El misterio de Sant Mena

7 de noviembre de 1985

—Pelopo!

—Tu padre, tapón!

El pelopo era el Míguel y el tapón de botella, el Pedro. Dos buenos amigos del 7ºC que se despedían, como casi cada tarde, hasta el día siguiente (en aquella ocasión, un viernes). El Dani V., que volvía del cole con ellos, devolvió el saludo al Pedro con una sonrisa en la cara, el puño en alto y el dedo del medio levantado:

—Puto enano.

—Ya ves.

El Míguel se sentó en un banco de la plaza del caracol. No eran las cinco y cuarto de la tarde y el día se perdía por los rincones, entre sombras inquietas y un vago rumor en el aire. El árbol (la moixera) estaba pelado y, si el Míguel miraba entre sus ramas, se encontraba las últimas luces del cielo en lo alto del firmamento: en aquel momento, iban del dorado al rosa (algo entre precioso y delicado), pero el Míguel pasaba de todo. Todo lo del mundo, se entiende. Él estaba por otras cosas:

—Tú te crees lo del espirituismo?

—Espiri-tis-mo, anormal.

—Eso.

—No, yo paso.

—Yo sí.

Nada, en las piedras de la plaza, presagiaba el mundo de los muertos ante sus ojos. No había rastro de sus voces en el aire frío de la tarde y, sin embargo, aquel silencio se le antojaba al Míguel más elocuente que sus propias ganas de encontrarlos. Tenían que estar allí, metidos en alguna parte:

—Yo qué sé. No creo que me muera y ya'stá, no?

—No sé, tío. Da…

—Ya.

—Da un poco de yuyu pensarlo.

El final (de uno, de la vida, de todo) hallaba su eco en cada palmo de la plaza. Los dos sabían que, tarde o temprano, las cosas que alguna vez inician un movimiento acaban muy quietas en un punto cualquiera, como olvidadas del fragor del universo. La energía era finita y todo eso, y tendía a agotarse en el tiempo, claro, pero el Míguel se resistía a soportarlo un segundo más.

—Joder. Es que'n la fábrica vimos unas velas.

—Ya.

—Seguro c'ahí dentro hacen cosas.

—Fijo.

—Me han dicho que las velas se ponen para, para…

—Para qué?

—Cómo se dice?

—El qué?

—Joder, no me sale, tío…

—Pero tú lo viste?

—El qué?

—Las velas.

—Sí, tío.

—Dentro de la fábrica?

—Que sí, tío. Estaban puestas así, como una redonda, en el suelo.

—Ya.

—Eso no es normal.

—No.

—Qué va. Eso es para hacer algo.

—Fijo.

—Tú quieres verlo?

—El qué?

—Eso.

—No. Yo paso, tío.

—Vamos ahora o qué?

—Ahora?

—Que sí.

—Pa'qué?

—Pa'verlo.

—No. Que s'hace tarde, tío.

—Si llegamos en un plis…

—Ya, pero no se ve nada.

Las luces del cielo habían torcido del morado más dulce a un azul oscuro, oscuro, oscuro. No se veía gran cosa a más de dos pasos. Las farolas de Sant Mena seguían todas rotas o apagadas.

—Ya. Podemos ir otro día.

—No sé, tío. Yo paso.

—Buah, tío…

«Fijo que pasa algo» se lo contó el Míguel a sí mismo. El pobre chaval sentía muy fuerte en el pecho (es decir, estaba convencido) de que algo muy turbio y muy negro se cocía en las entrañas de la fábrica abandonada de Can Baixeres. Sin saberlo, negaba todo el rato con la cabeza: «No sé, no sé».

—El qué?

—Yo vi las velas, tío. Y el Oliver me dijo'l martes por la mañana c'oyó voces de muertos.

—Cuándo?

—Cuando fuimos.

—En la fábrica?!

—Sí.

—Es un cagao.

—Ya, tío, pero t'imaginas?

—Buah…

La misma plaza del caracol donde estaban sentados bullía en sombras capaces de albergar una miríada de espíritus malignos. No se oía nada, sin embargo. El lugar era muy antiguo. Los dos habían escuchado decir en clase que allí había vivido la gente de la época medieval, cosa de hacía mogollón de años, cuando los caballeros y los remenças guerreaban entre sí. El Dani razonó de inmediato que, si toda aquella gente había parado por allí en vida, podían volver después de muertos. Podían estarse allí, con ellos, en aquel preciso momento y podían, a lo mejor, estar hablándoles cosas de muertos al oído:

—Qué decían?

—Las voces?

—Sí.

—No lo sé (no me lo dijo).

—Mal rollo, tío.

El Dani se volvió para adentro sin quererlo. Llevaba rato pensando en irse a casa a ver la tele y se encontraba, sin embargo, ante aquella forma de miedo sin forma otra vez. Era sólo un recuerdo (el recuerdo de algo que no vio), pero, para él, aquello era más cierto que la existencia de las amebas, los caballeros o los remenças.

—Qué pasa, Dani?

—Nada, nada. Bueno… la otra noche, sabes?

—Cuándo?

—Cuando…

Cuando no podía dormir. Cuando su padre se lió a hostias con el televisor. Cuando sintió y no sintió el crujido sordo de la tierra. Cuando no pudo ver cómo aquello que no era una ameba proteica en una placa de Petri se cernía sobre todo Sant Mena.

—La otra noche, que no me… Que tuve como una pesadilla.

—Qué pasaba?

—No sé. Era algo raro, tío, como que algo venía para el pueblo, a por nosotros. S-sentía… Tú t'acuerdas de los bichos de los microscopios, en naturales?

—No mucho, por?

—Da igual. Es como si tenga que pasar algo malo.

—Como si fuera un aviso?

—Sí. No sé.

—Buah, tío! Tenemos que ir a la fábrica.

—Por?

—Fijo que está pasando algo chungo.

—No sé, tío. Pa'mí que te flipas…

—Que no?

—Ya. No sé. Pero si aquí no pasa nunca nada, tío…

La noche incipiente, minutos antes de las seis de la tarde, se callaba demasiadas cosas como para disuadirlos. Los ojos de los chavales podían imaginar toda clase de rostros (de espíritus, de muertos) en la penumbra de la plaza del caracol. La gente del medievo y la gente de después no bregaba por llamar su atención. Había, sin embargo, un rumor vago en las ramas moribundas de la moixera. El Míguel miraba la chimenea de la fábrica y se imaginaba un vómito de humo venenoso subiendo hacia las tinieblas del cielo. En clase, les habían contado que se habían usado hornos industriales para quemar personas (no sólo brujas). Esto, después de la época medieval. Y el Míguel con el Dani no se podían convencer de lo contrario viendo bullir las sombras de la plaza del caracol.