Llibre dels homes

El cavaller i la dona santa

Canta la tórtola, prendida del laurel, a la tarde temprana, a la prima primavera que no ha de ser suya, y oscurece la voz, más triste. La umbría del jardín, cerrado por muros centenarios, la alivian el trino distraído del jilguero o la coplilla suave que trae el mirlo aprendida: «cantando ía la virgo», parece que dice, «d'amor».

Quen amores há
como dormirá,
ai, bela frol?

Y la mujer, que lo supo de niña, no se guarda bajo el luto del hábito el tarará que sigue y canturrea, a coro, «como dormirá, ai, bela frol?» y, en el ay, se le va el alma… Un poco, al menos, que no se da mucha cuenta, que está liada con las empanadillas: primero, hace una pelota con la masa y, después, le pasa el rodillo por encima; una vez, y otra; si se pega, espolvorea una poca de harina en la mesa, sobre la pasta, y vuelve a estirarla; y así hasta que el grueso del pastel alcanza su justa medida. Aquella cifra, a sus cuarenta y tantos, no supone misterio: se sabe, y ya; la maravilla, sin embargo, la luz, la miríada de colores en el claro de la puerta, los simples colores, los que no tienen nombre de tantos que son, y la multitud de perfumes que se cuelan en la cocina, con el aire fresco… Y se suspende (de puntillas). No por el aroma tibio que se desprende de los cipreses, sino por el rastro sutil del espliego, el espliego de las atardecidas en la era vieja… Y ya, sin más, es allí. ¿Cómo se llamaba? José, o puede que Francisco, como todos en la villa. No. No… ¿Antonio? Sí, Antonio; tan bueno y tan pillo; Antonio, el de mirada valiente, con rizos que no se podían peinar y aquellos zapatos miserables; Antonio, que hablaba de escaparse a la capital, de viajar muy lejos, aunque era pobre como las piedras: «Luego, con caudales, vendré por ti» y pasearon (paseaban) de la mano; si nunca le dio un beso, no lo recuerda; le vale la sola sensación de saberse a su lado, junto al espliego y la vida por delante; le vale el saquillo de azúcar… ¿derramado en la mesa? Ahí va la mano: del cuenco al cazo, a tientas; del jarro con agua ―casi la tira― al plato con la confitura de calabaza; del plato, con un puñado de dulzura, a la boca, debajo de la mesa. «Será posible», se dice, y siguen, por causa de los cabellos de ángel, felices «mmm» de placer, muy niños por cierto, y, entonces, sí, «¡Será posible!», bien alto, que ya sabe qué hace la puerta abierta… «Ay», dirá. «Ay», por el pasillo, y «ay-ay» cuando le tire de la oreja y le reprenda severamente: «¡Más malo que un dolor!» y la criatura, llena la cara de churretes, se sorberá la vela hasta en tres ocasiones, mientras espera a que lo encierren «castigado en el cuarto de los ratones» otra vez. Portazo, la llave en la cerradura y el «clac» sonoroso del pestillo. Ya está hecho. Silencio que vuelve, pasos que se van, y nada que hacer en aquella habitación con todo el rato por delante… La escoba, no. Las botellas cubiertas de telarañas, no. El ventanuco, muy alto. Los cacharros llenos de polvo, no. El arcón, muy pesado… y el ventanuco, además, sigue siendo demasiado estrecho. El ojo de la cerradura, un rollo. La ristra de ajos, no. No las tinajas. El botijo, no. Y el suelo está muy frío. Pero, un momento… el arcón. Se acerca y, en estando enfrente, busca presuroso la llave antigua que encontró el otro día enterrada en el patio de atrás: no es muy grande y puede valer… Pasa que sus bolsillos son muchos: están las chinas, pelusillas, ¿una pelota de papel? y las cuatro (cinco) canicas… ¿Y la llave? Ahí (al fondo). O eso cree, por el tacto frío, que no llega a verla, que se le ha escapado de entre los dedos y se ha perdido bajo el arcón, donde los ratones del cuarto. Iba a meter la mano de buenas a primeras, pero no. Prefiere agacharse y mirar antes, por si acaso: hay, hasta donde le alcanza la vista, más polvo, el polvo de años y años, y, casi al final, están su llave y la hoja suelta de un libro. Nada se