticas. ######, además de poeta aficionado, gusta de «poner cuantiosos capitales en manos de las musas para que lo malgasten», y me ha solicitado muestras de mi pericia: «¿Para cuándo?». He prometido entregarle copia de algunos de mis poemas en cuanto pudiera: «Tengo que pasarlos a limpio». «Que sea esta noche ¡sin falta!» «¿Esta noche?» «Le espero en el café ######## #######. Quiero presentarle a unos amigos».

***
En un antiguo café,
uno de tantos del centro,
me encuentro por fin, testigo
de los borrosos encuentros.
Una nube vaporosa,
borrosamente adornada,
una borrasca de voces
insulsas, deshilvanadas.
Las azoteas pintadas
con cepillos de colores
y un paisaje de sombreros,
de copas y de señores.
Emperifolladas damas
de reputación incierta
bien amparadas debajo
de sus pomposas pamelas.
Finos cuellos apretados
de anchos collares de tela,
coronados en su centro
por alguna inútil gema.
Sus piernas, sus caderas,
bajo las nubes de gasa,
la gasa de los vestidos
que cubre todas sus faltas.
Algunas luego descubren
las orillas de sus medias,
para que les hagan caso,
para que les echen cuenta.
De vez en cuando resuenan
las atronadoras risas,
hombres con boca de sótano,
dentaduras carcomidas,
y un largo alcantarillado
lleno de botines negros.

Buscaba a ######. En el tumulto de voces y caras, desconocidas unas, extrañas las otras, sentía cómo me inundaba una miríada nueva de impresiones: la luz multiplicándose, el estallido de colores, el ruido, el alborozo, el humo tabaco, las fragancias deliciosas, los perfumes, las señoras… Todo al compás del latido ardiente de la vida. También por dentro, en mi pecho. Apenas creía posibles el silencio de la calle o el negro de la noche, poco antes. Apenas me tenía allí, en pie, buscando…

Los farolillos de gas,
los sombreros emplumados,
nichos de pavos reales
y un bosque de barbas parlantes.
Aquí estoy, aquí me hallo.
Señoras muy elegantes
con boquitas de piñón
rojas, tiernas y encarnadas
que en la intimidad del cuarto
les sonríen a otros hombres.

«¡########! ¡########, aquí! ¡Aquí, mon frère!». Era ######, al fin. Alcé la mano, saludé, y salió a mi encuentro, entre el gentío: «¡Bienvenido, mi caro amigo! ¡Bienvenido al ######## #######!» «Hola. Le he traído…» y saqué mis cuartillas del bolsillo de la chaqueta. «¿Qué es esto?», espetó, a lo que respondí «son… son unos sonetos que compuse en mi ###### natal, antes de venir aquí, a #######». «¡Oh… sus poemas! Bien, bien», y, llevándome del brazo, me condujo por entre las mesas, el bullicio, la concurrencia… «No esperaba», dije, «encontrar tanta gente». «Pronto, no se impaciente, verá por qué…!» y llegamos a nuestro destino.

###### dejó mis papeles en la mesa. Botellas abiertas de champagne. Copas altas. Vasos de licor. Una taza de café. Puros consumidos (negros, arrugados). Ceniceros. Prensa del día. Un reloj de bolsillo. Las diez y veinte pasadas. Narcisos blancos en un jarrón de porcelana. Motivos florales. Una servilleta arrugada. Manchas de carmín. Cerillas sin su caja. Tapones de corcho. Había, en total, siete individuos sentados a su alrededor.

«Este, queridos, es ########! ########… le presento a M. ########, novísimo poeta, príncipe ########## y leyenda viva de las letras al norte de los ######et plus ultra!».

Un desfasado monóculo
encajado entre sus órbitas
ampliando a colosal
media mirada a deshora.
En medio de la nariz
una abultada joroba
y a su sombra relegado
un gran bigote de morsa.
De los colmillos, ni rastro,
ni tampoco de la boca.

M. ######## alzó su copa e inclinó la cabeza con solemnidad. Respondí, aunque sin copa. ###### se dirigió entonces al hombre que estaba sentado a su izquierda: «Este otro es ###### ######, dramaturgo de la última escuela…».

Sentado para la estampa
delicado caballero:
delicada la corbata
y delicado el sombrero,
y el bastón, fina caoba,
seda bordada el pañuelo;
hasta que habló con sus manos
mostrando con mucho esmero
delicados ademanes
de pastor, de cabrero.

