El misterio de Sant Mena

4 de noviembre de 1985

Madrugada

Aunque se había levantado de la cama a las cuatro y media de la madrugada, no supo de su vida en Sant Mena hasta que subió la persiana metálica del negocio de sus padres (que entonces ya era suyo). El estruendo que se armó al levantarla rompió el hechizo que lo mantenía medio dormido y provocó el terror en el perrillo de los Ferrer, que volvía a ladrarle en mitad de la noche, como todos los días. Miró a ambos lados de la calle antes de entrar. No había nadie a la vista. Abrió la puerta con llave y se metió dentro a toda prisa. Quiso no pensar en nada, pero, en cuanto encendió los fluorescentes, recordó el pedazo de papel en la mesa de su cocina. Todavía no había llamado. Guardaba su número de teléfono en el cajón de la mesita de noche (por si acaso) y fantaseaba con las palabras alegres de su voz dulce al otro lado del auricular (donde quiera que fuera eso). Fue a la trastienda, se quitó la chaqueta de su padre y comenzó a trabajar. Eran, por su reloj, las cinco menos cinco del lunes cuatro de noviembre de 1985 y Juan P. llevaba encima más fastidio que sueño.

Cerca de las cinco y veinte de la madrugada, alguien llamó a la puerta de la panadería. Toc, toc. Juan P. cayó entonces en la cuenta de que no había echado las llaves (es más, seguro que se las había dejado puestas, en la calle). Era lunes y los lunes no atinaba con la liturgia de cada día. Se limpió las manos con un trapo seco y asomó la cabeza en la tienda, a ver quién llamaba a aquellas horas. Era ella, Rosa S., que había entrado en el establecimiento como la otra vez.

—Ei, hola.

—Hola.

Rosa S., como la otra vez, vestía una falda corta y unas medias negras, de rejilla, que dejaban ver la carne blanca y tierna de sus piernas. Llevaba unas botas horrorosas, una camisa abierta y una chupa de cuero negro, de algún otro hombre (seguro). A Juan P. le volvió a parecer preciosa a pesar de la carita de pena que traía. Sintió un hondo estremecimiento en el pecho. Algo se le agitaba por dentro. Ella le ofreció el manojo de llaves que, según decía, había encontrado en el suelo:

—Se te habían caído.

—Sí.

Juan se acercó a cogerlas. Entonces vio mejor los ojillos llorosos de la joven. No se atrevió a preguntarle qué le pasaba. O si la podía ayudar en algo, en la vida. Le dio las gracias y se apartó el pelo de la cara. Casi estaba sudando (el maldito calor de los hornos de todos los días del año). Luego tomó las llaves en su mano con cuidado de no tocarla como querría. Apenas sí le rozó los dedos. Y la miró. Qué no haría por ella (venderse el negocio, encerrar a su madre en una residencia, matar a su novio con una barra de hierro). Aunque Rosa S. era una mujer pequeña, a Juan P. le impresionaba hondamente tenerla tan cerca. La otra vez que se presentó en su panadería, también de madrugada, le pareció una pobre desgraciada. Entró pidiendo algo de comer, «llevamos toda la noche por ahí y teníamos hambre», y él le sacó unos cruasanes de mantequilla: «ojo, que están recién hechos». Ella no pudo pagarle, «voy sin blanca», así que se acercó al mostrador y le apuntó su número de teléfono en un pedazo de papel: «Pareces un buen hombre».

—Gracias.

Luego se marchó, aunque no se fue del todo. Juan P. no dejó de sentirla cerca en los días que siguieron y ella, a través del recuerdo de su mirada, se había ido asentando en la entraña viscosa de su corazón. No hizo falta más. Juan P., en la madrugada del cuatro de noviembre de 1985, pensó que la llamaría un día, sin falta. Le pediría de quedar a tomar algo, un café o lo que fuera. Si podía, si alguna vez estaba en su mano, se abrazaría a ella, y a su sombra negrísima, con todas sus fuerzas:

—Toda la noche de marcha?

—Sí, ya ves.

—Espera aquí.

—Vale.

