Monstruario ilustrado del Vallès y parte del Moianès

El duende de Gallifa

Evidencia troll en un pueblo de montaña del Vallès.

Creeríase nativos de la fría Escandinavia a los legendarios Serfs si uno tuviera ocasión de escuchar temas como Dama blanca o Bosc de tenebres de su Nit monstruosa, pero, a día de hoy, no es posible conseguir una sola copia de su infausta maqueta, grabada en dos tardes del invierno del noventa y dos, y han de bastarnos los ecos que todavía pueden sentirse en su póstuma Maleits per Déu, de finales del noventa y tres, para vislumbrar siquiera el roce de lo numinoso. Pioneros del metal extremo en tierras catalanas,1 Serfs fue en su momento más que un rumor en los círculos minoritarios del underground nacional; más que palabras dichas por lo bajo entre la repulsa y la veneración; más que el oscuro sueño de no pocos de los jóvenes de las barriadas industriales del Vallès. Tras una primera grabación tan discreta como ignorada, Tomba endins, de clara influencia norteamericana,2 irrumpieron con inusitada violencia en la escena soterrada de la música independiente para grabar a fuego, y para siempre, los lamentos de su Nit desesperada en el acervo imberbe de toda una generación de heavys. Y fue, precisamente, en la bruma tenebrosa de su memoria donde los hechos se enturbiaron y confundieron, por fuerza, con lo fantástico y lo imaginario, pues, cuanto entonces se decía sobre Serfs era, cuando menos, inverosímil, y es que, según contaba la leyenda,3 la voz de Nit no era humana, no era de este mundo…

La Mola con el pueblo a sus pies

El viaje a Gallifa devino un trayecto boscoso, de montaña, de marchas cortas y vistas furtivas al volante. El paseo de los grandes plátanos que salía de Sant Feliu de Codines4 se perdía invariablemente, a lo largo de seis quilómetros y medio, entre pinos salvajes y encinas centenarias. La testa enorme de la Mola, en aquella sucesión de virajes, asomaba sobre las copas de los árboles y, cuando las curvas se aventuraban en la espesura, si no era el bosque el que se cernía sobre la carretera, se ocultaba tras las ramas. No así su presencia, hosca en la retina, ominosa en el recuerdo. La ascensión, sin apenas pronunciarse, duró al cabo poco más de diez minutos y, llegado a Gallifa, en el rato de dar con una calle donde dejar el coche, advertí cómo cesaban las viviendas a mi izquierda y proseguía, de seguido, el paseo de los plátanos montaña adentro… Era, a la postre, una población pequeña, de escasos dos cientos habitantes, que descansaba a los pies del majestuoso Sant Sadurní.5 No había un alma en la calle. Nadie en las ventanas. Entré a la brasería La vinya de Can Tiu, junto a la misma interurbana, la BP-1241, unos minutos antes de las tres y media de la tarde. Albert, mi contacto, esperaba dentro, tomándose una caña. Hojeaba un ejemplar del Avui cuando me presenté. Era un hombre envejecido prematuramente, con más años a sus espaldas de los que, por edad, había podido juntar; las cuatro canas en las greñas, el rostro curtido o la barba descuidada acentuaban la chispa adolescente que, de vez en cuando, centelleaba en aquellos ojillos miopes, tras el cristal de las gafas. Ocupamos una mesa. Mientras preparaba la grabadora y sacaba mi cuaderno de notas, se encendió un cigarrillo. Habló de cualquier cosa, por llenar el rato, y yo, viéndole, y habiendo visto el lugar, no dejaba de preguntarme cómo era posible que allí, precisamente, se hubiesen alcanzado cotas tan extremas como la Nit de Serfs: «llavores, una mica com ara, no hi havia altra cosa a fotre al poble… O bevies o et drogaves o foties soroll al garatge dels pares d'algú». Asentí y, a mi sonrisa, repuso: «¿Noies? Si no tenies moto…», en pueblos de provincia como aquel, no había nada que hacer. Los campos, aquellos campos verdes que había visto de camino a la brasería, no eran otra cosa que distancia; un muro de montes que aislaba y retenía a los jóvenes junto a sus ilusiones; un impedimento que cercenaba, día tras día, sus inquietudes más tempranas… La vasta soledad de los campos hacía de lugares como aquel un nicho en vida, y sólo su cerrazón había permitido, y permitía, a grupos de chavales como aquel enclaustrarse en estéticas abstrusas, en éticas difusas, a la vez que explicaba la furia en la brega por progresar en la ejecución técnica de una disciplina sin mayor horizonte que el de otro nicho con tufo a cerrado. «No vam fer res diferent a tants d'altres», continuó diciendo, «clar que Nit, tot allò que va passar… De vegades penso que no va succeir realment. No com un somni…, més aviat com si mai no hagués passat, perquè no podia passar, i fos fruit de la nostra imaginació, de la de tots tres, com una invenció massa temps parlada que arribés a confondre's en la memòria molts anys després». Tomé algunas notas. Apunté la fecha, el octubre, la luz del sol del primer otoño, sin que se me ocurriera otra manera de plantear la cuestión en cuestión: «¿Qué hay del duende?». Apuró el cigarrillo y dijo «això del duende no s'ho creu ningú… Ni jo mateix», y rió. «Encara que me'n recordo, collons… Si no, hòsties, com m'ho hauria de creure?». Busqué la grabadora con la mirada: seguía sobre la mesa, seguía en marcha. Estaba registrando los minutos que había ido a buscar y que, poco después, iban a tambalearse en mi recuerdo. «Allò ho va dur en Miquel», confesó. «Ell ho va trobar».