###### ###### quiso tenderme la mano, pero, con el ímpetu de ponerse en pie, golpeó la mesa y derramó toda el agua del florero: el fluido alcanzó de inmediato los papeles que había dejado allí ###### y las letras de tinta se emborronaron no menos que el ambiente del ######## #######… Yo hice por sonreír, disculpándole, y ######, que se me acercó de pronto, continuó diciendo «###### #####, nuestro pintor enamorado».

A su lado fuma en pipa
(nariz de araña naval)
su antípoda perfectísima,
su harina de otro costal:
traje tejido de esparto
y hombreras, cumbres de cal;
haciendo ver que no escucha:
con el humo, él se va.

«Aquí, ########, mi hermano venido del frío: M. ########, romántico».

Encajado entre dos señoras
(medio almidón, media gasa)
un señor y su cruzada:
medio mira, medio toca.
La señora a su derecha
(alto moño y clara mecha),
fino cuello, claro cisne
y boquita piñonera
(breve rosa hermosa y firme),
pero piñatas tras ella.
La dama de su siniestra
es más zurda allí en su cara,
a ella en cambio más se adama:
mucho más sus pechos muestra.

«Y ellas son… ### y…», señalando a la señorita de su derecha, «########. Del servicio». «####», repone #######, que asoma la cabeza, muy divertido: «son Mlle. ###», beso al cuello, «¡y Mlle. ####! ¡#### como el flor! Y ousté… ¿es el siureñou?». No le entiendo (no digo nada). ######, a mi lado, hace que sí con la cabeza y ########, puesto en pie, levanta su copa y exclama bien alto «¡Viva el Sour!» y, al unísono, se le responde «¡Viva!». Jolgorio general. Tintineo en cascada. Risas. Humo de ensueño. «Ella es», sigue ######, «nuestra querídisima…»

La monótona tarima
granizando los tacones
de las damas y señores,
cadencia blanca, sin rima.
Pero entre las voces todas,
rudas y torpes y secas,
una voz dulce y segura,
flotando entre la aspereza.
Entre ellos estaba allí,
entre todos ellos, ella.
El brillo de su mirada
tan arrogante y despierta.

«#######, autora de novelas», aseveró, y me tendió la mano por encima de vasos, cigarros y papeles mojados. «Un placer», aseguré, y correspondí afectuosamente a su ofrecimiento. ######, entonces, me cedió su asiento y me preparó sotto voce («ahora viene lo bueno») para lo mejor.

Suena una música extraña
de cítaras y pagodas
de pretensión oriental,
dudo que allí la conozcan.
En la exótica sorpresa
de damas y caballeros
surge una joven morena
con velos y con plumeros.
Una joven de cabellos
densos, negros, de seda,
donde las luces de gas
cantan el canto del veda.
Tiene la frente tan limpia
como una cumbre olvidada.
El cuello grácil y suave
ladera de miel helada.
Lleva en sus hombros ligeros
plumas de ganso dormidas.
Quién sabe si en ellas pende
alguna mortal herida.
Y sus pechos recogidos
veladas copas de oro
donde beben los faisanes
el fresco vuelo sonoro.
Su vientre a la luz dorado
como arenas del desierto,
entre sus undosas dunas
tiembla un rubí descubierto.
El perfume de esa flor
huele a amor, huele a rosa,
la flor que plantó Darío,
la flor que cortó su esposa.
Frunce su baile curvado,
una ráfaga de velos,
siete velos del diablo,
orientales caramelos.
En el vendaval de giros,
suaves vueltas suntuosas,
suenan callados suspiros
y sus caderas se asoman.
Sus muslos bien torneados,
tersos jarrones de arena,
y el pie tímido y descalzo,
el tobillo de azucena.

Viéndola girar, viéndola brillar con cada vuelta, no podía dejar de pensar que ####### había guardado allí, en el café ######## #######, todos sus colores, melodías y aromas… Habían estado allí todo aquel tiempo. Ocultos. Prohibidos. Soñados. ¡Eran los vivos, salvajes, vestigios de la decadencia…!

