Noches en Poderna

El sueño del Bernat

En el camino de vuelta a casa, se ha parado a coger unos espárragos y unas piñas y, como no ha encontrado bonitas las flores del campo, se ha llevado unas ramitas de romero para su mujer. Hace días que la ve un tanto pachucha, como triste, y ya no sabe qué hacerle, más allá de volver cada tarde con un regalo en la talega. Los primeros días ella supo agradecerle el gesto con una sonrisa, y era sincera y muy cariñosa, pero el brillo de sus ojos se ha ido apagando desde entonces. Está sola. Él le ha preguntado «Qué tens, amor meu?» y ella, por no preocuparle, no ha querido salirse de un «no res» al uso. «No res, home», pero al Bernat le preocupa su estado, no obstante. Lo ha intentado con puñados de castañas, con bolets menudos y tiernos, con huevos frescos de guatlla que le ha cogido a l'amo, con un cirio de iglesia «que vaig posar-me a la butxaca dels pantalons» o con aquel gorrioncillo enfermo que amaneció tieso junto a las migas de pan y el agua limpia del cuenco. Recuerda bien la ternura que pusieron al sacarlo de la bolsa, cuando lo pusieron en un pañuelo, junto al fuego humilde del hogar. Después encerraron los gatos en el trastero y se fueron a dormir cogidos de la mano. Aquella noche durmieron abrazados. Entonces se querían mucho y esta tarde, cuando la ha encontrado en la cocina, había sólo un plato de sopa en la mesa, y un montoncito triste de pallofes, y el Bernat, claro, no ha sabido no alegrarla con los obsequios que traía en la talega:

—Semblen corcades, però'm penso que, si ens posem plegats a buscar, encara en trobarem prou pinyons!

—Jo no soparé. M'he menjat unes ametlles i, vés, m'ha passat la gana…

—Seu amb mi, dona. Parlem una estona, que vull

—No, estic massa cansada, avui. Aniré a dormir d'hora. Me sembla que'gafat fred. Potser, demà…

—Fins demà, doncs.

—Bona nit.

—Adéu.

El Bernat se toma la sopa y, habiéndose acabado el plato, se cena un mendrugo de pan seco. Sin tomate, ni aceite, ni sal. Luego busca el caliu de la chimenea sentado en el escón, donde se ponía la abuela Caterina cuando se dolía del reúma. Mira, como hacía ella, las llamas lentas del tió, el misterio de la lumbre miles de años después, y se deja llenar del calor que guarece la fatiga de la jornada. No están los gatos. No los ve. El que sigue echado allí es aquel perro estúpido. Cariñoso, pero del todo bobo. Duerme con la nariz bajo el rabo, hecho un ovillo. Le pusieron Jaume. Lleva el nombre del patriarca de los Aimerich, del padre del padre, que era uno de esos hombres rectos de puño cerrado y paso firme. O no, este se llama como el hijo, Pere. El hijo del hijo, que el padre, l'Alfons, murió hace ya unos años, el pobre. Tenía mal de angina y al perro le pusieron finalmente Peret, como a l'amo del mas. Aquello, a la Immaculada, no le hubiese gustado. Antes diría «ca» o «quisso» toda la vida, que reírle la maldad al Bernat, por pequeña que ésta fuera. Tampoco ha de importarle ya. Ha pensado largamente en darle un hijo. Si con los años no ha podido remediarlo, tiene decidido pedirle auxilio a la gavatxa, pero él por su cuenta, porque piensa seriamente que unos niños sanotes y buenos podrían con los huecos de aquella casa grande y fría. A veces se ha preguntado si es tanta la soledad de las habitaciones como para arruinarle el ánimo a su mujer. La bondad es algo natural en ella, así como el entusiasmo y la alegría y todo se está perdiendo en este momento. Hace sueño. Se está bien. Está bien. Cuando despierta tiene más de sesenta y tres años y ya no puede volver a despertar. Le trae de vuelta la voz de su hija la mayor, «pare, pare», y el zarandeo suave que va en el hombro… «Pare, desperti», pero ya está despierto. No hay llamas en la chimenea y el quisso, a lo que parece, se ha ido. Pregunta, porque no está, «i la meva dona?» y su hija, ayudándole a ponerse en pie, sólo le pide que vuelva a su dormitorio: «au, vagi-se'n al llit, que vol fer tard». «On és l'Imma, filla?», pero su hija no está triste, sino cansada: «La mare dorm fa estona». Parece muerta de sueño, la pobre. También el propio Bernat, que no puede no insistir: «Però, on?». Y lo sabe, de hecho. Hace años que lo sabe y la pregunta no es más que una forma de lamento aprendida y vieja, como él.