El panadero Juan P. fue a la trastienda de su negocio y puso un montón de palmeritas con forma de corazón dentro de una bolsa de papel. Mientras las cogía, una a una, se planteó saltarse la parte de la llamada telefónica. Ella estaba allí mismo. Podía pedírselo cara a cara. Se secó el sudor de la frente con un paño manchado de harina y se apartó el pelo de la cara como pudo. Se estaba quedando calvo y no habían crecepelos en Sant Mena que pudieran evitarlo. Aparentaba diez más años de los que tenía. Casi cuarenta. Un asco. No veía de ningún modo a Rosa S. y sus medias de rejilla detrás del mostrador de su panadería, atendiendo al público. Ni la veía, tampoco, como esposa del señor P., que era un cualquiera, un idiota y un completo incapaz. Menuda mierda. Cerró la bolsa de papel con las palmeritas dentro y salió al encuentro de la joven. Seguro que le miraba los mechones sudados sobre las clapas de la cabeza.

—Ten.

—Sí. Muchas gracias…

—Juan.

—Ah. Yo soy Rosa.

—Ya.

—Ah, ya, claro.. Bueno, pues

—Eh, Rosa…

—Qué?

Si lo pensaba, no lo hacía.

—Qu'he pensado que podríamos…

—Pareces un buen hombre, Juan.

—Ya.

Un completo cualquiera, un idiota y un incapaz. La sombra vivísima de Rosa S. se esfumó en el aire. La puerta se cerró después. Juan P. sentía que debía intentarlo, sin embargo. Era ella o nada. En la calle retumbó el motor de un seat ritmo color ceniza. El perrillo de los Ferrer volvía a ladrar. Si la Rosa S. le había dado su número de teléfono, no era porque estuviese pidiéndole ayuda precisamente. El ruido del coche se perdió al cabo de Climent Humet, por donde descendía a oscuras la calle de Joaquín Costa. El perrillo de los Ferrer ladró dos veces más y se calló. Si la joven no volvía nunca por allí, Juan P. la llamaría un día a su casa. Sabía muy bien que, en aquel momento, bajaba a toda velocidad por las callejuelas del interior de Sant Mena, sin ningún miedo al mañana.

Mañana

El Edu tenía decidido seguir en su escondite hasta que lo pillaran. Había aprovechado el alboroto al salir de clase para apartarse del grupo y, por el momento, nadie le echaba en falta. Podía oír muy bien los gritos de la maestra en el patio. Andaba todo el día detrás del Jaume, el Oscar y la Vanesa. Eran, a decir de la señorita Herminia, unos trapellas incorregibles, pero el Edu pensaba que eran malos porque lo hacían todo al revés. Cuando les mandaban sentarse, se tiraban por el suelo y, si les decían «silenci», seguían hablando tonterías todo el rato. O se reían como unos bobos. El Oscar un día le escupió a la señorita y le dijo «puta» y la señorita se lo llevó al despacho del director. Al Edu no le gustaba mucho el Oscar. Siempre tenía mocos en la cara y decía palabrotas como si fuera un loco. Él prefería jugar con el Quique, que era de su barrio, como el Jesus, el Jose y el Álbert. Pero el Álbert era más grande que ellos, porque iba ya a primero, y nunca quería parar si jugaban al escondite. Además, muchas veces se salía con los mayores fuera de la plaza, y su madre, cuando lo venía a buscar, siempre les preguntaba a ellos que dónde estaba. Pues no sé. Pues se ha ido hace rato, señora. Por eso y por otras cosas, el Edu prefería jugar sólo con el Quique, el Jesus y el Jose cuando salía a la calle por las tardes.

Aquella fea mañana del cuatro de noviembre de 1985, el Edu no estaba jugando al escondite, ni nada parecido, porque el Quique estaba fuera, liado con las canicas (otra vez), y el Jesus y el Jose perseguían a la Laura, la Susana y la Mariajo por el patio. A él, las niñas de su clase, no le gustaban mucho. Pero él no se estaba escondiendo de las niñas de su clase. El Edu se escondía de otra cosa que había visto por la mañana, cuando su hermano mayor, el Rafa, lo había dejado en la puerta del cole: «Venga, chavalote, que vas tarde», pero él no se movía porque lo estaba viendo.

—¿Qué pasa? ¿Qué miras?

—Nada.

—Pues venga para dentro!

—Vale.

—Corre, va!

