Noches en Poderna

Historia del viejo del guardacantón II-III

Amades, Costumari català, Barcelona, Salvat Editores, 1950, tomo I, página 325.
Donde el bueno de Bonaventura acaba tallando taruguitos de madera por no acabar aburrido en invierno y acaba arrancando ortigas del huerto por no acabar malo de amor en verano.

Poco después llegó el invierno. El bosque, una mañana, amaneció nevado. Bonaventura, más que verlo, lo notó en la cara al salir a ocuparse del ganado y, al rato de ordeñar la vaca, lo sintió en los dedos de las manos. Luego, cuando llegó el día, contempló los copos blancos en las ramas de los árboles y el barro del calvero, entre las manchas de nieve. El sol no volvería a brillar en muchos meses. Las tardes fueron largas, oscuras y tristes. El bueno de Bonaventura solía ponerse en la ventana, a mirar. Si no llovía, nevaba y, si no nevaba, helaba severamente, aunque esto último sólo se llegaba a apreciar en el haz de algunas hojas después de mucho mirar. El lodo de los charcos, en este sentido, cuajaba antes de que anocheciera y, si anochecía, que acababa siempre anocheciendo, Bonaventura se refugiaba en el escaño junto al fuego del hogar. Allí, las canciones de viejo de Hiltrud le trajeron a los labios tonadas que le cantaba su madre cuando chico. Él no se dio mucha cuenta de repetirlas, pero se las acabó cantando todas a la pequeña Griteta, que no bien las había escuchado y ya hacía por tararearlas junto a él:

Malaia la cirereta,

malaia la cireró.

Si hagués cregut a la mare,

no fóra dintre'l sarró.

—Saro, Bonentura?

—No. Sa-rró.

Y volvía, la pequeña, sobre la música del último verso: «no for adin'el saró, no fora dint'el saróóó!». En ocasiones, cuando la niñita tomaba el pecho de la madre, a Bonaventura le salía cantarle más dulce, por acompañarla hasta el sueño, y no le salía, sin embargo, no buscarle la teta a la mujer, quien, sin duda, lo miraba mirar. Los ojos de Bonaventura tropezaban después en el labio partido, el labio de liebre de Hiltrud, y el candor que traía la mirada en su camino de la teta al rostro se torcía penosamente. Luego, mucho más triste, recordaba:

L'infantó no vol dormir

ni en bressol ni en cadira,

sinó a la vora del foc

i a la falda de la dida.

Su afición por la talla de figurones comenzó con el ogro de los cuentos de hadas. Cogía un taruguito de madera para la mozita y un tarugón bien feo para el monstruote. Luego, ante la cara de pasmo de la Griteta, los ponía a dialogar a cada uno desde sus propias circunstancias:

Etcétera. Una tarde quiso contarle qué le pasaba al Patufet en la barriga del buey después de que se lo hubiera tragado junto a una col, pero la Griteta no acababa de ver claro que nadie se comiera, «nyam, nyam, nyam», al pobre Patufet. Valiéndose de un cuchillo de cocina, Bonaventura probó a dibujarle dos cuernos al tarugo de madera más gordo de la escena y, mugiendo bien alto, expulsó al Patufet por detrás: «Prrrt!». Luego se animó a ponerle ojos a la mocita y una boca llena de dientes al ogro, que hacía «aaargh!» con mayor propiedad. Al Patufet, otra tarde, le talló unos pies de andar y, a l'home dels nassos, le recortó una sola nariz: «aquest en té tantes com dies li resten a l'any».

—Neus?

—Nassos, sí.

—Één?

—Sí, un.

