Noches en Poderna

Diálogo de la prisión o El hambre de los espectros

Desde que lo tienen encerrado en aquella celda del calabozo, oye todas las noches cómo se despliega una música de espectros que le sobrecoge el ánimo horriblemente. Sucede cerca de las nueve, poco antes de las campanadas. La melodía desciende de la calle, como la sombra y la niebla que caen de ninguna parte. El maestro Miguelillo busca a través de los barrotes cuando siente que le hiere el corazón, pero otro son le llega desde dentro, por alentarle: «Es como'l timbre de mi voz antigua. Creerás escucharlo, pero nunca tendrás del cierto si yo'stuve nunca aquí, contigo».

—Es muy triste, verdá? Quiero decir… que's una canción muy bella, de ecos extraños, pero, lo que's a mí, me causa un hondo pesar, una tristeza vana.

—Ellos son tristes, como yo.

—Están presos, también?

—Sólo los conozco ansí.

—Y cómo tocan tan poco?

—No lo sé. Siempre he pensado que les lleva un gran esfuerzo tañer sus instrumentos d'otrora.

—Querría volver a oírlos ahora mismo, aunque, de otra parte, lamentaría muchísimo tanta tristeza seguida…

—Eres joven, todavía. No te pesan los hierros, como a mí.

—Pero me pesan las paredes y el techo, sobre la cabeza. Y me pesa una barbaridá el recuerdo de mi Marieta, aquí, en el pecho. No sé qué hacer conmigo, a estas horas.

—Oh… Lo siento. Yo ya no recordaba qué guardo dentro.

—Y qué guardas, aquí preso?

—Un amor pequeño, de juventud. Triste como la música de cámara del antiguo palacete, al menos. No querrías escucharlo… como yo lo escucho.

—No querría, y por eso pregunto.

—Es raro el hombre, verdá?

—No tanto, sólo que no lo sabe. Pero sigue con la cuenta de tu pena, hazme'l favor.

—Pues yo querría darte mejor su viva imagen, montada a caballo y con el cabello suelto… pero no puedo. Te hablaría de los muchachos del barrio como unas criaturas pobrísimas, que bajaban la cabeza si la veían pasar. Entonces era todo… No sé cómo era todo entonces, pero todos nosotros la queríamos coger como el que coge una flor del campo. No fuiste nunca a por renacuajos a la riera?

—Claro. Y a por lagartijas, culebras y gusanos.

—Y tanto daba que'stuvieran en la mano, no?

—Sí. Estaban mucho mejor a su aire.

—Aquella criatura era hermosa así.

—Suelta?

—Fuera de tu alcance. Ella… No querría que pensaras que ella era una mujer hermosa. Eso no importa. No fue'l su semblante el que nos traía locos, a todos nosotros.

—Y qué era?

—No lo sé decir.

El maestro Miguelillo mira, en su lugar, los muros de la prisión. Las piedras aborrecen el musgo y hay un rumor de pasadizos al otro lado, callando gravemente. Largos salones guardan un silencio sepulcral. La luz se confunde con el polvo de los siglos y el maestro Miguelillo no puede nada por ella. Vertiría la sangre de su corazón por traerla de vuelta, pero siente que la vida no iba a dejar de escurrirse por el sumidero que aguarda mudo en mitad de la celda.

—Quisiera… Yo quisiera que pudieras verla como yo la veo.

—Y yo, dime, qué hice para que pusieran a mi vida tanta cárcel?

El maestro Miguelillo pone los ojos en la noche de la calle, por si alguien pasa y lo siente, pero no hay pasos ahí fuera y él, sin embargo, querría decir su nombre por que alguien lo oyera: «Marieta». Querría llamarla a voces, «¡Marieta, Marieta!», y querría que lo rindiera el sueño, que ya ha tenido bastante por una vida. Entonces deja que la muchacha vuelva a cabalgar el viejo percherón del abuelo por las calles del barrio y, por un brevísimo momento, oye perderse el catacloc de sus cascos a lo lejos.

—No lo oyes?

—No lo sabes?

—No. No me importa saberlo.

—Eso es que no te pesan los hierros, como a mí.

—Vale. Estoy cansado y tengo sueño, unas ganas horribles de volver a casa, con mi mujer. Déjame dormir aquí mismo, sobre el suelo. Sólo necesito unos minutos y un pedazito azul del cielo, mañana por la mañana.

Nada, salvo el pelo suelto. El frío del piso le cala en los huesos y una forma muy pequeña de la muerte en mayúsculas comienza a comerle los pulmones. El maestro Miguelillo observa el ojo ciego del sumidero, por no sentir ya más, pero la chavala pasa sin mirar por delante de los chavales, otra vez. Luego, por salir de su encierro, sigue lo que la voz va repitiendo:

Tristes hombres

si no mueren de amores.

Eso lo ha soñado antes, sin embargo. Tristes, tristes, como los chavalitos que anhelan la libertad que la mueve y mueve sus cabellos, aquellos mismos chavales que fueron mucho más tristes después de tenerla: «Porque ella, si le plazía hacerlo, se daba gustosa'l que la pidiera».

—La tuviste nunca?

—Sí y, por esa razón, peno.

—Dime cómo fue.

Como el que descabeza una flor, sin más. Como un chasquido tierno. Le quebró el cuello como el que quiebra un tallo y la criaturita perdió todo el sentido.

—Pero yo no podía saberlo…

—El qué?

—Que no se tiene con los ojos, sino cogiendo. Y yo quise que fuera mía y l'acabé perdiendo.