El puente de «Les maioles» de camino a la fuente

Albert, suspenso en la duda, consumía el último aliento de otro cigarrillo. Parecía perdido en los recovecos de una memoria que vacilaba ante la veracidad de sus recuerdos. Todos, al cabo, eran vivencias reales y, por todos, sin falta, habían pasado sus días. Charlamos otro rato. Supe que Serfs se habían separado antes del verano del noventa y tres, aunque su obra póstuma, Maleits per Déu, vio la luz unos meses después. Fue a petición del público y en memoria de Miquel: «es va matar en un accident de cotxe quan tornava de l'uni. Ell i la nòvia, una noia de Caldes… Tenia dinou anys». Pero no hubo, ni habría, una segunda Nit, y la decepción, en lugar de relegarlos por siempre al olvido, desvió el entusiasmo de sus fervientes seguidores hacia la leyenda que, desde un sonido terriblemente preternatural, no hizo sino alargar su sombra hasta emparentarlos, pasados los años, con las bandas del primer Black Metal noruego.7 El rostro mutilado de Amelia No ardieron las ermitas románicas de Gallifa, como le sucediera el seis de junio de 1992 a la Fantoft stavkirke8 en Bergen, Noruega; ni se repartieron, cual reliquia de santo, los trozos del cráneo de un pobre infeliz9 entre los prebostes del underground local; ni el bajista de Serfs apuñaló hasta veintitrés veces a su guitarra…10 No hubieron crímenes, siquiera actos vandálicos, en el entorno de los tres de Gallifa. Su música, sin embargo, transitó los mismos parajes de frontera. En un singular caso de poligénesis, concluyeron fijando el límite donde aquellos otros el extremo. A este respecto, Albert aclaraba «només calia escoltar les primeres demos que van arribar, les primeres primeres, per adonar-te del que estava passant», suponiendo, según daba a entender, que les había sucedido lo mismo que a ellos. O algo muy parecido.11 Entonces no alcancé a concebir la dimensión de aquellas palabras. Me había dicho que tenía que marcharse, que si el trabajo…, y yo, que no quería dejar ningún cabo suelto, dejé pasar la ocasión: necesitaba resolver una última cuestión, una muy otra, antes de que diera por terminada la entrevista. «Poques… Poques còpies. Jo crec que vam fer poc més de dues-centes (perquè les vam fer nosaltres, totes, en plan casero). És clar: la qualitat de les grabacions és dolenta… Ja era dolenta a les cassets originals, imagina't a la còpia d'una còpia, perquè jo sé que es feien còpies de còpies… I, així, lo normal és que la qualitat empitjori. A més a més, les cassets, amb els anys, es fan malbé i, quant més les escoltes, pitjor… No és gens estrany que no hagis pogut trobar una còpia de Nit en condicions… La que tinc a casa, igual. Tampoc se sent la veu, com si s'hagués anat esvaint amb el temps… Però, ja et dic», y se levantó. Hice lo mismo. Estrechamos las manos, se despidió amablemente y se fue. Parecía, con los tejanos gastados y la vieja camiseta de Pestilence venida a menos,12 fatigado de por vida. Pagó en la barra y salió del local. Yo, por mi parte, me quedé un rato más allí sentado, recogiendo las cosas, repasando las notas, y, en todo aquel tiempo, no me pude quitar de encima cierta sensación de desasosiego que me inquietaba profundamente… La fuente de «Les maioles» Echándome la mochila al hombro, salí a dar una vuelta. Hacía fresco y, puesto el sol tras los montes, cogí el coche. Curva a curva, apuré las últimas claridades del día. Acabé, no sé bien cómo, en la fuente que llaman de las Maioles. Miré el lugar y el lugar no dijo nada. Pero no era el silencio ―el agua de la fuente, el viento con las hojas―, era que callaba algo, un secreto. Venido del norte, descendía un aire frío, cargado de sombra.

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