Quitando el triste sonajero, aquellos fueron los primeros juguetes que tuvo la pequeña Griteta en su vida. El bueno de Bonaventura lo hacía, sin embargo, por entretenerse en algo. Las labores de la granja, durante el invierno, no daban mucho de sí. Al menos, no eran suficientes para cansarle a sus veintipocos años de edad. Muchas veces, porque se aburría, reparaba rotos de la casona, el cobertizo o el corral de las gallinas. Clavaba tablas a martillazos. Engrasaba bisagras con unto de cerdo. O la tomaba con el caballo robado al capitán de la compañía. De tanto en cuanto, lo sacaba al camino y le rogaba que se fuera lejos de allí. Luego le daba unas palmaditas en la grupa, «arri, arri», para que arrancase a correr, pero el caballo no se quiso ir nunca: dormía bajo techo, tenía de comer y, por lo demás, se avenía con la vaca y el buey. Ninguno le pisaba el pasto y eran, por lo general, bestias de buen trato. Bonaventura llegó a tirarle unos guijarros al animal, «au, au», y la bestia, que no quería entenderlo, se metió para el cobertizo por no llevarse una mala pedrada y se la llevó, sin embargo, un carretero en una mañana lenta de nieve. A la bestia, que no la piedra. Los caminos no eran intransitables como creía Bonaventura, ni vivían los tres solos aislados en un calvero del bosque nevado. A lo largo de las semanas del invierno, aquellos hombres habían ido apareciendo en sus carros de mercaderías. Traían su carga, se metían en el cobertizo con Hiltrud y la descargaban toda allí. En ocasiones, llegaban dos o tres jóvenes de una vez, muy bravos y jocosos, pero, las más de las veces, se trataba de hombres maduros o viejos que dejaban algo de grano a cambio de aquellos bultos cubiertos con mantas. También trajinaban forraje para las bestias o sacos de harina, conservas y legumbres. Lo que fuera que trajesen, lo sabía Bonaventura después. Hiltrud se preocupaba siempre de cerrar la puerta del cobertizo tras de sí. Aquellos tratos no le incumbían. Al menos, no fueron asunto suyo hasta aquella mañana de primeros de abril en que Hiltrud le pidió, a fuerza de gestos, que llevase un fardo misterioso a otra parte.

—Prô avon?!

—Rechtdoorzee… Ga rechtdoor!

—Cap allà?

—Ja, Bonventur. Ga rechtdoor, alsjeblieft.

Y señalaba con insistencia el camino que iba a poniente.

—Alxiblif?

—Ja, ja…

—Val.

Bonaventura hizo un poco suya la urgencia de Hiltrud y unció el buey al carro, cargó el fardo misterioso en la parte de atrás y partió sin falta hacia poniente. El trayecto devino tortuoso en cuanto el hombre se ocupó del camino. Antes había rondado largamente la bruma de otras cuestiones por su cabeza: dónde ir, cómo volver o qué hacer según se diese el caso. A fin de cuentas, no sabía a dónde llevaba aquello, ni qué cosa era, ni a quién debía entregarlo. El carro, entre tanto, se había ido adentrando en el bosque y, al bueno de Bonaventura, le costaba reconocerlo sin su manto de nieve puesto encima. El deshielo, o acaso el rocío de la madrugada, había dejado una miríada de gotas de agua sobre las hojas de los árboles. No llovía y, sin embargo, se oía cómo si dejase de llover. El hombre, por distraerse, empezó a silbar una canción, pero no le sirvió de nada. Seguía escuchando el goteo disperso por el bosque y la sola idea de toda aquella agua fluyendo a su alrededor, gota a gota, le empujó a detener el carro para mear otra vez. Saltó a un lado del camino y orinó sobre las frondas nuevas de un helecho. Mientras se aliviaba, observó que eran unas hojas velludas que brotaban directamente del suelo mojado. Las más pequeñas se erguían enrolladas en sí mismas y debían ir desplegándose de poco a poco, supuso Bonaventura, quien apuntó el chorrito de orina justo al pie del helecho, aun a riesgo de salpicarse los zuecos, por no cebarse más en las plantitas. No oyó, en definitiva, la llegada de aquel otro carro:

—Goedemorgen, meester Bonventur!

—Eh?

Era el hombrecillo colorado de la ramita de hinojo dulce en la boca.

—Gude, gude, Piter.

Bonaventura se apresuró a guardarse la churra en los calzones. Después, mientras se ceñía los pantalones, se volvió hacia el hombrecillo. Quería excusarse sin falta. Confirmaría que no estaba allí parado por capricho:

—La natura mana, oi?

