Noches en Poderna

Las manos de la Montse

Sucede un día cualquiera. La Montse se despierta una mañana en la cama con ganas de besar a otro hombre. Se llama Lluc y se conocen de la plaza. Ella va, él viene. Ella lo saluda, él le da los buenos días. Ella le sonríe (porque le parece muy guapo) y él le dice unas palabras de cortesía (porque le gusta mucho). La Montse, a sus treinta y dos años, todavía se siente capaz de enamorar a un hombre y, lo que es aún mejor, todavía se sabe capaz de amar como el primer día.

Treinta y dos años. Lleva más de diez casada y no se había vuelto a enamorar desde que tenía diez y siete, cuando conoció al Tomet. Casi quince años con el mismo hombre. Toda su vida adulta ha transcurrido junto al Tomet de la Tomasa, un pagesot metido a obrero del textil a los diez y ocho años de edad. Un buen hombre que sigue a su lado en aquella mañana de octubre que se quiere tarde fría de noviembre donde la Montse se ha despertado con unas ganas tremendas de besar a otro hombre, de nombre Lluc, que le dice (sin parar) que el cielo está precioso sin quitarle los ojos de encima.

El Tomet duerme como un animalillo a su lado. Ni babea, ni ronca. El Tomet sigue siendo un buen hombre, pero le aburre. A la Montse le aburren él y sus maneras. Él, sus usos y las paredes de la casa, que derraman por el suelo del pasillo una sombra de prisión que espanta. Y la Montse sabe que, por más que cambiaran él y sus maneras, seguirían siendo él y sus maneras y que no habría en el mundo brazos capaces de abrir las suficientes ventanas en las paredes del pasillo para espantar las sombras de su prisión. «No puc més». Y es verdá. La Montse no puede más y, por esa razón, se levantaría ahora mismo de la cama y saldría por la puerta de casa para no volver.

Despierta a su marido con cariño, sin embargo. Él no ha hecho nada malo. Él siempre ha sido él. El Tomet abre los ojos, «¿eh?», y ella se lo dice sin más: «Hem de parlar, Tomet». Su marido, que no sabe en qué día naufraga, busca donde asirse y mira al techo, a las paredes del dormitorio de casados y detiene la vista en el armario de dos cuerpos en el que guardan la ropa: «Q-Què passa?». La Montse no le mira a los ojos. Le habla directamente a los labios: «Tomet, t'he de dir una cosa». «Digues, dona». «Vull besar un altre home, Tomet».

El Tomet no reacciona (aparentemente). Luego se revuelve en la cama, como el que sale de un sueño para entrar en otro, y se tumba boca arriba. Respira. Lo ha entendido todo. O eso cree. Su mujer ha dicho «vull besar un altre home». Vuelve la cabeza y mira por el balcón. El balcón da a la calle d'Adroguers. A no más de tres-cuatro metros, está la fachada de la casa de los Ferrer (unos viejos decrépitos del barrio). El Tomet conoce al Lluc. Aunque la Montse no lo sabe, el Tomet sabe que el Lluc es un hombre siete-ocho años más joven que él (como su mujer) y que se lo ve muy grande y muy fuerte porque estuvo picando piedra unos años en la cantera del pueblo. Ahora se ha empleado en el taller de l'Umbert. El Lluc repara muebles de madera. Tiene unas manos grandes y fuertes y lo que el Tomet se pregunta es si su mujer quiere unas manos grandes y fuertes en las tetas.

El Tomet no mira a la Montse, echada a su lado. El Tomet interroga la penumbra del techo. La persiana no cierra bien desde hace años y la claridad del día se cuela por las rendijas. El Tomet se pregunta si su mujer quiere unas manos firmes y decididas en su vida. Acaso necesite, más que querer, unas manos que le cojan las tetas con ardor, deseo, pasión, vida. Y el Tomet no se cuestiona si él y sus manos son o no son. Si tienen o no. Si nada. Simplemente lo pregunta:

—I'ls nens?

—Te'ls quedes tu. Jo marxo.

Y aquella mañana de octubre que se quiere tarde fría de noviembre la Montse se va de casa con lo puesto. Antes, sin embargo, ha puesto algunas prendas de ropa en un fardo y ha dejado preparado el desayuno de los niños: «a les nou han de ser a'scola». Los puñeteros son la viva imagen de su padre.