***

Mme. ##### había adquirido el hábito de pasar por mi habitación si, pasadas las nueve, no había bajado a desayunar. Entraba con cualquier pretexto, lo que fuera que inventase sobre la marcha, y nada parecía importarle si resultaba algo peregrino, poco comprensible. No recuerdo qué propuso en aquella ocasión. Sé que desperté cuando Mme. ##### abría las cortinas de mi habitación: «¡Un día precioso! (¡Huele a azul!)». Me habló con naturalidad de los ratones de la cocina, de las extravagancias de algunos de sus inquilinos y, cuando me creyó despierto del todo, más atento, dejó caer que compartía piso, «puerta con puerta», con cierta pueblerina de cara de niña que acababa de llegar: «Podría usté aconsejarla». No se escondía. Mme. #####, que pasaba la escoba y ponía orden en mis cosas, no aprobaba que pasase tanto tiempo solo, «no puede ser bueno». Le conté que había hecho «algunos amigos» en cierto café del centro. «A su edad», replicó, «lo que necesita es una amiga. Yo, ya verá, conozco unas chiquitas de buena casa que saben servir en todo, y son muy espabiladas, no crea. Una tarde, la semana que viene, les preparo una merienda abajo, en el comedor, y así se conocen y lo van hablando. Usté no tiene que preocuparse por nada. Ya verá que sí» y cerró la puerta.

***

Fui de mañana al café ######## #######. Quería deshacer el hechizo. Quería comprobar si todos los colores de ####### seguían guardados allí, entre sus muros, y lo supe pude saberlo antes de entrar siquiera. Silencio. El encantamiento está roto. Dentro el invierno inunda la sala. La luz fría del día sopla desde las ventanas, ensombrece los rincones, hiela las paredes de azul. Pero no el azul del cielo, sino el azul pálido que se advierte en la huella de la nieve. No vi a nadie (en cualquier caso). Pedí un café y me senté de espaldas a la calle, a repasar las notas de mi cuaderno, una a una, qué tedio…

Pasaba los días en #######, en el recuerdo, en estas líneas, y creía verme pintado de luto en calles monstruosas, terribles y fúnebres… Mi vida, por varias semanas, se había hundido ido hundiendo en un pozo de infortunio y miseria, y yo, que seguía helado de miedo, me había dejado arrastrar a lo más hondo… Me ahogaba, o acaso había muerto hacía más de cien años y moraba sin descanso la tiniebla, al otro lado… Debía ser. Estaba muerto (sin duda). Difunto, por eso los sabores de la vida no eran ya más… Sólo memorias tristes. Carne de espectro. Terror sin fin.

Las páginas de mi cuaderno, las páginas desabridas de mis días, estas, sentenciaban que no era más que une charogne infâme que,

Les jambes en l'air, comme une femme lubrique,
Brûlante et suant les poisons,
Ouvrait d'une façon nonchalante et cynique
Son ventre plein d'exhalaisons.

Entra un hombre. O puede que siempre haya estado allí. Es, creo reconocerle, ###### ######. Me saluda (me ha visto). Correspondo. Se acerca, me tiende la mano. Buenos días. Buenos días. Qué tal. Aquí… ¿Escribiendo? Sí, eso parece. Y ¿usté? Piensa demasiado su respuesta. Es como si sopesase sus usos y los usos del burgo que ahora habita. No es la primera vez que le pasa. Pediré un café. Que sean dos, le digo. Me parece un buen hombre. Otro más perdido en la espesura de calles de esta maldita ciudad. Solo, como yo. ¿De fuera? Sí, sí… De provincia. ¿Cerca de aquí? No, en realidad no. Provengo de un pueblito de montaña, lejos, muy lejos de aquí. Más lejos de lo que… Traen los cafés. Están demasiado calientes como para beberlos. Y ¿qué le ha traído tan lejos? Quería probar fortuna. Allí… Verá, la vida en el pueblo no… Habla de una pobreza que no he visto antes. Habla de los rigores de la montaña. Habla de la gente, la suya, buena y brutal. Y me cuenta, como si esperase largo tiempo guardada, la historia de su despertar literario, cuando contaba trece años. Aquel verano su tío el canónigo no sólo se llevó un fiambre de vuelta a la capital, sino que dejó en su lugar una floresta de gozos, y aquel librito, cual trasto viejo que nadie quiere, acabó en sus manos atentas. Se tiene, desde entonces, por un lletraferit de poble, y pocos en su aldea, confiesa, comprenden una dolencia como la suya. Es duro (debe ser duro). Ha sido duro, sí. Créame si le digo que le entiendo. De algún modo, también yo… ¿Usté? ¿No es de #######? No, yo… No digo nada (prefiero callarme). Pruebo el café. Ya no quema. ###### también bebe (sorbe con indiscreción). Mira a la calle, tras los cristales. Y, dígame, ¿por qué, de entre los géneros literarios, optó por el dramático? No crea… No es una decisión temprana. He estado escanciando versos toda mi juventud. Escandiendo… Sí. Mucho tiempo. Sí, la verdá, y sonríe una sonrisa grande, franca, como todo en él. Y ¿qué clase de composiciones…? Estrofillas de arte menor, sobre todo, muy del gusto de los pastores y… de las muchachas, vaya. Entiendo. Pero no soy un hombre talentoso, #######… Lo confieso, y se señala la oreja varias veces. Sus dramas, según explica, carecen de talento literario. No son lo último y no son ingeniosos. No son sofisticados en su concepto y no son complejos en su estructura. Tampoco son poéticos o especialmente plásticos… Yo no tengo otro mérito que la memoria. ¿A qué se refiere, ######? Yo… Pongo lo que recuerdo, y lo pongo así, sin artificio. Pasa que, aquí, no saben lo de allí… No lo imaginan, y lo quieren algo muy distinto, por eso lo llaman «rural», cuando la sustancia, #######, es la misma cosa ¡el drama! ¡El drama, #######!