—Jaaa. Waar ga je heen vanmorgen?

—Eh… Ja, ja. Alxiblif?

—Alsjeblieft?

—Sí.

Y señaló de inmediato el fardo misterioso que portaba en el carro. El hombrecillo se lo miró un momento. Luego chupó la ramita de hinojo, «chrrrp!», y se miró al bueno de Bonaventura otra vez. Parecía menos risueño, de pronto.

—Waar?

Bonaventura no lo dudó un segundo:

—Alxiblif.

—Hè?

—Ja. L'Iltrud m'ha demanada que dugui'xò a Alxiblif.

—Bedoel je Hiltrud?

—Sí, l'Iltrud mateixa.

—Help me, alsjeblieft.

—Alxiblif, ja.

El hombrecillo se bajó del carro e hizo sitio detrás, entre la multitud de bultos que trajinaba. Después, con su ayuda, cargó el fardo misterioso y lo tapó con una manta vieja. Buscaba algo más, sin embargo. Probó a mirar en un rincón de la caja y sacó tres quesos de bola que entregó a Bonaventura: «voor Hiltrud en Griet».

—Bedanc, Piter.

—Vaarwel, meester Bonventur.

Y siguió su vía. El bueno de Bonaventura, viéndolo partir, quiso convencerse de que el fardo misterioso había quedado en buenas manos, pero el significado de aquellos tres quesos de bola, «voor Hiltrud en Griet», le inquietaba profundamente. Acaso el hombrecillo estaba por llevarlos a la granja y, dada la circunstancia, había aprovechado la ocasión. Bonaventura subió al carro, pensativo. Preguntó a las frondas nuevas del helecho por el misterio de los tres quesos y luego, menos inquieto, trató de deshacer el camino de vuelta a casa. A primera hora de la tarde, llegó al calvero de la granja de Hiltrud. Todo estaba en calma. La mujer tendía la ropa en unos cordeles que él había puesto entre la casona y el cobertizo unos días antes. Bonaventura se alegró de verla con vida:

—Gude, Iltrud! Gude!

Pero ella, en cuanto lo vio venir, dejó la sábana a medio colgar y se metió para dentro de la casona. El hombre no entendía nada. De un tiempo a esta parte, vivía desentendido de buena parte de las cosas del mundo. Dejó que el buey entrase el carro en el cobertizo y bajó a desuncirlo. Estaba por devolverlo a su cuadra cuando la mujer le habló a su espalda:

—Bonventur…

Hiltrud, puesta a contraluz en el umbral del cobertizo, le ofrecía una criaturita envuelta en un paño blanco.

—Hij is Hilventur.

El bueno de Bonaventura la tomó en sus brazos. Era un animalillo nuevo, recién nacido. Se le antojó rosado como un lechón, y muy pequeño. Lo levantó en el aire, por contemplarlo a la luz de los rayos de sol que cruzaban bajo el techo del cobertizo, y encontró una vida plena entre sus manos. Luego no supo callarse lo que se le vino a la cabeza:

—Millor es dirà Pere, com el pare.

—Pera?

O Hilventur. Como fuere, los dos se estaban sonriendo. Aquella era la expresión viva de la felicidad que sucede de pronto, sin más, como el viento de la primavera en las telas blancas de Hiltrud. Ella, aunque no lo estaba viendo, lo oyó tras de sí. El aire tiraría al suelo la sábana que había dejado a medio colgar si no la sujetaba antes con una pinza, así que se volvió a pinzarla de inmediato. Después, ya puesta en situación, continuó con la ropa mojada del cesto y el bueno de Bonaventura, con la dicha caliente entre sus brazos, se volvió a encerrar al buey en su cuadra. Y, como no podía servirse de la horca, le echó tres buenos puñados de heno en el pesebre, pero se levantó mucho polvo, como era habitual, y el hombre tuvo que salir del cobertizo a toda prisa. Fuera se detuvo a mirar a la mujer. Quería agradecerle a Hiltrud la vida del pequeño Pere. Pensó en abrazarla. Pensó en el cariño que sentía por ella y pensó, incluso, en darle un beso en la mejilla, pero la dueña de la casona se esforzaba en tender grandes telas blancas al sol y el hombre, por compartir su alegría con alguien, se fue en busca de la Griteta. Hacía pocos días que había cumplido los tres años:

—Drie.

