Noches en Poderna

Historia del viejo del guardacantón II-II

Donde el bueno de Bonaventura ocupa su día en labores manuales y se desvela no tan solo en la noche de difuntos.

Al día siguiente no llovió. Al otro, Bonaventura se levantó dispuesto a reparar el tejado con los tablones que habían dejado en el salón. Dio los buenos días a la pequeña Griteta, «¡Bon dia, ratolina!», y pidió herramientas a la dueña de la casa, sin más:

—Mestressa… ¿estris de fe'feina?

—Wat zeg je?

—Pum, pum, allà dalt…

Y señaló al techo refiriéndose al tejado. La mujer le trajo un martillo y un puñado de clavos. Luego sacó una escalerilla de mano del cobertizo, que sirvió a Bonaventura para encaramarse a lo alto de la casona, y le pasó los tablones desde abajo, uno a uno. La Griteta, en cuanto vio al hombre subido al tejado, quiso trepar la escalerilla. Su madre la atrapó entre el segundo y el tercer travesaño y se la llevó para adentro. Se la oía llorar. Gritaba, desconsolada: «Bonnaentur! Bonnaentur!». Él estaba, sin embargo, muy solo arriba. Echó un vistazo a su alrededor: árboles y más árboles por todas partes… No se veía otra cosa que árboles. No había rastro del horizonte. Estaban en medio del bosque. Caminó con cuidado hasta el saliente de la chimenea y se asomó a la cara posterior de la casa: había un pedazo de tierra encerrado entre la pared oriental del cobertizo, la parte trasera de la casona y la margen salvaje del bosque. Nada, unos pocos metros cuadrados. Aunque no parecía cultivado, Bonaventura creyó identificar unas matas de judías y alguna que otra calabaza. Volvió sobre sus pasos y se puso manos a la obra. Tabla, clavo y martillo, martillo, martillo. Clavo y martillo, martillo, martillo. Clavo, martillo, martillo, martillo y otra tabla un poco más allá. Etcétera, etcétera, etcétera. Trabajó buena parte de la mañana de buen ánimo. Cerca del medio día, oyó llegar un carro por el camino. Miro a ver quién era y encontró una pequeña montaña de heno acercándose a la granja. Iba tirada por dos bueyes viejos. Un hombrecillo colorado hacía como que llevaba las riendas. Parecía desganado. Chupaba una ramita de hinojo dulce y cabeceaba según el trantrán sonámbulo del carro. Vio algo por debajo del ala del sombrero. De pronto, levantó un brazo y gritó:

—Goedemorgen, beste Hiltrud!

La mujer lo estaba esperando a la puerta del cobertizo:

—Goedemorgen, Pieter.

