Llibre dels homes

El replà

«Mostróse, no más» dijo. «Iba yo, venía ella… ya sabe usté cómo es ella… Traía, así, dos botellas de leche tibia, leche rebosante, y, nada, cruzamos las miradas y, en las miradas, como podrá imaginar, había algo más que mirares… Fue entonces que dejó las botellas en el suelo y se echó sobre la jamba». El lugar era humilde: techo bajo y aire bruto, las paredes amarilleaban entre negros desconchones. Escaseaba la luz. Alumbraba la miseria. «Reposó el gesto allí y apretó allí el su cuerpo, siendo que su carne, toda su carne, se pronunció bajo la blusa, esa blusa suya que lleva, ya sabe, tan fina. Hablaba, me estaba hablando, y eran sus palabras abundantes, prominentes… Aunque toscas, se disculpan. Bien sabía quién era: la había visto por allí alguna que otra vez y es moza ―sonreía― que se deja ver y así, recostada sobre la jamba como le digo, tiró con una mano, los cinco dedos, de la falda y descubrió un tobillo, diríase, inmaculado, como sin mácula estaba la pantorrilla que es el caso que tiró y tiró y dejóme mirando aquella su piel, rosada e imberbe, o el gracioso perfil de sus rodillas… Fue después, bien lo sé, el muslamen, terso y poderoso, que, poco o insuficiente, no la contentó y siguió tirando y, tirando, subió aun más allá… Ya me entiende» se significó. Tosió. «Estaba la mano sin más ropa que asir, que estaba toda asida, que dijo «Toda adentro».

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