Noches en Poderna

La fiebre de l'Enric Clotet

porque lleva días pensando en ella. Le arden las entrañas. Se quema de mala manera. Y no sabe dónde meterse. Puede ocupar su tiempo con sonetos del Renacimiento o puede tropezar largamente en abruptos consonantes palaciegos, pero su pensamiento vuelve con naturalidad a su cauce y la pasión que le nace en el pecho le abrasa las entrañas y ya no le basta con derramar semén en la palma de la mano. Necesita más. Necesita otra cosa. Los martes por la mañana su padre no está en casa y la madre de la Germana va al mercado del pueblo sin falta… No irá a clase. Lo tiene decidido. Estarán a solas y, esta vez, no piensa embarrarse en palabrería vana: irá a por ella y, sin terciar razones, la tomará de la mano y se la llevará a las golfes. Puede que, de primeras, se resista y no quiera seguirle, pero en la mirada vendrá todo dicho: «Puge'm a estimar-nos» y ella, que tiene que querer, subirá las escaleras con pie ligero. El desván no es un mal sitio. Hay polvo y hay trastos viejos y hay la poca luz que se cuela por la claraboya, pero tiene pensado usar el matalàs de plumas que fuera de la abuela con una de las mantas de lana que guardan contra el frío. Puede valer. Luego va a echar la llave, que no quiere que los pillen por sorpresa, y la va a desnudar. Antes de tumbarla en el camastro, antes del magreo, de los besos, de chupar y de hurgar, quiere deshacerse de toda su ropa para poder, por fin, verla al completo… La ha perseguido largamente cuando hace por desfogarse. Ha fantaseado con la forma y proporción de su cuerpo en cada sacudida y le ha acabado imaginando unas tetillas muy tiernas, de pezones menudos y deliciosos… Algo que, de tan delicado, llama a ternura, cariño, compasión. Las caderas son anchas. Los muslos, rollizos. Luego está el ombligo, el vientre gracioso y el pelo negro, muy apretado, del coño. También ha considerado que pueden dejarse llevar por las ganas de amarse y rodar juntos sobre el colchón entre abrazos, caricias y besos… Si el hombre es bueno por naturaleza, el ansia extrema que guardan en el pecho les llevará gozosos sobre el otro. No puede ser de otra manera. Ella, en ocasiones, le ha propuesto eyacularlo todo en su boca o se ha ofrecido a cuatro patas, amantísima, pero l'Enric se prefiere siempre sobre ella, poseyéndola entre los brazos. Se quiere con brío y vigoroso y se quiere empujando entre sus piernas. Desea rendirla de placer, que se venza a la carne y al mundo y suspire, entre gemidos, su nombre: «Oh, Enric, el meu Enric!». Entonces es cuando el semén escapa del puño cerrado y salpica el pantalón del pijama, las sábanas y un poco el suelo. Son gotas de un blanco muy vivo. No es posible, ni cabe, mayor expresión de la fiebre. L'Enric arde hacia el sueño.