***

Pasé largos minutos mirando a mi alrededor, sin decir nada. Estaba sentado a la mesa de ###### y compañía, y parecían, todos ellos, engrescados en disputas que sabían baladíes, pero disputaban de todos modos, por el hecho mismo de disputar. Yo no escuchaba. Era el bullicio, la rabiosa afirmación de la vida contra la Nada, ahí fuera… Eran las barrigas contra las camisas, los sombreros de copa colgados de las sillas, los zapatos de tacón que bailan sobre su punta, medio aburridos. Eran las voces, las carcajadas, los silencios de mirada distraída de las señoritas. Sobre todo las señoritas. Del brazo de personalidades provectas, entre banqueros encendidos y orondos, o junto al coronel de bigotes, aquellas jovencitas languidecían como flores que se marchitan en la privación de luz. Mustías en la ausencia de horizonte. No parecían tristes, sin embargo. No podían estarlo. Se habían resignado: «la carne más tierna satisface al hambre más vieja» (repetido, como en letanía). #######, sin en cambio, había tomado otra vía: prescindía, por ejemplo, de toda la gala que cabe esperar en una dama ######### a aquellas horas de la noche. No se tocaba la cabeza. No llevaba el pelo recogido. No se empolvaba la nariz. No ponía colorete en sus mejillas. No se hacía la raya de los ojos. No cubría de azul sus párpados. No se perfilaba las cejas. No pintaba sus labios de rojo. No se mostraba. No hacía ostentación de sus atributos. No se ofrecía. #######, por lo demás, vestía pantalón y fumaba en pipa.

Poco antes habíamos estado hablando de su obra, que era además su ocupación y su beneficio. Según dijo, escribía también columnas de opinión bajo seudónimo, cuentos fantásticos con monja, calavera y fantasma, y había publicado recientemente un libro de sonetos, Del temblor de la rosa, compuesto según la moda en Italia. Preguntó si lo había leído. Yo miraba sus grandes ojos del color de la miel, que me parecieron empañados en lágrimas de otro tiempo, sin decidirme a decir nada… Dudé un momento entre buscarle la pechera o contarle una mentira, pero, absorto en la luz triste de su mirada, confesé que no había tenido el placer, y ella, con gran amabilidad, insistió en que debería. Repuse que lo haría, creo, y tomé otro sorbo de absenta. Miré a un lado, tendí una pausa, el silencio incómodo que gusta de mutilar las conversaciones, y después acabé buscándole la pechera sin mucho disimulo: voluminosa (como todo en ella). #######, que no se exhibía como el resto de sus congéneres del ######## #######, tampoco se ocultaba. No rehuía su condición, ni disimulaba su naturaleza (no lo habría logrado). Seguía otra vía, simplemente: bebía cognac en vaso alto, andaba con hombres todo el tiempo y decía su parecer como uno más. Opinaba a favor de los sediciosos de #######, fuertemente hostigados por las huestes del conde de ######### en los confines de ###########, y reclamaba, cuando no proclamaba, la República como bien público y salubre, muy necesario en tantos otros órdendes de la vida civil.

