Las cavernarias

El último beso de G

Un diván ceniciento de Madrid

y una tenue nostalgia sevillana.

Un hombre ya maduro reclinado

sobre una chica: labios entornados,

facciones de cristal y ojos azules.

En su tierna mirada de muchacha

reflejados su rostro, serio o triste,

vivos los ojos, la barba fornida.

Las ventanas les silban el invierno

y un leve y repentino escalofrío

eriza las cortinas.

La espesa cabellera desplegada

sobre sus cándidas ensoñaciones.

Las chorreras, la blusa y sus botones;

los volantes, la falda y sus mejillas.

Sus labios, sus mejillas, su nariz.

Sus senos y sus hombros y sus labios.

Mientras leía en braile sus enaguas

¡una sombra una pústula una costra!

Se abalanzó a sus ojos con terror,

se le rasgó el vapor de la mirada.

El brillo tácito de sus retinas

le reveló la oscura noticia.

Millares de picadas de telégrafo

corretearon por su calavera

con un vil traqueteo de resina,

y sin poder soportar la tortura

se alzó de entre sus brazos escupiéndole

una mirada al borde de la náusea.

Desesperada, le ofreció su cuerpo,

su vergüenza velluda humedecida.

Por todas las rendijas de su boca

sintió que hervían gusanos negros

haciéndose camino entre su carne.

El tiempo sollozó rocas de granito

allá en su cordillera milenaria.

La historia, impertérrita, siguió

observándolo envuelta entre sus nieblas.

Día tras día, preso en su buhardilla,

dejó que transcurrieran las semanas

tan sólo con la ayuda de su hermano.

Le traía de comer, le cambiaba las sábanas.

Aquel estrecho piso se quedó

por completo a merced de la penumbra.

Una mano cualquiera le cegó los espejos,

otra enterró los viejos retratos bajo mantas.

El tiempo se inclinó sobre sus hombros

con todo el peso de sus grandes alas.

Algún velón rasgaba la ceguera

de su lúgubre alcoba, estrecho tanatorio.

Una tarde la fiebre se presentó en su cuarto.

Eran más de las doce.

La aburrida lujuria se entretuvo

mostrándose con forma de muchacha

trocando sus tentáculos por fina cabellera,

cubriendo sus escamas vejigosas

con piel virgen y plácida.

El musgo de sus órbitas reptaba

amarillo, buscando su pupila,

y el laurel de sus sienes penetró en su cerebro

como raíces de cera caliente.

Lujuria se sentó al pie de aquel camastro.

Le siseó palabras de otro tiempo.

sus nidos a colgar

Se las flotaba como un humo extraño,

como una bruma espesa y fantasmal

que lo cercaba y le envolvía el torso

sus nidos a colgar

hasta enroscarse en su lánguido oído

con un eco chicloso

sus nidos a colgar

Logró esquivar las dementes visiones

—el acento perpetuo de sus versos—

apretando los dientes, a tientas, con tropiezos.

Las calles rebosaban noche.

Un reflejo estival, febril, candente,

envenenaba sus ojos agudos.

Se apretó las solapas contra el cuello

y echó a andar por las calles solitarias.

Un silencio polar de ventisca iracunda

acallaba sus pasos.

La fiebre le acechaba detrás de las esquinas

con sus ventosas de goma caliente

para arrancarle el último latido.

Pateó, tranco a tranco,

callejones angostos y plazas asfixiantes,

jugando, llamarán

tropezando en el fango,

encaramándose a la compasión

del vuelto transeúnte

jugando, llamarán

o cayendo hacia el beso en la mejilla

del suelo adoquinado

jugando, llamarán

hasta caer rendido en una fuentecilla

de canto gélido y chorro abismal

ésas… ¡no volverán!