mueve. De todas maneras, mira de nuevo, escruta los rincones en sombra y, como no advierte incisivos, ni bultos peludos cerca, recoge su llave y, de paso, la hoja, en efecto, impresa. Está sucia, pisoteada, y parece arrancada. Tiene, además, una esquina roída y salpicadura de vino sobre las letras, dispuestas en dos columnas, y en parte del grabado de una mujer santa. Podría ser su madre, es decir, siempre ha imaginado así a su madre, hermosa y joven, con los cabellos larguísimos y sueltos, y el rostro, aunque resuelto con unos trazos sencillos, lleno de gracia ―la figura lo ha vuelto al cielo y, en actitud piadosa, suplica por los hombres―. Es pobre, como él ―sólo el manto que lleva sobre los hombros cubre su cuerpo y descuida su pie, desnudo hasta el tobillo, por no darle alcance―, y está junto a un riachuelo, cuyo curso de agua escapa a lo alto de una peña, donde se advierte la ermita de piedra que tiene por hogar. Debe estar muy lejos… y puede no ser ella. Las monjas, por meterse con él, le dicen siempre que les tocó en una feria o que se lo encontraron cerca de una cueva, donde lo habían olvidado las hadas del bosque; menos jocosa, la madre superiora suele repetirle «tu madre era una santa», como aquella del grabado, y el niñito, entonces, comienza a leer las palabras de aquella página, áspera al tacto de puro viejo, con grande entusiasmo: «era su nombre. Guardaba los cerdos del lugar y ocupaba parte de su tiempo en la industria de la trufa [tuber melanosporum] sirviéndose del olfato de una puerca que traía de una cuerda en las ocasiones que sacaba la piara al encuentro de la bellota. Un día, por una gentil floresta, descubrió a una mujer en la ribera de un riachuelo y, por mirar su hermosura, se cubrió con las ramas, chistó a la bestia marrana que le había conducido hasta allí y, quietos, bajo la verdura, la vieron lavarse los pies, jugar apenas con el agua, mientras peinaba, distraída, su cabellera. Cabellos undosos y negros, precisamente, o la piel muy blanca en el cristal del arroyo, acudieron a su sueño en las noches sucesivas y el porquero, tirando fuertemente de la cuerda, volvió al lugar en vano, pues no había, de la mujer, ni rastro. Desesperó. Vagó insomne las soledades, alrededor, y buscó, buscó largas jornadas, la fantasma de su ensoñación para no volver a verla ya más… Había desaparecido. O así lo quiso creer. Fue cierta mañana, por razones poéticas, que la sorprendió frente a la puerta de la ermita que, al parecer, moraba, mientras barría, sencilla en su hábito, hojas secas sobre briznas de hierba muy verdes y tiernas. Ella, en ver al porquero, se detuvo y él, sin mediar palabra, le ofreció dos trozos de tierra humilde, trufas de su zurrón, antes de ensayar una sonrisa, más que descarada, torpe. La mujer, que no entendía, que no quería saber, negó con la cabeza y el bruto, incapaz de otra ocurrencia, estiró aún más la sonrisa y descubrió los dientes sucios, repugnantes, de una bestia salvaje: «el que al lobo enbía, ¡a la fe!, carne espera», le recordaba el arcipreste, y la joven, frente al pozo de sus turbios propósitos, titubeó un pobre «no, gracias», y probó a dar uno-dos pasos hacia atrás, hacia el interior de su hogar… Pensaba «si lograse alcanzar la puerta», pero el porquero la requirió diciendo «mi señora, tenga a bien aceptar este mi pago», a lo que ella replicó «nada tienes que pagarme». «Mi señora», insistió, «tome estos frutos, suyos son». «Nada quiero. Márchate». «Pero… Mi señora» y las palabras se bañaban en saliva: «no es posible que me vaya. He pasado muchos días en su busca y ahora… Tenga, no más. Cójalas» e hizo por acercarse, pero la mujer, blandiendo la escoba, gritó «¡Atrás! ¡Lejos de aquí!» y apeló al hábito religioso, a la sacralidad del recinto y, ya por último, cuando los ojos del villano se henchían de lujuria, recurrió al temor de Dios: «Mi señora», repuso antes de echarle la mano encima, «yo soy solo un pobre pelele