Cantos moledanos

CANTO XVII

Todo esto, a toro pasado, a trompeta

pasada, es un canto muy largo y amarrado

en los altares blancos, disparado entre solfas,

disparado en la diáspora de solfas y bemoles,

es el canto del bobo que olvida su cantar,

que se olvida de Malla, que se olvida de Atares,

porque el próximo canto será el "de los encuentros".

Pero este canto es otro, el de solo mi Moledo,

disparando torpezas contra mí mismo, contra

la etiqueta que puse o que otros me pusieron,

bregando, tecleando, una vez y otra vez.

He buscado en el Google, no mato mis demonios,

creo demonios nuevos. Un pazguato con cara

de dromedario ha hecho églogas, o eso dice,

y la añoranza eterna de una égloga mía

que se me muere en brazos, que ya no significa

lo que significaba, ni dice lo que vivo.

Quiero escribir dos mil páginas sin mirar

atrás, dos mil millones de caracteres sin

mirar atrás; no mires, corre, huye de ti,

de tu escritura, huye, de tus ideas, corre,

pero al final, igual que Orfeo, siempre miro

atrás, y con mirar, Eurídice se cae

sepultada en la culpa eterna de su amado,

y su amado, Orfeo, inquieto e impetuoso,

quemado por sus ansias de humanidad sin freno,

no consigue huir sin mirarla una vez más,

se consume en canciones en un bosque perdido,

el apartado bosque de Orfeo, lleno de rocas tiernas,

de rocas temblorosas que lloraron su pena,

donde lelos pastores azorados buscaban

fieras, donde yo busco (y todos los poetas)

terminar la maldita égloga trece que no

quiere terminar nunca, la maldición de la égloga

número trece que me sube y que se empina,

negras alcantarillas de versos y de epítetos

me suben por las piernas, una hiedra asesina

con un veneno rancio, por los pies, los costados,

y los médicos públicos, médicos asombrados,

no se atreven a darme la baja, no hay más casos,

sólo inútiles pruebas sin conclusión alguna,

sin lógica, y el duende se pavonea en todas,

por todas las radiografías, con su risa burlona.

Orfeo. ¡Oh, Orfeo! Permíteme sacar

al menos una imagen, una figura digna.

Me estoy jodiendo el cuerpo, la postura y el cuerpo,

la muñeca y la espalda; y este silencio de Alba

aquí al lado leyendo quién sabe el raro cuento

de los moros sufíes tan delicados, cultos,

y tan inteligentes que no se repitieron

ni se repiten desde quién sabe cuántos siglos.

Gangalot conoció a los sufíes bien,

en los oscuros ojos de aquella sarracena,

y lo perdieron para siempre, no le importó

nunca más la vergüenza, tampoco la familia.

Hubiera descendido a los infiernos para

resguardarse de todos, para tenerla allí

en su apartada alcoba, libre de los decires,

porque ese es el problema, por eso los poetas

quieren serlo: decires, espejo y brillo eterno.

El pobre Orfeo se consumió por su amada,

se consumió en canciones y devino leyenda.

A nadie importa si sonaban bien, sonaban

mal, porque es la leyenda lo que a todos les quema.

Buscan el bosque de latitud inexacta,

sólo percuten formas, figuras mal labradas,

buscan el tigre en su ojo y la pupila rasgada,

zambullida en el tiempo, en los lagos maltrechos,

la historia literaria, y acaso también buscan,

como en las oenegés, follar, buscan follar.

Yo no quiero follar, no quiero cuando escribo,

ni tampoco después, porque ya he follao antes.

A veces, solo a veces, hasta prefiero pajas,

la fantasía erecta de la íntima paja.

Y me he vuelto a encallar. Tengo la brasa entera

comiéndome la entraña porque quiero escribir,

pero me da pereza, y no sé qué poner.

No quiero escribir más, pero quiero acabar

mis versos y cerrar de una vez ese mundo

cerrado y andrajoso de mis versos, y quiero

quitarme la etiqueta gastada, el laurel

marchito de las sienes que siempre aflora como

un cartapacio viejo cada vez que me asomo

al espejo de siempre, un ejercicio sano

una gimnasia sueca que te deja agujetas

porque al espejo sólo te asomas tú, sin nadie.

Pero es siempre lo mismo: tú solo ante el espejo

o los pobres hebreos, la esclavitud eterna

y el eterno machismo, uno quisiera ser,

vivir el modernismo, pero no suena fácil.

