El misterio de Sant Mena

Octubre de 1985

Aquella noche de finales de octubre de 1985 no hubo luces en el cielo de Sant Mena, ni estruendo de voces en las montañas cercanas. Se produjo, sin embargo, una pequeña bajada de tensión en la red eléctrica, semejante, en su duración, a un bostezo grotesco y cruel, que fue seguida de un zumbido grave en el horizonte cercano de los pueblos vecinos. Nadie se molestó en escuchar. Aquello sucedió como si no hubiera sucedido nada.

A la señora Enriqueta O. se le cayó de las manos un vaso de leche calentita sin motivo aparente. Lo último que podía pensar era que, en aquel preciso momento, una entidad monstruosa había decidido devorarlos a todos un día, pero la pobre mujer no podía dejar de preguntarse por el golpe de viento oscuro y silencioso que había cruzado su cocina para arrebatarle el vaso de las manos como una cosa inservible y vana a la luz de la catástrofe venidera. Recogió los cristales con cuidado de no cortarse (tenía, sin saber por qué, un gran temor a derramar su sangre antes de tiempo) y fregó el suelo con agua y lejía dos veces. Luego se volvió medrosamente a su mecedora, a hacer calceta. Quería esperar despierta a su hijo, que había salido a tomar un rato el fresco. Javi O., su hijo, paseaba su tedio unas calles más abajo. Andaba sin rumbo, ni propósito en la vida, cuando sintió el vuelo furtivo de una bandada de palomas sobre su cabeza. Echó un vistazo al cielo nocturno de Sant Mena y tropezó con la luz de una farola. Javi O. no pudo ver nada, pero sabía que las palomas no vuelan de noche. En ninguna parte del mundo, salvo en su pueblo de mierda, se tenía noticia de palomas noctámbulas. Pensó que algo tenía que ir realmente mal si hasta los pájaros se largaban de allí. La noche se había cerrado muchísimo por la parte de poniente y él ya había empezado a contar los días que le quedaban para largarse del pueblo.

La madre de Sofi T., una mujer que vivía sola en un caserón destartalado a las afueras de Sant Mena, temió por la vida de su pequeña mientras miraba un programa de variedades en la televisión. No oyó nada extraño en la planta de arriba, pero sintió muy claro cómo una sombra hambrienta se colaba en el dormitorio de su hija. Subió las escaleras corriendo, cruzó el pasillo a oscuras sin pensárselo dos veces y abrió la puerta de la habitación. La niña estaba durmiendo en su cama. Y todo, a su alrededor, estaba muy quieto. La madre de Sofi T. no encendió la luz, ni identificó a la sombra hambrienta en un rincón del cuarto. La mujer buscaba más allá, en la ventana que daba al bosque tenebroso. No podía suponer que el capricho de un ente en el que no caben los caprichos (ni la repulsión, ni el deseo) lo movería algún día a tender sus tentáculos sin forma sobre los habitantes de Sant Mena, ni podía imaginar tampoco la voracidad ciega que impulsa de un modo similar a los protozoos en una placa de Petri. Ella no había tenido ocasión de estudiar. Apenas sí sabía leer. Si hubiera sabido, no habría podido dormir pensando en la vida brutal que se revela gracias a las lentes de los microscopios.

El pobre Dani V., metido en su cama desde hacía una hora, quería comprender si cabía alguna forma de voluntad en aquellas formas de vida minúsculas que le habían enseñado en el laboratorio, a tercera hora de la mañana, durante la clase de naturales. Recordaba el terror de los paramecios rodeados de la sustancia monstruosa de la ameba proteica e intuía en la noche una masa amorfa viniéndose encima de todo Sant Mena. No lo había soñado. No podía dormir. Era una intención (donde no cabían intenciones) acercándose a su pueblo. La confundió por un momento con las voces malhumoradas de su padre en el comedor. Al parecer, la televisión se había estropeado, pero nadie iba a relacionar nunca la avería temporal de un electrodoméstico con el crujido sordo de la tierra que sostenía la totalidad de los edificios del municipio. Dani V. comprendió entonces que la monstruosidad que les acechaba no podía descender del cielo y David B., un vecino de su misma calle, soñó al momento con un gusano gigantesco y glotón que carecía de ojos y, por lo tanto, de inteligencia. Aquella criatura que había dormido un sueño pesado y negro durante miles de años sólo había empezado a desperezarse. El niño que era entonces David B. se sintió aliviado al comprender que la gran boca del gusano todavía tardaría unos cuantos años en escapar del sopor que la atenazaba mortalmente. Para cuando el monstruo pudiera deslizarse debajo de la tierra con movimientos sinuosos y torpes, él ya sería mayor y podría marcharse de Sant Mena en una motocicleta de segunda mano.

