Monstruario ilustrado del Vallès y parte del Moianès

El […] de Samalús

Hallazgo en papeles manuscritos.

Fragmento del «Guernica» de Pablo Picasso (1937)

El […] es raro e inaprensible. En su naturaleza está el pasar desapercibido, no ser notado. Es el sino de su estirpe. Estar sin ser. Discurrir sin que nadie lo sepa nunca. Desaparecer. No sería extraño, pues, pensar que habita la soledad de los montes, parajes recónditos o la tiniebla de una gruta apartada, pero el […], lejos de rehuir la mirada de los hombres, se mezcla y confunde con ellos. Es más, prefiere las poblaciones grandes, la ciudad populosa, donde logra subsistir sin ser siquiera advertido. Y no vive precisamente oculto.

La vida del […] es un misterio, sin embargo. Nada se sabe de sus hábitos y costumbres. El […] es una sombra. Una presencia vaga. Una huella en la visión periférica. Un recuerdo que se desvanece. Apenas nada. Si llega a verlo, no retendrá su mirada. Si se fija un momento en él, no encontrará nada interesante en lo que detenerse. Pero, si finalmente capta su atención, se distraerá de inmediato con la primera futilidad que suceda a su alrededor como, por ejemplo, el vuelo gris de una paloma o la risa distraída de una mujer. El […], con todo, yerra. En las ocasiones en que tropieza con alguien por descuido, no causa molestia ni da motivo para el agravio. Y, en los encuentros de interior, no es otro que el desconocido en el rellano de la escalera, la puerta que se cierra, alguien al salir del ascensor.

No es extraño, pues, que se ignore su existencia. Ni es extraño que pase desapercibido entre nosotros. Al fin y al cabo, el […] no es nadie en particular, sino el viandante anónimo entre el gentío. Es cualquiera. Es uno más. Es ninguno en la multitud. Y, si por accidente adquiriera cierta relevancia, alguna dimensión, la curiosidad se disuelve con prontitud en el testigo. De un momento a otro, nada resulta menos interesante. Ni hay nada más intrascendente. Nada, de hecho, ha pasado porque el […] apenas logra fijarse en la memoria. Si trata de evocar su imagen, escapa como agua entre los dedos. Recuerda o cree recordar, en efecto. Tiene la certeza de haber percibido una presencia, a alguien, aunque no sepa ya nunca su voz o su rostro. Y, a no mucho tardar, empezará a poner en duda su propia certeza sobre el reciente encuentro, hesitará largamente y concluirá que no sucedió tal cosa… porque tal cosa no es posible.

Tampoco tolera otros soportes, a lo que parece. El […] ha frustrado hasta la fecha cualquier intento de grabación, sean los medios analógicos o digitales. Aparezca como un peatón impensado o como el intruso de una instantánea, el objetivo de la cámara fotográfica no alcanza nunca a captar su figura con nitidez. El […] se presenta como una mancha difusa y fugaz, que cruza el plano rápidamente. Un objeto impreciso, en movimiento. Algo emborronado, que suponemos error de la técnica. En ocasiones, el fallo se produce en otra fase del dispositivo: o se echa a perder el rollo de película o se daña el dispositivo magnético que se ocupa de almacenar las imágenes o se descarga, si cabe, la batería. Y el […], por este procedimiento, vuelve a escabullirse. De una u otra forma, acaba negando su rastro. Casi desaparece. No obstante, un […] dejó su huella contra natura en las páginas manuscritas del cuaderno de campo de J. M. Batista en los días tristes de junio de 1938.

Retrato de Josep Maria Batista i Roca realizado por David Santsalvador (1932)

Josep Maria Batista i Roca (Barcelona, 23 de junio de 1895 - 27 de agosto de 1978) había vuelto a la antigua masía de can Bot para poner en orden sus ideas. Las noticias eran malas, las decisiones, precipitadas y los sueños vacilaban ominosamente en la noche oscura del mañana. Por momentos, le faltaba el aire… La amenaza estaba cada vez más cerca. Necesitaba volver a casa. Antes de partir a Londres, necesitaba volver al recuerdo de días mejores, de días pasados, aunque fuera por unas horas. Y volvía a caminar, una vez más, por los campos de su juventud.

