Las cavernarias

Los himnos de M

I

Esas guirnaldas de escarcha, cebollas

arrancadas del llanto de un cabrero,

que se pudrieron en los grises muros

de una cárcel cualquiera, se murieron

con anhelos tardíos de objeción,

entre sueños de indulto se murieron.

Las paredes selladas de humedades

a cal y canto, lapidando el tiempo,

esas eternas paredes tan negras,

esas paredes que no cruza el viento.

Enfangadas trincheras en noviembre,

resecas en agosto, floridas de muertos

todos los meses; amigos o hermanos

todos los meses, y todos tus versos

uniendo a los hermanos de la sangre,

erguido frente a ellos, tembloroso,

levantando, pagano, más que un templo,

encomendando al viento la palabra

(el pecho ardiendo, la garganta clara)

predicando entre las armas con ejemplos.

Con la voz desterrada, con la pena

de muerte en las espaldas, sigues, sigues

el mundanal ruïdo de la guerra.

Con la luz de tus hijos, sigues, sigues

a la oscura política de fuera.

No hay lamento, no hay culpa, ¡nada!

Fue necesario un hombre que tuviera

la valentía de gritar "¡ya basta!"

II

Los días pasan; los años, pasando,

pasan. Pasan penando; penan, penan

y pasan.

Él, todavía entre sus muros, sus muros,

muros y muros, siempre negros,

siempre muros aquellos negros muros

sin una tibia ventanita con

unos dulces barrotes por los que

el viento se llevase el aire oscuro

el aire viejo el aire denso el aire

y luego el aire el aire, ése, siempre

la misma bocanada el mismo aire

del día en que llegó. Ya nunca grita,

nunca nunca, porque el grito retumba,

sólo se tumba y cierra los ojos

hasta que todo se calma como una

tumba.

A veces, siempre en la litera, siempre,

procura recordar lo de allá fuera

pero no puede porque se le vienen

visiones de los muros y visiones

de una playa de cráneos en el suelo

y el furioso esqueleto del silencio

y el esqueleto del amor y el de

la carne derramada y el

esqueleto del hambre el esqueleto

del silencio otra vez y fíjamente

lo miran con sus cuencas negras y

con sus cuencas vacías, fíjamente,

lo miran uno a uno el esqueleto

del hambre del silencio el esqueleto

del amor de la carne derramada

los esqueletos cogidos y juntos

bajo el cielo arenoso del sepulcro

cantando una vieja jarcha,

aquel delirante ensueño

que golpea su memoria;

el luminoso recuerdo:

entre las flores, su esposa.

Flor de marzo, flor de abril

dime si volverá a mí.