Y el Edu se había escapado a la carrera, sin pensárselo dos veces. No es que corriera mucho, pero, si se lo proponía, podía ser muy rápido. Más que el Jesus y que el Jose y que todas las niñas de su clase. El Quique y el Raul le ganaban siempre porque eran niños más altos que él. Y el Jordi y el Fernando y el Oscar. Y el Santi también le ganaba, aunque era más bajito. El Edu no era muy alto que se diga, ni muy rápido, pero era más valiente que ellos, por eso se escondía solo en el lavabo de los niños de P3. Allí no lo buscaría nadie. Ni la señorita, ni los hombres del coche. Al Edu le daban igual la peste a pipí y el ruido de las gotas de agua que sonaban a cuarto grande y vacío. Él prefería imaginarse caras en las losas del terrazo. Había muchos monstruos feos por el suelo si uno miraba. Casi todos eran como los ogros de la tele. Él los había visto en unos dibujitos, los sábados por la tarde, y sabía bien de qué hablaba. Aquellos niños de los dibujos habían viajado al otro sitio por una puerta mágica de la montaña rusa y, por eso, al Edu, no le hacía ninguna gracia el tren de la bruja que ponían en la feria. La bruja no era una mujer. Llevaba bambas. Él se las había visto por debajo de la falda, mirándolo atentamente desde fuera, y sabía bien que el túnel por donde pasaba el tren estaba todo oscuro. Como los hombres del coche, que no se les veía la cara. El Edu oyó que alguien entraba en el lavabo de los niños de P3. Entonces se calló (porque lo estaba diciendo todo en voz baja para no parar de oírse). Era la Sofi, una niña de su clase:

—C'haces aquí?

—Nada.

—Vale.

La Sofi era una niña muy pesada de su clase que siempre quería estar con él. Seguro que lo había estado buscando desde que habían salido al patio. El Edu se propuso seguir con las caras del suelo, pero la Sofi comenzó a decirle cosas de su madre. La Sofi solía explicarle todas las cosas que le pasaban a ella y a su madre por el pueblo. La Sofi le había dicho una vez que no tenía padre y el Edu tuvo que decirle, porque era la verdá, que era una mentirosa porque todos los niños tienen padres y la Sofi, entonces, se puso a llorar mucho en la clase y la señorita le regañó a él por llamarla «mentirosa» a ella.

—Eso no se le dice a las personas.

—Pero si's la verdá!

—Edu…

—Pide perdón, va.

—Jo!

—Edu…

—Vale. Perdona.

Y la Sofi, en aquella fea mañana del cuatro de noviembre de 1985, seguía contándole las cosas de su madre, como si a él le importaran algo. No encontraba más caras de ogros de la tele en el suelo. Descubrió, sin embargo, la silueta de un hombre que se parecía a los hombres del coche que había visto por la mañana, además de un demonio rabioso (por los cuernos y los dientes que ponía). Pero nada más. La niña le estaba hablando todo el rato:

—Mi madre quiere que nos cambiemos de casa.

—Vale.

—Yo me pienso que es por el monstruo.

—Qué monstruo?

—Uno que vive en mi cuarto.

—Contigo?

—Sí.

—Pues los monstruos no existen.

—Pues sí.

—Pues no.

—Pues yo lo he visto.

—Pues es mentira.

—Pues eso no se dice.

—Pues sí.

—Pues no.

—Pues no me lo creo.

—Pues le preguntas a mi madre.

—Pues vale.

—Pues si se lo preguntas a mi madre, ya lo verás que no's mentira lo que te digo.

—Vale.

Estaba decidido. Se lo diría a su madre a la hora de comer.

—Ella no lo sabe que'l monstruo viene a mi cama.

—No?

—No. Mi madre se piensa que sólo está.

—Y te da mucho miedo el monstruo?

—Sí. Pero yo me tapo y me duermo muy fuerte.

Y el Edu quiso saber cómo dormirse muy fuerte para que no lo atrapasen los hombres del coche si venían a su cuarto por la noche, a buscarlo, pero la señorita Herminia ya había empezado a dar palmadas para que volviesen, todos y cada uno de ellos, a su sitio en la clase y el Edu sólo sabía que no quería acabar en el despacho del director como el Oscar porque su padre se iba a enfadar mucho con él, así que se fue corriendo para su silla y dejó sola a la Sofi en el lavabo de P3.

