Noches en Poderna

L'Encarnació y el hechizo del florentín

Tarde en la tarde, se aventura en el interior de aquella librería vieja y de viejo. El lugar se le antoja oscuro y polvoriento. Hay montones de libros por doquiera que mire y nadie que la atienda. Parece que está sola entre cientos de voces calladas. ¿Por dónde empezar? Busca la traducción de Villena de una comedia toscana que le ha pedido su padre: «i el dia que facis anys, serà teva».

—I jo per a què la vull?

—Per llegir-la, filla, que has de llegir.

Su padre le ha contado que guardó un ejemplar de aquella obra durante muchos años para la ocasión, pero que lo perdió, sin duda, al prestárselo a algún otro, porque los libros, si salen de casa, rara vez encuentran el camino de vuelta. A lo que parece, ciertos versos de aquella obra le habían valido ganarse el favor de la que sería su esposa, esto es, su madre, pero l'Encarnació no ha querido picar el anzuelo: no siente ninguna curiosidad por el pasaje del florentín. O eso dice. Se aproxima a una estantería cualquiera y examina de un vistazo las inscripciones en los lomos de los libros: PRIMERA PARTE DE LAS OBRAS qve hasta agora se han podido hallar del capitan Francisco de Aldana; TRAITÉ SUR LES APPARITIONS DES ESPRITS et sur les vampires ou les revenans de Hongrie, de Moravie &c.; DE OMINE o Llibre dit del homes; OPVS LILIVM MEDICINÆ INSCRIPTVM; RIMAS HVMANAS Y DIVINAS del licenciado Tome de Bvrgvillos no sacadas de blibioteca ningvna; Die Edda die ältere und jüngere; EL VIAGE ENTRETENIDO de Aguſtin de Rojas y así un largo etcétera que va sin orden ni concierto (aunque ella siempre ha barruntado para dentro que todo caos entraña una cierta forma de orden que está por explicar). Prueba en otra estantería: allí hay mucho más por explicar. Mira en otra parte, por probar suerte, y sorprende a alguien revolviendo libros al final del pasillo. Está en la penumbra, muy al fondo. Es un chaval y parece… de su edad? L'Encarnació llama, «Hola?», pero el joven no atiende a su voz, así que se llega hasta su vera para pedirle por la comedia. Sea o no de la casa, se trata de un pobre mentecato: a medida que se va acercando, l'Encarnació comprende que aquel tipo está del todo absorto en la búsqueda de algún título de interés capital. O no se lo explica. Una vez lo tiene frente a sí, insiste:

—Hola?

Ni caso. La mira un segundo y vuelve de inmediato a lo suyo. Lo dicho, un insolente y un mentecato. L'Encarnació se pregunta qué andará buscando, después de todo, y mira en la dirección que sigue el punto con la mirada, por curiosidad más que nada, y repasa algunos títulos un poco más allá y, entre los tomos del tercer estante, descubre un ejemplar de la comedia del florentín. Lo coge y lo hojea distraída. Aunque los tipos estén anticuados y tiendan a apretarse, se dejan leer. Puede valer. El libro, por lo demás, tiene las cubiertas gastadas de puro viejo, pero está entre lejos y muy lejos de morir desarmado. Valdrá. L'Encarnació pasa unas páginas con el pulgar y busca, a prisa, el olor a antiguo que debe desprenderse de su interior… Allí está. Por un instante tan sólo, vuelve a ser la niña de siete-ocho años que curioseaba en las cosas de su padre. Todavía recuerda aquel librote repleto de xilografías alucinantes, imposibles a sus ojos, que guardaba en la trastienda de la mercería. Su madre cantaba muy dulce, en otra parte, y la luz

—Perdona?

—Sí?

—Q-qué libro es ese que has cogido?

—És la comedia d'en Dante.

—Necesito ese libro.

—I jo.

—Pero es que yo lo estaba buscando

—I jo l'he trobat, vés!

—Pero…

—Però, què?

—E-es… Es muy importante que tenga ese libro.

—Au, au!

—En serio.

—També em cal an a mi!

—Ja, sí. Però jo…

—A veure, per quina raó és tan important?

El muchacho vacila un momento y se hunde, de súbito, en hondas cavilaciones. Cae lentamente. Es como un peso muerto en una laguna oscura, de aguas quietísimas y profundas, de donde no es posible volver. L'Encarnació lo ve pugnar por de dentro y se compadece del chaval, de algún modo:

—T'hi va la vida, potser?

—Por amor.

—Què?

—El libro, lo necesito por amor.

—Aquest?

—Sí.

L'Encarnació ata cabos: su padre también se sirvió dél para enamorar a su madre. O eso cuenta.

—Això no és veritat.

—Sí, sí. T'ho juro que sí, que

—No. No és veritat perquè això no és possible.

—No, que sí, que sí… Ja veuràs

—Jo? Què he de veure?

—Vale. Si… Si tú… Deixa'm el llibre i t'ho ensenyo.

—El què?

—Me'l deixes?

—Té (prò és meu).

—Está en el canto quinto.

—El què?

—Espera (un momento). Aquí, mira…

—Miro: «Ningúnt mayor dolor c'acordarse del tiempo bienaventurado en la miseria»?

—No, aquí.

—Això del Lançarote?

—Sí. T'has d'imaginar que són dos enamorats, enamorats encara que són a l'infern, que llegien

—Són a l'infern-infern?

—Ara que parlen, sí. Parla la Francesca, aquí. Ella recorda quan llegien

—«Nos leíamos un día por tomar plazer de Lançarote cómo amor lo estriñió».

—Això, sí. En Lançarote, que s'estimava molt la Ginebra.

—«Solos éramos et sin sospecha alguna».

—Ella, la Francesca, i el seu estimat

—Ja. «Cuando leyemos el deseado riso ser besado de tanto amante…

—En Lançarote va donar un petó a la Ginebra quan ella reia.

—«aqueste que jamás nunca de mí fue departido

—La bocca mi basciò tutto tremante.

A l'Encarnació, el toscano en labios del muchacho, le ha sorprendido vivamente. Están como muy cerca, de pronto, el uno del otro. Leían juntos un mismo libro y no podía ser de otra manera, es claro, pero ahora se encuentran cara a cara: «la bocca mi basciò» murmura el muchacho, señalando el acierto del poeta, y l'Encarnació le besa la boca tutto tremante (si cabe). El trato es dulce y es tierno. Luego se miran a los ojos y luego vuelven a besarse. El influjo del florentín les tiene unidos en un beso frente al libro abierto. L'Encarnació está encendida. Es la luz de la vida, que pide otro beso.