Y entraron. Hiltrud, antes de cerrar, miró si nadie miraba. Luego comprobó que él seguía en el tejado. Él, en ese momento, hizo que buscaba el sitio donde poner otra tabla y, cuando volvió la vista al cobertizo, la puerta estaba cerrada. Bonaventura, entonces, siguió a martillazos con la cubierta de la casona. Casi había acabado con todos los clavos y todavía no se figuraba qué debían estar haciendo aquel par allí dentro. Tardaron mucho rato en salir y, cuando salieron, el hombrecillo iba delante, sonriendo, y el carro, detrás, sin heno: en su lugar cargaba unos bultos cubiertos con unas mantas. No se despidieron. La mujer esperó en la puerta a que se marcharan por donde habían venido. Luego habló unas palabras a Bonaventura mientras se metía en la casa a toda prisa. Más tarde, el hombre se enteró de que la Griteta estaba malita. Tenía ojillos de sueño y tosía secamente. Daba lástima de verla. Se quedó dormida tomando el pecho de la madre. La mujer, después de acostarla en su cuna, sirvió unos platos de verdura cocida sin gracia. Cenaron frugalmente y se fueron a la cama un tanto cuitados. Pasaron una noche muy mala. A la mañana siguiente, Bonaventura se encontró a la Griteta rendida en brazos de su madre. Estaban las dos junto al fuego del hogar, durmiendo. El hombre cogió algo de la mesa en silencio, por no despertarlas, y salió fuera, a echar de comer a las gallinas, pero las gallinas, cuando él llegó, ya habían picado lo suyo, así que se comió solito el pan duro que traía de la cocina. Probó cuatro o cinco bocados y tiró el resto del mendrugo al suelo. El gallo se acercó corriendo, por saber si estaba rico. Visto de cerca, era aún más feo que su propio canto mañanero. Se miraron un momento. El gallo lo escrutaba de perfil, con el ojo ancestral de un reptil. Aquello no estaba en absoluto rico. Luego dio unos pasos más a su alrededor y le gritó al cielo, como queriendo decir: «Kukeleku! Kukeleku!», a lo que respondió la vaca con mugidos de consternación, pues estaba en ayuno desde hacía muchas horas. Bonaventura se fue para el cobertizo y abrió las puertas. Las cuadras de la vaca y del buey estaban situadas a un lado. Al otro, estaban los aperos, el carro y el caballo robado al capitán de la compañía, tan tranquilo y en paz, a sus cosas. Había montañas de heno seco al fondo, bajo el altillo. Bonaventura, antes de proponérselo, había subido la escalerilla. Arriba, vio más montones de paja, pero puestos de mala manera encima de unos cajones mal escondidos, y vio también la ropa de soldado que traía a su llegada a la granja de Hiltrud, que estaba doblada y limpia sobre una pila de mantas, en un rincón. Justo al lado, las botas de campaña, porque, a todo esto, el bueno de Bonaventura hacía días que vestía la ropa de otra hombre, y le venía grande, como aquellos zuecos que calzaba de un tiempo a esta parte. No pensó, sin embargo, en volver a significarse como el enemigo. Antes bajó a echarles de comer a la vaca y al buey. Tres buenos puñados a cada uno. Y, así como el buey bajó la testa de buen grado, la vaca refunfuñó a la manera de los rumiantes, muy enfadada. Después mugió bien alto. El bueno de Bonaventura se sirvió entonces de una horca para ponerle más heno en el pesebre. Y nada. La vaca volvió a mugir y mugir hasta que apareció la dueña de la casa. El hombre, horca en mano, la vio tomar un taburete y la colodra, aquella vasija que tenía vista de la cocina, antes de meterse en la cuadra con la bestia. Luego la ordeñó. Él se asomó a verlo y ella, con aquel brío tan suyo, le dijo:

—Zie je het?

—Ja…?

Pero «ja», qué? La mujer apretaba una tetilla entre los dedos y la leche escapaba de un salivazo al fondo de la vasija. Luego exprimía otra tetilla y brotaba un chorrito de espuma caliente, riquísima. Bonaventura siguió atento la sucesión de las operaciones y la leche, al rato, resbalaba tibia por las manos de la mujer. El hombre reparó entonces en el perfil afanoso de Hiltrud. La ubre rebosante de la vaca le distrajo con la figura de las tetas de la mujer, que estaban por rebosar. Quiso tocarlas. Pensó qué no sería ponérselas en la boca y se vino un poco arriba, aunque por lo bajo. La leche de vaca llenando la colodra le sugirió la idea de la escudilla repleta de leche de Hiltrud sólo para él. Sintió, como en una bocanada, la intimidad del lecho nupcial y sintió muy fuerte, para sus adentros, que aquella mujer le debía su leche. La tenía muy cerca, al alcance de la mano. Si sólo se dejase tocar… Pero su imagen de esposa amantísima derramando la leche de su pecho en una escudilla de loza se le reveló de pronto. Estaba ante él, dentro de la cuadra plebeya. La mujer se había descubierto el torso y le ofrecía su leche preciosa en una vasija humilde. El hombre, sin vacilación, tomaba su ofrenda entre las manos y la bebía con devoción: «Te dec ma vida, amiga fidel».

—Hè?

—Què?

Todo esto se le ocurría al bueno de Bonaventura estando despierto. La mujer seguía a su lado, ordeñando la vaca, y, a él, le sucedía que vacilaba entre abordarla o comportarse como una persona. Deseaba abalanzarse sobre ella para agarrarle las tetas a dos manos, por detrás. Y quería respetarla. Podía preguntarle. Podía pedírselo de buenas maneras:

—Jo…

—Wat zeg je nu?

Lo estaba haciendo.