Y fue su voz, recuerdo, la que me distrajo de mis devaneos por el café. Preguntaba por la joven «con velos y con plumeros» de la otra noche. Cómo olvidarla. ######## se reía, parecía eufórico, y M. ########, con los ojos muy cerrados, inspiraba los colores del ######## #######. Bebía hondamente. Destilaba algo, muy en otra parte… Cómo saberlo. ####### insistía y su voz me traía de vuelta entre vapores alcohólicos y luces de otro tiempo. Decían, que recuerde

***

―¡Todos!

YO o ¡oh triste farolillo de la mesa
que a duras penas alumbrarnos puedes!
Es ELLA. Noire et pourtant lumineuse!
Elliiieargh…!

Sofoca el grito con trabajo. Dudo. Me muevo entre el pavor y la lástima. M. ########, entre tanto, está señalando al frente, a un punto indefinido de la sala. Juraría que ve algo, algo que el resto no somos capaces de ver… Sea como fuere, no está lejos de la puerta del infierno. «Date cuenta», me había dicho ###### al respecto, «que nadie sale de allí». «Tú tampoco verás nadie que entra por su pie», siguió ########: «Es cosa que todos saben», pero no hay más que humo y sombra alrededor. Nada.

Buscad mi nombre muerto entre las lápidas
cuando ya no podáis oír mi canto,
cuando ya sólo queden sombras áticas
y secas ruinas y caras de espanto.

Buscad mi

M. ######## ha perdido el monóculo de pronto. Se palpa con ambas manos los bolsillos de la camisa y del chalequillo… Ha olvidado que está subido a una silla. Ha olvidado lo poco que ha dejado de beber, que vacila a ratos, y que tiende a los lados… sin poder remediarlo. Desdeña el centro por definición. Siempre lo ha hecho (dicen las lenguas). «Buscad», repite otra vez, mientras la inquietud le trepa por las piernas como un centenar de arañas troglófilas, ciegas al mundo, y muerde otro «buscad» con angustia, entre los dientes, cuando siente que le suben a las manos y se le cuelan bajo las mangas de la camisa ¡con los puños cerrados! «NO». Sus dedos temblorosos han dado por fin con la cadenilla que sujeta la lente. «NO». La recoge. La aprieta fuertemente. «NO». No declama. Ya no… Susurra sólo

La llama pasajera de la vida
apretará tu pecho poco a poco,
después serás el eco de la lira,
después serás la sonrisa del loco.

Entonces ######, que había estado toda la noche hablando en aparte con #######, ha mandado a ######## que baje a M. ######## de la silla. El germánico, un hombre franco y grande, ha cogido en sus brazos el cuerpo desvalido del poeta y lo ha sentado en su sitio de siempre: una suerte de trona muy digna. Parece exhausto, como vaciado. «Tome», propone ######, que se presta a verter de inmediato un chorrito de whisky en su copa: «Beba un poco». M. ######## mira de lejos. Limpia su monóculo con flema y lo devuelve a su ojo, el izquierdo. Luego, bebe. Bebe en sorbos cortos, en silencio, pero antes, he podido verlo, ha buscado allí de nuevo. Allí… cerca de la puerta del infierno.

***

Hay una rubita preciosa en la mesa de enfrente. Pequeña, delicada. Con los labios muy rojos. Ofrece un perfil fresco, delicioso. Blanca de luna. Sutil. Está sentada con un hombre como yo, un hombre que debe tener mis mismos años, pero con dinero. Un cualquiera más que yo que la aburre cuando habla y cuando calla. Un triste tecnócrata, un miserable… Ella, sin embargo. He visto hambre de vida en su mirada, en la manera que tiene de suspirar. Parece despierta, atenta a su alrededor, aunque el fastidio vaya en el gesto último, cuando piensa que nadie la está mirando. Y busca. Busca incansable una ventana a otra parte. Busca una rendija, una salida, una huida… Algo. Un estímulo. La vida y no las normas. Lo que puede ser y no todo aquello que debe dejar de hacer… por conveniencia. O miedo. El miedo que la retiene allí en contra de su voluntad. El miedo que la trae y que la lleva de aquí para allá. El miedo, a la postre, que ha aprendido en las amenazas bien intencionadas de su madre y en el cuerpo maltrecho de las prostitutas. Si no en las prostitutas rotas por el uso bien intencionado de los hombres, en los niños que limpian zapatos por la calle o en la niña que vende flores sucias de escarcha por la plaza. La niñita pobre y sola. La niñita muerta de frío. Ella, sin embargo, se distrae con facilidad. Cualquier voz, cualquier risa que surja de pronto, llama su atención, pero es en vano… Vaga de nuevo.

