Noches en Poderna

Historia del viejo del guardacantón II-I

Donde no se tratan asuntos de guerra, sino facetas de un amor muy humano en el interior de ciertas habitaciones de una granja misteriosa.

El soldado Bonaventura escapó del campamento militar donde le tenían destinado durante el sosiego de una guardia ordinaria, a primera hora de la tarde. Robó la montura del capitán de la compañía y huyó al galope sin volver la vista atrás, hacia los caminos inhóspitos de un bosque cercano. Después del segundo recodo, la selva se tornó mucho más oscura. Anduvo perdido el resto del día. La espesura hacía imposible cualquier rumbo que se propusiera seguir. De haberlo querido, no habría podido regresar al encuentro de su cadalso. Temió por su vida durante un largo trecho. Adentrándose en territorio hostil, sintió que la horca era, al menos, parte de un paisaje familiar, por lo que tenía de cotidiano, pero le repugnaba profundamente la civilización de la muerte, así que sostuvo la marcha del caballo por sendas y veredas que discurrían a través de la maleza. Erró bajo un cielo pálido de estrellas y llegó con la noche, como surgido de un naufragio de pesadilla, a la orilla solitaria de una granja. Ella, una figura extraña al contraluz del candil, le aguardaba con las manos puestas en el delantal. Parecía que llevase toda la vida esperándole. Acaso la alertaron los cascos del caballo en la soledad de los campos. Acaso sabía que estaba por llegar desde que era una niña. El soldado Bonaventura detuvo el paso fatigado de la bestia. Quiso saludar a la mujer, pero la lumbre de la lámpara le negaba el rostro. Miró a las sombras del bulto. Aunque se le antojó muy rubia para tratar alguna forma de romance, lo soltó de todos modos:

—Puc fe'nit a la palla?

Ella le devolvió unas voces extrañísimas, que eran, de otra parte, las voces naturales de la gente del lugar, y se calló sin más. Urgía una respuesta, pero a Bonaventura aquel batiburrillo de consonantes le resultaba del todo ininteligible. No había entendido ni media palabra de lo que se le había dicho. Vaciló otro segundo. Luego dijo «dormir» como podría haber dicho «aixopluc»:

—Dormir, mestressa. Vull dormir…

Y señaló el cobertizo, al fondo del calvero. Visto de lejos, se le antojó techo suficiente para no pasar la noche al raso. Era una construcción de madera un tanto rústica, pero le valdría con un montón de paja en el suelo. Ella le preguntó algo más, quién sabe qué, y recogió el candil del suelo. Después lo condujo hasta la puerta de la casona humilde que se hallaba junto al cobertizo. Tenía el techo a dos aguas y era más bien baja, pero a Bonaventura le iba a sobrar con un jergón frente al fuego. Se veía luz dentro. La mujer le ayudó a descabalgar y le acompañó al interior. Iba hablando alguna cosa. Parecía resignada a su suerte. Luego lo sentó en un escaño junto a la cocina y salió fuera, a ocuparse de la montura. O eso creyó el soldado Bonaventura antes de quedarse solo. Pasó un rato muy quieto, sin más. Miraba las brasas soñolientas en el hogar y no recordaba sentirse tan cansado en la vida. Tenía sueño y tenía sed. Echó una ojeada a su alrededor. El sitio era pobre. Aunque no se veía gran cosa, puso los ojos en una ristra de cebollas secas que había colgada de una pared. Las paredes estaban todas manchadas de hollín. Había una tinaja de agua en un rincón y un cesto de mimbre en una repisa. Creyó ver algo parecido a un sonajero a los pies de unos tablones y, sobre su cabeza, descubrió un cielo turbio de telarañas. La mirada del soldado Bonaventura regresó, sin embargo, al embrujo de las brasas soñolientas del hogar. Un caldero humeaba lentamente sobre las ascuas. Al poco, la mujer volvió en su busca prendida de un rojo incandescente. Dijo algo, algo que no podía tener sentido, y dejó el candil apagado en la entrada. Después tomó al hombre del brazo y se lo llevó a otra habitación. Se servía de una vela para alumbrarse. Estaban en un dormitorio diminuto. La mujer puso la candela sobre un banquito que quedaba a su espalda y lo sentó en la cama. Estaban muy cerca el uno del otro. Luego le quitó la casaca y las botas y dijo algo más, por aliviarle el apuro. Bonaventura supuso al momento que se refería al olor de sus pies. Hedían de mala manera. A continuación, la mujer le ayudó a despojarse de la camisa, las medias y los pantalones, y lo echó todo al suelo, en un revoltijo de ropa sucia. Bonaventura quiso encogerse de hombros al ver la porquería que traía encima, pero sintió pena de saberse tan poca cosa en calzones. La mujer se volvió sin dilación y puso el agua de una jarra en una jofaina. Después mojó el trapo que traía colgado del delantal por una de las puntas y se lo pasó a Bonaventura por la cara y el cuello. El agua estaba fría. Le lavó también los hombros y la espalda y el pobre Bonaventura, viéndola hacer a su alrededor, se miraba a la desconocida con ternura. Sentía una profunda gratitud hacia ella, pero ella, ajena a sus afectos, le hablaba en un susurro imposible. Probablemente le amonestase sobre lo sucio que es el hombre en cuanto se descuida. Luego se ocupó del pecho sudado del soldado. Por cubrir el ancho del torso, se le puso un poco más encima. Si hubieran estado más cerca, Bonaventura no habría podido echar la mirada al suelo. Hacía por poner los ojos en los rincones de la habitación, mientras la mujer seguía con los sobacos, los costados y la barriga. El agua estaba muy fría. Los calzones, empapados. La mujer le lavó el pelo y le peinó los cabellos. Luego le puso un camisón limpio y le mandó meter los pies en remojo a fuerza de gestos. Las razones que daba eran del todo incomprensibles. Bonaventura, en aquel punto, se desentendió un poco de lo que estaba pasando. Metió los pies en el agua de la jofaina. Ya no daba para más. Olía a espliego dulce y, a la vez, se helaba de frío. El octubre era una noche fea y negra en el ventanuco del cuarto. La mujer, entre tanto, salió con la ropa sucia y volvió con una escudilla de sopa caliente. Bonaventura se la tomó en tres tragos. Al rato, comprendió que se había quemado la lengua, y no poco. Ella, a todo esto, se había llevado el agua de sus vergüenzas a otra parte y volvía a la habitación a por el candil. Sin detenerse un segundo, le espetó unas últimas palabras de despedida. Luego cerró la puerta tras de sí y lo dejó a oscuras. Bonaventura supuso que debía de darle las buenas noches, o acaso alguna indicación sobre el almuerzo, si en verdá no lo estaba mandando al infierno, por cerdo. El pobre no pudo saberlo nunca como tampoco supo que se había dormido hasta que lo hubo dormido todo:

La paz, si nunca hubo tal cosa, la rompió el canto averiado de un gallo al rayar el nuevo día. Ni canto de sirena, ni toque de corneta: le despertó un gallo estúpido que se enseñoreaba, a fuerza de gritos, del cielo y de la tierra que abarcaba el calvero donde se emplazaba su corral. No estaba, a fin de cuentas, tan lejos de su Poderna natal. El bueno de Bonaventura había trempado de buena mañana. La cama estaba calentita y el colchón, mullido y muy blando. ¡Estaba tan a gusto…! Era un poco como los domingos de antaño, en su pisito de casado. Le venía en gana comer algo, por matar el gusanillo, pero antes prefería gastar aquel brío matutino suyo con la mano o, mejor aún, con la mujer. Hacía meses, muchos meses, que no pensaba en mujeres, ¡con lo que a él le placían! Hizo memoria un momento. Pensó luego en algunos de sus desnudos favoritos, allá en su casa, y recordó un rato… ¡Qué cosas no había olvidado! Fue perder la mano buena debajo del camisón y abrirse la puerta del dormitorio. La dueña de la casa entró con un tazón de leche tibia. Después abrió el ventanuco y dejó que corriera el aire. Hacía bueno afuera, en el campo, aunque la claridad de la mañana se contagiase un poco del duelo del otoño. Dentro, la mujer, vista a la luz del nuevo día, resultó ser una mujerona formidable, grande como él. Era robusta como una serrana. Tenía el vigor de una campesina y la lozanía de una villana. E iba resuelta, sin mayores cuitas en la vida. A Bonaventura, mirándola desde la cama, se le ocurrió que sus caderas eran anchas de parir cabezones a pares y sus pechos, a decir de la camisola blanca, daban para amamantar a media docena de bocas de una sentada. La dueña dijo algo sin sentido, como acostumbraba, y Bonaventura le buscó la expresión del rostro al momento, por ver si sacaba algo en claro, y entonces lo descubrió: más allá de la tez rosada y fresca de la cara o del rubio, más rubio si cabe, de los cabellos, reparó en la tacha del labio superior, que estaba horriblemente partido en dos y que llaman leporino por la semejanza que guarda con el morro de una liebre. El bueno de Bonaventura no supo disimular el asco que le causaba aquello en el rostro de una mujer, por lo demás, hermosa. Destrempó de inmediato. Ella, que estaba por comentarle cualquier otra cosa en su lengua bárbara, lo vio todo. Dejó el tazón de leche en el banquito y salió del cuarto sin decir nada. Bonaventura oyó entonces la voz extraña de una criaturilla que repetía «bli-tir-i, bli-tir-i» en la cocina, o quizá fuera «bi-ti-rir» unas veces y «blit-i-ri» las otras, mientras daba golpes de cuchara en la mesa. Luego de parar con el alboroto, asomó la cabeza de bestezuela menuda y curiosa por la puerta de su cuarto. El hombre, aún contrariado por su reacción ante el labio de liebre de la mujer, se miró a la cría con cariño. Se llamaba, según la ocasión, Crit o Grīt dicho «Griit», aunque Bonaventura prefirió llamarla Griteta desde el principio. La niñita era un trasto. No paraba quieta en un sitio y, como carecía de entendimiento, no se le podía quitar un ojo de encima: «Griteta, vin'aquí!». Ni caso. «Griteta, on vas ara?» y la criatura corría detrás de las gallinas. O «Griteta, jau d'una vegada, coi!» si se encaramaba al brocal del pozo, a mirar su reflejo en lo más hondo. Su madre, cuando paraba por allí un momento, la amonestaba con dulzura. La cría hacía que sí, muy atenta, «ja, ja, mam», y volvía a las andadas en cuanto la mujer se metía en la cocina, las cuadras o el corral. Bonaventura, al parecer, se encargaba de la chiquilla. Hacía ya un par de días que cuidaba de la Griteta y tres, al menos, que no hablaba con su madre. Todavía seguía avergonzado ante ella. La saludaba si convenía, pero lo hacía con la cabeza gacha. No la miraba a la cara. No se atrevía. Antes de tropezar con aquello, procuraba poner los ojos en sus manos de campesina o en los bajos del delantal porque aquello le provocaba una aversión superior a sus modales de obrero fabril, y no le gustaba nada. Estuvo nueve días sentado a la puerta de la casona, viéndola trajinar sin descanso. En más de una ocasión, le había buscado la tacha en la boca. Quería deshacerse del asco. Necesitaba arrancarlo de raíz. Aquella mujer le proveía de comida y de techo y, aunque no fuera así, no merecía su repulsa. Ni la suya, ni ninguna. Él no era nadie para despreciarla. Él, en todo caso, era un muerto de hambre que se pasaba las horas del día sentado a la puerta de su casa, pensando en volver a casa. Esto último, por cierto, no lo veía nada claro. El pobre Bonaventura no imaginaba el modo de cruzar los bosques, campos y ríos que había cruzado junto a su compañía de infantería para alcanzar aquella tierra lejana ¡sin víveres ni pertrechos! Llegaba a desesperar si sumaba las montañas o el invierno, que estaba al caer, a su peripecia de vuelta. Al tercer día, se cansó de tanto tramar. Después de la cena, quiso agradecerle a la dueña de la casa el plato de judías verdes que le había puesto delante: «gràcies, mestressa. Moltes gràcies per tot» y añadió, por último, «datis ale» a la manera de la pequeña Griteta cuando se acababa toda la comida. Luego se metió en su cuarto a dormir. A la mañana siguiente, volvió a sentarse a la puerta. Quiso no pensar, pero el asunto del caballo robado al capitán de la compañía le estorbaba el sueño seriamente: si lo guardaba en el cobertizo, lo podían descubrir y, si lo descubrían, acabaría en el cadalso, muerto por desertor, pero… y, si no lo guardaba, ¿cómo iba a escapar de allí algún día? ¿Acaso podía? ¿Lo soltaría? Quizá una tarde. Quizá… La cría, entre tanto, se había subido a la pata coja encima de un cubo maloliente que había puesto encima de un barreño y le gritaba, felicísima: «Bontur! Kijk me'an, Bontur!».

