Noches en Poderna

Muerte del salvaje Roc

La cabeza de aquel hombre se le aparece a la hora de la cena. Mira el plato de sopa y la ve metida en su gavia, bruta y renegrida. Con los labios cosidos y la mirada perdida en el vacío. Con el cuello cortado y la carne mordida de gangrena. Cierra los ojos y la ve colgada del muro, a las puertas de la ciudad. Está, puede verlo, la muralla podrida de musgo. Están las calles de piedra y de barro. Está la negritud del lugar. La negritud del lugar. El lugar. El cielo fue del gris al negro poco antes de que el verdugo levantase el hacha contra el cuello vivo del salvaje Roc. La gente no sabía si quería verlo. La gente se había parado a mirar cerca del patíbulo. La gente sentía por dentro que aquello era horrible. Y es horrible, si uno lo piensa. Prueba con una cuchara de caldo y paladea las primeras gotas de lluvia. Huele a tierra mojada, como entonces. Hicieron falta dos tajos para arrancarle la vida. Las beatas perdieron la cuenta del rosario cuando la primera descarga tropezó en el hueso de una vértebra y las niñas púberes se tragaron su asco cuando el hacha le sesgó el cuello y el gaznate, abierto a la tarde fría, escupió un vómito de sangre espeso y caliente… Ya no volverían a soñarle entre las piernas. Ya nada sabría igual. La segunda cucharada no llega a la boca. Oye el estertor penoso que siguió después. Fue una reacción natural del cuerpo, que se deshacía sin pudor de sus humores y gases. Algo inmundo y obsceno al parecer del público que allí estaba. Algo que repugnó incluso a las madres que, momentos antes, hacían suya a aquella criatura. Restaban solamente los despojos y la fama del salvaje Roc. Si alguna vez fueron una misma cosa, el espanto de la carne muerta impedía su conjunción. Roc era caro data vermibus y el cadáver, excremento de la vida. No quedaba lugar para la piedad o el abrazo. Tampoco para la sopa, una noche más. Ni para las maledicencias, de hecho. Mientras el salvaje Roc estuvo con vida sobre las tablas, el gentío vaciló entre el temor reverencial a la muerte y el grito desesperado: «Mori!».

—Mort al salvatge!

—Mort, mort i mort!

Después, cuando la presencia del muerto les caló en los huesos, mascullaron con disgusto. Necesitaban distraerse. Decían: «Era una mala bèstia».

—Era una fill de puta.

—Engendre del dimoni!

En la víspera de Sant Joan, el salvaje Roc había tomado la finca de los Arimany y le había pegado fuego con ellos dentro. Se cuenta que, aquella misma noche, gritaba «Foc a tots i a tot!» mientras galopaba desesperado por las oscuras calles de la ciudad.

—Un mal parit!

—Un satanàs, era!

—Un fera que no coneixia son pare!

Del salvaje Roc se decía que tomaba lo que quería cuando quería y que lo tomaba, si lo quería, a fuerza de cuchillo. Mataba. Mataba sin dudarlo y mataba porque quería matar. «Cor podrit!». «Mala sang!». Decían que iba diciendo por ahí que había renunciado a los usos y a las costumbres de los hombres de la ciudad y que no se debía a nadie. Ni a nada ni a nadie. «Foll!». En cierta ocasión, aprovechó el recogimiento de la noche de difuntos para profanar el convento de las beguinas. Trepó los muros de la casa junto a su cuadrilla y se llevó consigo a la más tierna de las novicias. No le importó nada lo que se hiciera allí después con aquellas otras mujeres.

—Mala ànima!

—Per a sempre maleit.

—Salvatge!

Decían que decía que no serviría nunca los gustos de otro. Que sus caprichos eran suficientes y eran soberanos. Que esta vida era solamente suya. El resto de su cuerpo lo tiraron a un agujero en la tierra. Estaba sucio de sangre y de barro. Estaba helado. Blanco de muerte y roto. La cuchara ha dejado de revolver la sopa. Ha sido de pronto. Pellizca el pan y busca consuelo en la miga reseca: «la misèria és cosa mala». Aquella su cabeza bien vale un puñado de garbanzos. Decían que decía. Decían que. Decían, decían, decían. El salvaje Roc no lo hubiera dudado: una bolsa de monedas a cambio de unas palabras al alguacil de turno, «l'he vist, sé on el poden trobar jo», y a otra cosa. Así fue, de hecho, como pudo aliviar de su carga al viejo Umbert. Le pagó un dinero por el taller y le quitó de madrugar. Aquel negocio, a fin de cuentas, le valdría un plato de sopa cada noche si los gusanos de la madera seguían pudriendo el corazón de las casas y las patas de las sillas se partían de puro hastío.