Solo miro las teclas, tecleo velozmente,

como si las dijera, todo lo que me pasa

y lo que esto pensando (me he dejado la y griega)

antes de que me pase por la misma cabeza,

ya no pienso, tecleo; me llevo a teclear

el pensamiento acien por segundo sin comas

tal vez alcance así el cupo de mis versos

las teclas van incluso mejor que las ideas

ellas piensan por mí irremediablemente

pero otra vez no escribo figuras compungidas

ni ritmos primigenios y ese era el objetivo

último que me había autoimpuesto al sentarme.

Y en este instante pienso, pausa, pausa, me acuerdo,

podría recordar mis fantasmas aquellos

en los que nunca pienso, el sol sobre sus medias,

los grafitis del muro del Arno, una falda,

pero no me apetece, por eso me olvidé,

por eso no me viene nunca tu nombre cálido,

todo aquello murió y se acabó contigo.

Cinco, ocho, tres, siete. ¿Por qué no escribo números?

¿Por qué no son poéticos números al azar?

Cinco, ocho, tres, ocho, tal vez sea la clave

de la malignidad del mundo y no me paro,

no me detengo en él, ¿por qué no me detengo?

El cosmos está ahí, pausa, lo veo ahí

nada tiene sentido, ni seguir escribiendo

ni parar, pausa, pausa, veo el cosmos en pausa

tras pausa, asombrado, cinco, ocho, tres, cuatro,

se gastan las ideas y la piel, y los dedos

siguen siendo la cara de la princesa, barba

de princesa y sombrero, cucurucho real,

con un velo colgando emulando la trenza

colgando de la torre modernista, la torre

fantasiosa, la torre que me guarda y me acecha

con sus rostros de trapo que naufragan en un

rincón de mi memoria, esos nuevos romances

que no han llegado aún, cuatro, ocho, tres, siete,

está bien poner números, no hay nada malo en ello.

A lo mejor un día pueda encontrar la cábala

justa que me libere deste trance angustioso,

teclear negramente teclas en castellano.

Bukowski está riendo, se ríe en un rincón,

se ríe en las aceras, se asoma a esta pantalla,

a todas las pantallas y folios que utilizo

cuando quiero volver a escribir, cuando vuelvo.

Siempre temo volver, por su risa de perro,

por sus barbas de perro, por su lengua afilada.

Nunca hay necesidad, pero siempre termino

con su risa clavada amortajando el pecho.

Y cada vez que vuelvo a Moledo está él,

está el cadáver seco rondando por las églogas,

rondando los romances, las canciones de trapo,

habré de hacerlas cuando mis hijos sean ancianos.

Yo quisiera leer los nuevos cuentos suyos

(el nombre es lo de menos, él ya sabe su nombre),

pero están bloqueados. Tal vez escribiría

yo mejor, me inspirasen. Pero me da pavor

preguntarle, pedírselo, porque se me interpone

el orgullo, levanta murallas entre yo

y el muro, las personas somos tan deleznables…

Los cuervos son imagen poética en sí misma

en el Mediterráneo, y Nausícaa, y Alba,

y Ovidio recitando, y gritar hacia Roma,

y pedirle a los cosmos, a los mapas del cielo

que me busquen la ruta, que me manden un mail

o un pdf hacia el verso, hacia el ritmo,

la ruta hacia los versos. Recuerdo el Lizarrán

que vio nacer el mito, ese mito grotesco,

aquel de Garcilaso de la Perra, poeta,

tuvo más de poeta que poemas dejó.

Recuerdo aquella imagen de soledad sin freno.

Yo entonces escribía para no morir, para

arrancarme el silencio mental que me asfixiaba.

Ahora es diferente: friegas los platos, pones

la tele, barres, sacas la basura o te vas

a trabajar y dejas de estar contigo a solas.

Si quieres estar mal, preocupado, frente

al espejo, te tienes que esforzar, tecla a tecla,

porque no sale nada, te duele la cabeza,

porque te duele y ya. Orfeo, oh Orfeo,

¿Cómo lo hiciste, dime, frente a las rocas mudas,

las rocas plañideras, frente a todas las bestias

sin garras ni arboledas? ¿Qué hiciste para que

las fieras se volvieran roca y las rocas agua?

¿Pudiste perdonar los llantos de las fieras

que no te devoraron? Y pudiste callarte

para que te engulleran, pero ni tú podías

calmar toda tu pena, ni tu pena dejar

de calmar a las fieras.