—Eh… Jo, bueno… Te volia… Jo he pensat que't volia demanar de… Si no't fa res, Iltrud, perquè, Iltrud, jo't volia da'les gràcies abans que res. Per tot, Iltrud. Perquè has estat molt bona amb mi i jo només volia demanar-te de, bueno, tu potser voldries deixar que jo't toqués… Prô, ben mirat, no sé si tu ho voldràs pas que jo't posi les mans als…

Y se detuvo. El temblor de palabras que le subía a la boca le encendía la color de las mejillas. Sentía que le ardía la cara. Ella volvió el rostro, por ver qué le pasaba, que no decía nada, y él quiso excusarse de algún modo por lo que venía pensando, pero ella le habló antes, mucho más decidida: su labio partido de liebre formuló una serie de ideas extrañísimas que empujaron al bueno de Bonaventura a salir corriendo fuera del cobertizo para aliviarse manualmente entre unos arbustos, no muy lejos de allí. Fue algo torpe. Dejó unos goterones blancos y espesos en las hojas oscuras de un eléboro en flor. Eran, al fin y al cabo, el fruto de muchos meses de penuria moral. Luego de arrojarlos fuera de sí, quedó en su pecho un poso de cariño sincero por la dueña de la casa. Su simiente goteaba viscosa en el suelo y Hiltrud le llamaba a voces. Se preocupaba por él, gritaba «Bonentur!? Bonentur!?», y, por eso, él, cuando la mujer se levantó una mañana con ojillos de sueño y tos seca, se ocupó de cosechar las calabazas del huerto, que las dos llamaban «pompún». Entendió que urgía recogerlas antes de las primeras heladas. Catorce pompunes después, acabó horriblemente mordido por las ortigas. El terruño estaba infectado de malas hierbas. Le habían picado en los brazos y en las manos y ya no tenía ni gota que mear. Probó a ponerse barro en los sarpullidos. Luego, algo más aliviado, siguió buscando en la linde del huerto, que se confundía con la margen salvaje del bosque, y descubrió algunas matas de fresa y montones de zarzamora madura, muy sabrosa. Recolectó otras seis calabazas. Después, mirando la maleza que dejaba atrás, echó en falta las bledas de su madre. Cuando Hiltrud lo vio entrar en casa, tan sucio y malparado, no supo no reírse de todo él. Él, entonces, volvió a acordarse de su madre. Y, al día siguiente, se ocupó del ganado: ordeñó la vaca de madrugada, puso heno en el pesebre y recogió los huevos del gallinero. Sacó agua del pozo. Pensó qué narices podía hacer con el caballo robado al capitán de la compañía y puso de beber a todos los animales. También rellenó la tinaja de la casona. Después fue a por leña al bosque. Hiltrud se encargaba a duras penas de la cocina. Preparaba un pan blanco, muy rico. Por la tarde, supo la verdá de la ortiga: debía salir a cosechar un buen puñado o, mejor dicho, tanta como quisiera cenar aquella noche. Prefería, con creces, las bledas de su madre, pero esto último no supo cómo expresarlo. Durmió redondo. Le despertó el tierno mugido de la vaca en su cuadra. Salió a ordeñarla. Puso más heno en el pesebre de las bestias y sacó agua del pozo cuando el alba empezaba a despuntar. El día venía cargado de nubes y de frío. La Griteta, durante el desayuno, apenas tosió un par de veces. En su lugar, volvía a hablar sus cosas de siempre: el «blitiri-blitiri», el «datis ale» y algún que otro «ja, ja, mam» por si acaso. A Bonaventura, sin embargo, le picó la curiosidad el novísimo «nacht vande doden» de aquella mañana. Desde sus dos años y medio de estatura, la niñita entornaba los ojos, alzaba las zarpas y hacía como que le amenazaba, muy tremenda:

—De nacht van de dodeeen…!

—Què dius tu, ara?

—De nacht van de doden, coi!

—Què nat ni què doden, collons!

Y rieron. Fuera empezó a llover. Hiltrud, aunque seguía con fiebre, salió al cobertizo y sacó las bestias a pastar. También el caballo robado al capitán de la compañía estuvo paciendo bajo la lluvia. Bonaventura, desde la ventana, se lo miraba con desazón. Lo mejor sería soltarlo, que volviese con su amo, pero andaba suelto por allí desde hacía un rato y no tenía intención de marcharse a ninguna parte. El hombre acunó a la cría y salió fuera con un propósito claro. Lloviznaba fríamente. Miró al caballo. No vio a la mujer. Pensó en llevarlo hasta el camino y darle unas palmaditas en la grupa, para que siguiera su propia vía, pero se acordó antes de la fiebre de Hiltrud, que debía estar en el cobertizo, trajinando en contra de toda razón. Y la encontró, en efecto, sacando estiércol de las cuadras. El bueno de Bonaventura tomó la horca en sus manos y le dijo con voz fraternal:

—Deixa'm fe'a mi. Tu vés a dins, amb la Griteta.

