Noches en Poderna

Vida del salvaje Roc VII

Hay un rastro vivísimo de vísceras que lleva del vientre ensangrentado de la ermita a la hoguera. Los restos de la profanación están esparcidos por el suelo del descampado: patas de banco, pedazos del altar y pliegos de legajos que vuelan en la noche. El viento los va perdiendo todos en la oscuridad. Las figuras del retablo arden todas en el fuego. El Roc se las mira. Repara en la sonrisa beatífica de un santón que soporta la amputación de un miembro sin padecimiento, pero que no puede nada contra las llamas que van subiendo: el gesto se le acaba torciendo en una mueca horrible, que no es humana, ni fruto de la imaginación de un hombre, antes de estallar como una ampolla de pus. No hay hueso debajo. Sólo madera renegrida. El Roc quiere más furia, más llamas, más fuego. Da la orden, nada, un gesto con la cabeza, y los hombres de su cuadrilla vuelven al santuario, a por más leña. El Roc queda solo con el fuego. Las llamas rugen en una risotada voraz y la noche, de pronto, sacude el follaje a su alrededor. Cualquier hora es buena para hacer limpio. Y no hay nada tan higiénico como la reducción a cenizas de un puñado de ídolos centenarios. Si no hay fantasmas en el mundo, no hay miedo y, si no hay miedo, cabe el atrevimiento de vivir la vida plenamente y la mirada, al Roc, se le va al cielo con estos pensamientos, donde parece, aunque sólo sea por un instante, que las chispas que escapan de la hoguera se fundan con las estrellas. Hay tanto por quemar. Queda tanto por arder. Son tantas las cosas que

—tota escombrada.

Es la voz den Tonet, que vuelve del santuario.

—Què tens?

—La capella, ja hi és tota.

—I qu'és això que dus?

En Tonet, que dicen el Bregues, trae un hombrecillo bajo el brazo.

—An aquest, que l'hem trobat d'amagatotis…

Y lo echa al suelo, a los pies del Roc. El bulto pega con dureza en la tierra y el hombrecillo se duele, con lástima de su vida: «pietat, us ho prego, pie-tat». Es el viejo ermitaño, una criatura menuda y enclenque que, a duras penas, disimula el feo rostro de la Muerte en el suyo. Gimotea algo más, por lo bajo, pero no se le entiende. Se revuelve penosamente en su hábito y busca los ojos sombríos del Roc, que lo mira desde arriba, sin compasión. Aunque ha visto las herramientas del cinto, pistolón y navaja, el viejo ermitaño sabe muy bien que ni el plomo ni el acero cobijan un gramo de calor en su interior:

—Pietat, senyor! Tingueu pietat d'aquest pobre vellet…

—Esteu-vos dret. Ningú no us farà cap mal, aquí.

El viejecillo se encoge un poco más. Descree y vacila y en Tonet, en tanto que Bregues, lo pone en pie de un manotazo. Luego le ofrece al Roc una estatuilla que traía guardada en la faltriquera:

—Goita que's posava sota la falda…

Es una talla de madera con carita de niña, vestido talar de color azul y cabezón al brazo. Al Roc, el conjunto, se le antoja basto y pobre. La examina por detrás y sorprende la madera cruda, sin pintar, como sospechaba. Se lo muestra al Tonet:

—Ho veus?

—I no diu l'homenot que se l'estimen molt, an aquesta?

—Sí, és cert! És cert! To-Tots nosaltres, senyor, tota la gent d'aquesta contrada, tota-tota, ens estimem molt a la nostra senyora de…!

—Us referiu an aquest tros de fusta?

—Sí, sí, sí. Si us plau, si

—Doncs, aleshores, caldrà un bon foc, un foc ben viu, per cremar tanta estimació plegada i que no en quedi res… Ni el record!

Y arroja la estatuilla a la hoguera. En Tonet, y no por Bregues, impide al viejo ermitaño que meta las manos en el fuego en busca de su señora y ambos, muy callados, lo escuchan llorar largamente, desconsolado.