Y yo voy tras ella.

Bien pensado, llevo rato mirándola… Ella, a mí, tres veces contadas. No le digo nada. No tengo nada que hacer. Y hay otras jóvenes en el café, que la belleza tiende a confundirse con la juventud, pero a mí me gusta la rubita y la rubita no ve en mí más que la cerrazón de los muros… cuando yo podría derribarlos en su nombre. Si ella quisiera…

Parece que sí.

######## aclara la voz, toma un último trago y empieza…

Wie werde ich… reich?

Wähle die richtige Frau
Werde berühmte Schauspieler
Sammle Zigarrenstummel

Durch Arbeit nie!

Mache in politischer Karriere
Laß Dich ins Parlament wählen
Werde Zwischenhändler

Durch Arbeit nie!

Ha sido muy divertido (por lo que parece). Del coro inicial, ######, #######, ##### y ###### ######, ######## ha sabido ganarse el favor de otras mesas con el poderoso influjo de su canto y, una a una, todas (poco más o menos) se han sumado (sin saberlo) a la proclama proletaria: «¡Durch Arbeit nie!». «¡Durch Arbeit nie!» como una sola voz. «¡Durch Arbeit nie!» como un solo hombre. Y ########, pletórico, que le ha dado otra vuelta a la canción…

Wie werde ich reich?

Wähle die richtige Frau
Werde berühmte Schauspieler
Sammle Zigarrenstummel

Durch Arbeit nie!

Mache in politischer Karriere
Laß Dich ins Parlament wählen
Werde Zwischenhändler

Durch Arbeit nie!

Ella, la rubita, sonreía. Felicísima. Tenía los ojos muy abiertos y se bebía emocionada la dicha del momento, pero yo, cuando ######## ha alzado su copa sobre nuestras cabezas y ha brindado por «los muertos de la causa», seguía preso de una visión pavorosa. Quizás fueran los acentos germánicos, las voces heladas y extrañas, o los ecos de la barbarie, pero yo, allí donde se erguía el romántico ########, había vislumbrado al guerrero cruel que celebra su victoria sobre los cráneos del enemigo; al norteño que posee los bosques y posee el invierno y posee los ríos; al hombre que sonríe alegre al vientre de los altos hornos industriales y llama de tú a la Muerte. Sucumbía… De algún modo, sucumbía al horror, a la noche más negra y fría de la vieja Europa, cuando el norteamericano, franco y grande, se ha vuelto hacia mí y me ha dicho:

***

####### me inundaba con la luz grande de sus ojos. Eran dos mares de tristeza, el reflejo tardío del ocaso, una despedida a orillas del «nunca más, mi amor», pues la noche estaba por llegar y sería para siempre. Fumaba en pipa, desde la asunción del fin, muy lentamente. «Dígame, ########, si dejó un amor en su tierra» y sus palabras me envolvieron del dulce aroma del tabaco. Yo sentía el crepúsculo sobre todas las cosas y no podía ya más… Éramos, a aquellas horas, cuatro gatos en el café. Estábamos solos ######, ##### y #######, que volvía, como las olas, a pedirme por mi pasado: «Dígame, ########, si guarda un nombre en su corazón».

