Noches en Poderna

L'Aldonça y el amor de los brutos

desnudos, sobre el musgo. Tiene unos dedos muy redonditos, como graciosos. Le da lástima ponerlos en la roca viva de la gruta. Está cubierta de una capita de baba fría, muy asquerosa. Debe de ser agua, pero no ves de dónde mana. Espera. Si das un paso al frente, mi niña, seguro que te resbalas y acabas deslizándote sin remedio hasta lo negro de la garganta, que es lo que querías ver, verdá?

—Sí. Pero no sé per què, perquè més enllà no hi veig res.

—Res, mi niña?

—I si caic?

—Mi niña…

—Podria perdre'm.

—Sí, mi niña.

—Me perdria per sempre, oi?

—No, mi niña. Despierta…

—Eh?

—Despierta, Aldonça.

—Què? Què passa?

—Sssh! No hagas ruïdo, mi niña. Escucha…

L'Aldonça tiene los ojos muy abiertos. Mira al techo de la celda, una masa de sombras enfurruñadas, y oye voces fuera, en el patio. Hay (a lo que parece) un hombretón queriendo gritar bajito, pero no le sale. No sabe. La comezón que lo ha traído en mitad de la noche a la casa de las beguinas le nubla el poco juicio que pudiera tener con la barriga llena.

—Qui és? Qué passa?

—Los tortolitos, mi niña. Asómate a la ventana, házme'l favor, y préstame tus ojos.

—Vale.

L'Aldonça se levanta de la cama y…

—No vayas descalza, que me vas a coger frío.

—Vale.

Y se pone las zapatillas. Luego echa mano de las cerillas y, a tientas, prende la vela de su mesita. El ventanuco de la celda está muy alto. Necesita un banco o subirse al sillón para poder mirar fuera, pero su habitación no tiene banco (todavía) y el sillón pesa una barbaridad, así que le toca arrastrarlo con sus brazitos hasta la pared.

—Chssst! No armes tanto'scándalo o nos oirán!

—Val, val.

Después se sube con cuidado de no caerse y se asoma fuera. Todo el claro del patio está bañado en la luz blanca de la luna. No hay nadie, salvo la noche y el espectro numinoso de los árboles por doquier. No ve al hombre hasta que el hombretón habla de nuevo:

—Els teus pits em cridaven de lluny, Dolors!

—Calla, ase, que'ns sentiran!

—Baixa, sis plau!

—No!

Por la voz, la Dolors no puede ser otra que la ideputa de la Cunegunda y el hombretón, la figura ominosa que la pide bajo su ventana. A l'Aldonça, le da un poquito de miedo. Vista al contraluz, aquella alimaña no parece que guarde respeto por nada, incluidas todas ellas.

—Hi ha un home, al pati!

—Es grandote, así como muy bruto, verdá?

—Sí.

—Es el Tonet, el enamorado de la Cunegunda.

—Quiii?

—Su enamorado, mi niña. Se quieren desde que ella'stá aquí, al menos.

—Ah, sí?

—Sí.

La Dolors llegó una noche como aquella a la casa de las beguinas. La traían medio desnuda, en camisa de dormir, un grupo de hombres. Dicen que iban embozados, a la manera de los furtivos, y que entraron envueltos en sus capas de camino y la dejaron a las puertas del casalote, sin dar explicaciones.

—Antes era puta.

—Qui, la Cunegunda?

—La senyora Dolors, sí.

—Ah.

Cuentan que la cuadrilla del salvaje Roc la sacó a la fuerza de un pisito donde la tenían puesta. La pobre Dolors, siendo muy niña y muy burra, acabó metida a puta sin quererlo y aquellos bandidos, que despreciaban la esclavitud por encima de todas las cosas, fueron en su busca en cuanto lo supieron. Ella, según dicen, pidió por su vida cuando se vio en manos de unos hombres espantables, «no'm feu mal, us ho prego, no'm feu cap mal», y el pobre Tonet, que la cargaba al hombro, no supo qué decirle, salvo «tanca la boca, noia, que'ls veïns fa'stona que dormen i vol fe'tard». Pero no regía bien, ya entonces. Poco antes había sorprendido un pecho desnudo de la Dolors por el hueco del cuello de su camisa y andaba medio enamorado.