En la casa de enfrente, Anton M. apuraba otro cigarrillo. No reparó en la bajada de tensión de la red eléctrica que estremeció a la población durante unos segundos, ni sintió que temblara el suelo bajo sus pies. Tenía la muerte entre los dedos y se la estaba tomando en sorbos muy cortos. Él no moriría devorado por ninguna entidad monstruosa. Él tenía decidido ofrecer su carne en sacrificio a algún cáncer anodino y vulgar en los próximos años. No dejaría un cadáver exquisito. Se sentía más inclinado a morir como un saco de huesos exhaustos en un pasillo cualquiera de la sanidad pública. Su temor, aquella noche de finales de octubre de 1985, emanaba del asfalto de la carretera comarcal que partía Sant Mena en dos. Algún día un coche anónimo se llevaría por delante la vida de su hijo pequeño, el Miquel, en su camino de Caldes de Montbui a Polinyà y él no podría soportarlo. En el preciso momento de la pulsión, cuando las aves alzaron su vuelo noctámbulo sobre los tejados de Sant Mena, Anton M. se aferraba con fuerza a la barandilla del balcón. Sentía horror del dolor en la vida y supuso que, tarde o temprano, todas aquellas casas se vaciarían de gente y el pueblo acabaría abandonado, como tantos otros antes en el curso de la historia. Para entonces, su hijo llevaría varios años muerto y, a él, si seguía con vida, no le importaría mayormente lo que le pasara a Sant Mena y a sus habitantes. Se puso otro cigarro en los labios. Lo encendió y, detrás de la primera bocanada de humo, vio cruzar un vehículo por la calle. Mientras pasaba lentamente frente a la puerta de su casa, se acordó de su otro hijo, el Jaume, y volvió su pensamiento hacia la carretera que conducía los coches de Caldes de Montbui a Castellar del Vallès, Polinyà o Sabadell.

Un R11 redujo la velocidad a menos de diez quilómetros por hora a su paso por Anselm Clavé con Josep Duran. Aquello que su conductor tuvo por una masa de niebla inoportuna era, en realidad, un vapor turbio que brotaba sin explicación de la entraña del alcantarillado. El vehículo circuló con cuidado de no atropellar a ningún crío escapado de su casa y se introdujo en la miasma con miedo de aparecer en otra comarca. El hedor era espantoso. Parecía como si los sepulcros de mil cementerios se hubiesen abierto aquella noche de finales de octubre para infestar con su horror de muertos putrefactos el cielo más negro de la década. No había ni luna ni estrellas en el firmamento y los faros del R11 no alcanzaron a iluminar el cuerpo sin vida de Ramón P. sobre la acera. Nadie, al día siguiente, podría relacionar su muerte con el crujido sordo bajo la tierra o la bajada de tensión en la red eléctrica. Al otro lado de la espesura, la carretera seguía cuesta abajo como acostumbraba. El vehículo salió del pueblo sin volver la vista atrás, arrastrando consigo la viva impresión de los cadáveres en descomposición. El infierno debía ser un lugar subterráneo, oscuro y recóndito. Después de la segunda curva, el retrovisor fundió a negro el reflejo de Sant Mena y el R11 se perdió en la noche.

La pestilencia era una noción insoportable que le inflamaba las sienes a Teresa G. mientras se cortaba las uñas de los pies en el cuarto de baño. Después de fundirse la bombilla que iluminaba el espejo del tocador, le había inundado las fosas nasales una sombra de náusea repugnante. Aquello debía surgir de muy abajo, de las cañerías. Ya no tenía ganas de ponerse con el peine. Arreglarse el pelo crespo y desmadrado se le antojaba un imposible. Mejor hubiera estado arrancárselo todo de la cabeza y empezar de cero. Sentía la necesidad de reventar el espejo a hostias, con algo. Lo que fuera. Respiró hondo en contra de su propio deseo. Abrió el grifo, pero no se refrescó la cara porque el agua hedía a huevo podrido. Una apetencia monstruosa, como un contrantojo histérico, le invadía el interior del pecho. No estaba embarazada otra vez. Estaba incubando en secreto un tumor peludo, con sus propios dientecitos y su ojo abierto a todas horas. Aquello le escrutaba el interior de las entrañas mientras dormía. Por eso no dormía, como su hija Olga, que mantenía los párpados muy separados en la soledad de su habitación. Miraba el techo y creía oír unos pasos subiendo por las escaleras de la cripta. Su sombra estaba por llegar con el brazo extendido y los dedos larguísimos de muerte. Nadie podría protegerla. La tierna Olga M. sentía latir la piedra de los peldaños en su cabeza. No le molestaba la negrura del pasillo, ni la vejez del mundo. Si tenía miedo de algo, lo tenía de aquella presencia ominosa que seguía subiendo los escalones de la cripta del castillo en completo silencio. Él era la misma Peste. Pero no era Él, que aquello no podía ser nadie. Lo que fuese, era viejo como la misma noche, pero a Olga no le importaban los años, sino los montones de cuerpos pudriéndose en las aceras de su barrio a plena luz del día. Quiso gritar. No soportaba el peso que se le había puesto encima. Era demasiado pequeña para albergar un terror tan grande. Escuchaba el grifo del cuarto de baño y no era capaz de ponerle un nombre a aquello porque, en su habitación, todavía no había pasado lo que estaba por pasarle a todo Sant Mena si nadie lo remediaba.

