Monstruario ilustrado del Vallès y parte del Moianès

El crepaire de Bigues

Reseña sucinta del pseudopinus foetidus.

Pineda de Bigues

Tiene el aspecto de un pino. Se asemeja en todo a un pinus pinea, aunque se ha aceptado la existencia de ejemplares que imitan la apariencia del pinus nigra. La variante más común posee un tronco robusto y corto del que brotan ramas grandes y extensas. Forma una copa redondeada, ciertamente graciosa, que impide el paso de la luz, y produce una corteza agrietada y escamosa que, ocasionalmente, secreta una sustancia similar a la resina en su tonalidad, textura y olor. Sus hojas van en pares y son iguales a agujas puntiagudas. Crece hasta los treinta metros, pero el crepaire, a diferencia del pinus pinea y del pinus nigra, no realiza la fotosíntesis ni absorbe nutrientes esenciales del suelo. Es, sustancialmente, un organismo carnívoro, y no a la manera de las droseraceae, que suplen la provisión de ciertos minerales con la ingesta de moscas y mosquitos, sobre todo. El crepaire depreda de muy distinto modo. Aunque no se sabe a ciencia cierta cómo captura a sus presas, todo hace sospechar que se sirve de algún tipo de compuesto químico para aturdir y anular a sus víctimas. Este efluvio, según opinión generalizada, ocuparía el área inmediata al crepaire y tendría, por lo tanto, un radio de acción reducido. «Repós al redòs d'una pineda» de Ramón Vilanova (circa XXI) No obstante, resulta fatal, pues, en la mayoría de los casos, la criatura afectada por la emanación gaseosa adolece de sopor, se echa a los pies de lo que considera un pino cualquiera y sucumbe al sueño. Duerme profundamente. El crepaire, entonces, la entierra y la deglute. Se piensa que deja macerar los cadáveres un tiempo antes de devorarlos. Se aducen, para ello, distintas razones: que es saprofito, es decir, que sólo obtiene su alimento de la materia orgánica en descomposición; que la morbidez de la carne favorece la trituración de los cuerpos; que prefiere el aroma de la putrefacción; etcétera. Lo cierto, que no admite discusión, es que el crepaire mastica una vez cada dos o tres horas valiéndose de un pico córneo similar al que poseen los individuos de la clase de los cephalopoda. Según estimaciones recientes, tarda 7,3 horas de media en tragar 1,5 quilogramos de alimento, luego, los restos de una presa de más de cincuenta quilogramos acaban pudriéndose sin variación durante el proceso de ingestión. Su nombre común se deriva del característico sonido que acompaña sus bocados al crujir los huesos del cadáver que degulle con paciencia ancestral, un «crep-crep» soterrado y terrible que, tradicionalmente, se ha asociado con la «malastrugança», es decir, la desgracia. Si se escucha con atención, todavía se oye decir en las calles más viejas de Bigues,

De nit, a bosc, compte amb el llop
i, per la tarda, amb el crepaire.

No cabe pensar que, tras las palabras del saber popular, subyazca una forma de terror irracional. Es más, no hay miedo atávico en esta expresión, sino indicios explícitos y sutiles en el entorno inmediato del crepaire: el zumbar rabioso de las moscas, la fetidez apenas perceptible del ambiente y la sombra gigantesca de otro ser vivo alrededor. Si en tales circunstancias llega a escucharse el crepitar alienante, puede desatarse en el sujeto paciente un pánico, esta vez sí, primitivo e irracional. Se trata del temor al bosque, al lugar inhóspito y hostil donde la araña pica y la serpiente muerde, algo tan antiguo como el primer primate, el primer mamífero o el reptil asustado que trepa a las ramas más altas para descansar, aunque el sueño esté vedado a los reptiles. De otra parte, se ignora cuánto ha tenido que ver el crepaire en la memoria de este miedo. Probablemente, nada. Pasa largos periodos de inactividad, sus digestiones son lentas y pesadas, y se cree que es una criatura de sangre fría o, cuando menos, igual en sus hábitos a los phasmatodea más viejos. En suma, si no se aprecia movimiento, difícilmente quepa recuerdo de su presencia ominosa en el registro genético de los primeros terrores animales. Acaso duerma ahí como una amenaza informe, nada más que un presentimiento. Quién sabe. Sea como fuere, su asombrosa capacidad de quietud, aun en las circunstancias más adversas, favorece su mimetismo. Prefiere, con creces, pasar inadvertido, así que se desplaza raramente. Si lo hace, acostumbra a ir en la dirección del viento o cuesta abajo. Tiene tres pares de patas en la base del tronco que le permiten, llegado el caso, moverse de un punto a otro. La ocasión será extraordinaria: un vendaval, un incendio o el rugir cercano de una motosierra. Desaprueba la tala de árboles, aunque se ignora si alberga alguna forma de pensamiento. Prescinde de cualquier medio de comunicación. Es solitario.

Adenda a la reseña del pseudopinus foetidus.

En ocasión de las recientes desapariciones de los boletaires Marc G. y Pau J. en los bosques del término municipal de Bigues, se ha considerado seriamente la presencia de un crepaire en la zona. Algunos expertos han querido ver la acción perniciosa de un ejemplar adulto tras los hechos, id est, el hallazgo solitario de un cesto de mimbre con rovellons al pie de un pino. «pseudopinus foetidus» debidamente señalizado Si a esto se suman los numerosos casos de senderistas que se han extraviado en el seguimiento de la ruta que transita la región de los llamados sots feréstecs, cabe suponer el desplazamiento de un pseudopinus foetidus debidamente señalizado. El artista Ramón Vilanova, natural de Caldes de Montbui, tuvo que renunciar a la pintura de cierto rincón del valle del Tenes: «m'havia proposat fer quatre quadres d'un mateix indret en quatre moments diferents. Volia assajar un paral·lelisme entre les quatre estacions de l'any i les quatre edats de l'home: la infància, la joventut, la maduresa i la vellesa a l'hivern. Primer vaig cercar un lloc arrecerat, un motiu d'estudi. Després hi vaig pintar la primavera i l'estiu, però, quan vaig tornar a la tardor, em mancava un element a la composició del quadre… Un arbre, i prou gran». Se reconoce asombrado. En el punto donde había pintado un pino unos meses antes, no había nada. Siquiera halló un tocón en su lugar, cuando fue a mirar, como si alguien hubiese arrancado aquel árbol de cuajo y se lo hubiera llevado a otro sitio. Como si fuera posible, de algún modo.

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