Noches en Poderna

Las lecciones de l'Encarnació

Se añora de hace un rato, cuando estaba metida en la cama y el sol se colaba por la ventana de su habitación. Las sábanas le estaban haciendo mucho bien desque la despertara el ruïdo de la hora fabril que lleva a la gente de un sitio a otro. Ha sido espantoso. Aquel trajín, a l'Encarnació, siempre le ha parecido crudo, como cruel, y ha querido dolerse de la madre para poder pasarse el día en casa. Su padre, en oírla, ha mordido una protesta, pero no muy alto, que no sabe de cosas de mujeres, y se ha bajado de seguida a la mercería, a ganarse el pan. Es, de vocación, un hombre pequeño y viudo que no sabe apretarla cuando es menester. Toda su idea sobre la educación de los hijos se cifra en unas pocas palabras: «Estudia per al dia de demà», pero ella, ahora, está más interesada en otras cosas, y no los estudios… Luego está aquel otro lema suyo, aquello del «llegeix, filla, que has de llegir molt si no vols te prenguin el pèl» que recita cada domingo como en letanía, con los cafés. Admite ligeras variaciones del tipo «com una bleda» o «a la vida», pero hoy es jueves. Sólo jueves. Un jueves triste y desalmado y no pasa nadie frente a su ventana. La plaza está sola y en penumbra. La moixera se está quedando sin hojas y el caracol, sin niño. La estatua amanece cada día más rota, la pobre. Alguien la decapitó hace unos días, y ya le faltaba una mano de antes. L'Encarnació sorprende un claro de sol en un banco y se lo piensa. Busca en su habitación un motivo para quedarse y no halla más que razones para el tedio, así que se abriga y baja de puntillas, que no quiere que la oigan. Entre tanto, no deja de oír aquellotro del «llegeix, filla, que has de llegir» y coge, aunque a desgana, uno de los pliegos que guarda su padre de sus años de juventud. Sale a la calle y, tan pronto asoma un pie, la recibe el frío del primer invierno. Piensa en volverse para adentro a la voz de «¡ya!», pero la detiene el canto distraído de un mirlo en la plazuela. Parece tan alegre… L'Encarnació diría que le está cantando a la mirla, y aun al mundo. Tanta es su dicha, que la mueve a su encuentro. Piensa que podrá verlo entre las ramas desnudas de la moixera y, en efecto, lo descubre en lo alto de la copa del árbol, llamando a la primavera. Trina muy dulce, y trina de amor, hasta que atisba un moscardón trasnochado y sale tras él. L'Encarnació pisa entonces el silencio del lugar y se abandona al solecito de media mañana, en un banco. De primeras, le puede el frío que trae de camino, pero, al rato, se encuentra tan a gusto que se descuida de todo y se pierde entre las páginas viejas de aquella Ensalada de enamorados. Ella no lo está en absoluto. No lo ha estado nunca, tampoco, pero siente como nostalgia de oírlo contar a sus amigas, así que se pone a leer, «llegeix, filla, que has de llegir», las cuitas amorosas de aquellos poetas antiguos. Dice: «Mientras por competir con tu cabello / oro bruñido al Sol relumbra en vano». No viene el nombre del autor. Su padre tampoco se cansa de repetirle que «els hòmens foren abans poetes que contables», y lo repite como el que recita un refrán cargado de una verdá ancestral e inmutable. Él es mercero de toda la vida. Mira más abajo y lee…

Ia besando unas manos crystalinas,

ia anudando me a un blanco i liso cuello,

ia esparciendo por él aquel cabello

que Amor sacó entre el oro de sus minas

…y no le parece que haya tales manos, cuellos o cabellos entre las muchachas de su barrio. Pasa página y lee uno que empieza «Cavellos creſpos, breves, criſtalinos» y acaba con la misma impresión, porque no diría de ninguna que tiene «ojos de perlas, blandos y benignos». Ni de sus amigas, que tan bien le parecen. Tampoco ha visto nunca «nariz que a qualquier otra deſbarata» o «voca ſin fin, alegre al que la trata». Piensa que una boca así debe ser cosa seria, por lo que tiene de grande, y aquello de los «dientes donoſos, raros, peregrinos» le despierta no poco asco, si se lo imagina. Poco más allá, comienza otro que dice «Eſcrito'ſstá en mi alma vueſtro geſto» que acaba confesando «Yo no naſcí ſino para quereros», a lo que l'Encarnació responde que sí, seguro, con la cabeza. Pasa página. Lee…

No fueron tus divinos ojos, Ana,

los que al yugo amoroſo me han rendido;

ni los roſados labios, dulce nido

del ciego niño, donde Néctar mana;

ni las mexillas de color de grana;

ni el cabello, que al oro es preferido;

ni las manos, que a tantos han venzido;

ni la voz, que eſtá en duda ſi es humana.