Mediodía

El timbrazo de las doce y media los arrojaba en tromba por los pasillos de la escuela cada día. La pandilla del 7ºC (la parte que no se quedaba en el comedor) salía a toda prisa de clase y desaguaba a chorro por los bancos del patio. El último en llegar tenía que llevarla y ninguno quería llevarla. La Peste era cosa mala. Y era altamente contagiosa al contacto. Bastaba con que te pusieran una mano encima para pegártela. El truco estaba en ponerte en alto para ponerte a salvo, pero no siempre había donde refugiarse y la Peste, después de siete semanas de curso, se sabía todos los pasos que había sin sitios para subirte.

Aunque el bueno del Oliver C. estaba lejos de correr mucho, conocía de sobra los lugares en los que podía acechar a sus amigos. Y, si no valía con eso, recurría al truco del despistado para atraparlos. Si no se hacía el tonto, como que no se enteraba de lo que pasaba a su alrededor, se fingía aburrido de jugar, porque siempre le tocaba a él llevarla, y alguno de sus colegas, por chulo (o por bueno), acababa pasándose de listo y se le acercaba demasiado. Entonces el Oliver le ponía la mano encima y le gritaba aquello de «Peste!», que le quitaba de ser el gordo apestado de la clase por un rato.

En el frío mediodía del cuatro de noviembre de 1985, Pedro H. había vuelto a picar el anzuelo del Oliver C. a la entrada del puente que cruzaba sobre la riera de Sant Mena: «Peste!». El Pedro no era ni tan rápido (ni tan listo) como se creía: «Me toca». La Peste tardaba una cuenta de diez en surtir efecto sobre el apestado. El Pedro comenzó a contar y el Oliver decidió que no tendría tiempo suficiente para pasar al otro lado del puente y ponerse a salvo, así que dijo:

—No juego más.

—Ya?

—No tengo ganas.

—Vale.

«C'hacéis?!» lo preguntaba el David L. subido al pie de una farola, pasado el barranco. El Oliver y el Pedro se fueron para allá con la calma, a decirle que ya no se jugaba más. El David L. no se fiaba de ninguno de los dos (eran unos cabronazos). Se temía otra trampa del Oliver: «¿Seguro?».

—Que sí.

—Va, vamos.

—Vale.

«Pasamos por la fábrica abandonada?» lo sugirió el Míguel, que lo había oído todo desde el escalón de entrada de una casa vieja (donde se había puesto a salvo). Al Oliver le dio pereza dar tanta vuelta (más que la vuelta, la pendiente que subía hasta la fábrica) y dijo que no, que pasaba un montón, pero el Josep María (uno que se había quedado atrás, pero que ya les daba alcance) les soltó aquello de que «allí hacen espirutismo por las noches» y no pudieron no pasarse a fisgar. A ellos, los del 7ºC, les llamaba mucho la oscuridad y, como ya eran grandes, no tenían miedo. O no mucho.

Las callejuelas que ascendían hacia la fábrica abandonada eran estrechas y, a ratos, empinadas (muy empinadas). Tenían paredes altas y hoscas y solían estar siempre repletas de sombras, persianas echadas y meadas de perro. El Josep María no dejó pasar la ocasión:

—El espirutismo es verdá.

—Qué dices, tío!

—Que sí.

—Bah, calla…

—Es para hablar con los muertos.

—Y cómo lo hacen?

—Con una tabla con unas letras.

—Cómo?

—Me parece que se pone un vaso así y el espíritu lo va moviendo por encima de las letras que quiere.

—Tú te lo crees?

El Pedro no sabía qué decir. El mundo, por momentos, era algo muy grande y extraño.

—Lo podemos probar.

—Tú t'atreves?

—Yo sí.

—Venga…!

—Que no?

«Yo paso» lo soltó el Oliver C. cuando vio la chimenea de la fábrica por encima de las ramas desnudas de la moixera de la plaza del caracol. El Míguel dijo «va, va, va» y salió corriendo (no podía aguantarse más). El David y el Pedro le fueron detrás, como contagiados del entusiasmo. El Josep María no. Él se paró un momento y se miró al Oliver en serio:

—Vamos o qué?

—Va.

—Ara no pasa nada. Es de día.

—Ya.

