Romancero de trapo

MALANDANZAS DEL LOBO CASCARRÓN Y DE LA NIÑA AURORA LANA

En el país de las muñecas,

años hará… ¡qué sé yo!

Vivió una niña de trapo

de puro y fino algodón.

Iba a casa de una amiga,

luego, las dos, de excursión.

Su madre le aconsejaba,

que su madre le advirtió:

"No hables con desconocidos

aunque den buena razón.

Las apariencias engañan

y acaban en perdición."

La niña canta que canta,

de camino a la estación.

La niña, canta cantando,

que cantando su canción.

Trota que trota la calle

con un ritmo machacón,

machacón como este cuento,

machacona su canción.

Cruzó entre unos arbustos

oscuros como el dolor.

En los arbustos, dos ojos:

es el lobo Cascarrón.

Tiene las fauces de trapo

y los ojos de botón.

Salió el lobo del arbusto,

la asaltó de sopetón.

La niña no le hizo caso

y él le llamó la atención.

"Quítate los cascos, niña,

¿que no sabes quién soy yo?"

"Eres un perro que habla…"

"¡Soy el lobo Cascarrón!

Cascarrón de Cascarrones,

de la familia Feroz.

Feroz como mi abuelo

y mi padre, matador.

De un mordisco cien ovejas,

de un soplido un caserón."

Y lanzó, enfurecido,

un rugido de cartón.

"Un lobo, ¿eh?, como todos,

que ya sé yo cómo sois."

"¿Cómo te llamas, niñita?

Conozco un juego molón.

Escúchame y jugaremos

al juego del faraón."

"No me interesan tus cuentos

ni tu voz de polvorón.

Déjame, lobo pesado,

que ya sé yo tu intención."

Se quedó el lobo perplejo,

con esta contestación.

Lo desarmó por completo

de una niña aquel valor.

Cuando se quiso dar cuenta

ya no escuchaba el rumor

de su música estruendosa

ni le veía el talón.

La niña marchaba la calle,

la misma de la estación,

pero se le fue la vista

que ya veréis lo que vio:

llegando sin su Dalila,

un muchacho muy sansón.

Tiene muy grandes las manos,

la boca, de quita y pon.

Tiene los ojos de plata,

las orejas, de trombón.

Tiene la miel en sus labios

y la dulzura en la voz.

"Hola, muchacha", le dijo.

"Hola." "Me llamo Ramón."

"Yo me llamo Aurora Lana."

"¿Y te acompaño, bombón?"

"Acompáñame si quieres.

Allí es adonde yo voy."

* * *

El lobo estaba esperando

otra niña tras el seto

como su padre le dijo,

como le contó su abuelo:

"tú eres un lobo y los lobos…

¡los lobos siempre al acecho!"

Esperaba y se aburría,

se aburría de aquel juego:

a ver si llega una niña,

a ver el segundo intento,

y si la engaño esta vez…

Y escuchó unos gritos secos:

¡La niña! En una esquina,

del vientre, de los cabellos,

con las costuras abiertas

y los ojos misioneros.

"¿Qué te ha pasado, la niña?"

"¿Quién es que t'ha hecho esto?"

Pero la niña no hablaba,

el algodón medio muerto.

Buscó en su bolso de lata

y le encontró un documento

con la dirección de casa:

se la llevó en un momento.

Corría el lobo y corría,

bufando, iba, corriendo,

porque la niña ya estaba

perdiendo mucho relleno.

Le paró uno su amigo:

"Cascarrón, ¿qué andas haciendo?

"¡Adiós, Alberto. Aparta!

¡Fuera, que no tengo tiempo!"

Corría el lobo y corría,

bufando, iba, corriendo,

porque la niña ya estaba

perdiendo mucho relleno.

Tocó la campanillita,

que tocó y al pronto abrieron.

La madre era de la niña,

susto de madre en el cuerpo.

"¡¡Antonio, la niña, corre!!"

El padre bajó muy presto

y vio a Aurorita, y al lobo,

las costuras y los cueros,

las fauces y los colmillos,

la lana, los ojos fieros.

"María, llámale al médico."

Sacó su palo de roble,

su palo de pastoreo,

y arremetió contra el lobo

como si fuera de hierro.

"¡Espere, no se confunda!

¡No soy yo quien se lo ha hecho!"

Pero el padre no escuchaba.

Le dio y lo tumbó en el suelo:

"Toma porrazo, lobito,

toma jarabe del bueno."

Y así lobo Cascarrón,

sin comerlo ni beberlo,

ni de padre ni de abuelo,

aprendió buena lección.