Flor varia de leyendas

Tragicomedia del cabrero

Memorias tristes contra la Muerte.

No fue en una noche negra de agua, y el bosque, aunque tenebroso por circunstancias, se abría al cielo estrellado y al fulgor de la luna llena. Ululaba el búho y, en la fronda, bullía el viento. Por momentos, ni los grillos cantaban. El silencio de palabras que hervía en su cabeza anegaba hasta los latidos, ardorosos en su pecho. No sentía nada. Agarraba con rabia la honda y esperaba. Mientras hacía frente a los temores, a los muchos reparos, que el juicio, máscara otra del miedo, formulaba en su defensa, aguardaba agazapado tras unos matojos. Y no estaba oculto, a la sombra de un olivo, como creía, sino salpicado, según capricho del aire en las ramas, por haces de plata fría. Le ardían, con todo, las mejillas. Le temblaban los carrillos. Sudaban, en su mano, las piedras, y eran tres, justo tres, para un solo nombre que estaba por llegar. Aparecería más tarde que pronto. Aquel hombre, doblegado sobre el caballo, no le vería. Sería la viva imagen pobre de un caballero. Beodo, más que miserable, cruzaría el calvero señalado. Parecería amodorrado, inútil. Y fue aun peor. Cuando empezó a girar la honda, mucho antes de lanzar el pedrusco, pensó acertarle la sien aún a riesgo de matarlo. Pero matarlo… Matar a un hombre es algo horrible. Lo supiese de pronto, o lo supiera de siempre, la honda seguía girando por causa de la inercia. Más rápido, incluso, con cada vuelta. Más resuelta (y violenta). «Pero matarlo…», se repetía una vez, y otra, y «matarlo», al fin, le heló la sangre, y la helazón, trepándole por de dentro, le arrebató de un mordisco el pulso de brazos y de piernas… El proyectil salió despedido sin nadie quererlo y, en fabulosa parábola, impactó al punto con grande estrépito de sangre. Lo derribó de su caballería. Pesadamente, cayó. El caballo, sin sobresalto, se detuvo a mirar y el ofensor, como arrepentido, salió de su escondrijo a socorrer, en lo posible, a su víctima. Fue prudente advirtiendo, de inmediato, la reacción del caído: no sólo maldecía entre dientes, no sólo bramaba, imprecaba e injuriaba a los vivos y a los infernados… Se puso en pie. Aunque tambaleándose, se levantó y se sacudió el polvo a manotazos. «¡Tú, perro degenerado!», masculló, y el perro, honda en mano, vaciló. Apenas dos metros les separaban. La fea herida abierta sobre la ceja no dejaba de sangrar y la furia, en el ceño, en la boca torcida, se tintaba salvajemente. Se sacudió la capa. Trastabilló. «Ven», profirió, «y acaba lo que has empezado». No había vuelta atrás. Nada que hacer. Un escalofrío dejó caer dos piedras al suelo. Por más que insistiera en la borrachera de su rival, por más que se afirmara en los agravios padecidos, nada podía su odio contra el temor reverencial que le inspiraba un hombre de a caballo; menos, cuando echó mano a la espada y expuso su filo al pálido resplandor de la luna. «¡Ahora o nunca!», vociferó, y aquellas palabras, aunque tardas, melopeicas, devinieron orden, razón de ser para el plebeyo, y, en contra de su todo carne, se armó de valor y un garrote que encontró allí cerca. Espoleado de antiguo, se lanzó a la carga sin pensarlo… El ímpetu llevaría sus pasos. Pocos, al cabo. Una zancadilla bastó para que mordiese el polvo y, vuelto bocarriba, viese venir a su verdugo sobre el telón estrellado de la noche más negra. Murmuraba algo obsceno, cruel. Era apenas un hombre. Cuando le puso la bota sobre el pecho palpitante, impuso el silencio. Era más una sombra, era el desprecio a solas, quien, alzando el mentón, miraba desde muy arriba, quien, deshaciéndose de la flema más sanguinolenta, le escupió a la cara un «sucio pastor» que acabó con toda esperanza de salvación. No había, ni habría, clemencia para con él. Y la suerte, lo supo cuando la espada buscó el cielo, estaba echada. Temió la muerte. Por encima de su querencia a la vida, surgieron, para quedarse, los horrores del abismo aborrecible en que se ciegan hasta los sentidos del alma. Pero no rogó mirando a lo alto: se echó las manos a la cara, la cara a un lado, y apretó los párpados fuertemente… Entonces, en un instante último de claridad, la vio a ella saliendo del pajar. Volvía a la luz del día, a dar lumbre al ser de sus horas miserables. Volvía dueña de sí misma, el cabello suelto, y la sonrisa aquella… Tenía diez y seis. Y la trajeron, recuerda, una mañana de otoño. Pero no fue hasta la atardecida, cuando recogía el ganado, que la sorprendió cargando un cántaro de agua fresca: «¿Y tú quién eres?» «¿Yo? La sobrina de tu tío el masovero… ¿No te acuerdas de mí?» «No», entonces no: se habían visto una vez de niños ―lo recordaría más tarde―. Era una mocosa, por cierto, preciosa, muy