Pero el Oliver no veía nada claro qué podían hacer las luces del cielo contra la negra voluntad de los muertos que pueden mover vasos sobre una tabla de madera con letras. Siguieron adelante a desgana, sin mucho ánimo en el cuerpo. El Josep María, en algún punto del trayecto entre la plaza del caracol y la fachada de la fábrica abandonada, le confesó que él prefería no ir, pero que iba con ellos por no dejarlos tirados. «Ya (yo también)». Cruzaron la calle sin mirar a los lados y pasaron la vista por las pintadas que manchaban las paredes de la parte delantera del edificio: «OTAN NO» (bien grande, como para que se oyera bien lejos), la A de anarquía rodeada de un círculo y, a su derecha, una polla gorda soltando goterones. El Oliver C. todavía no sabía qué era aquello. El Josep María, sí. Sobre la puerta doble del edificio, cerrada con cadena y candado, habían pintado (a brochazos, de rojo sangre) una gran cruz invertida que ellos, los del 7ºC, llamaban «satánica» de oídas. Torcieron la esquina, por ir con los colegas. El Míguel, cuando se metieron en el sucio callejón que flanqueaba la nave industrial, se había subido al alféizar de una ventana tapiada para asomarse al interior (los ladrillos no alcanzaban a tapar la parte de arriba del arco).

—Cuidado no te pinches…

—No.

—Se ve algo?

—No mucho.

—Te lo juro, el Rafa le ha dicho a uno de octavo que había visto unas velas en el suelo.

—Velas?

—Sí, así como una redonda.

—Es que no…

—Bájate, anda.

—Espera…

—Qué?

—Qué pasa, Míguel?

—Hay una cama.

—Una cama?

—Qué dices, chaval?!

—Bueno, un colchón. Se ve una botella al lado y…

«¡¿Se puede saber qué coño'stáis haciendo ahí?!» lo gritó muy indignado un señor que pasaba por la calle que no soportaba la falta de orden en el mundo. Aquello fue más que suficiente para provocar la desbandada general de la parte de la pandilla del 7ºC que no se quedaba en el comedor los mediodías. Huyeron despavoridos (cada uno a su casa) y se olvidaron una vez más de que el Oliver C. se quedaba siempre atrás. Aquel frío mediodía del cuatro de noviembre de 1985, a diferencia de las otras ocasiones en que había corrido el último, el gordo apestado de la clase sintió como unas voces susurrantes a su espalda. Debían ser las voces heladas del inframundo. Los muertos que pueden mover vasos, que seguían esperando en aquel lugar la carne fresca de algún chavalito despistado como él. Si el Oliver C. no se hizo pis encima, fue por la prisa que tenía…

Y, si no había nadie allí, lo parecía.

Tarde

Algunas tardes el Rafa se pasaba por la gasolinera y echaban un piti juntos. L'Anton se distraía charlando un rato con él. Le caía bien el chavalillo. No es que se viera reflejado a sí mismo hacía veinte años, pero no podía dejar de ver en el joven adolescente todo lo que él podría haber hecho de saber de qué iba la película, hijos de puta. El Rafa tenía toda la vida por delante. Aquello, de alguna manera, le parecía bonito a l'Anton. Muy bonito. Quién tuviera quince años. El Rafa, sin embargo, no lo vivía así porque estaba siempre sin blanca y el fumar le costaba unos duros que no tenía. Su madre le pasaba una semanada que daba para chicles y para pagar la gasofa de la motillo, que «en esta casa se pasan muchas necesidades a fin de mes».

—Entérate ya, niño!

Y el Rafa, diciendo aquello, ponía una voz entre estridente y rabiosa.

—Eso te dice tu madre?

—Ya ves… Y más cosas!

—Te puedes buscar algo por las tardes, no?

—Pse.

Que valía (y no valía) por «sí».

—Algún trabajillo o algo.

—El qué?

—Hay montones de bares, chaval. Seguro que te daban unas pelas por echar una mano. En cualquier lado.

—Buah!

—Joder, Rafa… pero qué te piensas que's trabajar?

—Un asco, no?

—Una faena.

—Ya ves. Ya se lo digo al enano, que'studie, que si no…

El enano era su hermano Edu y tenía cuatro años. Muchas veces, después de ir a buscarlo al cole con la motillo, se pasaban un rato por la gasolinera (por charlar, por echar un piti) y el Rafa lo dejaba a su aire, correteando por allí (entre manchas de aceite y hierbajos de acera). El crío no necesitaba nada para montarse historias. Si no tenía con qué jugar, acababa hablándole a las piedras, pero al Rafa le daba como penilla cuando lo veía solo y le salía llamarle la atención, por preguntarle qué estaba haciendo. Lo que le dijese el Edu casi nunca tenía sentido y el Rafa casi siempre le acababa soltando «estás majareta, chaval».