Y enseñaba tres deditos de la mano.

—Tres! Caram, que'ts gran…

—Tres ans!

—Molts!

—I tu?

—Me penso que vint-i-quatre, Griteta.

—Més?

—Molts més.

—Dos?

Y enseñaba dos deditos.

—No, vint-i-quatre.

—Collons!

—No, vint-i-quatre.

—I'n Hilventur?

—Cap.

—Nul?

—Ni un.

—Té één?

Y enseñaba un dedo.

—No'ncara.

—Té…?

—Dugues setmanes.

—Twee?

—Catorze dies.

—Ca-tor-ze?

—Si fa, no fa…

—Is molt?

—No, molt poc.

—Poc.

—No res.

—Nul.

—No, no… Un xiquet més c'això.

Y buscaba a Hiltrud, sentada en el escaño. Aunque tenía carita de sueño, se la veía, de algún modo, preciosa dándole de mamar al pequeño Hilventur. El bueno de Bonaventura, cuando la miraba, procuraba no tropezar ni en el labio partido ni en la teta rebosante. Estaba bien así. Él se ocupaba entonces de casi todas las tareas de la granja y ella se encargaba de las criaturas, de la cocina y de la ropa. Si ella no la podía tender, él mismo se ofrecía a secarla al sol y, al cabo de la jornada, apenas le quedaban ganas de tallar figurones. O de cantar tristezas de viejo. Dormía muy hondo. Muchas madrugadas saltaba de la cama y salía en paños menores de la habitación. Empezaba a hacer calor y se aficionó a andar descalzo por el campo. Hiltrud también lo notó. No se ceñía la blusa como antes y el bueno de Bonaventura, por más que lo procuraba, no hacía más que caer en su escote rebosante de tetas si pasaba cerca. De lejos era otra cosa. De lejos, se permitía mirarlas ampliamente, aunque se veían grandísimas de todos modos y el hombre no dejaba de imaginarlas, por lo que fuera, chorreando gotitas de leche. En ocasiones, corría al huerto a aliviarse. En verdá, acabó yendo tantas veces que, al final, tuvo que excusarse diciendo que no había manera de acabar con las malas hierbas que crecían por todas partes. Por ejemplo, la ortiga. Después de descabezarlas y mutilarlas a todas, probó a arrancarlas de raíz. Sirvió de poco. Luego se desfogó a golpes de azada durante un tiempo y, cuando hubo devastado todo el suelo del huerto, le ganó unos metros a la margen salvaje del bosque. Mantuvo en su sitio las matas de fresas y las zarzas que fijaban la nueva linde occidental del terruño. Después, a medida que crecía la calor del año, salía a clavar la laya bien hondo en el suelo. Sólo si la hundía del todo, descansaba en paz. Hiltrud vestía blusas blancas de manga corta que dejaban pasar el aire, la luz y los ojos de Bonaventura. El hombre acabó revolviendo toda la tierra del huerto. Luego, por poner algo en el campo labrado, echó al suelo los plantones de pompunes que había criado Hiltrud entre mamadas, cocidos y coladas. El aspecto general del lugar era penoso: a dos hojas por planta, salían un total de catorce motitas de color verde en mitad de los terrones rotos de su pasión. Algunas noches, por no sentarse a su lado, salía a regarlas. La mujer, a última hora del día, se dolía de las cervicales y de buena parte de la espalda. Cargaba mucho peso durante demasiadas horas: el Pere, la Griteta y sus dos tetas. No lo decía con palabras, sin embargo. Se reclinaba en el escaño y las llevaba de un lado para otro. Ya no sabía dónde ponerlas, ni había ningún pudor entre ellos. Las cogía con la mano abierta, como si estuvieran lastimadas, y suspiraba algún secreto extranjero. Bonaventura quería creer que cierta comezón le ardía en el vientre. Después de todo, la calor les provocaba los mismos sudores a ambos. Llegó a creer, mirándolas en su escaño, que ya le pertenecían. Sentía muy fuerte que Hiltrud se las debía. Que eran suyas. Cierta tarde, mientras ponía orden en unos caballones, creyó comprender que aquellas tetas eran suyas como lo era la tierra del huerto que estaba trabajando. Su padre, que se mató a trabajar en una fábrica del textil, solía repetirle que la tierra es para el que la trabaja y el bueno de Bonaventura sentía que se había ganado las dos tetas de Hiltrud con el trabajo de sus manos. A fin de cuentas, él era el hombre de la casa a falta de otro y todo hombre de la casa merece, además de un techo y un plato en la mesa, una hembra en la cama, pero la mujer Hiltrud no era ningún suelo, ni era de nadie, y esto, el bueno de Bonaventura, también lo sostenía razonadamente. Si luego acabó derramando mucha esperma sobre un puñado de tierra, fue por causa de los rigores de junio. Él entendía que ella no le debía nada por su labor y sentía, sin embargo, que le debía alguna forma de obediencia en la cama. La idea que subyacía en el fondo de la disputa era antigua y se agarraba viejamente a sus entrañas. La razón de Bonaventura, que no el resto, probó a arrancarla de raíz. Sirvió de poco. Como la ortiga, volvía a brotar cada vez que tropezaba en el escote de Hiltrud. Hacía mucho calor. Su padre, el mismo que se mató a trabajar en una fábrica del textil, le hablaba a menudo del concepto de alienación. Más que nada, por recordárselo. El bueno de Bonaventura quiso convencerse de que sus ideas no eran suyas. Quería, pese a todo, cogerlas con las manos y llevárselas a la boca, para chuparlas con fruïción, si pasaba cerca, si podía ser, porque una cosa es que ella no le debiera sus tetas y otra bien distinta, que él no deseara tomarlas. Desde hacía varios días, si la miraba un momento, no veía más que carnes jugosas y tiernas en la mujer Hiltrud. Apenas reparaba en el labio roto de la cara. Acaso lo tenía muy visto ya o acaso estaba por ponerse malísimo de amor. A finales de mes, el bochorno se le antojaba insoportable. Llegó a sentir algo de fiebre, pero le bajaba al momento si se aliviaba a la sombra.