discreta, que, por causa del raro verde de sus ojos, se antojaba misteriosa, inasible. Seis, siete años después, aquella mirada limpia, muy por encima de los atributos de la juventud, quebró algo suyo, por de dentro, y la felicidad que tenía por infancia cesó de repente. Tardaría unos días en saberlo. Entre tanto, siguió sacando el rebaño temprano y labrando, por matar el rato, fieras alimañas, espantables criaturas, en taruguitos de madera de roble. Tenía guardados en casa la cabra montesa, el uro de terrible cornamenta y el jabalí que mora los tenebrosos bosques del norte. Su favorito, por eso, era el vestiglo que, lejos de allí, llamaban el cuélebre. Un día, porque sí, probó con la serena fabulosa: había empezado tallando las garras de un gran águila, sus patas, alas y cola, y, llevado del furor poético, improvisó el busto de una mujer. Si bien anunciaba unos pechos delicados, por menudos, la cabeza, por tosca y por grosera, le desagradó especialmente. Repitió el motivo en dos ocasiones y, en jornadas sucesivas, ensayó brujas, hadas y princesas. Éstas, con las horas de esforzado trabajo, más doncellas, pero demasiado bastas todavía como para habitar la torre de un castillo. Porfió. Perdieron los árboles sus hojas y aquellas mujercitas, tan bien pulidas, le negaron el rostro que perseguía. No se parecían en nada a ella. Hacía mucho, tanto, que no la veía, que, a ratos, dudaba de la memoria de su semblante, aunque, de otra parte, sentía que estaba impreso, ya para siempre, dentro de sí… Era cerrar los ojos y tenerla delante, tal cual aquella tarde. Tan cerca, y tan lejos. Por este motivo, la madera, la navaja, o sus manos, llegaron a causarle un gran fastidio. No bastaban. No eran suficientes, ni capaces. Y, hasta la llegada de las primeras nieves, no volvió a verla. La había buscado, sin proponérselo, tomando por un camino que él no frecuentaba y que ella, quién sabe, podía frecuentar… «Cuánto tiempo, chaval», le dijo, y cuanto su pecho contenía se desbocó de pronto: no pudo, y quiso, responder, más bien agradar, agradar mucho, pero su voz había encogido y el corazón, trasmudado, bregaba por aire, una salida o qué. Aquello, así: tan primero, le asustó. No dijo nada: miraba. «¿Dónde te metes?», insistió, y, en un momento, sin darse cuenta, había respondido «llevo a pastar las cabras, ya ves». Siguieron unos segundos, pocos, de estarse allí quietos, callados sin más. «Me tengo que ir. Ya nos veremos». «Sí». Y se fue. Corría un viento quedo, que helaba. Cerraba la tarde. Estaba solo, y el frío. Ningún otro en su vuelta a casa, ni entre las cuatro paredes de su habitación. Poblaban las sombras los pasillos y la noche más larga, echándose en los rincones, llenó sus horas de angustia interminable. Ocurrió la lenta agonía por su cuerpo ausente. Y, en los parajes del suplicio, no dejó de aparecerse su imagen, cuando no la llamaba, cuando no la evocaba para sí con los ojos muy cerrados… A la mañana siguiente, había perdido el apetito y nada le apetecía sino verla. Pensó buscarla, pero tenía que sacar las cabras. Pensó ignorarlo, pero las bestias tenían que comer. Pensó escaquearse, pero las riñas, los palos… «Luego», se prometió, «luego», y pasó el día sopesando los posibles, los felices y los otros, tan pronto en la dicha como en la absoluta desesperación, cuando se sabía el último de los vivos, cuando no la buscaba pertinazmente en la entraña del roble, cuando fantaseaba con su próximo encuentro, que era un poco como el anterior, pero mejor por causa de su desenvoltura y gracejo, o cuando suponía, para el mismo escenario, la dramática concatenación de los avatares de la tragedia y, demudado por el horror, el pecho henchido, se llenaba las manos de piedras y rompía ramas y hojas y flores… En ocasiones, se inclinaba a cantar y, uno con su voz, pasaba las horas preso de cierta coplilla que traía confusa la historia y clara la pena. Así siguieron tres días. Al cuarto, lloró desconsolado a los pies de un laurel y, en la finida del quinto, la vio pasar a lo lejos: cruzaba la luz incierta del crepúsculo y era el invierno menos crudo, menos pobre el aire… Volvería. Se dijo que volvería. Y supo, viéndola desaparecer, que regresaría a tiempo; que regresaría al mismo lugar, poco antes, para verla cruzar de nuevo aquella penumbra; que regresaría y no diría nada. Y no diría nada porque, si hablaba, podía perderla. Sólo si hacía, podían agotarse, cuando no extinguirse, las ocasiones. Claro que no hacer nada era dejar correr las horas y, con su carrera, también habían de menguar irremediablemente los posibles… Pero menos. No hacer nada le valía, al menos, para mirar y mirar, aunque a escondidas, le bastaba […]

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