Luego de amontonar todo el estiércol en un rincón del huerto, el hombre entró a las bestias en el cobertizo, incluido el caballo, y buscó el abrigo del hogar sin demora. La lluvia había arreciado. Hiltrud, mientras la Griteta ponía platos y tazas por el suelo del salón, vaciaba una calabaza pacientemente, cucharada a cucharada. Bonaventura se sentó a su lado en el escaño y pasaron la tarde así, sin decirse nada. Al anochecer, en cuanto las sombras salieron de sus rincones, pusieron una velita dentro de la calabaza. La dulce Griteta, al verla encendida, gritó llena de ilusión:

—De nacht van de doden, de nacht van de doden!

Bonaventura, por seguirle la corriente, repitió por lo bajo «nat, nat», pero la cría se revolvió ante su falta de entusiasmo y le precisó de inmediato: «de-nacht».

—De nac…

—De-nacht! De-nacht!

—De nat, de nat…!

—De-nacht, colions!

Y rieron. La noche cayó lenta sobre la casona. Todo estaba llovido y en sosiego. Bonaventura, al final del día, se quedó a solas en el salón. Se estaba quieto, sin más. Llevaba los ojos de los rescoldos del hogar a la llama de la velita dentro de la calabaza, junto a la ventana. En ocasiones, miraba fuera, por ver si veía algo, pero la oscuridad era absoluta en el exterior. Pasada la medianoche, se encontraba tan a gusto en el escaño que se rindió al primer sueño que rondó la cocina. Su sueño, en los últimos días, era de un negro vivísimo. O ciego por completo. Carecía del ruido de caras y de voces de su vida en la ciudad. Era, por encima de todo, silencioso. Por eso, a la vuelta de una cabezada, Bonaventura creyó oír unos pasos en la calle. Buscó en la ventana. Estaba muy oscuro. Dentro y fuera. La velita se había apagado…

—L'home…

Lo murmuró Bonaventura, insomne. Escuchó unos pasos en la hierba mojada. O recordó haberlos oído. Se detuvieron tras la puerta de entrada. Seguía lloviendo sobre el empedrado. No llamó nadie, pero el hombre, un hombre con su misma ropa, le esperaría fuera toda la noche: porque andaba descalzo, venía a reclamar lo que era suyo: «DE-CLUM-PEN». Bonaventura se encontró con la vista puesta en los zuecos, a sus pies. La voz, a pesar del eco en el recuerdo, no se había llegado a producir. Sólo se oía el agua caer. La noche, por lo demás, seguía quieta. Toda la casona estaba en silencio, profundamente dormida, y él, sin embargo, se había desvelado en la cama. Antes de que la vaca mugiera tiernamente, Bonaventura miraba al bosque en el ventanuco. O eso creía ver en las tinieblas del mundo: las copas de los árboles bajo un cielo nublado, pero el hombre, lejos de sumirse en honduras, quiso no olvidarse de nada: ordeñar la vaca, sacar las bestias a pastar, limpiar las cuadras, poner heno en el pesebre, cambiar el agua del abrevadero, recoger los huevos del corral… Había alguien en la cocina. Había luz dentro. Entonces pudo oírlo con claridad: Hiltrud o alguien como Hiltrud salía de la casa… ¿y el hombre? Bonaventura se levantó de inmediato. Los zuecos no estaban en su sitio. Fue a tientas por la habitación y se asomó a la ventana con cuidado de no ser visto: una figura en camisón cruzaba junto al pozo. Era Hiltrud como un espectro revenido. Portaba el candil en alto y se dirigía a la puerta del cobertizo con paso incierto. Pero no entró. Se volvió hacia la casona y miró al ventanuco de su habitación. Bonaventura se sintió observado cuando se sabía completamente a oscuras. Ella le veía. Ella, de algún modo, le estaba viendo, pero no era posible que le viera estando a oscuras como estaba. Hiltrud dejó el candil en el suelo y abrió la puerta tras de sí. Luego se volvió a mirarle y esperó en el umbral. Parecía que aguardase una respuesta. Él, sin embargo, no dijo nada. En su lugar, alzó una mano sin proponérselo e hizo «¿Hola?» y ella, en efecto, le estaba viendo en su escondrijo porque, al momento, se encogió de hombros y se metió para adentro. Luego cerró la puerta del cobertizo y el bueno de Bonaventura no volvió a dormir en toda la madrugada. Tenía los pies helados.