y no alcanzo al entendimiento de las cosas del Señor, bien lo sabe Él…» y tiró con fuerza del manto que la cubría. La vestidura se rasgó de parte a parte y dejó al desnudo el pecho blanco, inmaculado, de la joven. El porquero no podía creerlo. Apenas podía soportar la visión de aquella su belleza, pues era tanta, tanta-tanta, que le quemaba el ser por dentro, pero sucedía a su vez que, cuanto más la miraba, más quería verla, tanto, que no creía posible querer otra cosa en la vida… y se dejó arder en aquellas llamas dulces que debían proceder, sin duda, del mismísimo Cielo. O tal supuso. Ella, que no entendía, que no quería saber, descargó un mandoble de escoba en la cabeza del bruto y partió, de un solo golpe, un palo, un labio y un encantamiento. La sangre chorreó de inmediato. Muy roja, y brillante, corrió en abundancia de la boca a la mano y, de la palma de la mano, al suelo del santuario. Se escurría entre los dedos, sin consuelo, y se extendía, con escándalo de la razón, en un charco de impureza que espejaba el reverso oscuro de la nave. Por un momento, la joven vaciló, temió por la salud de aquel hombre, pero éste, que no tardó en reponerse, se incorporó con el fuego de la concupiscencia abrasándole el alma: «quiera el Altísimo perdonarme», masculló entre salivazos, y se abalanzó sobre ella. Cayeron más adentro, sobre el empedrado. Rodaron. Se sucedieron en un instante los ojos voraces del energúmeno, las gotas de sangre en el pecho descubierto y el rictus asustado de la niña que se ha perdido en lo profundo del bosque. Siguió la brega. Los gritos. El llanto. Finalmente, el apetito bestial de aquel hombre doblegó la resistencia, que no la voluntad, de la hermosa eremita. Duró poco, unas tristes sacudidas. Luego se retiró, lentamente. Llegado al umbral, cabizbajo, empezó a decir «los marranos parecen felices aquí. Mire cómo han rebuscado en la tierra, con el morro. Me pienso…», se tocaba el labio roto con los dedos sucios, «me pienso que tendremos que venir otro día, mi señora». Entonces se volvió a verla, una vez más, y contempló la belleza celestial de aquel cuerpo con asombro, como si nunca antes lo hubiera visto, como si no fuera posible que fuese cuando, de hecho, seguía allí, muy quieto. Descubrió de nuevo la ternura de sus carnes, la gracia en la proporción de las partes, y hallaba el blanco impecable de su piel allí donde no habían alcanzado las salpicaduras de la sangre o la sed de sus manazas… Era tanta su pureza, y tan inagotable, que el porquero creyó maravillarse hasta la revoltura última de los sesos: «Mi señora», balbució, «yo sólo» y quiso regresar a ella, a agotarse, y sintió que podía estrecharla entre los brazos, tan pequeña y tan frágil como era, y anheló tenerla, poseerla por siempre, y no pudo no echarse sobre todo aquello de una vez. La mujer tenía los ojos cerrados, muy cerrados, cuando el bruto se le puso encima. Murmuraba voces latinas, de piedad y de pasión, cuando aquel hombre pasaba sus labios y su lengua por su cuello. Rezaba con fervor cuando, desde la puerta, tronó el «¿Qué es aquesto?» airado. Era un doncel quien, a lomos de su caballo, aguardaba una justificación, un puñado de palabras que pudieran reparar en algo su mucha indignación: «Señor, oh mi señor», comenzó diciendo el porquero, que se había puesto en pie de un salto, «la apretura, esto ha sido la apretura de dos enamorados, que nos ha perdido…» y agachaba la cabeza, temeroso. El muchacho, entre tanto, hizo pasar dentro la caballería. «Súbete los calzones, puerco», ordenó, y desenvainó luego el acero: «Pero, señor, oh mi señor», suplicó, «mi-misericordia para e-este pobre pecador» y vio, no pudo hacer otra cosa, cómo la espada le atravesaba el costado y le mordía las costillas, las tripas y la vida misma. Aquella dentellada cruel le derrotó en el suelo. Fue suficiente para acabarle. Miraba a la joven cuando expiró entre estertores. Ella había pedido por su