L'imprempta d'en Iosephus R. us presenta…
El replà

Mostróse, no más» dijo. «Iba yo, venía ella… ya sabe usté cómo es ella… Traía, así, dos botellas de leche tibia, leche rebosante, y, nada, cruzamos las miradas y, en las miradas, como podrá imaginar, había algo más que mirares… Fue entonces que dejó las botellas en el suelo y se echó sobre la jamba». El lugar era humilde: techo bajo y aire bruto, las paredes amarilleaban entre negros desconchones. Escaseaba la luz. Alumbraba la miseria. «Reposó el gesto allí y apretó allí el su cuerpo, siendo que su carne, toda su carne, se pronunció bajo la blusa, esa blusa suya que lleva, ya sabe, tan fina. Hablaba, me estaba hablando, y eran sus palabras abundantes, prominentes… Aunque toscas, se disculpan. Bien sabía quién era: la había visto por allí alguna que otra vez y es moza», sonreía, «que se deja ver y así, recostada sobre la jamba como le digo, tiró con una mano, los cinco dedos, de la falda y descubrió un tobillo, diríase, inmaculado, como sin mácula estaba la pantorrilla que es el caso que tiró y tiró y dejóme mirando aquella su piel, rosada e imberbe, o el gracioso perfil de sus rodillas… Fue después, bien lo sé, el muslamen, terso y poderoso, que, poco o insuficiente, no la contentó y siguió tirando y, tirando, subió aun más allá… Ya me entiende» se significó. Tosió. «Estaba la mano sin más ropa que asir, que estaba toda asida, que dijo «toda adentro».

Una altra formoſa història del nostre famós…
De omine o Llibre dit dels homes, Poderna, Josep R., sine die.
Amb nous exemplars a la llibreria de
vell que es troua a la plaça del pou.