—Bonaventura, collons!

—Bon-tur-e?

—Bo-na-ven-tu-ra.

—Bon-naen-tur-e.

—El que tu diguis, maca.

—Bontur! Bontur!

Aquellas otras voces las daba la dueña de la casa, que lo llamaba desde la orilla del camino. Estaba detenida junto a un carro cargado de heno, a la sombra de una haya. El buey se había puesto muy burro y se negaba, por lo que fuera, a dar un paso más. Bonaventura se acercó a razonarlo con la bestia y tiró fuerte del yugo. Que no. Luego probó a tirar de los cuernos del animal, a dos manos, y el bruto se mantuvo firme en su posición de partida. Que no. El hombre, en este punto, adujo otras razones de peso: tres varazos en el lomo para empezar. El buey lo rumió un momento, pacientemente. Que vale. Y después, maniobrando en contra de sus principios, sacó el carro del camino y lo metió en el cobertizo. El heno estaba a salvo. Al día siguiente llovió, y mucho. Pasaron, los tres, la jornada metidos en casa. La mujer se puso cerca del hogar y, si no guisaba algún potaje, remendaba piezas de ropa entre canciones de viejo. La Griteta, los ratos que no estaba en la cuna, enredaba sin parar. Iba de una habitación a otra, tirando de su mantita de dormir… Saltaba en una cama. Revolvía un cajón. Saltaba en otra cama. Vaciaba el arcón. Si no daba escobazos a las cucas de la cocina, incordiaba con achuchones muy tiernos al bueno de Bonaventura, y menos mal: su natural, en aquella hora aciaga, era dejarse caer junto a la ventana. Miraba llover. Se sentía triste de estar triste y de estar lejos. Se aburría de añorar. Pero pronto, por suerte, paró mientes en la cantidad de gotas de lluvia que caían del techo. Contó no menos de doce goteras en toda la casa. Luego, yendo de la manita de la niña, fueron poniendo tazas, platos y vasos en cada charco que encontraban. Bonaventura se miraba a la cría después de colocar un cacharro y se señalaba el oído, diciendo: «Dring! Dring!». Al final, el tintineo generalizado de la casona movió a risa a la pequeña Griteta, que giraba y saltaba y chillaba, «¡dring, dring, dring!», entre la vajilla dispersa por el suelo del salón. El bueno de Bonaventura aprovechó la ocasión para sentarse en el escaño junto a la mujer. Hizo por calentarse las manos. Ella siguió a lo suyo, que eran sus labores y aquellas tonadillas de lejos, tan dulces. Él se la miró un momento. Estaba más animado y quiso hablarle:

—Caram, quin goteram teniu aquí!

—Hè?

—L'aigua… Vaja, la pluja.

Y señaló al techo e hizo como que caía agua con las manos y la mujer y su labio partido le sonrieron tímidamente y el hombre miró a otra parte sin proponérselo y ella siguió con la costura de un calcetín, que, por cierto, no era suyo, y él dijo, por decir algo:

—Qu'és maca, la nena.


L'imprempta d'en Iosephus R. us presenta…
De omine o Llibre dit dels homes, Poderna, Josep R., sine die.
Hi ha nous exemplars a la llibreria de
vell que es troua a la plaça del pou.