Noches en Poderna

Historia del viejo del guardacantón I

Donde se refieren los hechos primeros de la vida del joven Bonaventura en los barrios fabriles de la vieja Poderna.

Bonaventura nació pobre. Fue en una mañana de primavera, en los tiempos en que se levantaban fábricas para el provecho de los hombres en los arrabales de la vieja Poderna. Lo recibieron con alegría. De tan buen humor estaba su padre, que tuvo la ocurrencia de ponerle por nombre la felicidad justa del momento: pesaba cerca de seis quilos y era el primer varón de la pareja. Alzado en el aire, entre vagidos de cabreo, se mostraba rollizo y determinado a vivir. Los días que estaban por venir serían los días felices. El padre se empleó en el textil poco antes, con ganas de enfrentar la vida. Tenía una familia que sacar adelante. El entusiasmo que le henchía el pecho le llevaba cada mañana a la fábrica sin vacilación y la madre amantísima, rota por el parto, se quedaba en casa, al cargo de las niñas, que eran tres, y el pequeño Bonaventura. El horizonte, visto desde la ventana, se fue oscureciendo con el paso de las semanas. Las chimeneas no dejaban de vomitar su humo negro y el entusiasmo del padre de familia, más pronto que tarde, acabó empañado de hollín. La ceniza amargaba la sopa, la charla, la leche y las tetas de la madre se secaron a base de disgustos. Eran riñas pequeñas, de ámbito doméstico, pero, para la madre, aquello suponía la totalidad del mundo. Entonces el llanto de Bonaventura ensuciaba las horas del día y las niñas, por no oírlo, se iban a la calle, a no hacer nada. Su madre andaba a la greña con ellas porque no les daba la gana de ir a la escuela. Preferían haraganear con hache al principio de palabra. Entre tanto, el pequeño Bonaventura, que no mamaba porque no había nada que mamar, aprendió qué cosa es el hambre mucho antes de aprender a caminar. Luego, como el que profundiza en una materia de estudio durante años y años, se enseñó a pasar la menor hambre posible. Si estaba en su mano de mocoso, tomaba fruta a los tenderos y hortalizas a los viejos. Luego huía muy lejos o a la vuelta de la esquina. Después rateó en la plaza, los días de mercado. Solían reñirle. Se le dijo cuál era la norma, pero el niño Bonaventura no discernía entre ley o comer. Los de la panadería, viéndolo tan canijo, le dejaban mendrugos de pan a su alcance. Él los cogía a escondidas y corría igualmente. Formaba parte del relato. Contaba cinco años cuando la penuria que los echó de casa les estaba esperando en el bajo sin luz que hubieron de alquilar después. El padre, si no lograba distraerse con la Soli, buscaba la luz de primaveras pasadas en el techo. A veces, se añoraba mucho del entusiasmo que solía llevarle contra las fábricas del mundo. Quiso beber, pero no supo. A ratos, fumaba cigarrillos. La madre, sin embargo, creció en tetas y en cariño y ya no daba voces por la casa. A las niñas, hacía por prevenirlas de los rincones oscuros y de los muchachos en general. Hablaba serio, muy bajo, cuando las advertía sobre el embarazo, «a la vostra edat». El padre no quería saber nada de las niñas. A Bonaventura, en cambio, se lo miraba con ternura: de algún modo, quería pedirle perdón por traerlo al mundo o, mejor dicho, por dejarlo tirado en aquel condenado agujero en el mundo, pero, en lugar de disculparse, las más de las veces solía preguntarle por su educación:

—Vas a escola?

—Sí, pare.

O:

—Ja saps de números, fill?

—No'ncara.