—Qué's majareta?

—Zumbao.

—Yo?

—Tú. Sí, tú.

—Pues tú la putacabra!

—Que no se dice así, zumbao!

—Y tú qué?

L'Anton le preguntaba por sus estudios. El Rafa medio sonrió.

—Yo no valgo pa'eso. No ves que yo soy medio burro…

—Un poco burro sí eres.

—Qué cabrón!

L'Anton lo regañó con un gesto de la cabeza («esa boca») y señaló en dirección al Edu («que'stá ahí tu hermano»).

—Calla, calla… Que'ste s'hace'l loco, pero luego lo coge todo.

—Y parece que no esté, eh?

—Ya ves.

El Edu le había hablado de una cochinada de su prima Eva con el novio que le había oído contar a su madre en el rellano de la escalera. Aunque el pobre crío no sabía de lo que trataba el asunto, sabía por el tono de la conversación que no era nada bueno. Su madre debió cuchichear las partes más sucias de la cosa y el Edu, de porquerías humanas, sabía un rato largo (no cabe enumerarlas). El Rafa, que estuvo por referirle la anécdota a l'Anton, prefirió callárselo. La imagen que se formó de su prima Eva con el novio le turbaba profundamente (en lo más íntimo, por las noches). Su prima Eva estaría taco buena si no fuese su prima. El Rafa tuvo que sorberle todo el tabaco que le quedaba al cigarro para no meterse en un charco. L'Anton conocía a su prima y al novio. El cabrón conocía a mucha gente del pueblo. No era lo mismo saludarlos sabiéndolo, que no. Entonces el Rafa se acordó (menos mal) del puto Ramón:

—Sabes que s'ha muerto el Ramón?

—Sí. El otro día.

—Sí. Pero tú sabes lo que le pasó?

L'Anton hizo que «no» con la cabeza. El Rafa se enteraba de las cosas de su madre y de las suyas. Apenas se pasaba por clase de metal. Siempre que podía andaba con la motillo por ahí y eso le daba para enterarse de algunas cosas, y aún más. El Ramón P. había aparecido muerto en la calle a finales de octubre. Por la mañana, cuando lo encontraron tirado en la acera, estaba blanco (horriblemente blanco).

—Buah, estaba to'blanco.

—Y qué quieres?

—Tú sabes si se metía mucho?

—Bueno.

—Sí?

—Es que, Rafa…

—Qué?

—Yo no te lo digo por decir.

—Ya, ya.

—Pues tú verás qué haces…

Pero l'Anton sabía de sobra que el Rafa no podía ver qué estaba haciendo con su vida porque todavía no sabía de qué iba la película. Y l'Anton, aunque no la había visto, la tenía vista de otras veces. Después del título, «El Rafita de Sant Mena», seguro que se habían sucedido una serie de planos secuencia de lo más miserables (por pobres) en el interior de un pisito con auténtica vocación obrera. L'Anton conocía de pasada aquellas escenas domésticas (sus padres, cuando el Rafita era un bebé, lo paseaban en un carrito por Sant Mena; sus padres, cuando el Rafita iba a la guardería, lo llevaron un día a la playa; o sus padres, cuando el Rafita soplaba seis velitas, le hacían una fotografía de ojos rojos). El colegio fue siempre una obligación para todos (en su casa) y la curiosidad del niño Rafa no fue nunca tanta como para que se metiera en líos ni como para que buscase nada en un libro. El cigarrito debió llegar a los diez-once años y la motillo, con el instituto. El padre quería que su hijo se hiciera responsable de su hermano pequeño: «Lo llevas y lo traes». Su padre solía excusarse diciendo a todo «a mí nadie me dijo nunca cómo tenía que hacer las cosas cuando me pusieron a trabajar a tu edá porque yo, a tus años, ya estaba metido en la fábrica». Y el Rafita, sentado en su motillo, se imaginaba capaz de decidir cómo iba a hacer él las cosas en la vida. Tenía para escoger. Podía subir a Can Baixeres o podía bajar a Can Palau y l'Anton tenía claro que, a los quince años del Rafa, no había color entre meterse unas horas a camarero o la pasta rápida de los trapis.

—Sí yo me porto bien.

Y volvía a medio sonreír.

—Que no haces nada, tú?

—Nooo. Eso fue una vez, hace tiempo.

