Llibre dels homes

El gorg d'en Pèlach (on no hi passa la llum)

Ya la otra noche, cuando se supo a solas con su sobrina por las soledades aquellas, tan extensas, tan sin nadie, se le atravesó un mal pensamiento en la sesera. Su señora esposa le había dejado dicho que salieran al alba, con la fresca, hacia una aldehuela vecina, al otro lado de la sierra, donde había apañado el casorio de la niña con un rapabarbas que prometía ponerla cada día un mendrugo de pan en la mesa, que «cuando no afeite al vivo, afeitará al muerto, y aquí paz y después gloria». Siguieron a los deberes maritales un sueño breve y un brío matinal impropios de un arriero con sus años. Bien pronto, con el trino tempranero de los ruiseñores, enjaezó a la bruta, una burrita chica que se ensoñaba comiendo alfalfa y se presumía yegua alta y blanca, y llamó a la niña por su nombre; la huerfanita, la que fuera una mocosa esmirriada, contaba entonces trece primaveras de luciente candor. Partieron: iban el uno a pie, a horcajadas la otra, por un camino polvoriento, pedregoso, entre verduras sin sosiego, peñas airadas y grutas en sombra. El tío, felicísimo, cada vez más lejos de la alquería, amonestaba a su sobrina sobre los quehaceres conyugales, pero, sobre todo, trataba de hacerla entender lo que un zagal con veinte años espera, a la postre, de una muchacha como ella, «que es propia de la crianza la hechura que ofreces al mundo». Daba el sol en lo más alto cuando cruzaron por una hondonada de pinos negros y bajos; nada decían, entretenidos en lo escabroso del paisaje, hasta que el tío, taciturno, propuso «Entremos más adentro en la espesura» «¿Y la senda? ¿Y el camino?» «Tomaremos por allí» y descendieron por una garganta tenebrosa que tornábase, por momentos, más lúgubre y penosa. Los detuvo el paso silencioso de un riachuelo, cuyas aguas ―heladas, oscuras― auguraban un foso sin fondo: «Aquí es» o «Aquí mismo» ―no recuerda muy bien―. No olvida, sin embargo, que, a continuación, la cogió de la cintura y la bajó de la burra y la echó en el suelo, entre helechos y pedazos de cielo. Después, de vuelta al camino, seguía el tío a pie, tan risueño, y ella, de lado, en la burra, vio cruzar la raposa de las tabernas tras una ardilla menuda, que llevaba otra en la boca, cuando, con esclarecidos latines, le anunció la pronta llegada de una figura, ni hombre ni mujer: reló de arena y dalla, tras la carrera furiosa de un puerco que se ladraba, vestiglo diforme que, cogiendo al tío arriero de las ingles, lo voltearía dos, tres veces por los aires antes de acabarlo de espanto.

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