Umbrario

El gul de Sentmenat

Barroso, Cementerio de Sentmenat, 2011.

Las profanaciones de tumbas en el cementerio de Sentmenat durante los meses de otoño de 1999 guardan una singular relación con la desaparición de Gustau T. a primeros de octubre. En la mañana del jueves catorce, aparecieron unos huesos esparcidos por el suelo del campo santo. Alguien los había sacado del osario sin motivo aparente. Aunque costaba pensar en una gamberrada, nadie consideró seriamente que pudiera tratarse de algo más grave. Desde mediados de los años ochenta, no se había vuelto a tener noticia de la TMS (τenebra-Mà Sinistra), grupúsculo local de corte luciferino que pudo estar detrás de los rituales nigrománticos realizados en la Torre Roja y el cementerio de Sentmenat en aquellas fechas. Cuatro días más tarde se hallaron un húmero y una clavícula fuera de lugar. Había marcas de caninos en ambas piezas. Los vándalos no roen huesos de muerto. El jueves veintiuno y el sábado veintitrés se encontraron varias costillas humanas mordisqueadas. En este punto, lo más inquietante del caso no eran las huellas de colmillos, sino que no se viera a nadie entrar o salir del recinto durante la noche. A última hora del domingo veinticinco, David B. descubrió la tibia de una mujer cerca del castillo de Sentmenat.Mal llamado castillo, la fortaleza se levanta junto al barranco de la riera de Sentmenat, a unos ochocientos metros del cementerio del pueblo. También tenía numerosas marcas de dientes. A pesar de estos indicios, los rumores empezaban a dar cuerpo a la acción de una secta satánica en la zona. Se violentó un primer nicho en la madrugada del treinta y uno de octubre al uno de noviembre. Después de romper la lápida a golpes, el profanador de Sentmenat arrojó el ataúd fuera del agujero, sacó los despojos de la caja y tomó para sí una mano del cadáver. El hallazgo tiñó de horror la jornada de Tots Sants.Es decir, el día de Todos los Santos. Hubo una segunda profanación. El jueves cuatro de noviembre ultrajó los restos de otro nicho. En esta ocasión, se llevó parte de una pierna (de la rodilla al pie, ambos incluidos) y un puñado de vértebras. La policía municipal se enfrentaba a un fantasma.A decir de Lluis F., las patrullas policiales no llegaron a ver nunca a ningún individuo entrando en el cementerio fuera del horario de visitas. Es más, antes de cerrar por la tarde, se comprobaba que no quedase nadie vivo en su interior. Las profanaciones, sin embargo, seguían produciéndose. La tercera profanación, en la noche del doce al trece, quebrantó la paz de dos sepulcros. En el primero, el profanador de Sentmenat descubrió una urna con cenizas. Del segundo, sustrajo la espina dorsal del muerto. Por aquel entonces, Gustau T. llevaba cerca de mes y medio desaparecido. Hubo quien relacionó los hechos del cementerio con su ausencia. Las fechas estaban ahí y el sacrificio humano siempre ha formado parte del rito satánico. Entre los vecinos del doce de Dr. Fleming, sin embargo, la sospecha que cundía era de otra clase: Gustau T. podía estar detrás de las profanaciones. Su conducta se había enrarecido desde la muerte de su madre. Según su sicóloga de cabecera, padecía graves episodios de melancholia canina.

Un caso de melancolía monstruosa.

Rosa S. empezó a recibir a Gustau T. en su consulta a mediados de setiembre de 1998. Se presentaba fuertemente angustiado por la situación de su madre. En el mes de julio, el servicio médico del Taulí había diagnosticado una leucemia linfática crónica a la mujer. El pronóstico, dada su edad, no era bueno. A principios de marzo de 1999, Maria Eulàlia C. sufría un envenenamiento de la sangre y moría a los pocos días. El estado anímico de Gustau T. se vino abajo. No sólo había perdido a su progenitora, sino que, en lo sucesivo, quedaba desvalido ante la soledad de su tristeza. Nadie iba a prevenirle. Estaba solo frente a su melancolía.

Barroso, Fotomontaje del gul de Sentmenat, 2011.

