Llibre dels homes

El mas vora l'estany

Paseaban al trote, adusto el señor en su cabalgadura, hacia ninguna parte, que aquel su latifundio, extensión inabastable, no era entonces más que llano quemado y cielo plomizo. Al fondo, una alameda, el olmo solitario que hindiera el rayo a un lado del camino, y un cortijo, que no debiera ser, a lo lejos, en lo alto de una loma. Espoleó a la bestia y galoparon cuesta arriba; el suelo, a su paso, amarilleaba y las nubes, ahítas de azul, tornáronse nubarrones apretados, más negros y más feos. Halló, en llegar, el lugar destartalado, las puertas sin candados, las alcándaras vacías, sin pieles y sin mantos, y las vasijas rotas, por tierra, sin mies… Yacían, desahuciados, arado y azada; por entre las baldosas, brotaba el jaramago; el lugar, con todo, no estaba solo: alguien allí tarareaba un romance viejo con condesa, con traza y con traición… Era una mocita que dijo «es su caballo el más bonito» sin saber que todas las dueñas en la región echaban los cerrojos, cerraban los postigos, cuando, blanco de puro radiante, pasaba ante sus puertas. Iba, de hecho, bellísimo por calles desiertas, aquella tarde en que la señora del señor, distraída en la tejedura del largo sudario, descuidó la puerta abierta… No obstante, con su relinchar alegre, sacó, en su lugar, al señor de un sopor pesado, vespertino, y ambos, arrobados, sostuvieron una lucha cruel, encarnizada, que concluyó con la imposición de brida y estribo.

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