Noches en Poderna

El apestado de las Cent Cases

Mientras camina. Mientras arrastra los pies. Mientras se empuja al frente. Él sigue aquí, como antes. Mientras le resta el aire. Mientras le muerde las sienes. Mientras le entumece las piernas. Él sigue aquí, como antes. Y la enfermedad, esa pestilencia que ha tomado su cuerpo mortal, le devora los años y los sueños. Le ha vedado el reposo. Le ha arrebatado la paz y, a la larga, ha de impedirle la vida. Pero él sigue aquí, como antes. Por eso avanza entre los cascotes. Por eso tira con el pecho de todo su ser. Por eso se empeña en seguir a este lado. Porque sigue aquí, como antes. Ni la pesadez de sus miembros, ni la fatiga nauseabunda que puebla su vientre desde hace meses, pueden con él. Va a la plaza. Va a la vuelta de la esquina. Va a aquí al lado. Saldrá al viejo empedrado y buscará en el cielo vespertino el recuerdo de la calma. El silencio que manaban las piedras después del trabajo. O la dicha, prendida del aire. Si no lo logra, se enfrentará al bordillo que hay entre su calle y la plaza. No le importa caerse porque tiene pensado ponerse en pie mientras pueda. Quiere tomar asiento en su banco de todas las tardes. Quiere buscar en las luces del crepúsculo, antes de la noche. Quiere pasar una vez más por allí porque sólo él sabe que sigue aquí, como antes. Los niños, los muy cabrones, se ríen dél. Le señalan con el dedo y se ríen. Le imitan a su paso y se ríen. No saben que brega. No saben que se obstina en su camino frente a un dolor sin fondo. No saben que se muere. Mientras resuella penosamente. Mientras descuida la boca abierta. Mientras deja resbalar la baba de sus labios. Él sigue aquí, como antes.