Gustau T. comenzó su metamorfosis con los paseos nocturnos. El melancólico, por causa de su pena, rehuye la compañía de otros hombres. Esto es algo que ya advierte Isidoro de Sevilla en el siglo VII cuando escribe: «Vnde et melancolici appellantur homines q co̅uerſatione̅ humanam refugiunt & amicoru̅ carorum ſuſpecti ſunt». Es decir, «se llama melancólicos a los hombres que evitan el trato humano y que sospechan de sus amigos más queridos» (Isidoro de Sevilla, Etymologiae, Augsburg, Günther Zainer, 1472, libro X, M, 176). Bernard de Gordon recoge esta misma idea en su Lilium medicinae en febrero de 1305: «que de propiedad de todos los melancólicos es tener odio a eſta vida y huyen la compañía de los hombres y eſtán continuamente en triſteza» (Obras, Madrid, Antonio González de Reyes, 1697, página 88). Gustau dejó de tratar a sus vecinos en poco tiempo. Después se fue apartando paulatinamente del mundo de los vivos. Caminaba lejos del pueblo y pasaba junto al cementerio cada noche. En ocasiones, miraba dentro. Se asomaba a la verja y buscaba entre las tumbas. Su melancholia se tornaba canina. Ibn Sina describió esta afección del ánimo en el siglo XI: «facit homo diligat fugere ab hominibus uiuis & cupiat appropinquare mortuis & [eorum] ſepulchris». Esto es, «el hombre huye de los vivos y quiere acercarse a los muertos y sus sepulcros» (Avicenna, Canon medicinae en la traducción latina de Gerardo de Cremona o de Sabbioneta, Padova, Johannes Herbort, 1479, libro III, tratado IV, capítulo XXII llamado De cutubut). Francisco Vallés asegura que los enfermos de melancholia canina se creen lobos y salen de casa de noche y tratan de buen grado con cadáveres, es decir, «alij in Lupos & exeunt noctu domo quæruntque ſepulchra & verſantur libenter cum cadaueribus» (De sacra philosophia, Torino, Herederos de Nicolo Bevilacqua, 1587, capítulo 80, página 605). Rosa S. perdió el contacto con Gustau T. en agosto de 1999. Para entonces, tenía el aspecto de un espectro. La sicóloga trató de comunicarse con él en vano. Su teléfono no daba señal. Incluso llamó a la puerta de su casa, temiéndose lo peor, pero allí ya no había nadie. Los vecinos del edificio le dijeron que hacía días que no se dejaba ver por allí. Marta S. recordó haberlo visto por última vez a primeros de octubre. Hacía algunas semanas que se lo encontraba todas las noches al otro lado de la calle, mirándola. Ella salía a sacar el perro y él se estaba allí, de pie. La joven confesó que la situación le producía no poca inquietud. Tenía la impresión de que estaba cada vez más cerca. De hecho, en la madrugada del dos al tres, Quizá fuese en la noche del uno al dos o del tres al cuatro. Marta S. no recuerda con exactitud la fecha, aunque mantiene que el fatal encuentro se produjo el primer fin de semana de octubre. aquel hombre o lo que fuera tendió una mano hacia ella, como para cogerla. Marta S. no salió del portal. Se volvió corriendo escaleras arriba.

Años después, se accedió al interior del domicilio de Gustau T. en el doce de Dr. Fleming. El piso estaba vacío. No había rastro de vida en el lugar. Los pocos muebles que restaban no guardaban nada en su interior. Había, sin embargo, una gran pintada en la pared del salón: De mano del propio Gustau T., los trazos reproducían minuciosamente la impresión de la primera estrofa de «Colguen les gents amb alegria festes» de Les obres de mossèn Ausiàs March, Barcelona, Carles Amoròs, 1543, folios XXr-XXv, versos 1-8.

March, «Colguen les gents amb alegria festes» de Les obres de mossèn Ausiàs March, Barcelona, Carles Amoròs, 1543, folios XXr-XXv, versos 1-8.

El gul de Sentmenat. Encuentros en la noche.

Últimamente se ha dado en llamar gul al misterioso profanador de tumbas de Sentmenat. El término procede del árabe y denomina a un tipo de demonio que también frecuenta los cementerios y viola la paz de los sepulcros durante la noche. Es necrófago y apenas humano. Se le encuentra siglos atrás, en el medievo, en el relato que refiere Sherezade en la noche ochocientos sesenta y tres de mil y una: El libro de las mil noches y una noche en la versión castellana de Vicente Blasco Ibáñez según la traducción francesa de Joseph Charles Mardrus, Valencia, Prometeo, ¿1899?, tomo XIX, noche 863, páginas 100-101.

