Noches en Poderna

El endecasílabo del maestro Miguelillo

A los maestros de escuela Pablo y Pau

Viendo el panorama de su clase, el maestro Miguelillo siente que quiere hacer un verso. Pero no le sale nada. No se le ocurre. Y no se le ocurre porque no halla ninguna poesía en la miseria de sus alumnos. La pena, sin embargo, le empuja a poner el paisaje triste de sus ojos en un endecasílabo. Porque siente pena y porque siente pena de sentir pena (y porque no quisiera sentirla tan hondo, dentro del pecho).

Aquel grupo de sucios críos, y este epíteto no piensa responder ante ninguna figura retórica, no tiene culpa de no guardar ninguna poesía en sus filas. El maestro Miguelillo sabe bien que son los hijos de la gente humilde de los barrios obreros de la vieja Poderna. Y dice humilde por no decir pobre. O por no llamarlos miserables. Pero él es poeta antes que maestro y siente (más que piensa) que debería ser capaz de decir pobre donde dice humilde porque humilde no es otra cosa que un eufemismo vil que no sirve ni a la verdá ni a la belleza.

La vida, llegado este punto, se le antoja al maestro Miguelillo más dura que en sus días de pastor, en la montaña. Más ardua, al pasarle por la garganta, que la dulce soledad de la sierra y de los campos, donde los otosílabos discurrían felices como arroyuelos y una metáfora viajaba dormida en la entraña de cada nube.

El maestro Miguelillo siente que no tiene ojos para la poesía de los pupitres y la pizarra. «Caballeretes», les dice, «aguarden en silencio un momentico, na'más», que venía de decirles algo, pero no recuerda el qué. El maestro Miguelillo no puede dejar de darle vueltas al endecasílabo sin poesía que recoja el panorama de niños sucios de su clase.

«Però, profe». Los alumnos se revuelven en sus sillas y el maestro Miguelillo ve claro (otra vez) que debería dejarlos correr por el monte de diez a doce, cada mañana. De tres a cuatro y media tenía pensado bajarlos a la riera, a cazar renacuajos. Y la lección, si nunca le preguntaban los padres por ella, la daría en un rato de reposo, a la sombra de un pino, que el endecasílabo son sólo once sílabas.

Lo cierto, que es verdá, es que no hay ningún arquitecto entre sus muchachos. Ni ningún jurista. Ni licenciados en filosofía y letras. Ni dueños. Ni jefes. Ni otra cosa que trabajadores sin preparación (que se dirían descualificados si hubiera valor). El maestro Miguelillo no ve más que fregonas, mozos de almacén y aprendices de manobra (de los que cargan sacos de cemento y cubos de agua) cuando mira a su alrededor.

«¡A de la vida!». Ya recuerda dónde estaban, pero el maestro Miguelillo no quiere volver al seso de Quevedo. Se cuestiona (otra vez) si sirve de algo hablarles a los chavales de las cuitas de un poeta muerto cientos de años antes (por más que las cuitas sean siempre las mismas, Quevedo no tuvo nunca ante sí el horizonte fabril de la vieja Poderna).

El maestro Miguelillo (mientras los chavales aguardan en sus pupitres) se plantea si no sería mejor referirles fábulas del mundo laboral que pusieran de manifiesto los derechos de los trabajadores, así como la caperuza roja advertía, y advierte, de la voracidad del lobo. «Al fin y al cabo», dice, «no son muchos y podríais aprenderlos todos en dos tardes». «¿El què, profe?». El maestro Miguelillo lo piensa en voz alta: «Vuestros derechos».

Hace tiempo, de hecho, que viene tramando una epopeya obrera con sus héroes sindicales, sus barricadas de fuego y su patronal feroz: «Niños, recordad que la vaga no aprovecha a nadie» (dígase con voz de ultratumba). Y tiene soñada una égloga fabril donde dos trabajadores surcan un crepúsculo incierto con una simple quaestio en el aire: «¿Vamos o venimos de la fábrica?». Pero nada de aquello consuela su pena de aquella mañana.

El endecasílabo de su pecho sigue vacío. «¿Nadie responde?». El Pablito levanta la mano y dice «jo, profe, jo» y el Pauet, que siempre se sienta a su lado, empieza a recitarlo todo de carrerilla: «al olmo viejo hendido por el rayo y en su mitá pudrido» y el maestro Miguelillo, oyéndolo todo de corrido, ve los brotes verdes en una rama del árbol (con el cielo azul y castellano de fondo) y presiente la procesión de las orugas hambrientas subiendo por el tronco y siente que iba a necesitar un mar de sal para matarlas a todas y comprende que el mundo, después de echar la sal a puñados, sería un erial blanco, un desierto vacío y grande como su endecasílabo sin poesía.