El pequeño Bonaventura, sin embargo, se había aficionado a contar monedas a escondidas y daba por cierto que los números de la escuela no le iban a quitar de trabajar en la vida. No en vano había aprendido en el barrio que, trabajando, no se deja de trabajar hasta el agotamiento final del cuerpo. En el caso de su padre, ocurrió pronto. Cumplidos los diez años y medio, el niño Bonaventura enterró a su progenitor en una caja de madera. Las viejas que pasaron por la agonía insomne del obrero, dejaron algunas voces terribles para el recuerdo del niño: «tisis», «ulceració pulmonar» o «fallida gangrenosa». No rezaron mientras estuvo presente. Al parecer, el hombre se había consumido en el propio disgusto de llevarse cada día a la fábrica en contra de su propia voluntad. El panorama de niñas perdidas en casa no contribuía al bienestar. En cuanto al varón, no tenía nada que dejarle a su muerte, salvo un rastro de veneno amargo en el ánimo y un puñado de palabras: «Ara… Hauràs de ser l'home de la casa, fill. Fes-te fort i… fes-te càrrec de ta mare i de… les teves pobres germanes». Cerca de los once años, el niño Bonaventura se empleó en el textil como su padre. Su madre, entre tanto, se ocupó en el lavado de la ropa de los vecinos. Remendaba calcetines a cambio de unas perras. Ajustaba pantalones, cosía botones y daba un beso a su hijo todas las noches, antes de acostarlo, con todo el amor del que era capaz. Esto bastaba al bueno de Bonaventura para partir, cada mañana, contra el alba rota de chimeneas. Iba henchido de entusiasmo por la vida. Era feliz. Era el hombre de la casa. A los once años y tres meses, dado que ponía de comer a la mesa, estimó oportuno que debía hablar a sus hermanas y razonó que las manos de una mujer valían lo mismo que las suyas, por ejemplo, para traer un sueldo a casa:

—Prô què diu aquest, ara?

—Apa, tu!

—No diu'l marrec que'ns posem a treballar?

—Filletes…

Sus hermanas no pudieron tomarle en serio: hablaba el mocoso de la casa. Y su madre, aunque quiso mediar entre las partes, ya no discutía con nadie. Por causa del luto, estaba ojerosa, abatida y fea. O menos guapa que antes, que al bueno de Bonaventura su madre le seguía pareciendo la mujer más guapa del mundo. Por aquel entonces, Bonaventura ya intuía que el amor es el que hace las cosas bonitas y, por eso, se decía, «les fàbriques són totes espantoses». Arribó a la edad de los trece años aburrido de sus tres hermanas: la mayor era una holgazana natural e incorruptible y sólo le gustaba andar una noche con este y la otra, con aquel, pero, en ningún caso, trabajar; luego tenía una hermana medio boba que se quedó preñada cuando echó más tetas que dientes; y la pequeña, que era la lista de la casa, no quiso jugar nunca a los obreros van a la fábrica: «Ha'stat sempre massa desperta, aquesta, i això l'ha perduda per sempre». El bueno de Bonaventura habló con ella, sin embargo:

—Se'ns morirà la mare.

—Què dius tu, ara?

—Si no fem re'aviat, se'ns morirà com se va morir el pare.

Pero el esfuerzo sincero de las manos de Bonaventura no pudo nada contra la apoplejía que tumbó a su madre en la cama hasta el día de su muerte, unos meses más tarde. De esta manera, los padres de Bonaventura le dejaron solo a las puertas de su juventud. Y en pie, que no es poco. El muchacho tenía hambre de vida y de hembra. Quería comer mucho, follar más y trabajar poco o nada. Sostuvo el luto por su madre medio año y, después, mandó a paseo a sus tres hermanas. Se buscó techo en un estudio con manchas de humedad y se propuso vivir, en lo posible, la vida de un hombre hecho y derecho. Se costeó una cajetilla de tabaco y pagó la cuota del sindicato cada mes. Tenía quince años y ya era todo un hombrecillo. Pensó en empezar por cortejar a las chavalitas del propio textil, pero las tenía muy vistas o tenían novio o le parecían muy feas a la luz de la fábrica. Frecuentó cafeses al término de la jornada laboral. Paseó la tarde de los domingos por el parque de la estación y acabó, sin proponérselo, en el baile de la plaza mayor. Allí había un caudal de mujercitas preciosas:

—Prô quin goig que fan!

