Noches en Poderna

Fábula de don Hurón y el burrico Manuel

Don Hurón una mañana

vino a salir a su huerta

con su sombrero de copa

y la boca bien abierta,

pues encontró en el parterre

a un intruso, qué fastidio,

vestido con taleguilla:

a Manuel, el borriquillo.

Estaba, destartalado,

comiendo sus margaritas:

los pelos despeluchados

y, entre los pelos, pulguillas.

«¡¿Qué atropello es este, oiga?!

¡Que me pisa usté las flores!».

Al burrico le colgaban

dos tallos como bigotes.

«Buenos días, don Hurón».

«Buenos días tenga osté.

Me puede decir, al punto»,

pero lo atajó Manuel.

«Diga, don Hurón, ¿qué cosa?».

«Que me lo estropea todo.

¿No ve que está usté en mi casa?».

Y en su rebuznar de bobo:

«Yo vi'n prado, asín na más,

osté perdone, que'staba

la puerta abierta y sin naide,

y tenía tanta gana…

Que no crí fuera posible

qu'importase al don Hurón,

pué s'habían de morir,

que si no murieran, non.

Pué por el hambre las como,

no s'importe osté de tanto,

que soy de siempre burrico

d'aquellos que'stán al campo».

«Pero hombre, no puede usté

arruinarme los jardines

traiga el hambre que se traiga,

ya sea a pares o a miles».

«¿Y qué hago si no comer?».

«Pues pedir permiso, claro».

«¿Y no lo da, don Hurón?».

«Ahora ya está hecho el daño».

«Antonces, ¿las como o no?».

«No, que algunas margaritas

aún se pueden salvar.

Las cosas hay que pedirlas…

Si usté lo hubiese pedido

yo le mandaba traer

no poca alfalfa, y muy fresca…

Mucha, burrico Manuel!».

«Pué, ea! Tráigala osté!»,

exclamó sin titubeos

el burrico. Don Hurón

se asombró un breve momento:

«¡¿Todavía tiene hambre?!».

«Pué tengo mucha y muy fresca!

Sepa que'n hablando d'hambre,

llevo ya años de querencia».

«¿Y no trabaja?», atajó

don Hurón. «Cuando se pué».

«¿De qué vive?» «De lo que

deja'ste y olvida'quel».

«Vaya, entonces, ¿así estamos?».

«Pué ya ve. Osté nace'n día

con sombrero copa y yo

sin ná, por más que querría.

Otro día se te suben

los chiquillos por el lomo

y yo, con mi ná y sus nás,

que to junto es ná del todo.

¿S'hace al cargo, don Hurón?».

En el gesto de su cara

no mostraba cargo alguno:

«Si nunca tuvo nada,

¿cómo tuvo criaturas?».

«Ea, la burrica quiso…».

«… y el burrico no pensó».

«Piense osté que no es sencillo

pensar con tant'hambre junta,

q'uno fácil s'hace'n lío

y uno estonces en comienza

a de pensar con l'hocico.

¿Sabe por dónde le digo?».

«Sé». «Ea, nohotros ná y menos!».

«Piense que nuestra bonanza

es el fruto del esfuerzo

de varias generaciones,

de muchos dones Hurón

que hasta mí se han sucedido,

y el resultado no es flor

de un día, sino trabajo,

y eso lo debe saber».

«También los borricos no'hemo

eslomao y ya ve osté!».

«Pero no se desespere,

deben luchar día a día

y deben perseverar».

«Con el pie puesto así'ncima…

Porque me da a mí en el morro…».

«Pero arriba esa cabeza!».

«Pué ya ve, me da que algunos

dones en pie no nos dejan».

«¿Quiénes, burrico Manuel?».

«Dones así, con sombrero».

«¡¿Pero cómo?!». «Lo que digo».

«¿Lo que oigo?» «Y bien lleno.

Ta claro. Tengo yo visto

que ostedes se aprovechan

en su bonanza, tan suya,

de nuestra mucha poqueza

para hacella así toavía,

la suya, mucho más buena.

No les ocupa las horas

del reló suyo, las nuestras».

«¿Doyme por aludido?».

«Tanto más yo me quisiera…».

«Pues mire que yo le digo

que puede que usté me ofenda

con esa postura suya».

«Vaya, ¿ansí com' ando yo

que me ando de a diario?».

Y reventó el don Hurón:

«¡Vamos a ver! Dice usté

que aprovecho mi ventaja

y que usté no lo haría.

¿No se vale de sus patas

para andar? ¿O es que camina

sobre dos si nadie mira?

¿Desprecia los dones que

la Naturaleza brinda?».

«¿Y qué sombreros de copa

ha cogío osté'n qué rama?».

«¡Alto con las ramas! Pare,

que no me responde a mí nada.

¿Qué es lo que dice el burrico

Manuel que haría en mi sitio?»

y el burrico contestó:

«En habiendo conocido

mi'stado, que no conozco

otro, yo me recordara

algo de los pobres burros,

que son munchos y con gana.

Y qué sé yo, les pondría

un plato pa comer, ¿no?».

«Tras el suyo». «¿Que no cenan

en su casa, don Hurón?».

«Puntualmente» contestó.

Y el muy burrico Manuel

cogió aire y prosiguió:

«Ea pué, ante' o despué'

un plato pa todo'l mundo.

Mir'osté qu'esto del hambre,

mire por onde lo mire,

es cosa desagradable».

«Créame, mi muy burrico,

créame que yo le entiendo.

Ponga que yo los ayudo…

Son tantos y tan hambrientos!

Debe usté hacerse cargo

que no me quedara al poco

ya nada para comer

y así seríamos todos,

los burros y los hurones,

burros, ¿verdá que me comprende?».

«Muncho y muy bien, y lo mismo

le digo que, si osté fuese

burro como los demás,

pué le tocaría'n plato,

qu'osté no s'iba' quedar

sin comer lo que tengamos».

«¿Eso quiere que seamos,

todos burros y tan tristes?».

«Si fuéramos menos burros

y menos tristes… ¿Me sigue?».

«No sé si quiero». «Es fácil.

Ponga al caso una balanza.

Si metemos d'una parte

lo que se le resta a cada

uno d'aquellos burricos

de su tristeza, nos sale

al final de l'otra parte

una alegría tan grande

que pué va'ser siempre más

que la suya sola, ¿cierto?».

«Hombre, visto así» se dijo.

«¿Y cómo quiere osté vello?».

«Yo querría verlo como

un burro más, pero soy

incapaz de verlo así,

de salir del don Hurón.

Son muchos años. A poco

que quitase de mi mesa

para dárselo a los burros,

se acababa la despensa.

En casa iban a notarlo.

Piense que no estamos hechos

a la menor escasez».

«Y los burros sí? O menos?».

«No. Claro que no, burrico

Manuel, es mucho más que eso».

«¿Astonces qué, don Hurón?».

«Que veo que me quedo,

si lo doy todo, sin nada;

y donde éramos hurones,

somos burros. Todos burros,

así quedamos entonces…

¿No cree usté que son ya muchos,

todos burros y sin nada?».

«¿Que seamos todos tantos,

no es eso nuestra ventaja?

Porque dones con sombrero

copa los cuento yo'n menos

que a los burros, que t'aburres

muncho antes de que ya'stemos».

Así se aprendió el burrico

que al sumarse, más sumaban;

y don Hurón que los burros

no dicen sino burradas.