Noches en Poderna

La dicha de la Remei o La determinación de los miserables I

Visto de fuera, l'Aleix no comprende a qué responde la dicha de la pobre Remei. Él ha llegado a su puesto de frutas huyendo de cierto aire sombrío que va tras sus pasos y ella solamente ha sabido responderle con una sonrisa sincera y franca: «Voldràs un présac, maco?». L'Aleix se mira el tenderete: es demasiado humilde para juntar tanta alegría. Y es pequeño, además. Las piezas de fruta están amontonadas de mala manera, unas sobre otras. Si se tomara el elemento preciso, se vendrían todas abajo. L'Aleix se guarda la bajeza. Esconde las manos en los bolsillos y roza, cómo olvidarlo, la fea bullofa que trae encendida en el dorso de la diestra.

—No m'agradan els préssecs, gràcies.

—Te poso…?

Luego se mira a la Remei con la misma interrogante. Ella espera, tan fresca, a que le diga si pera o manzana o qué cosa. Es una muchacha menuda, medio mona, medio simpática, que no esconde nada a los demás. L'Aleix ya había notado las tetas grandes y jugosas de la Remei mucho antes de pararse en su puesto. El género, con todo, está lejos de ser el mejor de la plaza.

—Posa'm una pera.

—Una, no més?

—Que sia dolça.

Visto de fuera, l'Aleix no se explica la dicha de la pobre tendera. Y no se lo explica porque no sabe, por ejemplo, que la Remei nació Remedios en un pueblito del sur, lejos de Poderna. Hay quien dice que llegó sola, sin nada en los bolsillos, a las puertas de la vieja ciudad, pero traía, en verdá, mucho miedo a quedarse en la calle y a pasar hambre y a morir de frío. Recién cumplía diez y seis años. L'Aleix tampoco sabe que la Remei entró a servir en una hostal por un jornal mísero y que salió de allí en cuanto vio venir a los borrachuzos, entrada la noche. Luego pasó unos días en la calle, pidolando, hasta que la señora del amo de un taller de carpintería se la llevó a servir en su casa: «te direm Remei, qu'és més curt». L'Aleix entiende que servir en una casa consiste en atender los quehaceres domésticos de otras personas a cambio de un techo, comida y paga, pero no sabe, porque no ha podido saberlo, que l'amo Umbert tenía las manos muy largas. De un día para otro, la Remei hizo saber a la señora de la casa que se iba y la señora, que era muy piadosa, la recomendó en el balneario: «et faràs un tip de treballar, filla» y, en efecto, donde antes hacía dos camas, y una era la suya, hacía después más de medio centenar. Por las tardes, servía en la terraza. Allí las manos eran limpias y las voces, suaves. Recibió algunas propinas. A las propinas, siguieron los pellizcos y, a los pellizcos, las proposiciones de subir un rato a la habitación por un dinero. L'Aleix no sabe si nadie cometió nunca un exceso contra ella, pero, en cierta ocasión, la muchacha se revolvió con un bofetón que la puso de nuevo en la calle. En este punto, la desdicha de la Remei la empujó a refugiarse en el hogar materno, que eran un puñado de recuerdos y de certezas: «tu prima Dolores se ha metido a puta por un cuarto caliente. Tu prima no tiene vergüenza. Tú, hija mía, sí, y mucha, así que la cabeza bien alta». L'Aleix no imagina lo que supone dormir en la calle y, a la Remei, en verdá, no le dolió tanto procurarse abrigo en cualquier sitio como sentirse sola y desvalida, en ninguna parte. Peor fue luego, al cerrar la noche, cuando comprendió que era presa de su situación y no veía el modo de escapar. Estaba todo muy oscuro a su alrededor y la Remei, en aquella hora baja, se acordó mucho de su prima Dolores. Su prima no estaba de puta por un cuarto caliente. Su prima estaba de puta por mujer y por pobre y, como tantas otras personas cuando se ven en una gran necesidad, se veía forzada a obrar en contra de su voluntad. Su prima no quiso ser nunca una puta. Difícilmente nadie pueda quererlo. La Remei sintió de pronto mucha pena de todo y aquella pena de días la movió a compasión por las cosas pequeñas del mundo y, por causa de aquella compasión, reparó en la falta de compasión que horada feamente el pecho de los hombres que usan de las putas por unas monedas. L'Aleix no sabe que la Remei tardó semanas en asumir que hay personas que se aprovechan de la necesidad de otras para darse luego los buenos días con amabilidad. La Remei, pidolando por las calles, estaba determinada: «esta vida es mía y no voy a dejar que ningún otro la eche a perder». L'Aleix tampoco sabe que, cerca de cumplir los veinte, la Remei entró a lavar ropa en el balneario (la señora de l'amo Umbert hizo lo posible por arreglar el trato) a cambio de un sueldo miserable. Entonces conoció a la Juliana y fue la Juliana quien le habló del puesto de frutas de su tía, la vieja huraña, que estaba por morirse: «tu te'n faries càrrec? Els pares m'hi volen posar de per vida i jo tinc, vés, altras ganes de fer». La Remei aceptó de grado y estas, a fin de cuentas, son las razones de la dicha de la Remei en su puesto de frutas, cada martes, en el mercado municipal de la vieja Poderna que l'Aleix, dando un bocado a la fruta madura, ignora por completo.

—Voldràs re'més, maco?

—Eh…

La mano en el bolsillo le escuece un montón.