Noches en Poderna

Muerte del viejo del guardacantón

Prefacio

Hace días que el viejo no está en el guardacantón. Después de muchos años, la esquina está vacía. Diría que sola. L'Aleix piensa, al pasar por su lado, que el viejo estará metido en su cama, tapado con mantas y con algo de fiebre. Le imagina una habitación cerrada, cargada de toses y malos humores, y se lo imagina dentro, doliéndose a oscuras. Debe sufrir largamente sobre el colchón. Quizá yazca en la penumbra de su último día. Hay un hilillo de luz que se cuela por la ventana, un plato de sopa fría en la mesilla y un par de muebles para el polvo de toda una vejez. El viejo sabe que se muere. L'Aleix no sabe que, a aquella hora, ya está muerto. El viejo del guardacantón murió de culo a la pared en la tarde del domingo. L'Aleix no se para a mirar la esquina solitaria en la alborada del jueves. Supone que el viejo volverá a estar allí una mañana cualquiera. L'Aleix sigue de camino al trabajo. Piensa, sin embargo, en lo inútil de una vida como la suya. El viejo se pasaba todo el día sentado en aquel guardacantón, mirando a la gente pasar. Se levantaba a primera hora de la mañana, se vestía con la misma ropa de siempre y se ponía en la esquina inmediata a su casa sin falta. No hacía otra cosa en la vida que estarse allí todo el día, mirando a la gente pasar. L'Aleix recuerda que, siendo él niño, el viejo del guardacantón ya era viejo. Estuvo durante muchos años sentado detrás del mostrador de una tienda. Antes de pasarse las horas muertas en el guardacantón, el viejo pasaba sus días muertos en el negocio familiar. L'Aleix solía verlo de camino al colegio, al través de los cristales del aparador. El viejo se estaba siempre detrás del mostrador, sentado junto a su mujer, la Dolors, y los dos se estaban quietos en el interior, sin hablar nada. Guardaban un silencio reverencial. Estaban esperando a que entrase alguien en la tienda. L'Aleix, al verlos, sentía entre pena y asco de niño. Después, cuando echó a perder su niñez con las chavalitas del barrio, supo que le repugnaban las vidas echadas a perder como principio de orden moral. El viejo no sabía salir de aquella rutina mediocre. No podía. No era capaz. No tenía nada que hacer en el mundo. No tenía aficiones. Parecía hundido en la vulgaridad. Pasaba los días como el que pasa las hojas del calendario. L'Aleix teme una vida aburrida e igual. Viendo envejecer al viejo, se había propuesto no dejarse caer en la grisura del día a día. Como si cupiera escoger. Como si el viejo hubiese decidido pasarse la vida sentado detrás del mostrador de una tienda. L'Aleix se explica a sí mismo que, si te pasas la vida sentado detrás de un mostrador, no podrás no seguir sentado cuando no hayan ni mostrador ni tienda. El viejo, hará cosa de seis o siete años, acabó cerrando el negocio familiar. Los cristales del aparador, por aquel entonces, parecían empañados. Tiempo después, l'Aleix pudo verlo sentado en el rellano de la escalera de su casa. Estaba quieto y sin hablar nada. Al parecer, el viejo dejaba abierta la puerta de la calle por las tardes. Su mujer, la Dolors, se sentaba a su lado. Seguían igual que en la tienda. L'Aleix, al verlos, sintió entre repulsa y compasión. Quiso entenderlo, pero le pudo el miedo a acabar como ellos. Le pudo la tristeza de saberlos vencidos. Cuando se puso en su lugar, juró conducirse por otro camino. No se dejaría coger aunque fuese de cabeza al trabajo un día más. L'Aleix siente que debe hacer algo, y serio, antes de meterse otra jornada en el taller den Quico. El viejo debió salir a que le diera el aire el día que murió su mujer, la Dolors, por causa de una vejiga desmedida, pero tampoco fue lejos. Paró en el guardacantón de la esquina.