Moría el diez y seis de junio de 1938. J. M. Batista transitaba la penumbra del crepúsculo en busca de la tierra mojada de lluvia, de la resina en la corteza de los pinos, del romero a orillas del camino, pero nada, en verdad, lograba apartar su pensamiento del erial que se extendía sin descanso frente a él… Si no lograban impedirlo, serían años y años de miseria y postración. Un calvario en balde. Demasiado peso a la vez. Se detuvo y contempló el bosque, cara a cara. Estaba callado, al margen del mundo y su ruido. Estaba en paz. Josep Maria quiso sorprender la noche en su cobijo, cuando descubrió un bulto, algo en el suelo. A pocos metros, creyó vislumbrar una figura inerte… Primero pensó en un muerto, que sería un muerto, otro muerto más, pero después consideró muy seriamente que podía tratarse de un herido o un enfermo, así que se adentró de inmediato en la espesura. Tirado entre matojos, encontró el cuerpo. Estaba bocabajo, inmóvil. Josep Maria observó que no vestía la ropa de un hombre del campo, con los que tanto trató en su día, sino que parecía, más bien, alguien que había huido de la ciudad con lo puesto. Era raro. Muchos, se dijo, habían buscado refugio en los núcleos urbanos, dejando atrás los horrores de la hambruna, y aquella pobre criatura, lo supiera o no, había escapado hacia el interior empujado por las sirenas de alarma, cuando no por el mismo verbo transitivo de las bombas. Fotografía de uno de los edificios de Granollers tras el bombardeo del 31 de mayo de 1938 El treinta y uno de mayo de 1938, día martes, cinco aviones italianos lanzaron sesenta bombas sobre el centro vivo de Granollers. Un minuto después, los 750 quilógramos de metralla dejaron cerca de dos cientos muertos en el pavimento. Hubo heridos graves y, más tarde, más muertos. Dadas las circunstancias, J. M. Batista también habría corrido en brazos de la hambruna. Supuso que cualquier hombre huiría si está asustado y se siente desvalido. Es más, puesto en la piel de aquel extraño, también él caería rendido lejos de casa. Rendido, solo y frío. Nada menos que abandonado a su suerte… A todo esto, la noche había sorprendido a Josep Maria, que seguía quieto, de pie, junto al cuerpo de aquel desconocido. Tan pronto lo supo, se sacudió de puro horror: ¿a qué tanta observación cuando un igual demanda socorro?

«Façana d'una masia de Cànoves» de Joan Estorch (1933)

Las líneas apretadas del cuaderno de campo de J. M. Batista i Roca nada cuentan sobre el extraño, a continuación. Se conoce, sin embargo, que el esforzado antropólogo preparó una de las habitaciones de la masía de can Bot, además de la que tenía pensado ocupar; que sacó ropa limpia y seca que él no necesitaba; y que calentó caldo de pollo para una boca más, al menos. Estuvo aturdido largo rato. O eso cree. Recuerda que mitigó una fiebre que no era suya, que veló unas horas junto a otra cama y que estuvo mirando sin comprender muy bien el qué hasta que se retiró a su dormitorio, donde dejó escrito, entre garabatos y tachones, que el cansancio impedía sus sentidos y que, al amanecer, sin falta, mandaría venir al médico del pueblo.

J. M. Batista abandonó Samalús por la mañana. Y el […], al descuido de los papeles, volvía a desaparecer. Pero si, como parece, su estirpe estuvo siempre ligada al hombre, necesariamente hubieron de producirse a lo largo de la Historia episodios similares al ocurrido en Samalús. Han de hallarse, por fuerza, otras huellas. En la tradición literaria occidental, sin ir más lejos, se observa cierta semejanza en la enigmática figura del doble.

El motivo del doble, en la faceta que aquí importa, consiste en el encuentro de un individuo con otro distinto en el que se reconoce a sí mismo. Este hecho, un imposible a priori, se ha interpretado desde antiguo como un augurio de muerte para aquel que se enfrenta a la visión del doble. El poeta y dramaturgo Lope de Vega (Madrid, 25 de noviembre de 1562 - 27 de agosto de 1635) se sirvió de este motivo para advertir al héroe, que todos sabían muerto, del destino trágico que le aguardaba en su camino de vuelta a casa. El héroe se llamaba Alonso, era caballero, natural de la villa de Olmedo, y fue asesinado aquella misma noche. Cito el encuentro con su sombra poco antes, según aparece en la edición de Francisco Rico:

Al entrar, una sombra con una máscara negra y sombrero, y puesta la mano en el puño de la espada, se le ponga delante.
Alonso
[…] ¿No dice
quién es?
Sombra quién es? Don Alonso.
Alonso quién es? Don Alonso. ¿Cómo?
Sombra Don Alonso.
Alonso
Don Alonso. No es posible.
Mas otro será, que yo
soy don Alonso Manrique…
Si es invención, ¡meta mano!
Volvió la espalda. Seguirle
desatino me parece.
¡Oh imaginación terrible!
Mi sombra debió ser…

No ha faltado quien relaciona la figura literaria del doble, heraldo de la muerte, con los […]. Éstos, al parecer de ciertas creencias, actuarían a la manera del doppelgänger alemán o del fetch escocés, es decir, irían al encuentro de aquel al que acecha la muerte para advertirle, como en profecía, o para llevárselo consigo. Esta vocación supondría, a su vez, que el […] anticipa el óbito en el tiempo y lo anuncia al difunto mostrándose con su misma imagen. Nada sustenta esta idea. Es por eso que, en este punto, el […], arrastrado a la bruma donde se confunden realidad y ficción, se disuelve un tanto más. Desaparece otra vez. Vuelve a no ser.


Vega, Lope, El caballero de Olmedo, Madrid, Cátedra (Letras hispánicas, 147), 2006, versos 2256Acot-2270.

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