Noches en Poderna

El hombre de Na Celia en tres sueños

que no busquis marit. Ets una dona formosa i no cap a la teva natura la manca d'home al llit. Tens molt de bé a dintre, a les cames i al ventre, i més a sota, i no fóra bo que ho tanquessis tot al viure i al seu discórrer mundanal. Nota com la rosa es marceix a la fosca i faràs el que ara et dic, amb la sang d'un puput». Na Celia se quita las medias y las liga a una ramita de haya con una cinta de hilo blanca. El ramo se lo trajo de la sauva negra, que es negra por lo antiguo y lo apretado de su hayedo, después de visitar a la marona del bosque. Luego, en el camino de vuelta a casa, cogió un manojo de tomillo que dejaría olvidado en la colcha durante días. Por eso huele a campo todavía. Es un recuerdo dulce que llena el dormitorio y agrada mucho a Na Celia, quieta y en camisón. Se lo mira todo un momento antes de continuar: la rama, las manos, los muslos y los dedos descalzos sobre el piso. Luego pone la atadura debajo de la almohada, a los pies de la cama: «Puix que no ets donzella, sinó vídua, hi dormiràs del revés tota la nit», y se levanta a por la jaula que tiene guardada en el armario. La avecilla, que no duerme, apesta un horror. Na Celia, sin embargo, la lleva con cuidado del encierro de los barrotes a otro, el de su puño, para clavarle un alfiler en la pata. Es un pinchazo pequeño, nada. Recoge unas gotas de sangre en una tacita y le chista blandamente, por calmarla. Le habla bajito, muy suave: «Demà podràs tornar al teu cau», y la devuelve a su prisión chica. Cierra la jaula. La pone en el armario. Hace por recuperar el rastro del tomillo y se mete en la cama según impone el rito: del revés. Entonces se unta las sienes con el caldo de la tacita y comienza con la murmuración de los latines de la oración, algo así como «kirios clementíssim, qui servuo teu dedisti uxorem… Saram et fill obedientíssim… indicasti Rebeca uxorem, indica'm-hi ancillae teva, que'm sim nuptura virum per ministerium teu esperituuum…», y vence poco a poco los párpados al sueño. Este es el tercero de los viernes. En el primero, el fondo de la fantasía era oscuro y era cálido y se encontraban, ella y su hombre, en sentidos abrazos sin nombre, en caricias y susurros que carecían de palabras, pero que lo decían todo y le arrebataban —¡ay, ay, ay!— el corazón y aun el pulso… Era él, su hombre. Podía sentirlo muy adentro, en el pecho. Era una de esas pocas certezas que se tienen en la vida: era él y era su hombre, pero no le había conocido el rostro, todavía, así que esperó una semana antes de repetir el ritual, como mandaba la marona, y esta vez sí que pudo saberle la cara: podía verla a la luz de la llama de una vela. Lo tenía debajo, entre las piernas, y se miraban con la ternura de los que no han aprendido nada del mundo. Se querían y lo hacían por primera vez. No había sombra ni recuerdo de otro amor que aquel amor suyo. Na Celia pasaba los dedos por su barba de bureau y café y pronunciaba su nombre entre suspiros. Podía oírlo. Podía oírse a sí misma llamándole, mientras le requería, mientras contemplaba el pecho descamisado de su hombre, aquel torso amplio y fornido, aquel prado amable donde poner todos los besos que había guardado durante años y años y años y «¡Oh, mi…!», quiso exclamarse al despertar, pero lo conservaba todo en la memoria salvo las letras del nombre. ¿Acaso era posible no recordar tal cosa? ¿Sería tan boba de olvidarlo? Regresaba así a un sábado cualquiera, un tanto mosca, un tanto enfurruñada, cuando despertó a la dicha de saberlo un poco más suyo, al fin: la marona le había prometido marido si lo veía en el transcurso de la noche. Con todo, Na Celia no ha podido estarse sin verle más que siete días. No ha esperado a encontrarlo en el discurrir de la vida, como mandaba la marona, y duerme en su busca, una vez más. El sueño, en esta ocasión, es denso, oscuro, cerrado. No se aprecia sonido. Observa el salón de la casa, la mesa con las sillas, el hogar sin fuego, el frío de una mañana de diciembre. El frío que exhalan los muros. El frío que exhuma el suelo. El frío y un hombre. Sucede de pronto. Alguien. Hay otro hombre sentado a la mesa. No es él. Él no está. No está o se ha ido para siempre y sólo queda aquel otro hombre en el salón. Aquel hombre que la mira. Aquel hombre que es extraño y que no es posible conocer. Aquel hombre que vive allí. Aquel hombre que habla algo y no dice nada. El frío ha helado el aire de tal modo que la palabra está muerta en el suelo. Si ella ha gritado, no puede saberlo. Si quiere gritar, tampoco puede saberlo y el instante, el momento de verse frente a aquel hombre que la mira, se tiende en las horas de una mañana de diciembre sine die: sin fin y sin día, se dilata en el curso del tiempo, mirándola. La mira. Aquel hombre la mira. Na Celia despierta con la mirada de aquel hombre que la mira y, cuando despierta, siente que ha perdido la oportunidad verdadera de su hombre. Como si se hubiese esfumado en la madeja de los posibles. Como si esto pudiera darse. Como si cupiera concebirlo, siquiera. Sabe quién es, lo siente de veras, pero teme su pérdida desesperada… Recuerda su pecho desnudo, las caricias, los besos, los susurros, todo. Lo guarda todo. Con mucho cariño, lo perpetúa en el recuerdo, pero, cuando le busca el rostro, la barba de bureau y café, es ahora otro. Es, de hecho, el hombre sentado a la mesa de su salón que la mira. Na Celia no puede estar más despierta