—Va… Rafa!

—Bueno… Pero'n serio, que fue un favor que l'hice a un colega.

En aquel punto de la película, había aparecido en escena, si no el antagonista, el tal Alex T. y sus ojillos de víbora sedienta. No había abierto la boca todavía (no tenía, por el momento, texto) y el Rafita de Sant Mena ya había empezado a jugar con drogas como un niño chico a solas con una bolsa de cucherías.

—Una vez solo?

—Sí.

El Rafita mentía.

—Entonces es tu amigo?

—Quién?

—Ese, el Alex…

—Sí. Somos colegas.

No mentía. La serpiente pérfida le ponía más que un cigarro en los labios al Rafita. L'Anton quiso prevenir al chaval, pero sabía que el Rafa no le iba a creer cuando le hablase de los colmillos y del veneno de la víbora. Le diría que «no pasa nada. El Alex es un buen tío» y l'Anton tendría que invocar la imagen horriblemente blanca del Ramón P. sobre la acera y, con los muertos, prefería no meterse todavía (por si acaso). El Rafita, entre tanto, volvía a esconderse detrás de su media sonrisa de niño pillo:

—No ves que nunca tengo un duro?

Noche

Javi O. no podía dormir aquella noche del cuatro de noviembre de 1985. Estaba entre encoñado y ansioso por salir de Sant Mena. Durante el día, la había llamado al menos tres veces al teléfono de su casa y su madre le había cogido el recado las tres veces, al menos: «No. No ha llegado todavía. Vale. Yo le digo c'has llamado». Pero no llamaba.

La Raquel M. no era su novia, ni nada, pero se la había chupado dos veces en su cuarto (en aquella misma cama donde no podía dormir) y habían follado una vez en casa de sus padres (ellos no estaban en el pueblo y ella guardaba un paquete de condones en el cajón de la mesita de noche). Gastaron tres ó cuatro del tirón y el Javi O. todavía quería gastar muchos más. Con ella.

Tenía que estar liada con otro. Al Javi O. le dolía especialmente (y no sabía bien dónde) que se hiciera la loca la otra noche, el sábado, cuando se cruzaron por la calle. Ella iba con unas amigas, pero le había visto. Le había visto y no había querido decirle nada. Él le había escrito unas postales desde el cuartelillo y ella no le decía ni adiós por la calle. Era una guarra. Pero todavía se la quería follar (y mucho).

«Raquel, Raquel». El Javi O. no estaba para pajas, ni hostias. El ambiente en casa estaba como raro últimamente y, más pronto que tarde, tenía que salir de su habitación para despejarse la cabeza. Se levantó de la cama y pensó en volver a llamar. Tenía ganas de verla. Bajó a la cocina y se puso la guerrera (le gustaba fardar de soldadito por ahí). Su madre, de camino, le había vuelto con el cuento de cada día a la misma hora: «Hijo, no te olvides de cerrar la ventana de la cocina que, si no, corre mucho aire en casa».

—¿Qué aire, mama?

—Te vas, hijo?

—Sí. Me doy una vuelta y me vengo.

—Vale. No te olvides de…

Y, por no oírla, salió a la calle y cerró de un portazo. Ya no podía llamar a la Raquel por teléfono. «Mierda». Podía ir a buscarla a su casa, pero ya era muy tarde. Miró el reloj y comprobó que pasaban de las diez y media y, en Sant Mena, después de las nueve de la noche, lo cerraban todo menos la niebla. O soltaban la niebla después de echar las persianas. No sabía bien. Si iba a su casa, lo mismo se estaba pasando de la línea («y eso sí que no, Javi»).

«Raquel, Raquel». El Javi O. echó a andar hacia la parte alta de Sant Mena (donde estaba la casa de los padres de la Raquel M.). Tiró por uno de los callejones sin considerar apenas las muchas sombras que lo poblaban. En su pueblo, las farolas que no se estropeaban de viejas las reventaban los chavales a pedradas y, en callejones como aquel, podía caminarse un largo trecho a oscuras. Solía tratarse de pasos estrechos y tortuosos y, si el cielo se tragaba las estrellas, las paredes se crecían abominablemente hacia las alturas.