Hablaban sus quince años por él. Se las hubiera follado a todas. Con amor y por orden, las hubiese gozado a todas y cada una de ellas. En aquella ocasión, se lo miró todo desde fuera. En la siguiente, Bonaventura acudió como nuevo al encuentro: se puso ropa limpia, se caló una gorra chula de su padre y recordó el mucho amor de su madre en el trato con las cosas del mundo. Así se coló en el baile aquella tarde de otoño: solo y sin vergüenza. Dio unos pasos alegres entre la gente y comprobó que todos, a su alrededor, giraban en pareja. Entonces, el cuitado de Bonaventura buscó a alguna mujercita solitaria. Todas las niñas bonitas estaban pedidas. Luego buscó en las sillas, un poco más allá, por ver qué quedaba y no vio más que muchachas o feas o gordas o, de alguna forma, taradas, si no eran medio feas, medio gordas o gordas con media tara y no poco de fea. Un desastre, al fin. Mientras desesperaba en mitad del corro, la persistencia en la insistencia de cierta mirada le acabó llamando la atención: «Ep, tu! Sí, tu! No'm deixis aquí, amb aquestes…». Lo decía mirando una morenita menuda y rolliza sin apenas gracia en el vestir. Dado que el burro de Bonaventura no se movía del sitio, siguió diciéndole: «vine aquí i vine ara» y acabó yendo, el muy burro, y bailaron juntos dos o tres piezas seguidas, aunque sin mucho entusiasmo. El hombrecillo la había llevado entre saltirones de danza en danza, mientras rumiaba el modo de devolverla a su silla para probar suerte con otra, pero las guapas seguían todas pilladas. La mujercita, detenida frente a él, dijo llamarse Dolors.

—Encantat. Un plaer. Jo sóc en…

Y lo tuvo dando vueltas tres o cuatro canciones más. Después, a causa del roce, el bueno de Bonaventura se vio en la obligación de acompañarla a casa. Fueron del brazo por las calles otoñales, casi nocturnas, de la vieja Poderna. No hablaron gran cosa por el camino, les estaba bien andar en silencio, pero el hombrecillo, a fuerza de verla a su lado, tan menuda y tan rolliza, se vino arriba finalmente: aprovechando la intimidad de cierto paso oscuro, se arrimó un poquito más a la mujercita y, en la umbría entre dos faroles, deslizó la mano buena por debajo de su cintura: ansiaba apretarle las carnes fofas del culo, pero tan presto estuvo él buscándole las turgencias como ella encontrándole la cara con un bofetón:

—Per'quí, no, senyor meu. No i no. Malgrat tot… l'espero demà a casa meva. Vingui a la tarda sens falta, que hem de parlar molt seriosament.