—Y yo creo que sigue pidiendo por aquella teta y no por las que pueda darle'sta noche la Cunegunda.

—Sí?

—Sí. Escucha bien…

L'Aldonça pone sus ojos en la figura ominosa del Tonet y la escruta con cuidado, por saberle la cara al bandido. Pero no ve nada. El hombretón sigue de espaldas a la luna, cuando grita muy bajito:

—Baixa, sis plau, que't porto papers d'amor!

—A qui'ls has pres, ara?

—A ningú, jo…

—Marxa, lladregot!

—No! No m'ho facis, això, que tinc fam dels teus pits, dona!

—Què dius, ara?!

—Dolors del meu cor, els teus pits són dusos com la pedra!

—Bah, bah! Que no tens tu prous queixals per mossegar-los!

—Baixa, tu baixa… Veuràs que'n són de dusos!

—Passa, ase! Ves-te'n, au!

—Baixa, dona, que no dormiré pas, avui! Que no veus que'ls teus pits em cridaven de lluny i m'han ences tota la carn!

—Au, calla! Si'scoltessis bé, cap de suro, sabries que'ls meus pits no han dit mai paraula… Burro, més c'ase!

Y se mete para adentro y le cierra la ventana en las narices. PLAM. Después, cuando el silencio en el aire de la noche, el hombretón se queda solo en su figura y l'Aldonça se lo cuenta todo a la Catalina:

—Ha marxat i ell resta tot sol.

—No.

—Sí, la senyora Dolors ha marxat i ha tancat la finestra!

—Espérate, que ahora sale.

—Sí?

La Cunegunda no tarda en aparecer por el patio. Va en camisón y no lleva las sandalias puestas, ni nada. Parece más joven que de costumbre y, si no anda a saltitos, la ideputa camina con una gracilidad nueva para l'Aldonça. El Tonet se sonríe. No le ve el rostro, no hay manera, pero la muchacha siente que una sonrisa idiota le parte la cara en dos mitades. De ser un toro bravo, allí puesto, con la cabeza alta y la mirada al frente, bufaría de felicidad, pero no lo oye suspirar, siquiera, porque la Cunegunda le habla con voz de enamorada:

—No han dit mai paraula, els meus pits, però, les teves, les han ben escoltades…

—V-Vine'mb mi, que vull tornar a'stimar-vos a les fosques! Vine, veniu amb mi tots plegats, c'us estimaré com m'estimo la lluna al cel!

Y l'Aldonça los ve perderse de la mano en la umbría secreta de los cipreses, donde la Cunegunda se pasa las horas cultivando el mirto oloroso. Ahora se le revela el oscuro motivo de su dedicación. Tiene sentido que lo haga por amor:

—Se'n van.

Y, al poco, le llegan suaves mugidos de pasión. A l'Aldonça se le antojan bestiales, pero hay un dejo de dulzura al final, cuando toman más aire, que la mueve a ternura. Es como cuando abrazaba a sus amiguitos del cole o su madre la tapaba hasta la naricilla, antes de darle las buenas noches. Lo tiene visto de otras veces. Es esa forma de cariño que despiertan las pequeñas criaturas en cualquier corazón caliente. Luego, por mera simpatía, la fronda se agita a su alrededor, como estremecida de emoción. No corre la brisa, sin embargo. L'Aldonça lo advierte de inmediato:

—Ja no'ls veig, Cata.

—Déjalos.

—Prô… per què li deia aquestes coses?

—Qué cosas me pides, mi niña!

—Ja, prô és que m'ha semblat que li deia tot això dels pits a la senyora Dolors i jo no sé amb quina cara he de mirar-me-la demà, saps?

—Sé.

L'Aldonça se imagina la boca de un hombre poniéndose sobre una de sus tetillas tiernas y se lleva la mano al pecho, de la impresión. Luego, por quitarse el susto de encima, tiene que insistirle:

—Catalina, prô per què un home voldria xuclar-li els pits a ningú?

—Creo…

La Catalina no empieza a recordar por poco. Una vaharada de lavadero le sube de dentro y le deja un rastro oscuro de besos en la piel del cuello, las tetas y las manos. Prefiere hablar cuanto antes, sin pensarlo demasiado:

—Eh? Mi niña… Yo las tengo p0r criaturas que se quieren mucho a sus madres, sin más.