Llibre dels homes

La font de l'escala

Consumados, el uno en brazos del otro, yacían más tranquilos, más hermosos. Ya fuera en la huerta de frutos abotargados o en el pajar, departían sobre el amor ― preferían, con todo, su escondite en la dehesa, cenador natural entre fresnos floridos, donde murmulla la fuente el retorno triste de una égloga antigua. En aquella ocasión, el muy nucio, había llegado hasta allí con la llana intención de recopilar cantares, romances y dezires de viva voz ―secretamente, anhelaba proveer aldeas y valles con versos de su puño y letra, como sabía que hiciera años antes el marqués con sus serranillas―, y ella, que las tenía todas por «cosas del vulgo», le acabó refiriendo el siguiente parlamento: «los labriegos no aman, hienden la tierra con la azada… Alto y de los reyes, el amor detiene su vuelo en paños lustrosos, sedas y damascos… el leñador, sin embargo, el jornalero, el mamporrero, echados en cualquier sitio, en mitad de la vega o en el trigal, revueltos, buscándose entre la ropa, entre labios grandes y bocas abiertas, con ansiedad, con manos hechas al trato de la piedra, la tierra, la madera, los brazos recios, los pechos murales, las piernas colúmnicas, como lobos hambrientos, como brutos silváticos… Considera, por el contrario, a todas esas mujeres en sus castillos. Considera, por un momento, el gran salón en palacio con el recuerdo de Teresa y al ayuda de cámara dedicado por entero a la industrïosa fabricación de príncipes y princesas. Imagina, por el contrario, a Carmesina, entrada la noche, en la soledad de alcoba, desnuda y frente al espejo, acariciando sus senos menudos… o a Almodis, sedienta y sin agua, regando su secreto. Imagina a Dolça, que deja caer el armiño y descubre su cuerpo, perlado antes de danzar ―sólo puedes ver sus delicados tobillos girando, una vez tras otra, sobre los astracanes de blanco―; o a Violant, somorgujando su palidez marmórea en un baño claro de son triste… y a Peronella, a escondidas, bajo las sábanas, con dedos manchados de azúcar por su sonrisa…, y a Blanquerna, muy quieta, y pequeña, leyendo a la luz de una vela los oscuros amores de Fineta en el campanario» y a cada nombre, con tanta nobleza puesta en los atributos, mayor la largueza del caso, que fue el caso que diole en el cogote y rompieron en risas, caricias, besos.

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