Noches en Poderna

Anagnórisis de los dos amigos o El encuentro del bachiller Joan Pere con el Guiraut de la Escombrera

cavilaciones como las callejuelas aquellas. Tenebrosas, tortuosas, arcaizantes. Camina, sin embargo, porque, leyendo de mala gana cierto pliego que estuvo de moda hace ya unos años, ha dado con la manera de robarle un beso a su Aldonça. El bachiller Joan Pere necesita un ejemplar de la comedia de Dante el florentín. Aunque haya pasado por muchas manos, aquellos versos del quinto canto infernal bien le valdrán la ocasión de tenerla entre los brazos. No quiere otra cosa. Hace meses que procura topar con ella si anda suelto por la calle. Sabe qué días suele ir a qué sitios. Luego de verla, la mira y, si cabe, pasa cerca, pero no logra nunca más que rendir el gesto a su paso. No puede otra cosa. A veces ella le ha sonreído con amabilidad. Parece que le da ternura cuando él se echa atrás yendo tan decidido al frente. Otras veces, no. Es como si estuviera harta de que la vergüenza pueda tanto en él. Aburrida, acaso, de esperarle. El otro día estaba hablando con otro. ¡Con otro! Era un pobre diablo, carne de andamio, que le decía algunas gracias y ella, l'Aldonça, se las reía, pero, cuando cesaba en la risa, miraba a ver si la miraba y el Joan Pere, claro, la estaba mirando. Siempre la está mirando. Pero no se queja. La miraría siempre. A fin de cuentas,

Sino os vuiera mirado,

no penara,

pero tampoco os mirara.

El pasadizo desemboca, al final, en la plaza del Pou. El pozo está cegado, o eso dicen, así que ya no hay pozo en la plaza, pero el brocal, aquel murete de piedra erigido en tiempos de superstición y horca, da idea de abismo de negrura terrible. Algo espantoso de veras. La tarde con su luz no alcanza el empedrado viejo del lugar. Abunda la penumbra. La quietud persiste. El bachiller Joan Pere busca el cielo sobre los aleros, en lo más alto de los edificios. El mundo sigue ahí fuera. El mundo, lo que quiera que sea… Necesita un ejemplar de la comedia del florentín. Infierno, canto V. Cruza junto al que fuera pozo y

—Juanito?

—Eh?

—Juanito, nen, que sóc jo!

—Guiri?

—Collons, Juanito, quin fart de dies!

El bachiller Joan Pere ha encontrado al que fuera su amigo Guiraut tirado en el suelo, recostado sobre el murete del antiguo pozo. Está puesto sobre una tabla de madera con ruedecitas. Algo muy rudimentario. Está sin piernas y está sonriente. El bachiller Joan Pere se lo mira desde arriba, profundamente contrariado. Tanto, que no le sale sino decir:

—Hòsties, Guiri, pensàvem que…

«T'havies mort» se lo calla a tiempo, pero está más que dicho.

—Sóc ben viu, malparit!

—Sí.

—I què, què feu?

—Poca cosa.

—Ja.

—I… I tu, què? Estàs… Com te trobes?

—Fotut, noi.

—Ja.

—M'han tret les cames, però m'han deixat tot el mal.

—E-et fan mal…?

—Les cames, sí. No hi són, però com si…

—Hòsties.

—Ja.

—I no prens res? No te donen

—M'hi poso fregues de fray Luis, ja saps. Molt

—Collons, Guiri, que n'ets de…!

—Ai, las! Amb lo que jo'm fotia de la coixera d'en puto Quevedo!

—Tu vas estar sempre molt gongorino per tot.

—Prou, prou. Com era allò d-de la… la turba de las nocturnas aves?

—In-fa-me tur-ba de noc-tur-nas a-ves…

—…gimiendo tristes y volando graves!

—Això.

—És bo, diantre!

—Sí.

—Perquè eren dies bons, aquells… verdá? Verdá, Juanito?

El bachiller Joan Pere no dice nada. Se mantiene de pie, serio, muy callado, y se pregunta realmente si aquellos días fueron buenos y, a medida que los recuerda y comprende que no volverán, porque no es posible, porque son idos, va haciendo que sí con la cabeza. No se da cuenta, ni le da mayor importancia al gesto, pero hace que sí con la cabeza con mucha pena. Pena que es nostalgia. Pena de ver postrado a su amigo Guiraut. Pena grande de la vida misma, en fin, que le puede no poco:

—I co-com és que no deies res? Com és que… Per què no venies a classe, Guiri?

—No puc. Hòsties, Juanito…

—Què no pots, hideputa?

—Tota'quella escalerada, collons!

—Guiri, collons, que pensàvem t'havies mort…

—Ja.

—Que les escales no… No, hòstia!

El bachiller Joan Pere se disgusta (aún más). Después de un rato, se agacha. Puesto de cuclillas, ve de cerca la costura de los pantalones cortados a tijera y la tacita de pedir los dineros. Es una vasija de barro muy humilde. Ve las manos de su amigo, sucias y endurecidas de andar por el suelo, y se sienta a su lado. No fueron al entierro. No preguntaron por su tumba. Al Guiraut de la Escombrera lo habían atropellado y estaba muerto y la vida sigue: l'Aldonça, los ejercicios escolásticos, la comedia de Dante el florentín. El bachiller Joan Pere se aborrece no poco. Detesta su cobardía con repugnancia y piensa que ya no lo piensa más:

—L'Enric i jo t'haguéssim pujat on fos. On fos, Guiri. I ho saps…

—Ja. Ja. Però que no, que no són… Que no ho vull això. Jo, això, no… Que no.

—Ja.

—A més a més…

—Què?

—On vaig jo a donar classe a ningú?

—Tu?

—Sí, collons, jo-jo.

—I qui collons t'ho demanava això?

—Hideputa… I tu per què fas lletres, malparit?

—Sí, sí.

—Qui m'ha de prendre en serio, així?

—Ja.

—Ja, fill de la gran puta?! Seràs…!

—No sé, Guiri… Jo penso… Ja saps que jo sempre he cregut que d'algo més ens han de servir les lletres, que no?

—Fijo que sí.

Luego de aquello, siguen hablando y no dicen nada y pasa la tarde y recogen algunas monedas más y siguen hablando y ríen y pasa la tarde y siguen riendo y nada. Parecen devueltos, de algún modo, a los días felices de antaño.