alma. «Señora», mandó el caballero a continuación, «cúbrase» y, sin dignarse a mirarla de nuevo, se distrajo diciendo «ando a la zaga de un neblí muy querido por mí. ¿Lo ha visto pasar?». «No». «Está bien». «Márchese». «Bien, bien». «Por favor…». «Claro». «Márchese y no vuelva por aquí». «Le doy mi palabra, señora». «Adiós, pues». «Con Dios» y salió del templo, en busca del ave preciada. Cruzado el riachuelo de aguas cristalinas, descabalgó y siguió a pie, por dar el paseo. Ni rastro del neblí. Tiraba de las riendas de la bestia, un alazán ricamente enjaezado, cuando se adentró en la espesura del bosque… O no se dio cuenta o no le dio mucha importancia, pero, en cualquiera de los casos, se sorprendió abrumado por la fresca memoria de la hermosa ermitaña: eran sus piernas, sobre todo; los muslos muy blancos, de halo casi azul, y el sexo, en el medio, muy negro y ¡tan puro! que pisaba sobre sus pasos sin proponérselo siquiera… Cavilaba gravemente, buscaba en las ramas. Ni rastro del neblí. Aquella su majestad, belleza insoportable, emergía esplendorosa del macabro escenario del oprobio. Inasible, se alzaba por encima de la falta y de la culpa y no permitía que la deshonra o la vergüenza mancillasen su recuerdo. Se elevaba más allá, mucho más allá, como si las potencias que son en el mundo no pudieran llegar a tocarla nunca. Por eso, se decía, podía tocarla. Por eso, precisamente, volvía a la peña rocosa. «Pero, no», se reprendió, «di mi palabra», a lo que repuso «nadie, nadie aquí lo ve» y estaba en lo cierto, de algún modo, porque, de pronto, se oyó exclamando «¡Cielos, lo estoy viendo yo!». «Yo», repitió, «yo» y abandonó la espesura y cruzó el riachuelo de aguas cristalinas y buscó, ni rastro del neblí, a la joven en su ermita. Tampoco ella estaba allí. La encontraría fuera, junto al huerto, cavando una fosa para el muerto que la había agraviado poco antes: «No vi la rapaz», probó a decir, con las manos hundidas en la tierra, cuando vio llegar al lobo, esta vez sí, del arcipreste. El doncel parecía abatido. Se detuvo a los pies de la tumba, se destocó y refirió francas razones de memoria: «Falto a mi palabra, que es de hombre, porque así lo ha dispuesto la Providencia, que te ha puesto en mi camino. No estaba en mi mano encontrarte como no lo está estar aquí. No está, pues, en mi mano, más que acatar su designio, y me resigno con humildad. Confieso que he dado en comprender que la belleza divinal que el Criador ha conjugado en tu ser somete por igual los impulsos del plebeyo más ruin y la nobleza de los más altos hombres. Tú, mujer, eres un santa enviada del Cielo» concluyó. Dicho esto, se abalanzó sobre ella y la forzó brutalmente: la cogió de los brazos y la echó en la tierra recién excavada, todavía negra, todavía húmeda; le arrancó la ropa, le apartó los cabellos de la cara y comenzó a poner aquellos besos abrasados de amor en su cuello y en su pecho y también en su vientre. Después separó sus piernas con delicadeza y sucumbió al suspiro que le ocupaba. Sentía un vértigo de espanto. Dijo «quiere Él que siembre el suelo de tu entraña con mi simiente (te quiere tanto, que te quiere más veces)» y la cubrió. La mujer, lejos de odiar nunca a nadie, se inclinó naturalmente a bondad, que todas las criaturas en el mundo son obra suya, y se dio al amor que la llenaba. Fruto de su entrega, nacieron la ternura y las caricias que procuraban el consuelo a los pecadores y, de sus ojos inocentes, brotaron las lágrimas virginales que arrastran consigo la culpa de los hombres, de todos los hombres». A todo esto, hace rato que el crío ha dejado de leer aquellas líneas; como ya no sabía muy bien qué estaba pasando, le aburrían, y un montón. Salta del arcón, mira dentro del botijo y se pregunta, con ánimo sincero, «y ¿cómo soy yo tan malo?». La llave no encaja en ninguna cerradura. Se da otra vuelta. Nada. Menudo tostón.

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