***

Mientras se hablaba de no sé qué conflicto en no sé qué comarca lejana de la ####### ulterior, algo entre estúpido y sangriento, realmente, me he entretenido mirando a la mujer suave y voluptuosa de un caballerete alto, de bigotes, con brazos largos, manos largas y dedos huesudos y largos para contar los billetes. Hace poco que han llegado al ######## #######: han entrado juntos y han pedido dos de lo mismo para beber, algo que se sirve en copas pequeñas, de cristal, y que se toma en sorbos muy cortos porque quema. Aun así, ella no ha dejado de beber. Es una hembra sedienta, carnosa, que aprieta su cuerpo contra la ropa y llama por su nombre al hambre de los hambrientos como yo. No dejo de imaginar qué esconde bajo los trapos. Tampoco él, por lo que parece: después de hablar un rato de naderías por encima de la mesa, se ha levantado y se ha sentado justo a su lado (mucho más cerca); ella ha ensayado una risita de sorpresa, mientras miraba a su alrededor, por el qué dirán, y el caballerete, de rojo subido con un cuarto de copa en el cuerpo, ha dedicado promesas de gozo y bondad a su tierna compañera. Ella, entonces, ha jugado al no: si rehusaba su oferta, más se juntaba; si reprobaba su atrevimiento, más apretaba su mano entre las suyas; si fingía cierto escándalo, más ofrecía el cuello; estando en estas, el caballerete ha dejado por descuido su diestra enguantada sobre la rodilla, primero suya, después amiga, y ha seguido regando el oído atento de su querida con más servicios, placeres y halagos… Un suspiro en alto. El guante del caballerete se ha perdido muslo arriba, bajo la mesa. Un respingo mal disimulado. Las caricias han abierto una sonrisa nueva en el semblante de la joven. Un suspiro desde abajo. La seducción ha degenerado en un cuchicheo de lenguas líquidas de donde resbalaban palabras aún más líquidas que han acabado desembocando en el «vámonos / ahora? / sí ahora te quiero ahora» del final.

He creído que se iban del café. Se han levantado, han dejado unas monedas en la mesa y han salido juntos, de la mano, por una puerta que no da a la calle, precisamente. Ella, antes de entrar, ha buscado entre la concurrencia, por si alguien miraba, y no me ha visto verles.

No supe qué decir (dónde meterme). ####### no dejaba de mirarme: cuando supo que lo sabía, sonrió no sin cierta malicia. Pero… Había algo roto. Cerca. Lo sentí de pronto. Podía ser el cristal de una copa o una de las miles de venitas que surcan mi nariz. Me llevé la mano al pecho, por taparlo. Como el agua escapa por el sumidero, perdía la vida, la poca vida, que había en mí. Ella, #######, debió de darse cuenta, a juzgar por su gesto de preocupación, pero nadie podía saberlo: aquello ―toque de muerte, grito de vida― quemaba por dentro.

***

Absenta. Un trago de cognac que tomo por error. Perdona, creí que. El humo de los puros, cigarros y hierbas que queman no sé dónde. Da igual, huele bien… Bien? Raro (como muy raro). Como del Oriente. A saber… No importa. Pido un café. Pido hielo, aire fresco. Un momento, solamente un momento. Me cuesta tanto salir del escote de aquella gorda… Debe de tener cuarenta y mucha pintura en la cara. Qué asco. Mucha pintura. Mucha apretura. Mucha gordura. De todos modos, quién pudiera… Es decir. Mi copa. Alguien ha visto mi copa? Sí. Gracias. Busco aire. Una rubita preciosa en la mesa de enfrente. Una niñita pequeña, delicada, pero nada de nada de nada de nada… Esta noche (al menos). Dése cuenta: a parte del escote tumultuoso que vengo indicándole, hay un perfil regio, privilegiado, de una pelirroja de piel blanca, lechosa, que está un poco más allá (si se fija bien). Es joven. Joven y poco más, la verdá. No queda más vino? Tampoco va a venir hoy? Cómo quieren que. Me lo expliquen. Qué narices voy a hacer entonces ¡y después? Me decía? Pienso que no, sinceramente. Sólo un poco aturdido… Como todos, supongo. Ha visto a aquella otra de allí? Es graciosa. Más vino por favor. Un poquito más, gracias. Aquella no, digo la muchacha del lazo azul… ¿la ve? Preciosa. Le gusta? Y a quién no. Dónde dice que está el lavabo? Abajo? No, abajo no puede ser… Dígame dónde. Y traiga usté más luz. Traiga más aire o pónganos otro café o algo… No? Gracias por favor. No será necesario, sé ir solo. Sí. Yo puedo. Yo. Ya verá que sí. Cómo? También usté viene? Viene conmigo? Se viene a mi cuarto? Es broma, mujer. Claro que sí, no me haga usté caso… Ya ve usté que yo no ni nada. Ahora en serio: no le hago ni un poquito de gracia? Nada (pues nada). ¡Ojo! Cuidado con las sillas, las mesas, las personas… sobre todo. Perdone. Usté disculpe. Yo realmente no quería… pasa que uno a estas horas no sabe dónde tiene la cabeza… Una vergüenza, sí. Una ruina, sí. A mis años… Ya ve. No tendrá una servilleta a mano? No habrá visto una pluma como esta por el suelo? Mis papeles (son míos, son mis papeles). Gracias, muchas gracias. Tiene usté una sonrisa muy bonita. Es usté encantadora. No querrá…? Vale (vale). Pase un buen día. Adiós y adiós. Por dónde íbamos? Por aquí. No, por aquí. Entre usté y yo, ahora que no nos oyen esos… no me hubiese importado nada en absoluto derramarme un rato sobre aquella señorita de antes. Era un poco fea, pero, a estas alturas… sabe qué le digo? No se ofenda, es usté muy bonita también, perdone que le diga, tan amable conmigo… La puerta? La puerta. No (esa puerta no). La puerta del aire. Por aquí, gracias. Qué noche tan hermosa y solitaria. Es magnífica. Déme un beso, sólo un besito que yo ya me voy. Puedo volver solo. No se moleste, no se preocupe usté por mí. Yo puedo. Yo sé cómo. Gracias. Un besito nada más. Gracias. Gracias y adiós. Hasta mañana

