Cantos moledanos

CANTO XI

En las charcas de Parets

bebiendo te encontraré.

En las charcas de tu casa

me arremangaré las faldas.

Atares sueña y canta, canta un sueño

donde su boca es dulce entre sus labios.

Ellos sueñan las chicas de los pósters

en la peluquería de la esquina.

Malla no sueña, sólo vive, sólo

carga el temor oscuro de su tiempo.

En una rama baja la sorprende

un pajarito azul, su bisbiseo.

En el pájaro, todo el aire es vuelo.

En las charcas de Parets

bebiendo te encontraré.

Todo en su memoria tiene un tufo agrio,

una bruma viciada y venenosa.

No sabe desprenderse de la angustia.

Su hija, mientras tanto, baja alegre,

sus pasos tararean su canción:

En las aguas de tu casa

me arremangaré las faldas.

Exprimen sus miradas en los pósters,

las frotan como manos, como bocas,

sobando sus rincones satinados,

sus cuerpos fantasiosos y sus ropas

cortas y estrechas, sus melenas

cardadas como nubes rubias, rojas.

En las aguas de tu casa

me arremangaré las faldas.

Le aprietan las paredes, yugo y carne,

caudal angosto y hojarasca negra,

entre sus mudos muros, solitario,

entre sus crudas vueltas a los muros.

A lo lejos, suena el campanario.

La imagen se termina en el escote.

Las sueñan melindrosas, apacibles,

repletas de algo blando que no saben.

En las charcas de Parets

bebiendo te encontraré.

Vuela holgada en sus saltos la hondonada,

vuelan sus ojos buscando la orilla,

canturrea mimosa y con sus alas

bate su voz en dulce hacia la casa.

Un eco grave, de otra voz y tono,

le devuelve sus versos acabados:

el eco de él, sus tientos, sus sabores,

sus latidos enormes y sus pasos,

y el olor de la hierba entre las flores.

En las aguas de tu casa

me arremangaré las faldas.

El cristal, importuno, les impide

besos desesperados y magreos

rurales, primitivos, inexpertos,

y un incipiente calor genital

implora rebelión entre las sombras.

Sus miradas se beben sus miradas

y sus ojos se aferran a sus ojos

y las manos apenas si se tocan

y el cántaro ha rodado hasta la charca.

El chico busca una palabra, y ella

espera esa palabra ese chasquido

repentino, la piedra contra el agua.

Un grito del padre la sorprende

y en vano busca el cántaro a sus pies.

En las charcas de Parets

bebiendo te encontraré.

En las aguas de tu casa

me arremangaré las faldas.