Y por el horror de su fisonomía y por su cabeza de hiena carnicera, reconocí una ghula en aquella forma sepulcral […] Y se sentaron ambas, una frente á otra, al borde de aquella fosa. Y la ghula se inclinó hasta el suelo y se incorporó sosteniendo en sus manos un objeto redondo, que entregó en silencio á mi esposa. Y en aquel objeto reconocí un cráneo humano recientemente separado de un cuerpo sin vida. Y mi esposa, lanzando un grito de bestia feroz, clavó con fruición sus dientes en aquella carne muerta y se puso á roerla de un modo horroroso.

Las similitudes entre el profanador de Sentmenat y el demonio de la tradición árabe no van más allá, pero no es fácil aceptar que un semejante sea capaz de cometer actos tan horribles como los ocurridos allí en el otoño de 1999. Si Gustau T. devoró nunca cadáveres en la noche vallesana, será necesario despojarle de los rasgos comunes a los hombres. Se impondrá, en pos de la cordura general, degradar su condición de ser humano a otra cosa. Y la melancolía será tan monstruosa que podrá engullir a una persona de pies a cabeza y transformarla en un gul demoníaco en unas pocas semanas. No en vano el individuo que se quiere lobo actúa como tal. Sin mudar la piel, acerca su naturaleza a la del lobo y sus acciones, a fin de cuentas, resultan iguales. Bajo este prisma, apenas sería posible distinguir a Gustau T. del gul de Sentmenat.

No obstante, nadie volvió a ver a Gustau T. con vida.

Barroso, Nocturno de Climent Humet, 2011.

No se puede decir lo mismo del gul: en la noche del siete de noviembre, Pere B. dijo oír algo masticando en la calle. Mientras se lavaba los dientes, entrada la madrugada, le llegó aquel repulsivo romper de huesos a través de la ventanilla del baño. No se atrevió a mirar. Miquel M. volvía a casa cuando escuchó los pasos de alguien como gruñendo, un poco más allá. Él bajaba por Climent Humet y las voces de ultratumba provenían del paseo del castillo. Pasaba de la medianoche del nueve de diciembre y Miquel M. no iba a quedarse a ver qué pasaba. Por último, el diez y nueve de diciembre de aquel año, Dani V. sorprendió a un hombre caminando por la carretera que va de Sentmenat a Caldes de Montbui. Parecía renqueante, como contrahecho. En cuanto lo iluminaron los faros del coche, aquello echó a correr a cuatro patas y se perdió en la noche.

Una boca negra detrás del castillo.

Barroso, Nocturno del castillo de Sentmenat, 2011.

Las profanaciones de tumbas en el cementerio de Sentmenat cesaron a mediados de noviembre de 1999. El ayuntamiento consiguió poner un guarda de seguridad el lunes día quince. No fue sencillo, desde luego. A partir de esta fecha, no volvieron a producirse actos vandálicos en el cementerio. A finales de diciembre, Sergio L. junto a Esther B. encontraron una oquedad en el suelo, detrás del castillo. Era un agujero del tamaño de un hombre puesto en cuclillas. Poco más o menos. Aunque estaba muy negro, parecía descender a las profundidades. Este hallazgo se sumó a la leyenda local que hablaba de un pasadizo secreto en el castillo. Esta vía de escape, habitual, de otra parte, en muchas fortalezas, se extendería en una red de túneles antiquísimos que conduciría más allá del cementerio del pueblo. A diferencia de los intrépidos Tremoth y Harper, nadie se adentró en las tinieblas subterráneas en busca del gul de Sentmenat:Clark Ashton Smith, «The Nameless Offspring» en The Magazine of Horror, número 33, 1932.

Many years ago —soon after Lady Agatha's death— Sir John and I searched the vaults from end to end, but we could find no trace of the thing we suspected. Now, as then, it is useless to seek. There are mysteries which, God helping, will never be fathomed. We know only that the offspring of the vaults has gone back to the vaults. There may it remain.

Que así sea.