Sergio L., sin embargo, lo vio muy claro desde el principio: la masa oscura, que era como un feo manchurrón de pintura en el aire, no estaba escapando de la capillita del antiguo castillo de Sant Mena, sino que estaba entrando en su interior. La secuencia se reproducía siempre al revés, como en una cinta VHS puesta a rebobinar: filtrándose por las rendijas del tejado de la capillita, brotaban unos hilillos de una sustancia negra y pegajosa que se iban enmarañando en una masa viviente de negrura sobre el castillo. Aunque se mantenía suspendida en el aire, no recordaba en nada una forma gaseosa. Era algo entre sólido y líquido que, luego de regenerarse por completo, salía de plano por la esquina superior derecha (esto es, bajaba). El niño Sergio L. supo que la secuencia se reproducía marcha atrás por el granulado de la imagen, por las líneas horizontales que cruzaban la pantalla y por el raro vaivén de las copas de los cipreses. Él mismo, al volver del cole, había expulsado al malvado Barlow de la cocina de los Petrie una docena de veces (lo menos). A golpe de botón, lo había hecho retroceder hasta que se hundía en su capa negra, cesaban los temblores y la luz de las lámparas iluminaba de nuevo el lugar. Los padres de su admirado Mark volvían a vivir por medio de su acción reparadora. Aquella era la particular manera que tenía Sergio L. de conjurar la maldición que se cernía inexorablemente sobre Sant Mena, pero no había mando para parar la secuencia de la mancha oscura penetrando en la capilla (una vez tras otra) y él no quería ponerse a llorar sin motivo aparente.

Juan P. apagó el televisor y encendió la luz del pasillo. Había descubierto en el espacio entre variedad y variedad un agujero espantoso. No había nada distinto a los programas televisivos de otros días, pero Juan P., aquella noche, no se distraía ni con los chistes, ni con las piernas de las bailarinas. Sólo veía gente que se movía por no morirse de asco. Creía haber descubierto que no paraban quietos para no saberse realmente muertos. Lógicamente, se preguntó por su propia vida, pero, antes de responder a nada, fue al lavabo, a mear. Entró al baño a oscuras, por no encender el interruptor, y pisó un bicho asqueroso con el pie descalzo. Lo más repugnante de todo no fue la mancha en el suelo, ni la sensación de viscosidad en la piel, sino el eco del crujido de la carcasa del insecto al resquebrajarse, que evocaba irremediablemente el vómito nauseabundo de sus entrañas. No miró demasiado. Restregó como pudo la planta del pie en la superficie de otra baldosa y se fue a la cocina, en busca de la fregona. La luz del fluorescente, entre parpadeo y parpadeo, le enseñó el solitario pedazo de papel sobre la mesa vacía. Era un número de teléfono escrito a boli expresamente para él. Juan P. quiso cogerlo en el momento en que se produjo la bajada de tensión en la red eléctrica. Aquello le distrajo. El papel resbaló de entre sus dedos y voló debajo de un armario. Juan P. maldijo su suerte y toda la red eléctrica del puñetero Sant Mena. Aunque el papel con el número de teléfono de Rosa S. no iba a ir a ninguna parte, no podía dejarla allí toda la noche, con el polvo y la mierda de su cocina. Se decidió a mover el mueble en contra de la paciencia de sus vecinos a aquellas horas. De un solo empujón, apartó el armario de la pared y buscó el pedazo de papel en el suelo. Halló, sin embargo, un racimo de pupas de insecto enganchado en la parte de atrás del mueble. Sintió una arcada de asco vivo en la boca del estómago. Había muchas más crisálidas de las que estaba dispuesto a contar. Valiéndose de un tenedor que estaba por fregar, quiso despegar una de las pupas, pero, en cuanto la tocó, se reventó como una ampolla purulenta que esperase a ser tocada para reventar. De su interior, se derramó un reguero de bilis sanguinolenta que descendió por el mango del tenedor que Juan P. sostenía con la mano derecha. Entonces, sintió asco de la vida misma y pensó en no llamarla porque había, alrededor de Rosa S., una sombra negrísima. Juan P. la sintió por primera vez en la visión del racimo de pupas de su cocina.