…y desconfía de tanta hipérbole junta. No lo ve claro. No es menos cierto que sus amigas también exageran cuando tratan de los méritos de sus amigos, o eso le parece, pero dijeron querer siempre a hombres humanos. Levanta la vista y encuentra al Joanet, el brutote de la Remei, sentado en el poyo de piedra que da a su casa. Es un joven antiguo, como los poetas aquellos que gustan a su padre. No se saludan apenas y no lee tampoco aquellotro de «Tu Alma, que en tus obras ſe trasluze, / es la que ſugetar pudo la mía / porque fueſſe inmortal ſu cautiverio» con que sigue el soneto. Pasa la página. Halla uno más de su cuerda, que dice…

No ſer, Lucinda, tus bellas

niñas formalmente eſtrellas,

bien puede ſer;

pero que en ſu claridad

no tengan cierta Deydad,

no puede ſer.

Que su boca celeſtial

no ſea el miſmo coral,

bien puede ſer;

mas que no exceda la roſa

en ſer roxa y oloroſa,

no puede ſer.

Que no sea el blanco pecho

de nieue o criſtales hecho,

bien puede ſer;

mas que no exceda en blancura

criſtales y nieue pura,

no puede ſer.

…y l'Encarnació se sonríe para sí. Es cabal. Le gusta. Luego mira al Joanet un momento y vuelve a leer de nuevo, que allí verdaderamente pone «mas que no exceda la rosa / en ser roja y olorosa, / no puede ser». Pero, ¿es o no la boca más roja que una rosa? Su padre, «llegeix, filla, que has de llegir», se le antoja un poco tonto con todo aquello del leer, leer, leer… El tal Fénix, que allí reza «Otra del Fénix», también parece que se dirige a una mujer que no puede ser ella, en ningún caso. Si a sus amigas no les calza el zapato, a ella, menos. Es más grande y robusta de huesos, que dicen. Después de un rato entre poetas, no se le ha pasado por la cabeza que puedan escribirse cosas tales de su persona. Está lejos de darse por aludida. ¡Que iba nadie a componer nada mirando la su figura! Tiene el pelo negro como el hollín y la mano es grande y recia, de dedo gracioso pero rechoncho, y la cadera con la cintura es todo una, que no se aprecia en ella el talle feliz de otras mujeres. Las tetillas las recoge en un trapo, bien arriba, y los ojos, pues son como tantos otros: oscuros, redondos y chicos… Pero no le importa. Ha sido siempre así. Si alguna vez le viniera alguno y le dijera aquello que está tan de moda de…

Por una mirada, un mundo,

por una sonrisa, un cielo,

por un beso… yo no sé

qué te diera por un beso.

…no haría como las bobas de sus amigas, que se ríen de puro rubor, y tan contentas. No. Viendo a los pollos que se atreven con aquello, que son medio hombres, medio guapitos de cara, les soltaría lo que tantas veces se ha callado: «però on vas tu, mort de gana, a portar-me res ni res?». No. Con ella no iban a funcionar ni la anáfora, ni los consonantes, ni los endecasílabos al itálico modo… Se mira el cuaderno con cierto desdén y chasca la lengua, decepcionada. Aquella ensalada no le está aprovechando. Puede ser que su padre no se refiera a lecciones de aquella índole cuando insiste en ponerla frente a un libro, pero nunca se pronunció al respecto. Busca fuera, en las ramas de la moixera, y mira al Joanet otra vez. El Joanet también la mira. La mira, pero l'Encarnació no sabe cómo. Piensa que aquel hombre es mucho más que medio y que, de guapito, no tiene nada. Es hosco hasta en el estar. No entiende que busca mirándola de aquel modo. Por ponerse a cubierto, vuelve a las páginas del pliego y hace como que lee y se topa con aquello de los «tobillos yguales a l'alabaſtro» y se sorprende de que a nadie puedan gustarle unos tobillos. Los del Joanet, sin ir más lejos. Deben ser algo basto, muy tosco. Ella no podría irle y soltarle eso de los «tobillos yguales a l'alabaſtro», por ejemplo. Ni lo siente, ni lo iba a entender, pero, puesta a suponer, tampoco podría hablarle de sus «manos crystalinas», de su «blanco i liso cuello» o de sus «roſados labios». Es un bruto y no parece que quepan en su sesera voces como aquellas, ideas tan extremadas, aunque escucha, como ella, el gorjeo precioso del mirlo, vuelto a cantar en su rama.