Llibre dels homes

El boch de vall

ploran, se gità en terra dién: «Ho Déus mot aut, perdona a mi peccador per so cor l'ornament d'una fol femma en un dia de tota la mia vida ha sobrada tota la mia certessa; aquel hornament d'aquela fol femna me confondrà davant («tanta calor») l'esguardament de la tua Magestat, per so («¡Por estas!») cor ela s'és enbelesida ab gran estudi per les terrenals causes, e eu («…tu hombre?»), Séyer Déus no mortals, prepaus de plaser («Lejos, en la mar») a tu, mes per ma negligència no u he complit». Más allá de los tipos de aire gótico, ve venir a las tres mozas de cántaro: como cada tarde, lo primero que advierte es el dibujo de sus figuras a contraluz, la silueta alta de mujer y cántaro, la herrada en la cabeza. Cierra el libro, en octavo, y lo deja a un lado, sobre las losas del balcón. Respira solamente. Antes de recoger la vihuela, antes de ensayar nuevos acordes que trae pensados, vuelve a buscarlas a través de la balaustrada: entran, entre voces alegres, a la plaza franca, castellana, donde murmulla la fuente de piedra vieja; entran y van con donosura, con vestires sencillos: camisola, encaje por blonda y saya de amplio vuelo, hasta la taza en que rompe el agua. Cruzan las golondrinas, en bandada, el cielo último del estío. Su canto, puro chillido, se desvanece entre juegos y las mozas, menos divertidas, descansan su carga en el empedrado: la primera, que es la mayor, pone el agua clara, fresca, de la fuente sobre el encarnado de sus mejillas y al pie de un moño alto, prieto; la segunda, que va en cabellos, bebe a morro, moja, por descuido, largos mechones que quisiera del color del oro; la tercera, la más niña, no se ha movido: cuando se ajusta el lazo precioso que pende al cabo de la trenza, el diletante, atento en su vihuela, sorprende su mirada de ojos negros. No dura mucho.

El eco de tus susurros
suena como el trigo suena
al silencio de los campos
que mece la primavera.

Tres vueltas sobre la tornada de su «segon chant de la fonteta» y el cielo, antes pálido, cárdeno ahora. No es silencio, que es paz, y una claridad soñolienta que se derrama, como derrumbándose, por los rincones en sombra. Murmullo de agua. Un suspiro. Cae la mano, desmayada en el pecho, al vientre: hay una posibilidad, amable entre los posibles tan dulces en otro día, donde mirarse sin rubor, donde encontrarse sin temor a nada o a nadie, donde llamar a la sangre por su nombre, y la sangre, a las cosas, por el suyo. Alienta la noche. Lejos, en el olivar, despierta el chotacabras. Las mujerucas, solas en su pena, se resisten a otro crepúsculo y, dadas al tiempo de la fuente, se aferran, el sol ausente, a los postreros rayos del día. «¿Por qué no nos cuentas una de tus historias?» y la historia, aquella tarde, es la conseja triste de las dos enamoradas; si la ha preferido a las antiguas leyendas, a los sucesos maravillosos en reinos remotos, se debe, sobre todo, a la inmediatez del componente trágico y al duelo, al cabo de la relación, por los amores que no han sido. Más viva, de puro amargo, declama, y su voz emocionada, sola en la plaza, sube a los balcones y, en el diletante, más callado y sombrío, se detiene a recordar. Ladridos de un perro. Cipreses del cementerio. Luces de candil. Las palabras se suceden con viveza. Vagamente traen la mañana confusa, de un día cualquiera, y el perfil impreciso de un pueblito entre campos de trigo, sotos y peñas. Evocan, vagamente, a la mujercita en flor que va, el cántaro en la cadera, por el ejido. Está el campo soleado, las florecillas hermosas, el cielo muy azul. Si piensa en cantar «Agora que soy niña / quiero alegría, / que no se sirve Dios / de mi monjía», la disuade el trino suave de la cardelina. Si cuenta, muy ruiseña, abejas en margaritas, se aparece en su camino el chavalito aquel, un poco zote, que anda todo el tiempo por ahí, sin nada que hacer, esto es, cogiendo moras, tirando piedras, cazando lagartijas…

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