Noches en Poderna

Soliloquio de la malcasada o Diatriba contra el esposo Teodoro

Sostiene el pliego del delito en la mano, un sucio trozo de papel con un puñado de letras impresas, un montón de carácteres apretados, de tipo romano, más bien rotos y gastados. Con todo, si se quiere, se lee: «la noche q̄ llego la puta de ciento e veynte kg. yo estaua eſperandola. Ella era todo graſa por todas las partes & a de mas, no muy limpia». O, peor aún, «apueſto a q quādo te ſientas à cagar te pegan las carnes del culo en el ſuelo». Sabiéndolo, el mismo trato con el papel le da asco. Lo sujeta con dos dedos, a cierta distancia. No quiere, pero mira más abajo, lee «nos deſnudamos, montela», «no te quedes a ý tumbada como vna gran olla de cozido!» o «vna vez caſſi me agarre à vna de aquellas tetas gigantes, pero era vna coſa de lo mas horrible, y indezente». Ahora empieza a entender de donde se saca las ocurrencias su marido, como aquella vez que le escupió, sin avisar, todo el semén a la cara. Se le antoja que los apetitos a uno y otro lado del papel se acuerdan entre sí. Que responden a un mismo gusto. Parece, pues, que su marido toma ejemplo, y no ex contrario, de lo que allí se escribe. El autor, para más señas, se esconde en el anonimato, el suyo, que no el de la puta: «tengo q̄ pagarte algo, Purificacion», a lo que ella le responde «No, ni ablar, eres el primer hombre q̄ me haze ſentir bien ē años» y l'Assumpta, en verdá, hace años que no se siente nada bien. Pasa página y se topa con la estampa de dos jóvenes enamorados que se quieren. Se están haciendo arrumacos, más ella que él, pues le tiene puesta una mano en la teta y la toca y la aprieta. Debajo, se lee «Non pares mientes los ojos que lloran / mas deues catar las manos que obran» y l'Assumpta suspira. Se acuerda de la mirada de miopillo del Teo cuando chaval y piensa luego en su puño mojado… Los primeros años de casados no fueron tan malos. Al principio, le hacía gracia que el Teo se le pusiera encima cada poco. No era tanto por el trato carnal como por la alegría y entusiasmo que ponía en el gesto. Después, ella le fue cogiendo asco a aquello del ayuntamiento. Recuerda muy bien que la novedad, durante un tiempo, radicó en el lugar de la casa que hollaban para la ocasión, pero que, cuando se agotaron los rincones, sólo cabía esperar que se repitiera un mismo proceder: la pillaba, la magreaba, la echaba al suelo y se le echaba encima hasta que lo echaba todo fuera. Luego se iba y la dejaba donde quiera que fuera, con los pelos revueltos y la falda volada. Más sucia, si cabe. L'Assumpta no tardó en desaprender las primeras ternuras de la carne y, donde antes sorprendía el rubor de una mejilla, no veía ahora más que el rostro de un tipo vulgar que la tenía por su tragadero particular, al que acudía a descargar sus tensiones, pulsiones y huevos. No en vano se hablaba en el barrio de que el Teo era un pajillero, y no por las muchas espinillas de su cara: lo habían visto masturbándose en el lavadero y en el antiguo jardín de las monjas beguinas, al acecho de ciertas parejas de enamorados. Si se contaban aquellos dos episodios, no pocos daban por hecho que se habrían producido algunos más… Ella, entonces, quiso creer que eran cosas de la edad, que se le pasaría con los años, cuando estuvieran casados. Que el chaval, por lo demás, podía valerle como esposo. Sintió en el corazón que la vida era posible a su lado y, al año de la boda, alzaba sus primeras quejas ante su amiga de toda la vida, la Mariona, cuestionándose «¿Per què m'hagut de tocar aquest home d'entre tots los hòmens del món?». «Dona», se rio, «del món, del món, tampoc… Jo diria que no vas anar més enllà del carrer del costat» y l'Assumpta se calló, y calla, que el Teo era de lo mejorcito del barrio, por aquel entonces. Era guapetón y delgado y le pareció lo bastante manso como para ponerlo firme si convenía. Y, de hecho, las veces que le ha convenido, el Teo se ha avenido a sus ruegos. Salvo en aquel punto. No lo han hablado, todavía, y no lo han hablado porque no sabe cómo abordar el asunto. Si le insinúa a su amiga Mariona que su marido se hace pajas por los sitios, se ríe grandemente y, si se lo deja caer a su madre, su madre se lo toma a la tremenda y le suelta «i avon vols anar tu ara, als teus anys, amb els pits fets malbé i aquest cul que se t'ha posat de tant de menjar, filla? Qui vols que t'estimi a tu, ara? Deixa't estar d'històries. Tu el que has de fer és no fer-ne cas. O fer-ne el just, ja m'entens que vull dir… A tu, ara, et toca aguantar, aguantar-te i prou. Has d'aprendre a estimar an aquest home, amb les seves coses… les que siguin, filla, que no les vull saber jo pas, però te l'has d'estimar perquè és el teu home i no en tindràs un altre, entens?» y l'Assumpta aparta la mirada del pliego y se mira a aquel hombre que tiene delante y comienza a decir: «Es pot saber què fas, Teo? M'ho pots explicar? Em fas el favor de dir-m'ho? Pot ser? Digues… Pot o no pot ser que sàpiga jo que'staves fent al menjador de casa nostra…? És possible que hagi vist el que he vist? Digues-m'ho, si us plau. No't quedis aquí, palplantat! Fes el favor de cordar-te…! Quin… Quin fàstic, Teo! Quina marranada tan gran… I al menjador de casa nostra! Avon sa seu ta mare'ls diumenges, Teo… Avon sa seu ta santísima mare, diantre! I això? Em pots explicar què significa això? No… No t'amaguis ara, que sé molt bé que AQUÍ hi tens més…! Totes… Totes les teves… porcades, Teo, perquè'ts un porc, un porc i no un home, això és el que'ts, un porc! I aquest? D'aquest paper, què m'has de dir…? Això de las Vivencias… d'un viejo indecent? Has llegit això? Has llegit això de la… puta de ciento vint quilos? Però… On vas? Es pot saber on vas, ara? Vine aquí. Vine… Vine aquí, et dic. I seu. Explica'm, a veure si ets capaç… Explica'm què fas que penses en una altra… Que no tens una dona a casa? Que no ets casat? Què fas, digues, mirant-te altras dones? Què dic, dones! Dibuixos! Són dibuixos! Això sóc jo? Això? I això altre? Llegeixes sovint aquestes porqueries? Aquestes són les coses que agraden a l'home amb qui m'he casat? Així estem? Així? Vull plorar… Teo, vull marxar a casa, però aquesta és casa meva, vés…! Jo… Jo no sé què he de fer ara. No ho he trobat mai dit enlloc, això, i no sé què fer-ne, Teo. Vull plorar i vull marxar i no et vull tornar a veure perquè només de pensar-hi t'hi veig amb la mà posada allà i no sé què fer-ne, Teo… No ho sé. M'has… Ets un porc. Ets un porc i m'has trait. Penso que hauries de marxar. És el millor, aquesta nit».