Luego se fue de su lado. Bonaventura no podría olvidar nunca la figura menuda y graciosa de la Dolors alejándose por la calle solitaria de su primera riña. El embrujo del cielo pálido, sin estrellas, sobre los tejados a contraluz de la vieja Poderna se le quedaría para siempre grabado en el ánimo. Estaba muy por encima del barrio, en la lejanía de las alturas. Más abajo, en la palma de su mano buena, guardaba el olor a sudado de la Dolors, que le tendría toda la noche en vela. Al día siguiente, el insomnio de Bonaventura acudió a su cita sin falta. Le recibieron los padres de la Dolors. Ella no estaba. Le invitaron a pasar a un saloncito modesto y burgués donde le sirvieron café con leche y le ofrecieron unas pastitas de hojaldre que estaban riquísimas. Ella tampoco figuraba allí. Esto último, las pastitas de hojaldre, le causó gran apuro al joven Bonaventura: no comérselas a puñados como un animal le valió el favor de la señora de la casa. El señor de la casa, en cambio, no se contentó con tan poco y solicitó, de manera muy educada, referencias al muchacho, a lo que el muchacho Bonaventura repuso que era pobre porque era obrero, pero que no había, hasta la fecha, trabajo conocido que lo echase para atrás. Entonces entró en escena la Dolors en su vestir sin gracia y se habló de los términos del noviazgo de ambos y ya, según se fuera viendo, tratarían del matrimonio, «que'ncara sou molt joves, tots dos». La Dolors puso en duda que fuese tanta la juventud, dada su madurez, «qu'és el qu'importa», y, mediando una sonrisa preciosa de grande que era, sacó de allí al pobre Bonaventura. Fueron a la calle, a dar una vuelta. Volvieron a pasear del brazo por las calles otoñales, casi sonámbulas, de la vieja Poderna. La Dolors le contó sus planes de boda antes de referirle las bondades del negocio familiar: iban a gestionar una tienda modesta en el centro del casco antiguo que daba para vivir sobradamente, pero el burro de Bonaventura, más que atender a razones, ponía todo su empeño en conducirla por callejuelas más tranquilas. En aquel momento, no daba más de sí. Ocupaba la totalidad de su sesera en apartarla a un lugar solitario: tramaba el modo de meterle la mano buena por debajo de la falda sin llevarse otra bofetada. Quería tocar aquel culo grande y carnoso. Esperó, a sus quince años y siete meses, un rato más. Quería tener algo pensado antes de lanzarse. Entre tanto, la Dolors los había casado, ocupado en la tienda de su madre y metido en el piso vacío que había encima del negocio familiar: «són tres plantes amb molta llum». Tanta organización le ablandó un poco el ánimo. El burro de Bonaventura lo notó en su voz. Estaba más tierna, si cabe, y no hablaba apenas, sino que murmuraba palabras dulces de vez en cuando. A Bonaventura se le ocurrió entonces que podía besarla antes de proceder con la maniobra de la mano buena y la atrajo hacia sí con la boca del todo abierta y se llevó dos bofetones en lugar de uno. La Dolors era muy despierta y estaba firmemente determinada: «ara no és moment d'això, Bonaventura, ni aquest és lloc per res. Tingues paciència. Posa-hi cap» y el cap de Bonaventura, apretado bajo los calzones, daba grandes cabezadas, muertito de hambre. Ella no quiso darse por enterada hasta que fijaron definitivamente la fecha de la boda. Fue en el banco de un parque, estando más oscuro:

—Treu-te-la.

—Ara?

—I dona'm ton mocador, animalot.

—T-té.

Luego, mientras se la sacudía con cariño, trató otras cuestiones de compromiso:

—Per cert c'això d'estomacar esquirols, s'ha d'acabar, Bonaventura.

—S-sí…

—Ni un més!

—V-val.

—Quan siguis casat amb mi, deixaràs el sindicat i totes aquestes andròmines de gent pobre…

—Prô…

—Què?

—P-pensa que… tot això que fem els de la confederació… farà servei an els nostres fills, també.

—Ah, sí?

—Prou, sí. No fa tant que servíem onze, no, no… t-tretze hores al dia p-per…

—Ja, ja. Més ràpid?

—Sí, si us plau… Prô, pensa, dona, què serà de nosaltres d'aquí cent anys si seguíssim lluitant…

—Ai, Bonaventura! Però tu tens cap mena d'intenció de viure cent anys més?

—N-no, no, nooo… Sí-sí-sí!

Etcétera. El obrero Bonaventura dejó la fábrica el día que se casó con la Dolors. En tanto que tendero, no necesitaba sindicarse y dejó de pagar la cuota a la confederación a los tres o cuatro meses de casado. La lucha de los obreros, al cabo de nueve meses, no fue más su lucha: le pusieron Tomaset, como al suegro, y pesó cerca de cinco quilos y medio. Pasado otro invierno, volvían a estar a la espera de otro chiquillo y el bueno de B, a fuerza de revolcarse sobre la Dolors, sintió crecer dentro del pecho el amor por su mujercita sin gracia en el vestir. Le probaba la vida de casado. Quieras que no, de revolcón en revolcón, se le iban cayendo las hojas al calendario y así, sin verla venir, la desgracia llamó a la puerta de su casa: el Tomaset se les mató rodando escaleras abajo cuando su hermanito estaba a punto de nacer. Bonaventura no lo vería llegar: pocos días antes, se produjo una leva forzosa en la vieja Poderna que requirió de su número y el bueno de Bonaventura, a sus veintidós años, partió a un frente de guerra lejano y hostil que no era suyo ni era, en verdá, de nadie.