Al Javi le daba igual. Él era un militar instruido. Un hombre. Él no tenía miedo. Podía darle mal rollo no saber hasta dónde subían las paredes aquella noche del cuatro de noviembre de 1985, pero él no estaba para hostias. Él estaba por llamar al timbre de la puerta de su casa. «Raquel, Raquel». Él tenía decidido buscarla en la ventana de su habitación. Le tiraría piedrecitas, como un enamorado. Se la quería follar y tenía que ser aquella misma noche, joder.

Salió sin quererlo a la plaza del caracol y cruzó bajo el esqueleto de la moixera. Atajaría por la fábrica (en aquellos callejones, nadie había pensado nunca en instalar una puta farola). Le daba igual todo. Hacía ya rato que estaba yendo a su casa. Primero miraría si había luz en su cuarto y luego, si eso, ya llamaría. Le dolían en el orgullo las frases que le había puesto en las postales. No sabía dónde estaba metido el orgullo de los cojones, pero sentía un puñado de rabia y de vergüenza.

Torció la esquina y se adentró en el sucio callejón que flanqueaba la nave industrial. «Raquel, Raquel». La impotencia (la frustración, que ella no contestara sus llamadas) lo devolvía sin remedio a los besos que se habían dado en la cama y que no tenían nada que ver con follar. Entonces oyó algo que le llamó mucho la atención a su paso. Dentro de la fábrica (qué mal rollo) se lo estaban montando.

Se detuvo (en la oscuridad del pasillo, bajo el cielo negro) y escuchó atentamente. Alguien estaba gimiendo. Era una chica. El Javi la oía al otro lado del tabique de ladrillos que tapiaba una de las ventanas de la fábrica abandonada. Se subió al alféizar sin dudarlo y sintió (que no oyó) cómo se corría. «Qué cerda». Luego se quedaron callados y, al poco, hablaron algo, como en susurros. El Javi se acordó entonces de las cosas que se dijeron él y la Raquel M. después de correrse, pero la voz del hombre no era cariñosa, ni lo había sido nunca. Era hosca y se expresaba con una sombra terrible de violencia.

Ella volvió a gemir. El Javi no se podía hacer a la idea de lo que estaba pasando allí dentro. Ella (entonces) no gemía de placer. Parecía, más bien, que estuviese rogando. O llorando. Y el Javi, a la luz de la voz dura del hombre, puso en duda que ella se hubiese corrido antes (como pensaba). Vio titubear el débil resplandor de una vela por encima de la tapia y se asomó con cuidado al interior. Había un colchón en el suelo, y unas velas. Había una botella de licor medio vacía y ropa tirada por ahí (chaquetas, pantalones, camisas). Vio unas botas horrorosas junto a unas bragas. La chica estaba en otra parte, casi fuera del alcance de la luz. El Javi tardó un rato en vislumbrarla, blanca y desnuda, recostada contra una columna de acero… Pero él no estaba. No lo veía y, desde que el Javi se había asomado al interior de la fábrica abandonada, se estaba callado.

—Si te ve, te mata.

La vocecilla surgió directamente de las sombras, a su espalda. El Javi casi se mata del susto. Se bajó con los puños cerrados, dispuesto a partirle la cara a quien hiciera falta. «¡Quién, va, cojones!». El Kiko, un chalado del pueblo, había estado allí todo el tiempo:

—Si te ve, en serio…

—Qué?!

—No puedes mirar. Yo no miro.

El Javi vio (sin quererlo) que el Kiko, un chalado del pueblo, se había sacado la chorra y se la estaba sacudiendo mientras le decía «puedes venir a escuchar conmigo, si quieres».

—Eh?!

—Pero no puedes mirar, vale?

El asco (el miedo) lo impulsó al frente, a reventarle la cara a hostias. No debió darle más que dos ó tres puñetazos en la cabezota, pero la sangre le resbalaba por la mano y la mano le temblaba un montón (por causa de los nervios) y aquel pobre desgraciado, al final, le daba mucha pena con la boca rota y la mirada impedida («qu'está chalado, joder»). El Javi O. lo soltó en el suelo y salió corriendo. Huía como un fugitivo, de vuelta a casa, por los oscuros callejones de Sant Mena y se repetía «Raquel, Raquel» todo el rato y no dejaba de ver a la chica desnuda y blanca contra una columna de acero en el interior de la fábrica abandonada de Can Baixeres.

Aquella noche del cuatro de noviembre de 1985, no podría dormir (los ojos del chalado estaban salpicados de sangre y Él seguía callado en algún lugar, no muy lejos de su cuarto).