***

[…] la vida quema» siguió diciendo. «He sido cegado y he estado sordo y he prohibido las emociones más intensas de mi vida por un tiempo largo. Era mi camino de proteger. Nadie, ########, quiere morir calcinado. Ni uno. Deja que te cuente una cosa, amigo. Fue en los altos bosques del ######, a finales del invierno de ####, pero allí el invierno nunca termina de irse. No hay primavera allí, pienso. Estuvimos de caza. Caza grande, ¿sabes? Nueve días subimos el ##### de aguas negras y silenciosas. Nueve días a contracorriente… El silencio es abrumador cuando más subíamos. Si tú piensas que es paz, estás equivocado. Más silencio, más tensión. Más tensión, más fuego por dentro. El fuego es un forma de dolor que no sabes qué hacer. Dónde estar o poner a ti. Tú te encuentras con la mano en el agua del río y el agua del río es una forma de hielo líquida que hiere y, cuando miras tu mano, es blanca de muerte. Roja como dolor. El dolor es la única cosa que te mantiene despierto. Él te recuerda que la vida quema si tú bajas tu guardia. Te dice a ti que no debes descuidarte un sólo momento». ######## se sirvió más whisky. Bebió un sorbo, dijo «Nosotros estábamos yendo a cazar una criatura excepcional. Era una bestia única en el mundo… Única, ¿sabes? Parecía como una leyenda que los madereros habían oído contar a los buscadores de oro, algo que los viejos buscadores habían escuchado de la gente salvaje del lugar. Yo digo los nativos. Tú sabes que ellos cuentan historias. Historias muy antiguo». Bebió otro poco. «¿Qué criatura se trataba? ¿Qué animal podía alimentar nuestra fascinación de ese manera? ¿Qué nos arrastraba río arriba? Las gentes salvajes lo llamaban ########. Es un palabra de su idioma que no sé qué infierno puede decir. Yo no vi nunca un hombre nativo. Yo sólo oí el viento que aúlla en las ramas. Ni un pájaro. Ni un lobo. Ni un cosa. Sólo el viento en las ramas, el ######## alrededor». Se detuvo. Me miró fijamente: «sí, eso es lo que ellos cuentan a los niños», y se acabó el licor de su copa. «Pero ¿tú sabes qué? La vida quema y no conozco a nadie que quiera morir calcinado. Ni uno en este mundo. C'mon… Ponme otro trago», dijo, y continuó con «No somos niños por más tiempo y yo sabía que yo tenía sólo un disparo. Una maldita bala. Toda mi entera vida en un tiro, ¿sabes? No es algo que tú puedes jugar. No es un broma, es el tipo de cosa seria para que la vida es. Yo quiero decir que no esperes otra oportunidad porque no hay otra maldita bala: DO NOT WASTE IT», escupió, y se bebió todo el whisky que acababa de verter en su copa. «Listen to me, my friend… Tú puedes fallar tu disparo y tú puedes esperar tu oportunidad'til you die… Tú lo sabes. Tú estás en lo cierto. Tú lo tienes en tu propia mano… Now, it's your fucking choice, man».

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[LA CABARETERA]

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Próximamente, si el tiempo lo permite, más páginas del cuaderno de ######## .

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2010-2013